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agosto 5th, 2013 >> Jovencitas

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febrero 26th, 2013 >> Amateurs, Anal

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La doctora infiel 11 Final en Relatos eroticos de Infidelidad

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enero 16th, 2014 >> Relatos Eroticos

La doctora infiel 11 Final en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

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La doctora infiel 11 Final en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

En fin? No necesito decir al lector que tuve que practicarle sexo oral nuevamente, esta vez arrodillada en el interior de un probador. Tampoco necesito decir que tuve que comprar el conjunto de lencería y, una vez más, pagar en efectivo para evitar el que mi nombre quedara involucrado y expuesto en una compra con tarjeta?, con la tarjeta de Damián, por cierto, de la cual yo tenía una extensión. Nos intercambiamos, por supuesto, los números de celular con la vendedora; lo cómico del asunto fue que ni siquiera le pregunté su nombre al momento de agendarla y recién entonces caí en la cuenta de que en realidad nunca lo había sabido, no sé si por no haberlo oído jamás o quizás porque, en el supuesto caso de que Franco lo hubiese mencionado, mis oídos, selectivamente, se habían negado a registrarlo: una especie de mecanismo de defensa. Pensé en preguntárselo directamente a ella pero finalmente no lo hice; se veía que mi negación, si era tal, seguía operando, así que la terminé agendando como ?zorrita puta?. Ella me dijo que veía a Franco esa misma noche (lo cual era, en ese contexto una noticia excelente pero a la vez y, como siempre, me llenaba de odio y de celos), así que quedé a la espera de un llamado o de un mensaje. No lo hubo, ni esa noche ni al día siguiente?

La ansiedad y la desesperación me carcomían por dentro. ¿Qué hacía esa puta que no llamaba? Al día siguiente ya no pude esperar más y yo misma le envié un mensaje de texto, tratando de redactarlo del modo más amable que fuera posible: ?Hola, ¿cómo estás¿ Perdoname que te moleste pero al final, ¿lo viste a Franco? ¿Hablaron sobre eso??. Pasaron como veinte minutos y no hubo respuesta: los veinte minutos, les puedo asegurar, más largos de mi vida. Cuando finalmente sonó el ringtone de mi celular anunciando la entrada de un mensaje de texto no pude evitar dar un salto por la ansiedad y la emoción. Al abrirlo para leer, el alma se me vino al piso: ?Ah, hola, ¿qué tal? Sisisisi? Perdoname que me colgué en avisarte. Dice Franco que el bebé no es de él?.

Así de fría la respuesta. La desazón que se apoderó de mí fue tan grande que hasta se me cayó el celular al piso. De todos modos y pensándolo fríamente, ¿qué podía esperarse? Era terriblemente ingenuo suponer otra cosa. Es más: ¿sería realmente quien Franco había dicho eso? ¿O tal vez la turrita, lisa y llanamente, no le habría dicho una sola palabra? Ambas alternativas eran posibles, pero, en cualquiera de los dos casos, el efecto sobre mí era el mismo: allí estaba, utilizada por una vendedora y abandonada con un niño en el vientre por un muchachito que, muy posiblemente, ya no quisiese saber nada más conmigo en su vida. ¿Y ahora? ¿Cuál debía ser el siguiente paso?

Casi no cruzaba ya palabras con Damián. ¿Me iba a aparecer como si nada a engañarlo diciendo que esperaba un hijo? Estábamos, por cierto, en el peor contexto de pareja posible como para hacer eso. Durante los días siguientes estuve terriblemente nerviosa; probé salir a caminar, ir al gimnasio, pero nada funcionaba como elemento de distracción. Más aún: por todos lados me daba la sensación de que la gente me miraba como si estuviese al tanto de mi historia y hasta supiera que llevaba una vida en mi interior. Más seguridad me otorgaba dar vueltas en el auto; al menos, cuando se va a una cierta velocidad, no es tan posible que la gente se detenga a mirarte y menos todavía cuando tu coche tiene vidrios polarizados. A veces salía de noche, como si ya ni siquiera me importara dar excusas a Damián. Un par de veces pasé, por supuesto, por lo de Franco, en una de las cuales paré el auto y me quedé allí, en la nada, acariciándome el vientre.

No sé en qué momento ocurrió. Fue todo tan rápido que ni llegué a darme cuenta de nada. La puerta del acompañante se abrió súbitamente; giré la cabeza para ver a alguien ingresar al vehículo pero ni tiempo tuve de asimilar la información porque en ese preciso instante alguien abrió también la puerta, lo cual me hizo hasta perder el equilibrio puesto que tenía el codo apoyado en la ventanilla. Alguien me tapó la boca con una pesada mano mientras otro me atrapaba con un abrazo envolvente. Intenté gritar, pedir auxilio, pero fue inútil: no lograba emitir sonido alguno, tal la fuerza con que me mantenían tapada la boca.

?Ssssh, quietita? y tranquila? ? escuché decir a alguien.

Yo casi no podía ver sus rostros debido a la falta de luz en el lugar en el que, para mayor discreción, había estacionado el auto. No obstante, se notaba que eran tipos mayores, tal vez de cincuenta y tantos años, así como también que se movían con un cierto profesionalismo o experiencia. Uno de ellos me amordazó dándole varias vueltas a una cinta alrededor de mi boca y de mi nuca; me trajo a la mente el recuerdo de cuando había sido amordazada por la gordita lesbiana en el colegio pero estaba bien claro que esto era absolutamente distinto? y aterrador. Me pusieron mis muñecas a la espalda y me las ataron con gran rapidez y sorprendente habilidad; una vez hecho eso, me levantaron como si fuera un bulto y, mientras uno de ellos pasaba a ocupar el lugar del conductor que me habían hecho abandonar por la fuerza, el otro, en el asiento del acompañante, me sentaba sobre su regazo y con sorprendente tranquilidad, se dedicaba a acariciarme las piernas. El auto arrancó; doblamos por varias calles, todas oscuras; yo sólo rogaba porque alguien nos viera… ,pero nadie, no había nadie. No dejaba de sorprender el grado de impunidad con que ellos se manejaban ya que ni siquiera habían tenido el cuidado de echarme al asiento trasero o en el baúl de las maletas. Claro, tonta,? ¿para qué iban a hacerlo? El polarizado de los cristales, aunque leve, jugaba a favor de los secuestradores. ¿Secuestradores? Sí, tonta, me dije en un terrible acceso de indescriptible pánico: te están secuestrando? ¿Todavía no te diste cuenta?

Los tipos ni siquiera trabajaban con la cara cubierta; estaba bien obvio que conocían bien su trabajo o que gozaban de la suficiente impunidad como para practicarlo sin obstáculos. ¿Adónde me estaban llevando? ¿Se trataba del auto? ¿Sería eso? ¿Ladrones simplemente? De ser así, seguramente me abandonarían en algún descampado y seguirían con el vehículo. ¿O su plan sería más ambicioso e incluiría encerrarme en algún cuchitril por algún barrio periférico para pedir rescate? ¿Pensaban en violarme? Por cierto, la lascivia demostrada por el que me tenía sobre su regazo no ayudaba a pensar en otra cosa. No paraba de tocarme las piernas y de franelear mi cola contra su bulto, contoneándose y haciéndome mover de tal modo de imitar una penetración.

?Le gusta? ¿No, doctorcita? ? me decía, burlona y asquerosamente -. Nosotros ya estamos bien informados eh? Sabemos muy bien que le gusta mucho la pija??

?Vendale los ojos, pelotudo?? ? intervino el que iba conduciendo el auto, tal vez molesto con su compañero o quizás resentido por no poder tocar tanto, al tener que conducir. Así y todo y sin dejar el volante, arrojó un par de manotazos para tocarme; lo hizo con mi rodilla, luego con una teta; por último se dedicó a masajearme la concha. El otro, entretanto, me vendó los ojos y ya no pude ver más nada; lo último más o menos conocido que registré fue que cruzábamos por uno de los puentes debajo de la General Paz: habíamos salido de capital y estábamos en provincia, por lo tanto. Y la pregunta seguía en pie: ¿adónde me llevaban? ¿Pensarían en matarme? La idea me producía tal escalofrío que sentía la necesidad de hablarles; hubiera deseado no tener la mordaza sobre mi boca para decirles que si lo que querían era violarme, que simplemente lo hicieran pero que, por favor, no me hicieran nada más. ¿Y qué tal si el plan de esos tipos era completo y pensaban robarme el auto, violarme y matarme? Todos los días se leían noticias de ese tenor en los diarios: ¿por qué mi caso debía ser la excepción?

Sin dejar nunca de apoyarme, el que me tenía sobre sí se dedicó a sobarme las tetas sin delicadeza alguna a la vez que me daba largos y repugnantes lengüetazos por sobre mi rostro. Yo me removía y sacudía de todas las formas posibles; quería librarme pero me era imposible y, por el contrario, parecía que mi captor gozase aún más en la medida en que yo me resistía. Quería hablar, pedirles por favor que se detuviesen, decirles que tenía un hijo en el vientre; quizás eso los apiadaría de algún modo. En eso sonó un celular; provino desde mi izquierda, así que le había sonado al que conducía.

?Sí, ssssseñor ? dijo, remarcando bien las palabras una vez que contestó ? ya la tenemos y la llevamos para la clínica, je? Y? más vale, papá? vos pagás por un trabajo y nosotros lo hacemos? Y? eh, ahí está; se resiste un poco la yegüita pero la tenemos en ablande, jaja? Entendido? Sí, sí, deciles que en? no sé, media hora, estaremos por ahí? cuarenta y cinco minutos a más tardar? Ok, estamos al habla? y tranquilo que va todo bien??

Yo ya no cabía en mí del terror que sentía. ¿Con quién había hablado? Lo de ?papá? había sido, claramente, un trato más callejero que familiar. Fuera con quien fuese, resultaba harto evidente que me estaban secuestrando y que todo respondía a un plan. ¿Cuál era ese plan? Imposible saberlo; en ningún momento habían hablado nada de dinero o de pedir un rescate pero cabría también suponer que no dirían mucho por teléfono o en mi presencia. En mi desesperación, vendada y amordazada como estaba y vejada como lo estaba siendo, intenté hacer una lectura positiva de esa posible ?reserva? al hablar: si no querían decir mucho en mi presencia, bien podía significar que no tenían en sus planes matarme. Al menos…, no por ahora?

No sé durante cuánto tiempo anduvimos en la noche. El que conducía había hablado de media hora o cuarenta y cinco minutos pero me dio la impresión de que fue más. No pararon de divertirse en ningún momento a mi costa, toqueteándome y franeleándome en las partes más íntimas y del modo más inmundo imaginable. Ya para esa altura yo comenzaba a pensar que, después de todo, si me mataban, sería lo mejor que podría pasarme. Vaya a saber qué era lo que me esperaba. Habían hablado de una clínica? ¡Una clínica! ¿Qué era lo que tenían en mente para mí aquellos dos monstruos o el psicótico degenerado que había hablado por teléfono con el conductor un rato antes? De pronto el auto se detuvo?

?¿Qué pasa? ? preguntó el que me tenía sobre sí -. Ya estamos a un par de cuadras, ¿o no? ¿Por qué paramos acá??

?Ssssh, esperá pelotudo ? le calló el otro -. Estaba pensando que en un ratito tenemos que entregarla y si vamos a jugar un poquito con ella el momento es ahora porque después no vamos a poder?

?Tenés razón. Cuando salga de ahí va a estar inservible y, además, me parece que en cuanto nos paguen la platita, nos dan el raje?

¿Inservible? ¡Dios mío! ¿Qué pesadilla me esperaba en esa ?clínica? de la que habían hablado.

?Muuy bien ? dijo el conductor, en tono de falsa felicitación -. Lo entendiste, la concha de tu hermana? Ahora, allá nos están esperando y si tardamos mucho es como que se van a impacientar??

?Hmmm?, sí, ¿entonces??

?Entonces? lo que yo digo es que no hay tiempo para que nos la cojamos los dos. Para hacerlo rapidito vamos a tener que hacer el dos por uno??

?Jejeje ? rió el que me tenía atrapada, acercando deliberadamente su boca a mi oído y arrojándome una bocanada de aliento fétido; estaba claro que no debía cepillarse los dientes jamás -. El dos por uno??

?Bueno? – dijo el otro -, va a haber que sacarle la mordaza entonces??

?¿Y la venda también??

?No, pelotudo? No necesita ver para tragarse una pija??

?Jejeje, es cierto ? recibí una palmada en la cola -. Bueno, entonces, ¿quién se la coge por la boquita y quién por la conchita??

El dos por uno? Ahí fui cuando entendí todo. Manejaban un cierto lenguaje carcelario, ya que así se conoce a un beneficio que se le otorga a algunos condenados a través del cual, en casos de buena conducta, un año de condena cumplida se computa como dos… De todas las locuras vividas hasta el momento desde el día en que Franco entró a la revisación, ésta era, sin dudas, la peor. Por mi cabeza desfilaron mil imágenes, incluso la del propio Franco, la de Sebastián, Jona, el playero sin nombre, Damián, mis padres, mis profesores en la Universidad? ¡Dios! Cómo deseaba que alguien de todos ellos pudiera estar allí para ayudarme, pero? la realidad era que yo me hallaba a merced de dos maníacos dentro del habitáculo de mi auto en algún lugar impreciso del conurbano en donde la posibilidad de recibir auxilio de cualquier tipo se reducía virtualmente a cero.

?Vamos a lo más simple y corto ? sugirió el que conducía -, así como la tenés, es más fácil que me chupe la pija y vos encargate de pegarle un garche??

?Jejeje, me gusta, me gusta la idea ? otra vez el aliento fétido sobre mi rostro e incluso me pareció sentir algunas gotitas de baba cayendo sobre mi hombro y mi cuello -. Pero? vamos a hacerla mejor? – me apoyó una mano en el vientre -. La doctora espera un bebé, ¿verdad? Una mamita muuuy sexy? Para no hacerle daño en la pancita, me la voy a coger por el culo, jaja? Es buena idea, ¿no??

Otra vez el asqueroso lengüetazo en pleno rostro. Yo no salía de mi espanto ni de mi asombro. ¡Sabían todo! ¡Estaban al tanto de mi embarazo! Por debajo de la venda, los ojos se me llenaron de lágrimas. Sin ninguna delicadeza, alguien me arrancó la mordaza haciéndome emitir un grito que, al parecer, no les preocupó en demasía. O no había nadie alrededor o bien se movían en un área, para ellos, protegida. Con violencia me tomaron por los cabellos y empujaron mi cabeza hacia abajo hasta que sentí en mi trompa el contacto con una verga maloliente que, deduje, sería la del conductor. Mientras ello ocurría, el otro hurgueteaba con sus dedos por debajo de mi falda y se encargaba de bajarme la tanga para, acto seguido y sin lubricación alguna, empalarme por el culo.

Yo no daba más. Ya no sabía cuál dolor era peor, si el físico, el psicológico o el espiritual. Me sentí más degradada que nunca: aquello que me estaba ocurriendo hacía creer que todo lo que había sucedido hasta entonces era nada más que un simple juego de niños. Ni caminar en cuatro patas para llevarle el dinero a Franco, ni ser sometida a todo tipo de manoseos y tratos por parte de una adolescente lesbiana, ni ser el objeto de diversión de cuatro adolescentes alcoholizados y drogados, ni ser desnudada por una vendedora de tienda a la cual tuve luego que practicar sexo oral: nada de eso, ni mínimamente podía parecerse a lo que me estaba tocando vivir en ese momento dentro de mi propio auto. Allí no había ninguna tormenta interna; no estaban el sí y el no librando una batalla campal en mi interior: yo sólo quería salir de ahí?

?Vamos, vamos, putona? Así, haceme acabar? ? decía el que ahora tenía su pija dentro de mi boca mientras me sostenía por la nuca de tal modo de casi no dejarme inspirar otra cosa que no fuera el olor fétido de sus genitales sin aseo alguno.

?Uy, qué bien que va por ese culito?? ? decía el otro sin parar de bombearme por detrás.

Aunque a mí se me hizo eterno, fueron rápidos; era obvio que estaban apurados. Uno acabó dentro de mi boca y el otro dentro de mi cola casi al mismo tiempo. Jadearon y gritaron de tal modo que terminé de convencerme de que debíamos estar en una zona descampada. El que estaba al volante me tomó por los cabellos y alzó mi cabeza como si fuera una bolsa y, a la vez, como si se sacara una molestia de encima. El otro me tuvo empalada por un rato más, incluso cuando el auto ya había iniciado su marcha nuevamente. Volvieron a amordazarme.

Unos minutos después el auto se detenía. Estuvo un rato con el motor en marcha como a la espera de algo (¿de que le abrieran un portón tal vez?); al rato reanudó la marcha pero me dio la sensación de que sólo anduvo unos metros. Se abrieron las puertas del coche y, en cuestión de segundos, yo era arrastrada fuera del mismo y luego obligada a caminar mientras uno de mis captores me llevaba por una axila y el otro por la otra. Alguien se acercó y les habló; la entonación y hasta la forma de hablar me sonaron como si se tratara de alguien bastante más educado o, al menos, con más instrucción; no parecía pertenecer al mismo ambiente marginal que ellos.

?¿Y, muchachos? ? preguntó -. ¿Ningún problema??

?Ninguno, maestro? Ya te avisó que veníamos, ¿no??

?Sí, sí, ya estábamos al tanto?

O sea: no era el mismo que había hablado por teléfono con el conductor. ¡Mi Dios! ¿En qué clase de red había yo caído? ¿Cuántos eslabones o jerarquías había en aquella organización?

?Bueno?, pasen a la salita ? ordenó, siempre con su tono extraña y sorprendentemente educado -. La doctora está esperando??

¿La doctora? ¿Hablaban de mí o de alguien más? La realidad fue que me sonó más como lo segundo. Una doctora? Mi terror a cada instante crecía más? ¿En dónde estaba? ¿A quién me estaban entregando? Me puse a repasar el diálogo telefónico en el auto y, en efecto, habían hablado de una clínica. ¿Sería entonces con esa supuesta ?doctora? con quien hablaban? No, no cerraba: el que conducía el auto había llamado a su interlocutor ?señor? y hasta había utilizado la expresión ?papá?; por otra parte, en todo momento de la conversación telefónica me había dado la sensación de que quien estaba al otro lado de la línea se comunicaba desde un lugar que no era el mismo hacia el cual estábamos yendo. De hecho, habían hablado de avisarle a alguien?

El retumbar de los pasos, sumado al hecho de que los dos tipos marchaban a mi lado casi estrujándome como si fuera una salchicha, me daban la pauta de que marchábamos a lo largo de un pasillo angosto. Me arrastraban de tal modo que mis pies casi no tocaban el suelo; sólo cada tanto se oía el golpetear de mis tacos contra el piso. Traspusimos una puerta, eso se notó? Ignoro a qué tipo de ambiente habíamos pasado, seguramente el que habían llamado ?la salita?, pero les puedo asegurar que el miedo que yo sentía era tal que me hice pis encima; no pude evitarlo.

Una voz de mujer, aunque de timbre muy grave, retumbó en la habitación.

?Pónganla sobre la camilla? Atada de pies y manos? ? ordenó, en un tono que evidenciaba tener una cierta autoridad o jerarquía en aquel lugar de pesadilla al que me habían llevado.

Sin objetar absolutamente nada, uno de mis captores me soltó las manos que yo llevaba atadas a la espalda; ello no significó, sin embargo liberación alguna ya que me sostuvieron por los codos de tal modo que no pudiera mover mis brazos ni aún desatada. Luego me cargaron en vilo entre ambos y me echaron pesadamente sobre una durísima camilla. Acto seguido, sentí cómo me aferraban nuevamente por las manos y ataban mis muñecas a ambos flancos de la camilla sobre la cual me hallaba. Luego hicieron lo mismo con mis tobillos, dejándome con las piernas bien abiertas. Uno de ellos advirtió que me había orinado y lo hizo notar, divertido.

?Siempre pasa eso con estas putitas ? acotó la mujer -. Ahora resulta que tienen miedo, lloran, patalean, les duele, se mean, se hacen caquita, pero bien que cuando tuvieron que abrirse de piernitas para dejarse culear ni se quejaron?

La voz sonaba como de mujer mayor: tal vez sesenta años o más y, no sé por qué, se me antojó voluminosa o gorda, quizás por el tono grave.

?Bien ? dijo -. Fuera; déjenme sola con la paciente?

¿Paciente? ¡Qué modo extraño de verme! No puedo describir el pánico que yo sentía, aumentado por el hecho de que no podía ni siquiera ver lo que se cernía sobre mí ni tampoco hablar para pedir clemencia. El lugar olía mal: húmedo y nauseabundo, como a algo en descomposición. Uno de mis captores, el mismo que me había tenido en su regazo y que luego me había cogido por el culo, se acercó a mi oído:

?Adiós, doctorcita? Fue un placer enterrársela en el orto??

Y otra vez el detestable lengüetazo en mi rostro, sumado a un desagradable beso que pretendió ser de despedida. Puede sonar increíble al lector, pero cuando escuché la puerta cerrarse y supe que los dos monstruos se habían retirado, me sentí aún más desprotegida que antes. Ahora estaba sola, en aquella lóbrega y maloliente habitación a la que llamaban ?la salita?, con una mujer que bien podía ser un monstruo aún peor que los dos rufianes que acababan de marcharse. Escuché sonidos que, debido a mi entrenado oído profesional, logré reconocer como de instrumentos quirúrgicos. Un nuevo ataque de terror se apoderó de mí y me sacudí con violencia en la camilla, haciendo esfuerzos denodados por conseguir liberar alguna de mis manos o, siquiera, alguno de mis pies. Me moví frenéticamente, levantando mis caderas y mi espalda una y otra vez pero sin conseguir nada. Los hijos de puta me habían amarrado bien y con tanta fuerza que hasta sentía la circulación cortarse en muñecas y tobillos.

?¿Qué pasa, putita? ? me preguntó la mujer y juro que creí escuchar la mismísima voz del diablo -. ¿Estás nerviosa? No te preocupes que algo sé: soy especialista en putas como vos. En un ratito más, esa mierdita que tenés en el útero va a ser un residuo más en la bolsa?

Fue entonces cuando mi cerebro acusó recibo de todo. Claro, estúpida, ¿cómo no te diste cuenta antes? El lugar era una clínica de abortos clandestina; la mujer sería, muy posiblemente, una falsa médica? y el plan? no era otro que despojarme de mi bebé. Me sacudí aún con más fuerza, dando violentas convulsiones sobre la camilla y tratando de arrojar puntapiés, cosa que, por supuesto, me era del todo imposible: yo era un animal atado? Sí, un animal: finalmente tocaba el punto más bajo en el abismo hacia el que Franco me había arrojado cuando me tildara de ?hembra en celo?. Franco? claro, ahora todo cerraba perfectamente. Bastó con que supiera del embarazo y que, encima, yo me pusiera obsesiva y molesta en llegar hasta él y hacerlo consciente de su paternidad, para que él terminara por decidir actuar por cuenta propia. Pero? ¿él? ¿Un chiquillo de diecisiete años podía ser capaz de interactuar con una organización que incluía espías, entregadores, secuestradores y médicos abortistas? Sonaba a locura, desde ya. Mucho más posible, en cambio, era que quienes habían tramado y pergeñado todo eso fueran sus padres. Aun sin conocerlos, más de una vez yo había pensado en ellos o en cómo pudieran llegar a reaccionar ante la noticia de que Franco esperaba un hijo. Como ocurría, en general, los padres de los alumnos de ese colegio eran gente adinerada o más o menos acomodada económicamente. Como tal, tendrían los contactos suficientes como para armar todo aquello. Más que posiblemente, habría bastado que el nene se apareciera diciendo que había una doctora mala que le quería encajar un hijo para que ellos se pusieran en campaña para sacarme de en medio o, cuando menos, lograr que ese bebé ya no existiese. Así era como terminaba todo finalmente: cuán distinta era mi vida de cómo había sido hasta sólo un par de meses atrás. Cuán alto terminaba siendo el precio a pagar por haber cedido a la tentación carnal y haberle sido infiel a mi esposo, al que alguna vez había jurado fidelidad. Abatida y maniatada sobre esa camilla, hasta me puse a pensar si en verdad no me lo tendría merecido.

Pude sentir los pasos y la pesada respiración de la mujer cerca de mí y me estremecí de la cabeza a los pies. Me tocó el vientre, como si palpara el material a tratar. Luego pude sentir el frío de un objeto filoso y metálico apoyándose contra la cara interior de uno de mis muslos. Fue apenas un roce pero pude darme cuenta de que se trataba de un bisturí o de un escalpelo. A continuación, escuché el crujir de la tela al rasgarse y me di cuenta que la mujer estaba cortando mi falda por el frente. Luego tanteó en el hueco entre mis piernas y tocó mi tanga.

?Esas bombachitas que se ponen ahora?, bien de putas? Qué asco que me dan?? ? se quejó, casi escupiendo las palabras de tanto odio. Utilizando el instrumento que tenía en mano, cortó en jirones la breve prenda y así mis zonas íntimas quedaron totalmente expuestas para lo que se venía, fuera lo que fuese.

Otra vez tuve un acceso de nervios y comencé a sacudirme frenéticamente.

?Quieta, puta, quieta? – no cesaba de decirme mientras me abofeteaba el rostro sin lograr detener mis convulsiones ni siquiera de ese modo -. No tengas miedito?, yo no mato mamis, sólo les saco la porquería de adentro. Te aclaro, ganas no me faltan porque me dan asco cuando son tan putas como para andar regalándose y abriéndose de piernas ? ella seguía hablando y mis convulsiones no cesaban -. Parece que querés hacerme las cosas difíciles? Voy a tener que usar el cloroformo y ponerte a dormir? Cuando te despiertes, tu bebé va a estar en la caja compactadora de un camión, jaja??

No podía creerlo. No podía creer nada de lo que me estaba pasando. Mis ojos se llenaban cada vez de más lágrimas mientras mis muñecas y tobillos pugnaban inútilmente por liberarse. ¡No! No podían quitármelo, no podían hacerlo, no podían?

En eso escuché un sonido seco y ahogado, como si algo pesado hubiera caído al suelo. La gasa con cloroformo que yo había esperado sentir apoyarse sobre mi nariz nunca llegó y un extraño silencio se apoderó súbitamente del lugar. No había ningún ruido: ni de instrumentos quirúrgicos, ni de frascos, ni de nada? Escuché unos pasos, pero no eran los de la pérfida doctora; no sonaban tan pesados. Había alguien más en la habitación, pero? ¿quién? Súbitamente pude sentir el hálito de una respiración sobre mi mejilla? y alguien que me hablaba al oído:

?Tranquila, doctora Ryan? – me dijo -. Ya pasó todo. Quédese tranquila que todo va a salir bien??

Mi cerebro se había convertido en un gran signo de interrogación. ¿Qué diablos estaba pasando? ¿Quién era ése que había hablado? Y, por otra parte, yo conocía esa voz?, la conocía. Claro, sí, era el que se había acercado cuando los dos matones me estaban bajando del auto, el que había hablado con tono algo más educado o instruido. Aun así, habiendo logrado establecer quién era el dueño de la voz, la situación distaba mucho de estar aclarándose. De pronto sentí que me quitaban la venda de los ojos.

Los abrí. Me costó acostumbrarme a la mala luz que había en el lugar, sumado al hecho de que tenía los ojos entumecidos y llorosos. La habitación era tal como la había imaginado, por lo menos la parte que, echada de espaldas contra la camilla, llegaba a ver: manchas de humedad poblaban el techo y las paredes. A pocos centímetros de mí, un rostro: un hombre de treinta y cinco o cuarenta años me miraba fijamente con unos ojos verdes que, en ese momento, se me antojaron tristes y hasta piadosos.

?Te voy a sacar la mordaza ? me dijo -, pero no tenés que gritar? Si lo hacés, estamos en el horno, ¿entendiste??

Las cosas cambiaban su curso con tanta rapidez que no me permitían acostumbrarme a cada cambio, pero aun así entendí que ese hombre quería ayudarme y, como tal, lo menos que podía yo hacer era colaborar. Asentí con la cabeza y él hizo lo mismo. Me quitó la mordaza con la mayor delicadeza posible, tratando de no hacerme doler.

?Mi nombre es Silvio? ? se presentó: extraño contexto para una presentación en realidad.

Yo no conseguía articular palabra; era como si mi boca aún siguiera amordazada. El hecho de haberla tenido encintada durante tanto rato se combinaba con la incomprensión que, en ese momento, hacía presa de mí. Podía hablar, sí, pero?, ¿qué podía preguntar o decir? Más bien dejé que el sujeto hiciera lo suyo y, en efecto, se dedicó a soltar las ligaduras, primero de mis manos y luego de mis tobillos. No puedo explicar el alivio que sentí: fue como si mi sangre volviera a correr por mis extremidades. Él me colocó una mano por debajo del hombro y me instó a incorporarme. Me senté sobre la camilla y tuve una visión aún más completa y aterradora del lugar en que nos hallábamos. Ninguna higiene: manchas de humedad por las paredes y de sangre seca en el piso, una mesa sobre la cual se amontonaban varios instrumentos quirúrgicos en algunos de los cuales se apreciaban, incluso, manchas de óxido? y un montón de bolsas de residuos (¿para los fetos, tal vez?). Pero lo más estremecedor de todo fue ver a la mujer en el piso; estaba allí, aparentemente, sin sentido: no era gorda como la había imaginado, pero sí maciza y robusta.

?Le tuve que dar cloroformo ? explicó mi misterioso salvador -. Ella estaba a punto de usarlo con vos, pero?, le gané de mano, je??

Caballerosamente, me ayudó a bajar de la camilla. Yo aún seguía atontada y desconcertada por la marcha de los acontecimientos y los cambios que se daban a cada momento.

?Tenemos que salir de acá? ? me dijo -. Voy a espiar que no haya nadie en el pasillo y, si es así, conozco un camino alternativo??

Se acercó a la puerta de la habitación y la entornó un poco para otear fuera de la misma.

?Está despejado ? anunció, como si diera un parte de guerra -. Vamos??

Apenas empecé a caminar para tratar de seguirlo, me encontré en problemas. Mis tobillos me dolían por haber tenido que soportar durante tanto tiempo las ceñidas ligaduras y, por otra parte, los tacos hacían ruido.

?Yo te diría que te descalces ? me dijo -. No es sólo el ruido, es que además vamos a tener que movernos rápido??

Haciéndole caso, me quité el calzado; un instante antes de hacerlo, tuve que resistirme a la tentación de propinarle un puntapié en pleno rostro a la mujerona que yacía, sin sentido, en el piso. Fue como si él me hubiera leído la intención:

?Dejala ? me dijo -. Vamos, rápido??

Una vez que estuve descalza, le seguí los pasos. Debo confesar que me produjo un fuerte estremecimiento tener que caminar sobre manchas de sangre pero la situación ameritaba, en ese momento, dejar de lado todo prejuicio higiénico. Estuve a punto de dejar mis zapatos allí, pero él me hizo seña de que los llevara.

?Es mejor que no dejes nada tuyo acá? Vamos? ? me urgió.

Salimos al pasillo, me tomó por una mano y echamos a correr hacia la izquierda. Algunas puertas jalonaban el estrecho y lóbrego corredor pero todas estaban cerradas. Nos desviamos luego por una puerta no menos estrecha que estaba justo debajo de una escalera. Un nuevo pasillo se abrió ante nosotros pero ahora a cielo abierto; por encima de nosotros estaban las estrellas. Una vez finalizado el corredor, salimos a una especie de gran patio que, por lo poco que podía verse bajo la luz de la luna, daba aspecto de abandono: aquí y allá poblaban el piso algunos escombros y trozos de metal desparramados, en tanto que ocasionales matas de pasto crecían en las juntas de los baldosones. Corrí, casi a ciegas, siempre siguiendo al misterioso sujeto, mientras rogaba por no clavarme nada en la planta del pie. Una vez que dejamos atrás el patio de baldosas, salimos a un gran descampado lleno de malezas: una nueva tortura para mis pies. Llegamos a un gran tinglado sin paredes y sostenido sólo por columnas de ésas que se dividen en varios cuerpos, como las antenas de las emisoras de radio. Había allí estacionados unos tres vehículos y nos dirigimos hacia un Volkswagen Tiguan: el sujeto me abrió la puerta del acompañante para que me subiera y fue, luego, presuroso, a tomar el lugar del conductor. En cuestión de segundos salíamos por una calle de tierra que, en determinado momento cruzaba una alcantarilla a modo de puente sobre lo que parecía un gran zanjón o tal vez un canal. De allí pasamos a otra calle de tierra que bordeaba precisamente ese zanjón y ello me permitió tener, a la luz de la luna, una visión algo más abarcativa del lugar que acabábamos de dejar y del cual procurábamos poner distancia. Realmente el edificio parecía un galpón abandonado, sin que hubiera trazas de actividad alguna: era imposible pensar que allí pudiese funcionar una clínica de abortos ilegales pero, claro, supongo que el objetivo era precisamente que así fuese.

Durante bastante rato no hablamos palabra. Silvio mantenía la vista en el camino y pisaba el acelerador a fondo aun a pesar de hacer sufrir al vehículo violentas sacudidas en pozos y huellones; claro, la idea era alejarnos lo más rápido posible de aquel infierno de pesadilla del cual huíamos. Pronto estuvimos en lo que parecía ser una ruta o, cuando menos, un camino asfaltado y comencé a sentir un cierto alivio: era como si de a poco recobrara el contacto con la civilización.

?¿Estás bien? ? me preguntó él girando la vista hacia mí durante un fugaz instante.

?S? sí, dentro de lo que se puede, sí? ? contesté.

Mi respuesta era de lo más lógica. En una misma noche y en el lapso de un par de horas había sido secuestrada, violada por detrás, y obligada a practicar sexo oral para luego ser maniatada sobre una dura camilla con el objeto de ser sometida a un aborto ilegal que, gracias a Dios y a aquel sujeto misterioso que guiaba el auto, no se concretó. Silvio tomó un atado de cigarros de la guantera y me extendió uno. No soy fumadora compulsiva pero se lo acepté: una noche tan extraña y traumática como la que acababa de vivir ameritaba el vicio.

?¿Quién sos? ? pregunté -. ¿Y por qué me salvaste y me sacaste de ese lugar??

?Como te dije, me llamo Silvio ? respondió entre dientes, mientras encendía su cigarrillo -. Y si querés saber algo más, te puedo decir que trabajo como detective??

Lo miré estupefacta, tratando de interpretar si sus palabras iban en serio o en broma. Él detectó mi perplejidad y me dirigió una rápida mirada de soslayo.

?Te maté con ésa ,¿no? ¿Sorprendida, doctora Ryan??

Yo continué mirándolo fijamente.

?¿Esto que acabas de hacer es entonces para vos parte de un simple día de trabajo?? ? le pregunté.

?No ? blandió en señal de negación los dos dedos en los cuales sostenía el cigarro -. No hago este tipo de cosas por lo general??

Caímos a una autopista, a la cual creí reconocer como la Ricchieri, con lo cual quedaba en claro que había sidollevada hacia el sudoeste de la capital. Un nuevo silencio se volvió a producir entre nosotros y él me echó una mirada de reojo, quizás para comprobar que me hallaba bien. Me pareció que bajó un poco la vista hacia mi entrepierna y luego la desvió, probablemente avergonzado. Yo también me avergoncé, porque cobré conciencia en ese momento de que me hallaba prácticamente desnuda: no tenía bombacha, pues la horrenda mujerona me la había destrozado y tampoco mucha cobertura por delante ya que mi falda estaba abierta en dos, colgando en sendos jirones sobre mis caderas. Me llevé las manos a mi sexo para cubrirme.

?Se va a complicar hacerte entrar en el edificio, así como estás ? señaló él -. Espero que no nos crucemos con nadie??

?¿Adónde estamos yendo?? ? pregunté intrigada.

?Quiero mostrarte mi lugar de trabajo??

?Ajá? ¿y para qué??

?Vas a entender algunas cosas??

Otra vez se produjo un momento de silencio. Lo miré:

?Te contrató la familia de Franco, ¿no?? ? le interrogué.

Simplemente dio un par de pitadas a su cigarrillo.

?Esperá a llegar? – dijo, secamente, aunque con amabilidad -. Allá vas a entender todo??

?¿Y por qué te echaste atrás?? ? le espeté, continuando con mi interrogatorio.

?¿Echarme atrás? No entiendo?? ? dijo él, sacudiendo la cabeza.

?Claro, me sacaste de ahí, pero hasta unos minutos antes estabas con ellos. Recuerdo bien tu voz??

Cabeceó pensativamente. Arrojó el cigarro por la ventanilla aún sin haberlo terminado.

?Es que? la cosa se fue muy a la mierda? – dijo, en tono de lamentación -. Y hay cosas que no me las banco?y, como te dije, no las hago??

?¿Y por qué habías accedido a hacerlas entonces? Digo? antes de arrepentirte, claro??

Haciendo el clásico gesto para hacer referencia al dinero, frotó dedo pulgar contra índice.

?Lo de siempre? – contestó -. Buena platita. Pero? cuando estás adentro te das cuenta que hay límites que no podés cruzar sólo por un billete??

?¿Por qué lo decís? ¿Secuestro, violación, aborto ilegal? ¿Cuál de ésos es tu límite??

Me miró con una sombra de lástima en los ojos.

?Te violaron, ¿no?… Lo siento, de verdad. No era algo que pensé que pudiera ocurrir? Lo que empezó como un simple trabajo por encargo, terminó en una gran locura? y mi trabajo es, habitualmente, bastante más simple y, si se quiere, más ético que eso??

Entramos a la General Paz y marchamos hacia el norte; bajamos en Gallardo, a la altura de Liniers y luego nos movimos en dirección al barrio de Versalles. Entramos a un edificio que, por suerte, tenía cochera. No había nadie en el lugar. Para mayor seguridad y dada mi casi desnudez, fuimos por las escaleras en lugar de por el ascensor.

?Nadie usa las escaleras a esta hora? ? explicó él.

Conté tres pisos hasta llegar a lo que parecían ser sus oficinas; daba la impresión de tratarse de un semipiso. El lugar estaba realmente bien puesto, muy posmoderno y con varias computadoras, además de monitores y un enorme plasma. Me invitó a sentarme en una mullida silla giratoria frente a un escritorio y él pasó a ocupar el otro lado, no sin antes darme un vaso de agua. Por pudor, me crucé de piernas.

?Tranquilizate ? me dijo -. Fue una noche muy agitada, pero quiero que estés bien para esto??

?Estoy bien ? repuse con energía -. Ahora decime lo que me tengas que decir?

Asintió, pensativamente.

?Más que decir, tengo que mostrarte? ? dijo y le dio arranque a una de las tantas computadoras que allí se veían. Un monitor se encendió a un costado del escritorio e instantes después él rebuscaba con el mouse entre una serie de archivos. Hizo doble clic sobre uno.

Cuando por fin la imagen se abrió y el programa predeterminado comenzó a ejecutar el archivo, la mandíbula se me cayó completa. Allí estaba yo, con el dinero en la boca, marchando en cuatro patas hacia Franco. La conmoción fue tal que comencé a respirar con dificultad.

?¿Vos tenés eso? ? ? le pregunté, abriendo de par en par mis ojos por la incredulidad.

?Y esto? ? respondió, dando doble clic a otro archivo para que, a continuación, mis aún descolocados ojos me viesen a mí misma haciendo subir a mi auto al chico de la estación de servicio, justo en la puerta del maxikiosco.

?O esto? ? agregó.

Y aparecí otra vez yo, siendo penetrada analmente por el flaco en la fiesta con los cuatro adolescentes.

Yo no salía de mi asombro. Mis piernas temblaban. Dos de las filmaciones ya las había visto pero, a la sorpresa de saber que aquel extraño las tenía en su poder se agregaba la de que alguien me había filmado en la calle cuando, en plena madrugada, había hecho subir a mi auto al chico del combustible.

?Acá tengo otra? ? dijo Silvio, volviendo a hacer doble clic y a continuación vi la imagen de mi auto entrando en un hotel, que rápidamente reconocí. Era el de la colectora en el acceso oeste y la imagen correspondía, obviamente, a la noche en que me llevé allí a Franco?

?Y tengo más?? ? siguió diciendo. Y en la medida en que se fueron abriendo nuevos archivos y nuevas ventanas, me vi a mí misma enfundada en guardapolvo y tocando el timbre en la casa de Franco en una imagen que reconocí como correspondiente al día de aquel fatídico almuerzo. En otra me vi hablando con Franco en la calle y luego invitándolo a subir a mi auto; era el día aquél del accidente y esa escena se había producido sólo un rato antes de la entrada al telo de la colectora. Es decir, me habían seguido, vigilado, fotografiado y filmado por todos lados? Fue como si en sólo un instante se hubiera hecho trizas para mí cualquier concepto medianamente asociable con ?vida privada?. Un dolor comenzó a apretarme el pecho. Me sentía consternada, dolida y pillada como una niña a la que han descubierto en sus travesuras, pero claro, siendo yo una mujer adulta, casada y profesional, la sensación de humllación que ello producía era cien veces mayor.

?¿Es? esto lo que hacés habi?tualmente?? ? pregunté, con la voz queda y algo quebrada.

?Claro. Por eso te decía: yo no hago secuestros ni abortos ilegales; no estoy en esa movida?

Me llevé dos dedos al puente de la nariz a la vez que bajaba la vista.

?No entiendo? ¿La familia de Franco te pagó por hacer todo este trabajo??

?Nunca dije que hubieran sido ellos, doctora??

Le miré fijamente, cada vez más confundida.

?Yo le dije que mi trabajo no son los secuestros ni abortos ilegales ni nada de eso; nunca me enganché con toda esa mierda ? continuó explicando -. Mi trabajo es mucho más inocente que eso, doctora? Y, según como se lo vea, hasta puede decirse que le hago un bien a la comunidad??

?¿Te podés explicar, por favor? No estoy entendiendo nada?? ? mi tono revelaba estar empezando a perder la paciencia.

?Hmm, bueno, verás? Hay muchas esposas que tienen dinero y que sospechan que sus maridos no se están portando realmente bien? Y también maridos que sospechan de sus esposas? Ahí es donde entra mi trabajo: yo descubro lo que necesiten saber y les saco todas las dudas? De esa manera, se quitan las vendas de sus ojos y una vez que se enteran de lo que realmente son sus parejas, la decisión es de ellos: o perdonan o les dan una olímpica patada en el orto??

De pronto sentí un sacudón interno y di un respingo en la silla que ocupaba como si todas las fichas me cayeran juntas.

?¿Damián? ? pregunté, casi ladrando el nombre -. ¿Me estás diciendo que te contrató Damián??

?Sé que no es la noticia más linda que quisieras recibir en este momento ? dijo tristemente -, pero sí, fue él??

Me tomé el rostro con ambas manos; todo me daba vueltas.

?¿Te sentís bien? ? ? me preguntó.

?¿Cuándo? ? repregunté sin hacer caso a su interrogante -. ¿Desde qué momento comenzó todo esto??

?Al día siguiente del día en que le mamaste la verga a Franco en el colegio? – pareció ruborizarse al decirlo -; en fin, mil disculpas por decirlo de ese modo??

?¿Y cómo se enteró? ¿Por qué sospechó?? ? volví a la carga, haciendo caso omiso de sus disculpas.

?Bueno?, una? compañera de trabajo de tu marido, una preceptora, en realidad? Ella fue la que los escuchó y le fue a él con el cuento ??

Claro, la maldita preceptora había oficiado como buchona. De hecho, tanto ese día como otros me había parecido imposible que los gemidos y gritos no se oyeran fuera del aula y, más de una vez, viendo la expresión de ella, me había dado la impresión de que se hacía la tonta, pero traté, en aquellos momentos, de pensar que era sólo mi paranoia. Estaba obvio que los gritos se habían escuchado y, dado que ella tenía su preceptoría de manera contigua al aula que yo ocupaba, se convirtió en testigo privilegiado. Ahora lo que me preguntaba era si sólo lo habría puesto al tanto a Damián o le habría ido con el chisme también a más gente. Difícil era creer que hubiera dejado pasar un rumor tan jugoso y atrayente.

?Pero,.. ¿cómo tenés esa filmación entonces? Me refiero a la del primer día??

?Acceder a un teléfono celular es fácil para mí? – dijo -. Es mi trabajo, no te olvides. La tecnología puede ser muy útil pero tiene un gran problema: deja rastro. Yo me manejo con contactos adentro de todas las compañías de telefonía celular, a los cuales, obviamente, siempre hay que pagarles. No fue difícil dar con el número de Franco y, como al otro día, por lo que parece, una compañera del curso le sacó el celular y se envió el archivo a sí misma, desde ese momento la filmación fue totalmente vulnerable? Lo demás ya lo sabés, ahí lo tengo??

Yo no salía de mi asombro. No podía creer que cada vez encontrara un nuevo límite para mi capacidad de sorpresa.

?Y? entonces, si tenés acceso a cualquier teléfono celular ? dije -, supongo que eso quiere decir que??

?Sí, sí, al tuyo también ? dijo, mientras abría otro archivo -. Acá están todos tus mensajes de texto, por ejemplo? Y también chequeé la ubicación geográfica de tus llamados cuando decías que estabas atendiendo a una mujer enferma, que había muchas escaleras y cosas por el estilo??

?Y? la grabación de audio que recibí, entonces??

?¿Cuál? ¿Ésta?? ? inquirió al tiempo que clicaba sobre un nuevo archivo y sólo una fracción de segundo después se escuchaba mi propia voz pidiéndole por favor a Franco que me hiciera la cola.

No puedo describir lo que estaba sintiendo en ese momento. Vergüenza. Estupor. Impotencia. Y estupidez,? mucha estupidez por haber creído que estaba logrando engañar a mi marido en sus narices cuando la realidad marcaba que ya hacía rato que me tenía totalmente vigilada.

?Pero? y entonces? si lo sabía, ¿por qué prolongó esto durante tanto tiempo??

?Para juntar más material y así hacerte mierda y dejarte en pelotas?? ? contestó fríamente

?P? ¿perdón??

?Claro. En el caso de un reparto de bienes gananciales, él tiene que reunir la suficiente cantidad de pruebas como para demostrar que vos no te portaste bien. Si una de las partes ha sido desleal con la otra y ha faltado a los votos conyugales, ello incide desfavorablemente sobre ella para los jueces en el momento de proceder a la división??

Mi cabeza seguía siendo un remolino. Claro, no era que tuviéramos tanto dinero: éramos un matrimonio de clase media pero él había cobrado hacía poco una herencia de unos ochocientos mil pesos que, me había dicho, mantendría bajo llave en un banco hasta que dispusiésemos de ella para mejorar nuestra casa o para lo que fuera que planeásemos, sobre todo el día en que llegara nuestro primer hijo: ironía del destino, ese hijo estaba por llegar, pero era mío, no de él. Ahora bien, quedaba claro que Damián no quería repartir nada de ese dinero conmigo, ni, seguramente, tampoco la casa?, o los autos. Pero, ¿tan frío y calculador podía él haber sido como para mantener la boca cerrada durante todo ese tiempo? ¿Hacerme creer que nada sabía de lo que estaba ocurriendo? ¿Cómo había hecho para aguantarse las ganas de decirme en mi cara que lo sabía todo y que yo era la peor puta del mundo? Las siguientes palabras de Silvio aportaron, en buena medida, algo más a mi pobre comprensión.

?Por otra parte ? continuó -, te voy a confesar una cosa. Yo no le di todo el material a Damián de entrada; sólo muy poco: apenas algunas fotos en las que subías a Franco al auto o la grabación que escuchaste recién. No puse en sus manos ninguna de las escenas de sexo explícito que te tuvieron como protagonista, por ejemplo. Preferí guardarlas para mostrárselas más adelante y así mantenerlo como cliente durante algún tiempo más. Eso también es mi trabajo: crear el gancho como para que el cliente que pidió la investigación siga motivado e intrigado y así seguir cobrando por el trabajo. Es un error dejar caer todas las bombas desde un principio?

?O sea? a ver? – le interrumpí ello mientras intentaba ordenar mis pensamientos y reacomodar un poco el rompecabezas -, volvamos a la grabación? ¿Quién me la envió entonces? No me cierra que hayas sido vos porque eso hubiera sido echar tierra sobre tu propio trabajo??

?No. Ése fue el pelotudo de tu marido ? sonrió fugazmente, pero a la vez sacudió la cabeza con evidente fastidio -. No se la aguantó y quiso jugar a ponerte nerviosa. Casi lo maté cuando me dijo: el imbécil estuvo a punto de echar a perder absolutamente todo? Afortunadamente no fue así: tu calentura ayudó??

Lo miré sin entender.

?Y? es que, honestamente me sorprendió que no te detuvieras y que siguieras queriéndote coger al pendejo aun a pesar de que, al parecer, alguien te tenía vigilada? Yo habría apostado todas las fichas en que desde el momento en que te llegara ese mensaje de voz con la grabación, te irías a bajar de absolutamente todo y que te recluirías en tu casa? No fue así: sorprendente, doctora??

No puedo describir la situación de vergüenza y de humillación. Incluso ese tipo, quien hasta el momento se había presentado como educado y tratable, me degradaba de algún modo con sus comentarios y dichos, aun cuando diera la impresión de que no era ésa su intención. Eché una mirada al monitor y a los distintos archivos que tenían que ver conmigo: toda mi vida privada almacenada y expuesta allí.

?Supongo que te divertiste todo este tiempo, ¿no?? ? pregunté con un deje de tristeza.

?Te mentiría si dijera que no ? respondió -. Es la parte divertida de este trabajo: ver las cosas que las mujeres casadas hacen en su vida privada. Pero más allá de entregárselas en bandeja a los maridos cornudos, uno también tiene su costado de ?voyeur? y en ese sentido tengo que decir que la pasé muy bien con vos?

Cerré los ojos: no sabía si agradecerle o insultarlo por tanta sinceridad. Debía recordar, por supuesto, que en definitiva era él quien me había salvado del bisturí de la bruja abortista.

?¿Y en qué momento recibió Damián el material completo?? ? pregunté, intrigada.

?Eso fue hace un par de semanas o menos, apenas saltó lo de tu embarazo ? respondió -. Ya estando vos preñada por ese pendejo no había forma de estirar mucho más el asunto porque pronto tu marido iba a saberlo de un modo o de otro. Así que ya llegado ese momento puse todas las cartas sobre la mesa: en un mismo día recibió todos los videos y fotografías más la noticia de que estabas embarazada?

?Y entonces puso en marcha el plan del secuestro? y del aborto? ? aventuré.

?Tal cual. Y ahí fue cuando las cosas se empezaron a ir al carajo. Yo? acepté su propuesta por el dinero pero?, me sentí mal apenas lo hice. Y ni hablar cuando vi ante quienes y en donde te entregaba. Lo mío es otra cosa, otro tipo de trabajo. Fue desagradable. Tuve que tratar con secuestradores, con bandas clandestinas de abortistas? Por mi trabajo, obviamente, conozco gente y tengo forma de contactarlos, pero? no es que me guste hacerlo. Prefiero no juntarme con ese tipo de lacra? Yo? siento mucho haberte metido en esto?- bajó la vista; su arrepentimiento daba la impresión de ser sincero.

Se produjeron unos instantes de silencio; sólo se escuchaba el sonido de los ventiladores internos de las computadoras y, muy de tanto en tanto, el del ascensor.

?¿Te puedo preguntar cuánto te pagó por esto?? ? espeté, haciendo un ademán con mi mano en dirección al monitor.

?Hasta ahora? – contestó a la vez que cabeceaba y parecía estar haciendo cuentas en su cabeza -, he recibido unos ciento treinta mil pesos. Jamás hago trabajos por esa cantidad de dinero, te lo puedo asegurar. Fueron noventa mil por todo esto que ves ? señaló hacia el monitor ? más otros cuarenta mil por hacer de contacto con toda esa mafia. Los secuestradores habrán recibido unos cincuenta mil: son de poca monta en realidad, pero fueron lo mejor que le pude conseguir. Y la clínica abortista le cobraba a tu marido otros cincuenta mil pero no creo que hayan llegado a ver ese dinero porque el aborto finalmente no se produjo. Si pagó, debe haber sido algún pequeño porcentaje en concepto de seña pero siendo yo el nexo, creo que me hubiera enterado de la operación?

Me quedé pensando. Ahora era yo quien hacía cuentas en la cabeza. Si se analizaban fríamente los números, finalmente no había negocio alguno para Damián. Ya llevaba gastada poco más de una cuarta parte de los ahorros: es decir, lo que no quería compartir conmigo lo estaba entregando, a la larga a investigadores privados o a bandas delictivas. Quedaba en claro entonces que el móvil era más que económico. Él quería destruirme y no compartir nada conmigo, pero no le importaba tener que repartir con alguien más, ni siquiera con un hato de inescrupulosos y facinerosos. Pensándolo fríamente, hasta podía llegar a entenderlo en algún punto y, después de todo, no era yo la más indicada para hablar de escrúpulos con lo que le había hecho.

?¿Y ahora qué vas a hacer?? ? le pregunté a Silvio.

Me miró sorprendido; se apoyó un dedo índice en el pecho.

?¿Yo? ? me repreguntó extrañado – ¿Yo? Echate un vistazo en cuanto puedas, doctorcita? Estás desnuda y sucia, demás está decir que sin poder volver a tu casa dada tu situación actual? ¿Y te preocupás por mí??

?Supongo que te metiste en un problema con esto que hiciste por mí? ? aventuré.

?Sí ? asintió, enarcando las cejas y revoleando los ojos como si con sus gestos relativizara sus palabras -. Por los secuestradores no tengo que preocuparme. Ellos hicieron su trabajo, cobraron y se fueron. No les importa un carajo si a los de la clínica después se les escapó la presa que ellos le llevaron? Con los de la clínica ya es otra cosa porque ellos sí perdieron tanto paciente como cliente y no vieron un solo mango. Así que van a estar que trinan en cuanto empiecen a caer en la cuenta de que, muy posiblemente, haya sido yo quien te sacó de ahí. Pero? – tomó su celular y lo conectó a la computadora a través de un cable USB -, yo tengo material como para hacerlos mierda, fijate??

Una serie de imágenes fueron desfilando por el monitor: tomas de la clínica de abortos, tanto por dentro como por fuera del edificio, incluyendo instrumental, aparatos y (lo más escalofriante de todo) algunos fetos amontonados uno sobre el otro. ¿Cuántos abortos hacían por día en ese lugar? Aun siendo médica y habiendo visto cosas infinitamente peores a los ojos, no pude evitar desviar la vista y hasta sentí náuseas. Es que no era sólo lo que veía, sino el concepto contenido en las imágenes. Cualquiera de aquellos fetos listos para ser desechados bien podría haber sido el mío; me llevé una mano al vientre con instinto maternal protector. Le pedí a Silvio que sacara las imágenes de la pantalla y así lo hizo tras pedirme disculpas.

?Perdón? – dijo, con evidente culpa -. Pensé que siendo médica no te impresionaría??

?En esta noche fui raptada, violada y estuve a punto de ser sometida a un aborto ilegal por una carnicera. Eso es demasiado hasta para una médica? Ahora, volviendo al tema, ¿y no tenés miedo? Una vez que presentes esas pruebas a la justicia??

?Ni en pedo? – me corrigió -. A la justicia no, a los medios?

?Ok, vos sabrás? Entonces, una vez que hayas presentado eso, ¿qué te hace pensar que no te van a hacer boleta??

?Nada??

?¿Y entonces? ¿Vas a correr el riesgo de todas formas??

En lugar de contestar, tomó un portarretratos de encima de su escritorio y lo giró hacia mí. En la foto estaba él abrazado con una mujer realmente muy bonita, de cabello castaño y ojos marrones.

?¿Es tu esposa?? ? pregunté.

?Era??

?¿Qué pasó? ¿Sos separado o???

?Separado, sí?

Sonreí. Eché un vistazo a los monitores y colecciones de archivos.

?Supongo que todo esto no debe ser muy fácil para una esposa? – dije -. Es decir, ser la mujer de un detective es lo mismo que vivir bajo el ojo de una cámara??

?Sí, eso es verdad ? concedió -. Pero no era eso lo que te quería mostrar?

Levanté las cejas sin entender y volví a mirar hacia la foto. Él trazó un semicírculo alrededor de la imagen principal de la pareja como buscando abarcar el entorno. Parecían ser las playas de Copacabana; nunca estuve, pero ya son suficientemente identificables para cualquiera, haya ido o no.

?Brasil, ¿no??

?Exacto ? confirmó con una sonrisa de oreja a oreja -. Mañana empiezo a desmantelar todo esto y me voy para allá?

En ese momento eché un vistazo a un diploma enmarcado que, justamente, acreditaba sus estudios como detective. Correspondía a una institución de Río de Janeiro.

?Estudiaste allá?? ? dije.

?Tal cual? Y me voy para allá en un par de días? ? respondió.

?¿Solo???

?No, acompañado??

Touché. ¿Era mi imaginación o me estaba invitando a acompañarlo? Fue como si alguien me hubiera empujado la cabeza hacia atrás.

?Somos tres? ? agregó, siempre sonriente.

?No? estoy entendiendo nada, lamento decirte??

?¿Pensás quedarte acá? ? me espetó, asumiendo algo más de seriedad ? A tu casa ya no podés volver, eso está claro? Y con todo el jaleo que se ha armado, no es seguro para vos ni para tu bebé ? señaló hacia mi vientre ? que te quedes en el país?

Otra vez el terrible remolino dentro de mi cabeza. Lo que exponía tenía una lógica impecable, pero? ¿desaparecer de mi entorno, de mi mundo, de mis familiares y amistades? ¿E irme con un desconocido, con alguien a quien conocía desde hacía un par de horas? Había que concederle, no obstante, que era cierto que mi mundo estaba a punto de desmoronarse en la medida en que se volvieran vox populi mis historias sexuales y mi embarazo. La oferta de Silvio, aunque llena de incertidumbres, quizás no fuera tan mala?

?Y si me voy de acá?? ? comencé a decir.

?¡Bien! ? me cortó, en tono efusivo y guiñando un ojo -. Ya lo estás pensando, eso me gusta??

?Si? me voy de acá ? retomé -, o sea? si me voy con vos? ¿Implica que seamos pareja??

?No implica nada, pero tampoco hay que descartar nada? Si, una vez allá, no querés vivir conmigo, bueno?, Brasil es grande, jaja?Y de todas formas, te repito, somos tres??

Me quedé sin palabras durante varios minutos. Dejar todo, abandonar todo, iniciar una vida en otro sitio?, ¿sería capaz? Y, sobre todo, ¿soportaría estar tan lejos de Franco? Un mar de dudas me carcomía por dentro pero urgía tomar una decisión.

Esa misma noche Silvio me permitió ducharme en el baño de su oficina. No hizo ninguna propuesta sexual en ningún momento y me alegré: no era el mejor día si se consideraba que yo venía de ser violada anal y bucalmente. De hecho me costaría muchos días volver a una sexualidad normal. Al otro día, a las nueve en punto, cayó la secretaria de Silvio, una chiquilla de veintidós o veintitrés años, realmente preciosa, de cabellos castaños y ojos color miel, además de algunas pecas que contribuían a darle a su rostro un aspecto eternamente adolescente. Muy afable y siempre sonriente, se apareció trayéndome ropa que, al parecer Silvio, sin decir nada, se había encargado de pedirle que me trajera. Allí empecé a entender las cosas un poco más. Apenas ella llegó se arrojó sobre él y estuvieron largo rato besándose. La jovencita no lucía como lo haría cualquier secretaria normal: su aspecto era más bien informal y, precisamente, juvenil: no lucía tacos sino zapatillas, por ejemplo, además de unas calzas negras terriblemente ceñidas que resaltaban unos muslos perfectamente redondeados.

?¿Ella es la tercera?? ? pregunté.

Silvio asintió y ambos sonrieron. En fin, en ese momento sólo recordé las palabras que, en su momento, me había dicho la odiosa vendedora de la tienda de lencería acerca de tomar lo que la vida da, aprovecharlo y punto. Ese mismo día pasé por mi consultorio para retirar todo lo mío. Silvio se portó muy bien conmigo al prestarme su auto para hacerlo ya que el mío o bien estaba en casa de Damián o bien había ido a parar a algún desarmadero. Lo que sí recuperé, y no esperaba hacerlo, fue mi teléfono celular: de hecho, Silvio lo tenía puesto que, se encargó de tomarlo de la clínica en la noche previa. Demás está decir que no regresé a casa, pero eso sí: un par de días después y antes de tomar el avión a Brasil no pude evitar pasar por la casa de Franco una vez más. Mantuve las puertas con seguro y ni siquiera me detuve esta vez: la experiencia del secuestro me había aleccionado lo suficiente. Pasé, aun a riesgo de chocar otra vez casi en el mismo sitio, con mi vista clavada en la casa, esperando ver a Franco por algún ventanal o bien simplemente imaginándolo. Arrojé un beso al aire: allí quedaba mi macho, mi único y verdadero macho, el que me había hecho entender que soy hembra antes que mujer. Mientras pasaba con el auto frente a la casa sentí como si un extraño puente de corriente eléctrica se hubiera tendido entre la casa y mi vientre, el cual me acaricié. No se podía, aún, por supuesto, saber el sexo de la criatura y, sin embargo, yo sabía, sí, internamente lo sabía, que sólo podía ser varón. O mejor dicho, que sólo podía ser macho? ¿Qué nombre le pondría? El primero que se me ocurrió fue, por supuesto, Franco, pero? era demasiado obvio. De pronto se me ocurrió una idea. Giré por la calle que conducía a la estación de servicio cercana a lo de Franco y, al llegar allí, divisé al muchachito sin nombre al que había, en su momento, llevado a mi casa para que me diera una espectacular cogida sobre mi cama matrimonial. De algún modo, era como que quería, internamente, despedirme, verlo por última vez, pero no era sólo eso?En un principio, claro, no reconoció el auto pero luego se quedó petrificado, junto a los surtidores, apenas me vio. Una vez más, yo no me acerqué a los surtidores como para cargar nafta sino que permanecí dentro del vehículo a una distancia de cuatro o cinco metros. Saqué la cabeza por la ventanilla y le pregunté, en voz alta:

?¿Cuál es tu nombre??

Sonrió algo estúpidamente; pareció shockeado pero, a la vez, gratamente sorprendido. Claro, seguramente recordaba bien que yo alguna vez le había dicho que lo prefería sin nombre. Se quedó un rato como atontado hasta que finalmente contestó:

?Franco?

No pude evitar soltar una carcajada.

?Jaja? ¡Me estás jodiendo!?

Se encogió de hombros y abrió los brazos en jarras en claro gesto de incomprensión.

?Me llamo Franco? ? reiteró.

Le arrojé un beso soplado desde el auto y él me lo devolvió. Claro, lejos estaba el jovencito de imaginar que yo me estuviera despidiendo, posiblemente, para siempre. Puse primera y me alejé de allí. Mientras lo hacía, no pude evitar volver a acariciar mi vientre. Me reí.

?Bueno? – dije, hablando sola o, más bien, con el bebé que llevaba adentro -, yo el intento lo hice, ja… Te vas a tener que llamar Franco entonces??

Hace ya tres meses que estamos instalados en Brasil, en un lugar paradisíaco. Silvio trabaja como detective y tiene una agenda mucho más movida que la que tenía en Buenos Aires. Yo, de a poco, estoy posicionándome como doctora en una sala de primeros auxilios. Las cosas van bien y el embarazo marcha perfecto. Silvio es un tipo muy agradable y divertido y la verdad es que, en la cama no lo hace mal, pero cuando se agrega la preciosa secretaria la cosa se pone todavía mucho mejor. Hasta a veces disfrutamos juntas cuando él no está. Es tanta la buena onda que irradian los dos que logré superar mucho antes de lo que esperaba el trauma por la doble violación arriba de mi auto. Me costó, eso sí, despedirme de mis padres o hermanos, pero les expliqué, lo mejor que pude, que me iba para bien. Silvio me entregó la mitad del dinero que Damián le pagó y eso me hizo posible también indemnizar a Palo? No me hubiera permitido nunca dejarle sin nada; de hecho la recomendé rápidamente y sé que ahora está trabajando en unos policonsultorios de Villa Urquiza. La clínica de abortos fue noticia en todos los medios de Argentina y, cada tanto, sigo el caso por internet: están en el horno. De los dos hijos de puta que me violaron, por supuesto, no tuve noticia alguna; ojalá terminen muriendo en algún tiroteo. De Damián tampoco tuve noticias ni quiero tenerlas; siento que, de algún modo, estamos a mano: yo lo engañé sin ningún miramiento y él trató de dejarme sin mi preñez, aun cuando lo hizo de la peor forma y poniendo en riesgo mi vida. Pero bueno, seguramente habría enloquecido al enterarse de que la esposa a quien tanto amaba y en quien tanto confiaba, había sido culeada por medio mundo y, lo peor de todo, ella daba señales de haberlo disfrutado. En fin: que haga su vida? Y ojalá encuentre una mujer: yo ya no lo soy: soy una hembra?

Todo el tiempo, eso sí, me acuerdo de Franco. Si alguien me transformó en lo que soy ahora fue él y, de algún modo y sin saberlo, se convirtió en el principal responsable de un cambio positivo en mi vida ya que me ayudó a descubrir mi verdadera esencia. Hace un par de días en la playa vi un chico que me hizo acordar mucho a él, aun cuando era bastante más morocho. Se fue dando que, en la medida en que el sol fue cayendo sobre el oeste, la playa se fue despoblando y en un determinado momento estábamos prácticamente sólo yo y él, separados por unos veinte metros. Había algunos otros, pero mucho más alejados. Lo que me salió hacer en ese momento fue algo que nunca hubiera hecho seis meses atrás y eso hablaba a las claras de que había una nueva Mariana. Me incorporé y caminé a paso decidido hacia él. Estaba echado sobre la arena y se hizo visera con el antebrazo para tratar de verme mejor ya que mi silueta se recortaba contra el sol poniente. Me miró interrogativamente; la verdad era que no había dado, a mi pesar, señales de prestarme atención en toda la tarde. Eché un vistazo al bulto que hacía montañita en el short de baño y se me hizo agua la boca.

?¿Te puedo chupar la pija?? ? le pregunté.

No pareció entender. Claro, hablaría portugués y, si conocía algo de español, quizás pensara que era imposible que yo hubiera dicho lo que él podía haber entendido. No vacilé más. Me arrodillé entre sus abiertas piernas y tiré del short de baño hasta bajarlo y dejar al aire un miembro que era tan hermoso como lo imaginaba. Su rostro, por supuesto, sólo rezumaba incredulidad y yo, encima, no le di tiempo a entender mucho. En cuestión de segundos ya me estaba comiendo su verga cuan larga era sin plan de interrumpir la labor hasta tanto no lo hubiera dejado sin leche. Y, en efecto, así fue. Sí, lindo, te vas a tener que conseguir otro porque me lo pienso tragar entero? Intentó incorporarse, posiblemente sacudido por la sorpresa o asustado por el carácter público del contexto. Yo, sin dejar nunca de comerle el pito, estiré un brazo hasta apoyar una mano sobre su hermoso pecho y lo empujé hacia atrás: al rato él no podía contener sus gritos, que resonaron en el aire vespertino de la playa mezclándose con los que producían las olas y las gaviotas. No sé qué habrán pensado los que, desde lo lejos, hubieran visto la escena; no me importó tampoco. Sólo sé que mientras estaba, como una ventosa, prendida a su pija, sólo pensaba en una cosa: Franco, Franco, Franco?

Y aquí estoy, queridos lectores. Una vez más retozando en las playas de Copacabana. Y, una vez más, también, echándole el ojo a un muchacho; a decir verdad, no es tan lindo como el de hace un par de días, pero me mira mucho? Mi panza ya se nota bastante, así que debe ser uno de esos pervertidos que se ratonean con las embarazadas. Tanto mejor: le estoy guiñando un ojo, me estoy relamiendo el labio inferior. Preparate guachito, porque te voy a coger bien cogido?

Una sonrisa se me dibuja en el rostro y mecánicamente me acaricio la pancita. Bajo la vista hacia ella por un instante y me siento agraciada por llevar dentro mío el mejor recordatorio posible de que soy una hembra. Me acaricio y me acaricio?, y sonrío? Vas a ser hermoso, lindo?, como tu padre? Y, sobre todo, muy machito?

La doctora infiel 11 Final en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

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La terapeuta zorra en Relatos eroticos de Maduras

Video Porno de: Maduras

febrero 11th, 2014 >> Relatos Eroticos

La terapeuta zorra en Relatos eroticos de Maduras (relatos eroticos )

» Relato Erotico: La terapeuta zorra en Relatos eroticos de Maduras

La terapeuta zorra en Relatos eroticos de Maduras (relatos eroticos )

Me llamo Miguel, tengo 23 años, y he padecido lo que a mí me parece un serio problema. Todo empezó con esos catálogos de venta por correo que le llegaban a mi madre cuando yo apenas tenía 12 años. Al principio llegaban y veía que eran de ropa de mujeres, lo cual no me interesaba para nada, pero un día vi que entre vestidos y blusas había una sección de lencería. Cuando vi aquellas increíbles modelos, específicamente escogidas para quedar increíblemente sexys en aquellos camisones repletos de transparencias, conjuntos de medias, tanga y sujetador de encaje, no pude más que tener una erección de lo más potente. No sabía muy bien lo que pasaba, pero ver a esas mujeres en lencería me puso como una moto. Tiempo después, un día que estaba solo en casa cogí uno de los catálogos, y al cabo de un rato me empecé a masturbar. Al cabo de un par de minutos acabo llegando un momento que cambio mí vida para siempre: tuve mi primer orgasmo. Fue brutal, así que seguí mirando catálogos durante toda la tarde. Me encantaba, así que me masturbaba varias veces al día, y así durante meses. A escondidas cogía los catálogos de ropa que tiraba mi madre a la basura y me masturbaba con la sección de lencería. Con el tiempo, apareció internet en casa, y yo buscaba películas para bajarme y verlas a escondidas.

Era una locura, pero más locura era que no me interesaba realmente por tener sexo real con una chica, siempre estaba más interesado en hacerme una buena paja con el porno, no me interesaban las complicaciones con las chicas, con las que además no tenía mucho éxito. Pero los años fueron pasando, y digamos que el reloj biológico empezó a sonar, y empecé a buscar novia, sin éxito, hasta que un día me di cuenta de que tenía un problema serio: Era adicto a la masturbación y al porno. Cuando salía y conocía a una chica, esta no me atraía lo suficiente, porque yo en cuanto tenía ganas me masturbaba, pero sobretodo porque no era como las de las películas porno. Si una chica quería echar un polvo conmigo, yo siempre me acababa rajando, por miedo a no cumplir.

Así que un día me fui de putas, y lo que me paso es que no conseguimos que se me pusiera dura, por mucho que lo intentáramos. Sin embargo al llegar a casa, me pude masturbar con mi pornografía como siempre. Después de unos meses de reflexión, intentar dejar la pornografía y no conseguir buenos resultados, acabe en la consulta de mi médico, que me dijo que tenía un problema de asociación de estímulos, que mi cabeza no era capaz de asociar el estimulo sexual con una mujer real, debido al fuerte vinculo que había creado viendo porno, así que me mando a ver una sexóloga.

La doctora Sanz es una mujer de unos 45 años, 1,70 de estatura, pelo rubio, ojos marrones y la verdad es que aunque no está mal, tampoco es una mujer de bandera a simple vista, es más una de esas mujeres que tienen ese don de ser agradables, y que te tranquilizan en cada instante con sus palabras, como si todo lo que dijera fuera música para tus oídos.

Nada mas comentarle lo que me pasaba, me comento que era un problema que empezaba a ser de lo más común en las nuevas generaciones, ya que al encontrar una manera de satisfacernos por nosotros mismos, no desarrollamos la necesidad de una mujer en su aspecto sexual, pero si desarrollamos una necesidad de relacionarnos con una mujer. Todo lo que me mando hacer fue borrar y tirar toda la pornografía que tenía, además de dejar de masturbarme. Así estaría una semana hasta la siguiente visita que fuera a hacerla.

No me fue complicado tirar toda la pornografía, pero teniendo el maravilloso mundo online, apenas tarde 3 días en volver a tirar de él, y como ya había fallado un día, lo volví a repetir 2 veces más antes de ver a la doctora otra vez.

Al llegar a la consulta fui sincero con ella, y ella me dijo que la única manera de sacar esto adelante era tomarme todo el tema en serio, que aunque ella entendía que se puede recaer, hay que hacerlo y punto.

Durante la semana siguiente aguante casi toda la semana, pero volví a caer el día antes de ir a verla. Ella me repitió que me lo tomara en serio, que si no era mejor dejar la terapia.

La semana siguiente me sucedió algo que hacía años que no me sucedía, soñé con la doctora Sainz, y que tenia sexo con ella, así que cuando me desperté no pude evitar volver a masturbarme. No pude evitar pasarme el resto de la semana masturbándome, pero ahora cuando me masturbaba viendo porno, me la imaginaba toda seria, masturbándome ella y diciéndome que eso estaba muy mal, y que tenía que follarmela de verdad.

Cuando llegue a la consulta, solamente le dije que me había masturbado una vez esa semana, pero supongo que después de lo que había sucedido esos días yo ya no la miraba con los mismos ojos, así que de algo se dio cuenta ella. Me ordeno desvestirme e ir a la camilla. Allí empezó a examinar mis genitales, y cuando palpo mi escroto lo tuvo claro. Empezó a abroncarme y decirme que nada de todo eso tenía sentido si yo no ponía mi voluntad por mi parte, que si ella tenía que poner solución sería peor. Lo siguiente me sorprendió aun más:

-¿Te has masturbado pensando en mi verdad?

-¿Cómo?

-Tengo más pacientes como tú, y sé que os empieza a dar morbo el hecho de que yo os ordene no masturbaros, al principio os lo tomáis más en serio, pero un día que caéis, justo os paso por la cabeza y eso os pone aun más. Así que empezáis a masturbaros impulsivamente pensando en mí. Se os nota en la mirada nada más entrar.

-Yo?..no sé qué decirle.

-Pues no me digas nada. Vamos a comprobar que es lo que pasa.

La doctora se empezó a quitar la ropa ahí misma delante de mí. Yo empecé a ponerme de lo más nervioso, y rápidamente me di cuenta de que aunque me había masturbado varias veces con ella, no se me ponía dura, y no tenía ese subidón de querer clavarmela que si tenía imaginándomela, pero con el porno delante claro. Ella empezó a tocármela, suave al principio, luego escupió en ella y empezó a masajearla y sacudirla, pero nada. Entre los nervios y que de repente aquella mujer no me decía nada. Me fijaba en sus pechos, mas grandes y redondos de lo que se apreciaba bajo la blusa, su pubis rasurado, incluso se inclino hacia atrás y se toco a ver si eso me encendía, pero nada, y realmente resultaba una mujer de lo más atractiva.

-¡¡Ves¡¡ No ganas en nada cayendo una y otra vez en tus adicciones. Ahora mismo podrías estar teniendo sexo conmigo, pero no respetas ni los primeros pasos de la terapia. Te quedaras solo, y como dejes pasar los años, tu potencia sexual decrecerá y encima te costara masturbarte con tu porno. Tengo pacientes de más de 40 que ya casi ni se les pone en erección. La semana que viene espero mejoras reales, o tendré que tomar cartas en el asunto.

La doctora y yo nos vestimos, y me fui de aquella consulta con la sensación de que realmente ella se molestaba en ayudar a sus pacientes, pero si algo me hubo preocupado más que defraudar a la doctora, era la sensación de que no me había importado no tener sexo con ella, o de haberme preocupado de saber si podríamos llegar a tenerlo si la terapia funcionaba.

Durante la semana siguiente, el recuerdo de la doctora desnuda me despertó varios días, pero mi pene no estaba erecto, sin embargo me moría de ganas de masturbarme. Dos días antes de la consulta no pude evitar volver a masturbarme.

Al llegar a la consulta, la doctora me mando desnudarme directamente, después me examino y llego a la conclusión de que me había vuelto a masturbar, y no importaba cuantas veces hubieran sido, había vuelto a caer.

-Voy a tratar de hacer algo más agresivo, para ver si eres capaz de contenerte, para que te sea más fácil aguantar durante la semana esos apretones que dices que te entran.

Me llevo a la sala de donantes de esperma, y allí me mando sentar en una comoda butaca que había en el centro, después me dio a escoger una película de entre las que había, y después me dijo que intentara masturbarme. Ella se coloco por detrás mío, para que no la viera a ella, y yo me empecé a concentrar en la película. Después de un rato y mucha paciencia empecé a tener una erección. Ella en todo momento se mantuvo callada, y espero a que yo entrara en funcionamiento. Cuando ya estaba a punto la pregunte si podía masturbarme, a lo que ella dijo que sí. Empecé lentamente al principio, pero no tarde en coger el ritmo que mas me gustaba, de repente ella me cogió los brazos y los puso a ambos lados de la butaca, después se puso delante y me empezó a masturbar lentamente.

-Quiero que sientas el deseo de querer placer, y quiero que me veas aquí, dándotelo lentamente. Asócialo a mí, que yo soy alguien que está aquí, y ahora, y te está dando placer.

Yo miraba a la doctora a los ojos, y a la vez levantaba la mirada hacia la pantalla, viendo aquella escena de porno, con los pechos de esa actriz, con las piernas al aire, con esos grititos pidiendo más y más.

-Tienes que mirarme a mi ? Se desabrocho algunos botones de la blusa, dejando a la vista su sujetador de encaje.

-Es que así de lento, necesito? más velocidad.

Ella aumentó el ritmo un poco más, yo la miraba al escote, junto los codos haciendo que sus pechos sobresalieran? y entonces paro. Apago la pantalla y volvió a masturbarme. Mi erección se resintió como si hubiera bajado la excitación, entonces ella hizo algo que no esperaba, y se introdujo mi pene en su boca. Yo me moría de ganas por correrme, pero por alguna razón notaba que mi pene ya no quería seguir erecto, ya solo la lengua de la doctora impedía que se perdiera la erección por completo.

-Todavía parece resultar inútil, evidentemente te has estado saltando el tratamiento.

Se levanto de nuevo, volvió a poner la película, y después me dijo que me masturbara, pero cuando vio que me iba a correr me volvió a apartar las manos.

-Bien. Ahora has de quedarte quieto, no te vas a correr hasta la semana que viene. Mírame bien, porque si la semana que viene vuelves y te has corrido, te voy a poner esto ? Y saco del bolsillo de la bata un cinturón de castidad de plástico, con un candado- Pero te lo pondré después de haberte hecho esto mismo. Ahora tienes la opción de hacer las cosas por ti mismo, o sino las hare yo por ti.

Estuvo un rato tomándome las manos para que no pudiera tocarme, y cuando se me bajo la erección me soltó. Después me fui a casa y lo primero que hice fue ir al ordenador, lo encendí, pero en el último instante me lo pensé dos veces. Pensé en la doctora haciéndome una felación y yo que no había podido correrme. Pensé en lo que había sucedido aquella tarde y mi pene no reaccionaba como era debido. Así que no hice nada durante toda la semana.

Así a la semana siguiente acudí a ver a la doctora. Era la primera vez que no me masturbaba en toda la semana, y ella se puso muy contenta al verlo, después me llevo a la sala de donantes de esperma, y una vez allí nos desnudamos los dos. Esta vez no me puse tan nervioso, pero si note cierto cosquilleo en mi pene. Se lo comente a la doctora, y esta me mando sentar en la butaca, después se sentó encima de sus piernas y pude volver a observarla en todo su esplendor. Entonces sí que note que aquella mujer me estaba llamando, que realmente quería correrme, y que quería que aquella mujer me tocara, y yo quería tocarla a ella. Me empezó a tocar suavemente, y poco a poco mi pene empezó a ponerse erecto. Yo no sabía si aquella mujer me iba a dejar penetrarla, pero cuanto mayor era mi erección, más ganas tenia de que aquello sucediera.

-Te voy a dejar penetrarme, pero solo eso, soy tu doctora, no una puta y quiero que sientas lo que se siente estando dentro de una mujer, pero nada más. Quiero que me asocies como mujer a tu satisfacción sexual. Después te hare una paja, a ver si eres capaz de correrte. Puedes tocarme si quieres, forma parte de la estimulación así que será bueno para ti.

Se subió encima mío, y empezó a cabalgarme, muy lentamente, pero paro cuando vio que me sobreexcitada paro. Fue mi primera experiencia dentro de una mujer, y aunque no llegue a correrme dentro de ella, bien cierto es que lleno un vacio enorme dentro de mí. Después empezó a masturbarme a buen ritmo pero sin prisas, y yo aproveche para tocarle los pechos e incluso ella me dejo lamerle sus partes durante un rato. No dure mucho, apenas un par de minutos, pero fueron mis primeros síntomas de mejoría en el tratamiento.

La semana siguiente no tuve apenas necesidad de mirar porno, aunque sí que me pase toda la semana pensando en el último encuentro con la doctora Sanz. Me ponía mucho pensar en ella, y me levantaba por las mañanas completamente erecto.

Llego por fin mi cita con la doctora, y esta vez le pude contar no solo que no me había masturbado, también mis mejorías. Ella se sentó en la camilla, cruzo las piernas y se abrió la bata en pose sexy. Me acerque a ella y la empecé a besar el cuello, mientras que ella empezó a manosearme los genitales con la mano abierta. Para mi sorpresa mi pene respondió con rapidez, así que ella me bajo los pantalones y los calzoncillos, se subió la falda y me puso un condón.

-El otro día vi que aguantabas más de lo que yo pensaba, así que te voy a dejar que me folles bien por una vez, aunque creo que ya no te queda mucha más terapia por lo que puedo comprobar.

Yo levantado junto a la camilla, me estaba follando a mi terapeuta, que estaba ahí medio tumbada con las piernas bien abiertas. Todo un sueño para mí. No pude evitar cogerla de uno de sus tobillos y subírmelo al cuello como en las películas porno que más me gustaban. Yo la miraba y ella estaba ahí con sus manos en sus pechos sobre la blusa, con los ojos cerrados?.disfrutándolo.

Creo que esa fue la sensación que realmente me curo, el hecho de darle ese placer, fue realmente mi placer, y supongo que para ella también. Apenas tuve un par de sesiones mas con ella, y en ninguna de las dos volví a tener sexo con ella, pero me obligo a buscar otra mujer para tener sexo, y así con la tontería conseguí tener mi primera amiga con derecho a roce, y así sigo a día de hoy, sin volver a ver nada de porno.

La terapeuta zorra en Relatos eroticos de Maduras (relatos eroticos )

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La primera cita en Relatos eroticos de Infidelidad

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noviembre 13th, 2013 >> Relatos Eroticos

La primera cita en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

» Relato Erotico: La primera cita en Relatos eroticos de Infidelidad

La primera cita en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

?Te escribo esta nota porque no veo correcto invitarte a cenar esta noche delante de tanta gente. Hay algo en ti que me ha dejado prendido y quisiera conocerte más? si tú quieres, claro. Mi teléfono está por detrás, si aceptas llámame?

Esta fue la nota que le di a Marisa cuando me fui de la central hortofrutícola donde estaba haciendo controles de calidad.

Me llamo Ángel, divorciado, un tipo normalito físicamente, 1,75 de alto, 76 kilos de peso y 45 años de edad. Soy auditor y esa tarde estuve haciendo controles de calidad en una pequeña central hortofrutícola de Badajoz.

Llevo yendo a ese sitio varias veces y la jefa de administración que me atiende cuando llego es muy agradable y tiene un tipazo de infarto. No es muy guapa, pero sabe sacarse partido de todo lo demás. Siempre que voy lleva una minifalda con volantes que te hacen quitar el hipo.

Un día le pedí un folio para tomar unas anotaciones y se levantó, se giró y se fue a un armario que había detrás. En la parte de abajo tenía un paquete de folios y cuando se agachó, de espaldas a mí, lo hizo deprisa lo que hizo que se levantara la faldita lo suficiente para que viera su estupendo culito y el mini tanga que vestía, de color morado. Supe que lo hizo a propósito, pues había folios sueltos en la impresora que tenía en su escritorio. Me puso muy cardiaco ver esa escena. Se levantó y me sonrió.

¿Te vale con esos o quieres más?
No, tranquila si con un par de folios me sobra.
Bueno de todas formas tenía que coger más para mí.
Me despedía de ella y volví al día siguiente a terminar mi trabajo.

Volvía a llevar mini falda con vuelo, y quizás era un poco más corta que la de ayer. Casi no me puedo centrar en mi trabajo y cuando me fui, fue cuando le di la nota. Cogí mi coche y me largué para casa. Vivo a unos 100 kilómetros de distancia. Cuando iba conduciendo sonó el whatsapp que tenía un mensaje. Me puse un poco nervioso, no puedo negarlo, me latió el corazón rápido pensando que podía ser ella. Sé que no está bien coger el móvil mientras conduces pero la intriga y el deseo fue delante de la razón y cogí el móvil. Lo miré, nervioso, impaciente y vi que era un poco largo el texto, por lo que decidí parar en un sitio apropiado para poder leer detenidamente el mensaje.

Me metí en la entrada de una finca, paré el coche, cogí el móvil, lo encendí y me dispuse a leer:

?Me ha sorprendido tu nota, pero por otra parte me ha gustado. Si esta noche estás libre podríamos quedar a cenar. Mi dirección es calle XXX, nº XX, si aceptas, manda un mensaje diciéndome a que hora me recoges?

Dios mío, no me lo podía creer. Qué sencillo ha sido. Me puse como loco, mis pantalones se hincharon de emoción al leer ese mensaje. Pensé en contestarla enseguida, pero luego decidí contestarla cuando llegara a casa, no quiero que piense que soy un imprudente y leo mensajes de móvil mientras conduzco. Supongo que eso será una tontería, pero me gusta cuidar los detalles que parecen sin importancia.

A la que llegué a casa decidí mandarle un mensaje.

? Muchas gracias por contestarme, guapa. No pude ver el mensaje antes porque iba conduciendo, ya no sé si es tarde para la cita. Me voy a duchar, a prepararme y en una hora te recojo??

No tardó ni un minuto en contestarme. Me temía que todo se quedara en agua de borrajas, por mi tardanza en contestar, pero pensé que si seguía queriendo quedar, es la forma de confirmarlo.

?Perfecto, en una hora me recoges en casa. Te espero?.

Mi corazón empezó a bombear sangre por todo el cuerpo y especialmente hacia mis partes bajas. Tuve una erección solo de pensar que iba a quedar con ese pedazo de hembra.

Me duché, me rasuré mis sexo, solo lo fundamental, dejando pelitos por la parte de arriba pero lo demás bien rasurado por si había oportunidad de enseñarlo, que tuviera buena presencia. Me excité pensando y haciéndolo que tuve que masturbarme para relajarme un poquito.

Ya dispuesto a salir mandé otro whatsapp diciendo que salía ya, que en tres cuartos de hora estaría allí. Que si quería quedar en otro sitio que me daba igual.

Esperé un ratito y me contestó.

?Yo acabo de terminar y me voy para casa. Así que mejor quedamos en mi casa. Un besito y nos vemos en un ratito?

Salí a por el coche, excitado, contento y un poco nerviosillo por la circunstancia tan extraña en que se ha realizado todo y sobre todo por la predisposición de ella.

Durante todo el camino imaginé como sería la velada, donde llevarla, como actuar ante ella, etc. Pero luego pensé que mejor sería dejar pasar la noche y que todo fuera saliendo como sea.

Llegué a su calle, busqué su número y me encontré con un bloque de pisos y en la puerta no había nadie, no estaba allí esperándome. Me acongojé un poco, pasó por mi cabeza que fuera una broma, que ya se le pasara el calentón, que… mil cosas y todas malas.

Me quedé un rato esperando sin saber que hacer hasta que por fin me atreví a mandarle un whatsapp:

?Hola Marisa, estoy en la puerta. Estoy esperándote, no tardes mucho, ok??

No recibí contestación. Mi cuerpo estaba como un flan. No sabía que hacer. Pasó un minuto, dos, tres, cinco…

?Lo siento, estaba empezando a ducharme y no había sentido el móvil. Llama al portero automático y sube?.

¡Qué alivio!, pensé que se había ido todo al carajo, pero no. Había una buena razón para todo.

Llamé al portero automático y…

¿Quién es?, dijo una voz de hombre.
No sabía si me había equivocado y dije:

¿Soy Ángel es la casa de Marisa?
Sí, sube.
¿Cómo?, ¿un hombre en su casa?, todo se me vino abajo. ¿será su hermano?, ¿estará casada?, si es así… entonces lo de la cena no será tan excitante como me había plateado en mi cabeza. ¡Qué cagada! Pensé. Bueno ya metidos en faena, vamos a ver que ocurre. A lo mejor es solo su hermano o un familiar, no tiene porqué estar casada. No hubiese aceptado la cena…. Mi cabeza era un hervidero de ideas contrapuestas, mi estómago lo tenía en la garganta, el corazón empujaba la sangre pero esta vez hacia mi cara, me estaba ruborizando.

Llegué a la puerta de la casa y después de respirar profundamente toqué le timbre.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando me abrió un hombre, más o menos de mi edad, vestido con un mandil y con pinta de estar cocinando.

Hola soy Pedro el marido de Marisa, pasa y acomódate, que ella no tardará en salir.
Me presenté yo también y absorto por la escena me quedé mudo y me fui al salón y me senté en el sofá.

¿Quieres una cerveza o un refresco mientras sale ella?
Yo no sabía que decir, estaba un poco cortado y dije: Gracias una cervecita no me vendría mal.

Se fue a la cocina y me trajo una cerveza bien fría y unos cacahuetes para picar.

No sabía donde me había metido, mis ideas de tener una velada algo picantota de esa noche se esfumaban por momentos, pero bueno… una cena con una chica escultural como Marisa, siempre merece la pena, pensé.

Yo sigo con la cocina que tengo que preparar la comida de mañana, te dejo aquí solo. Ella saldrá pronto, está terminando de prepararse. ¿No te importa, verdad?
No, por supuesto, sin problema. Gracias.
Los cinco minutos de espera se me hicieron eternos. Miré todo, la decoración, el estilo de la casa, hasta que descubrí un marco con una foto de los dos del día de su boda. Ya no había duda era su marido con seguridad. Mi gozo en un pozo. ¡Qué se le va a hacer!, no siempre se gana. Me relajé y me lo tomé con filosofía.

En ese momento aparece Marisa por el salón…

¡Guauuu!, ¡Qué pasada!, ¡Impresionante! Venía con el pelo rizado, un top blanco que solo tapaba sus turgentes pechos, ligeramente translúcido que insinuaba sus pezones sonrosados pero sin ser descarado, la imaginación hacía lo demás. Por supuesto no se le veía sujetador. El ombligo al aire con un piercing en forma de colgante pequeñito, una super minifalda con vuelo, como las que le gusta llevar al trabajo y unos tacones de infarto. Me quedé boquiabierto viendo tanta sensualidad que desprendía ese cuerpo escultural.

Hola, perdona el retraso pero es que no calculé bien el tiempo.
No hay nada que perdonar, la espera ha merecido mucho la pena, dije yo con una sonrisa en la cara.
Nos dimos dos besos y acto seguido llamó a su marido.

Pedro, ven aquí.
Dime cariño, ¿ya estás?
Sí. Vete por la tobillera que tienes que ponérmela.
Qué raro, pensé, tanto tiempo acicalándose y no le ha dado tiempo a ponerse la tobillera y encima le manda al marido por ella. No entiendo nada.

Ella se sentó en una silla enfrente al sofá y me dijo. Tú siéntate ahí en el sofá y sigue tomándote la cerveza tranquilamente.

Me senté y la miré, ella me miró y bajó la vista hacia su falda, como diciéndome, mira que cortita es y que piernas se me ven.

En ese momento llegó Pedro con una cadena con un colgante que no pude distinguir desde yo estaba. Y sin decir nada se arrodilló delante de ella y se la puso en el tobillo izquierdo. Ella hizo un giro de la pierna dejando sus piernas abiertas enfrente a mí. No me lo podía creer, me estaba enseñando el tanga que llevaba, minúsculo, negro, se le notaba todo coñito rasurado con una tirilla de pelitos encima del tanga.

Ella me miró y se rió. Ufff, delante de su marido me estaba enseñando su zona más íntima, con todo el descaro. El marido no levantaba la mirada y no se dio cuenta que yo estaba absorto mirando el coño de su esposa y ella enseñándomelo sin pudor.

En eso que ella dijo:

El as de picas hacia fuera, cariño, que se vea bien, ¿de acuerdo?
De acuerdo cariño, como digas. Dijo Pedro, mientras le terminaba de colocar la tobillera.
Cuando se levantó su marido del suelo, tras haberle puesto la gargantilla, dijo, bueno cielo, me voy a la cocina que se me quema la comida.

Bien, no te preocupes por nosotros, que ya nos vamos.
Él se metió en la cocina y Marisa me miró sonriente, se levantó de la silla me dio la mano y me llevó hacia la puerta para irnos.

Cariño, despídete de Ángel.
Hasta luego Ángel, perdóname que no salga pero es que ahora no puedo. Pasadlo bien.
Lo haremos cielo, no me esperes despierto que seguramente vendremos tarde, ok?
De acuerdo. Hasta luego.
¿Que vendremos tarde?, ¿qué tenía pensado Marisa, traerme luego a su casa cuando acabemos de la velada?, dios mío, me estoy muriendo de excitación. Espero que me explique algo cuando estemos solos, estoy un poco confundido y no quiero sacar las cosas de contexto, pero todo me parece un poco extraño.

Bajamos por el ascensor, ella me miraba y se reía. Me preguntó que qué tal el viaje y cosas sin importancia, como para romper el hielo. La verdad es que funcionó pues yo no sabía que decir después de lo que había visto.

Nos montamos en el coche y me dirigió donde quería ir a cenar. Al sentarse en el asiento del copiloto, abrió las piernas con esa minifalda, que no se veía nada pero era muy excitante, no dejaba de mirarle las piernas y cuando subía la vista, sus tetas, había mucho donde mirar…

Mira a la carretera que nos la vamos a pegar, me decía ella riéndose.
Lo siento, es que estás impresionante. Estás divina y muy sexy.
¿Te gusta como me he preparado para ti?
¿Esto lo has hecho es para mí?
Pues claro, no me invitan a una cena todos los días y hay que aprovechar para ponerse guapa de vez en cuando.
Pues sí que lo has conseguido, voy a tener que ir de guardaespaldas, pues seguro que tendrás muchos moscones alrededor.
No te creas, ya verás como no. Vamos como si fuéramos pareja y se cortarán de darme el coñazo. Tú déjame a mí.
Llegamos al restaurante en cuestión y nos dirigimos a la puerta.

Agárrame de la cintura, que eres mi pareja, hay que empezar desde el principio para que no se note que no somos pareja. Dijo ella con voz maliciosa y una sonrisa perversa, sabiendo que llevaba las riendas y se estaba divirtiendo entre su descaro y mi incredulidad.
¿Mesa para dos, tienen?, pregunté al metre.
Sí, por favor.
Nos llevaron a una zona como más reservada. El metre se pensaría que somos novios y querríamos intimidad y yo no puse objeción al sitio.

Nos acomodamos y pedimos la cena. Mientras nos la preparaban nos trajeron una botella de vino de reserva que pedí yo y ya me empecé a envalentonar.

Oye, Marisa, necesito que me expliques que ha pasado en tu casa, me he quedado de piedra y no sabía como reaccionar allí con tu marido.
Jajaja. ¿No te ha gustado la cerveza que te puso mi marido? ¿O te refieres a otra cosa?
Qué mala eres. Ya sabes a qué me refiero. Tu marido allí poniéndote la tobillera y tú enseñándome tus braguitas, cochinorra.
Eso no ser mala. Eso es ser morbosa. Me encanta hacer que mi marido me vea así vestida delante de los demás y lo de la tobillera era para darle más morbo a la situación. ¿no te gustó que estuviera allí arredilado delante de mí mientras yo jugaba contigo?
Me encantó, pero si te llega a pillar, hubiera sido un compromiso para mí.
No, en absoluto. ¿sabes que significa la tobillera que le hecho ponerme?
No, ¿es que tiene significado?
Pues claro. No hace mucho entré en el ordenador de casa y me dio por investigar en qué páginas de Internet entraba mi marido y descubrí que le gustaban la páginas guarras. Al principio lo vi lógico, pues nosotros hacemos poco el amor. No se excita como antes, debe estar con la pitopausia, pero con las páginas porno de Internet por lo visto se debe excitar.
Así que un día le espié. Me fui a la cama pronto y él dijo que se iría al ordenador. Al cabo de un rato me levanté sigilosamente y desde la puerta observé lo que hacía. Estaba pajeándose mirando páginas porno, hasta que se corrió y me fui a la cama sin que se diera cuenta.

Al día siguiente fui al ordenador a investigar que porno le excitaba para poder usarlo yo y ponerle como una moto y volver a retomar nuestra vida sexual y cual fue mi sorpresa que descubrí páginas de cornudos, corneadores, sumisos, etc.

Empecé a investigar y descubrí que una Q dentro de un as de picas, significa que tu marido es un cornudo y tú eres libre para follar con quien quieras con su consentimiento.

Pedí la tobillera por Internet y la puse a su nombre para fuera él a recogerla. Jajaja. Si llegas a ver la cara que puso cuando abrió la caja y descubrió lo había dentro… te mueres de la Risa, al menos yo me estuve riendo más de media hora.

y… ¿qué pasó?
Había dos opciones, que le gustaran esas páginas porque se ve como un macho alfa y semental o porque le escita ser sumiso y cornudo. Como le conozco, de macho semental tiene poco así que? pasço lo que has visto hoy. Que él asumió que le excita que pueda dar placer a otros hombres, pero que le daba vergüenza decírmelo por si dejaba de quererle y cosas así.
No sabíamos cómo empezar a ponerle los cuernos y al recibir tu nota, se me encendió la bombilla y tú eres el elegido para la experiencia, llamé rápidamente a Pedro y le pareció perfecto. ¿te molesta ser el conejillos de indias?

Jajajaja. Pues la verdad es que todo esto me excita mucho, eres la hostia. Jajaja.
¡Qué alivio!, pensé que te asustarías.
¿Asustarme? Nada más lejos de la realidad. Además has dado con la persona perfecta para hacer esto.
Anda no seas prepotente.
Jajaja. Ni mucho menos, ahora te explico.
Resulta que yo estoy divorciado y con mi mujer jugábamos al rol de zorra-cornudo, donde yo era el cornudo, jajaja. Así qué se muy bien de qué va todo esto y ahora estar en el papel de corneador, sabré hacerlo a la perfección, pues sé lo que le gustará a él. Y espero que a ti también.

¡¡¡No jodas!!! Y qué pasó, ¿por qué te divorciaste por que desapareció el amor?
Se nos escapó de las manos y me engañó. Cuando dejó de contarme sus hazañas, cuando se veía a escondidas con su último macho, me di cuenta que ya no había morbo, que la situación resultaba dolorosa. Se lo comenté y me dijo que me aguantara. Que todo el mundo ya sabía que era un puto cornudo y se hizo insostenible la situación. Estuvieron viviendo juntos en mi casa casi un año y yo allí con ellos. Al principio me gustaba la humillación que me hacían pasar dentro de nuestros juegos pero cuando las cosas salieron de las puertas de casa a la calle, ya no pude con ello.
Se iban de fin de semana juntos y me mandaban fotos y videos de lo que hacían y lo bien que se lo estaban pasando. Hasta que una vez me obligaron a ir con ellos. Les hacía de chofer y ellos detrás haciendo de todo. Eso no me molestaba, me excitaba, pero lo que sí me molestaba que fuera de ahí no sabían comportarse y seguían ellos como pareja y yo detrás de maletero, de pagador de sus cenas copas, pero delante de la gente ya no me gustaba tanto, así que aguanté un año más y se acabó.

Por eso te digo hasta donde llegar con esta situación y evitar los errores que yo cometí. Además, saber que soy el primero, me pone que te cagas. Le vamos a poner como una moto, aunque ya veo que tú sabes muy bien de que va esto.

Ya lo creo. Me he empapado todas las páginas de cornudos y he entrado en foros y más o menos, con eso y conociendo a mi marido, creo saber como excitarle y que nuestra vida sexual sea diferente y excitante.
Pues empecemos la fiesta. Que debe estar que se muerde las uñas.
Y ¿qué propones hacer?
Vamos poco a poco ya verás.
Te vas a ir al baño y le vas a escribir un mensaje, diciéndole algo así como… este tipo me está poniendo muy cachonda, saber que estoy casada le ha dado alas y estoy muy mojada, tendrías que estar aquí y lamerme el coñito como un perrito fiel y calmar mi sexo.

Luego te haces una foto del Chichi metiéndote un dedito y se la mandas. Después vienes y esperamos a que conteste.

Uffff, realmente no será mentira, me estás poniendo muy cachondona. Jajaja. Ahora vuelvo.
Yo me quedé esperando tranquilamente saboreando el segundo plato cuando apareció un mensaje en el móvil.

?¿Te gusta la foto?, ¿le mando está??

?Guauuuu, perfecto, mándasela.?

Se me puso la polla polla a 100, me empalmé ne décimas de segundo con la imagen que me enseñó.

Realmente estaba excitada. Que rajita tan rica tenía mi acompañante, pensé. Me lo voy a comer enterito.

Al cabo de pocos minutos regresó ella con una sonrisa de oreja a oreja. Se sentó a la mesa y me dio el teléfono para que lo viera.

Al encenderlo, estaba la conversación que había tenido con su marido.

?Madre mía, cariño, de verdad estás excitada, ya lo veo?

?Es que este hombre me pone mucho y además es muy simpático. No sé si decirle lo poco macho que eres para ver qué pasa.?

Ahí se quedó la conversación y en ese momento entró otro mensaje.

Toma, acaba de mandar un mensaje tu marido. Léelo y me cuentas.
Léelo tú y dime lo que pone.
Dice: ? No cariño, aún no le digas nada, no vaya a ser que se acojone y no quiera seguir. Sigue poniéndole cachondo y ve contándome?
Jajaja, que bueno. ¿Y qué le contesto?
Tranquila, ya le contesto yo: ?¿es que te estás echando para atrás?, ¿solo quieres que le ponga cachondo y ya está?
Muy bueno, sí señor, a ver qué dice.
Ahora, no le hagas caso en un rato. Hay que ponerle nervioso.
Efectivamente, dejamos el teléfono encima de la mesa y escuchamos que mandaba mensaje tras mensaje. Los íbamos leyendo pero sin contestar.

Decía que tenía dudas, pero que si ella quería que adelante. Que estaba nervioso por la situación, qué por qué no contestaba. Que qué estaba haciendo?.

Nosotros nos reíamos y acabamos la cena.

Ahora dile que si es cierto que quiere que te lo demuestre y que te mande una foto de su estado, pero que se ponga unas braguitas tuyas y según como le veas, actuará en consecuencia.
¿no será muy fuerte?
No tranquila ya verás como cumple como un buen calzonazos.
Efectivamente al cabo de 2 minutos sonó el nuevo mensaje del móvil y con foto.

Nos reímos mucho al ver la foto y decidimos dedicarnos a nosotros en vez de a él.

Ahora deberíamos a ir a otro sitio a tomar algo.
Por mí perfecto.
Salimos del restaurante y me llevó andando a una zona de pubs. Íbamos agarrados por la cintura. Yo, en un momento dado me atreví a darle un beso en los labios, ella se giró del todo y me respondió con un beso increíble. Estuvimos un buen rato besándonos en la calle, con gente pasando a nuestro lado. Acariciándonos la espalda, el culo, era pura lujuria. Aún no habíamos tenido sexo, pero esa sensación fue por mucho, más placentera que otras situaciones puramente sexuales. Me invadió una sensación de energía, de poder, de ser el controlador de la situación, tremenda.

Nuestros labios se despegaron, nos miramos a los ojos y sonreímos. No dijimos nada, no hacía falta.

Pasamos por delante de un bar y le dije a Marisa que me apetecía tomarme un café y que me habían aconsejado el de ese bar.

Ok, me parece bien. Así te despejarás un poco de todo el día, pues esta noche vas a dormir poco, me temo. Dijo ella entre risas.
Eres muy golfa, ¿lo sabes, verdad? No me imaginaba que fueses así y la suerte que he tenido encontrándote.
La suerte ha sido mutua,
Dijo ella, mientras se arrimó a mí, cara con cara, desafiante, a menos de 5 cm el uno del otro y su mano apretaba mi prominente bulto que tenía debajo del pantalón.

Entramos en el bar y le dije que se fuera a quitar el tanga, que iba a tocarla allí descaradamente y el tanga me molestaba. Ella con su genial sonrisa de pícara colegiala, se quiso ir al baño, pero la paré.

¿Dónde vas?, te lo quitas aquí y ahora.
¿No jodas?, ¿y yo soy la golfa?, pues tu eres el pervertido. Jajaja.
Disimuladamente se fue quitando el tanga, hasta que cayó al suelo y me agaché yo, prudentemente, sin que nadie se diera cuenta, y lo recogí. Ahora tenía el chochito libre y la vista mía y de todo aquél que se percatara y mirara a su entrepierna.

Pedimos dos cafés y seguimos a lo nuestro.

Bien, ya lo he hecho. Ahora tú tienes que mostrarme tu herramienta, que me tienes loca de la curiosidad. Quiero vértela.
Es justo lo que pides,
Me desabroché la cremallera y se la enseñé. Ella al verla, allí, con gente alrededor que podía verme en cualquier momento, la agarró para semi esconcerla, pero se hacía cada vez más evidente que mi polla creía y crecía por segundos.

En ese momento hice una foto con el móvil y me fijé bien que tenía un arito en el chochito. ¡Dios mío! Como me excita eso en una mujer.

No pude resistir más y quise penetrarla allí mismo, un poquito, para comprobar que sus jugos resbalaban por su muslos sólo de pensar que mi polla entraría en su conejito.

La operación fue rápida y efectiva. Metí mi polla en su rajita durante unos segundos. Allí sentados en unos taburetes, en la barra de una cafetería, con gente cerca de nosotros y encima haciendo fotos con el móvil. Más descarado no se puede ser.

Pensé que cuando le metiera la polla a Marisa, estaríamos desnudos, en una cama, disfrutando de nuestros cuerpos, pero? no fue así, fue morboso, erótico, especial. Ya se sabe que lo que no se planea sale siempre mucho mejor.

Por cierto? el café estaba muy bueno.

Salimos de allí y nos dirigimos a un pub con luz tenue y muy confortable.

En ese momento le dije a Marisa que mirase el móvil a ver si había algún mensaje del cornudo de su marido y nos pusimos a leer. Había muchos mensajes, pero el mejor fue el último

?Cariño, ya veo que no me contestas, supongo que te estarás dedicando en cuerpo y alma a tu macho. Bueno te dejo, no molesto más, solo decirte que me encantaría saber que estás haciendo, me conformaré con que me lo cuentes cuando regreses. Te quiero.?

¿Le decimos algo, o le hacemos esperar un poco más?
Sí, hazle esperar y le mandaremos una foto para que veas cómo te lo estás pasando, pero dentro de un rato.
Nos sentamos en unos sillones, pedimos unas cervezas y empezamos a jugar. A meternos mano, la principio discretamente, besándonos, acariciándonos?

otra cerveza. Más beso, mis manos en sus tetas, mi boca en la suya, en su cuello. Sus manos sobándome por encima del pantalón?

Otra cerveza. Ya no podía disimular mi bulto en el pantalón y, la verdad, no me importaba que se notara, que todo el que me viera supiera cómo me estaba poniendo la putita mujer casada con la que me estaba magreando.

Ya la cosa se descontroló un poco. Ella sacó mi polla del pantalón, con todo el descaro del mundo y empezó a hacerme una paja.

¡Qué manos más sabias! Mi polla empezó a tomar medida. Ella miraba fijamente a mi sexo, sin importarle que alguien pudiera vernos. Yo estaba en otro mundo, solo respiraba y la miraba. Esa cara de lujuria, de deseo, con ganas de metérsela en la boca para saborear mis jugos.

Estuvo así un ratito, jugando con ella. La guardaba, la sacaba. Cuando se acercaba alguien, ella se arrimaba mucho a mí, me besaba, me rozaba con sus tetas, notaba sus pezones duros, y así ocultaba mi polla a la vista de los que pudieran verme.

En un momento dado, cuando nadie miraba se agachaba y saboreaba la puntita de mi polla, poniéndome a mil por hora. Hacía lo justo para tenerme muy excitado. La cabrona sabía como controlar la situación y como controlarme a mí.

Me cambiaba de conversación, hablando del trabajo, cuando veía que me tenía muy duro y eso hacía que me bajase la excitación, pero nunca dejaba de agarrarme la polla mientras me miraba y hablaba.

Estuvimos así bastante rato y le dije que me mostrara algo de ella, así me tranquilizaría un poco. Quería vez esos pezones como escarpias que me rozaban cada vez que se acercaba a mí. Tenía unos pitones increíbles, además de unas tetazas de locura. Se podía observar su excitación sin que se desnudase.

A ella, por lo que pude observar, le encantaba el exhibicionismo, ese morbo especial que hay en que puedan pillarte y me aproveché de eso para pedirle que hiciese algo fuera de lo normal, a ver hasta donde llegaría ella con este juego.

Luego le propuse algo más arriesgado, algo más fuerte.

¿Qué te parece si te metes la botella de cerveza en el chochito, te hago una foto y se la mandas a tu marido, diciéndole que soy un pervertido y que crees que la iniciación de sus cuernos será mejor de lo que jamás pensamos?
¿cómo?, ¿que me meta la botella?, no me entrará y menos aquí, es complicado.
No, cielo, la botella no, solo la puntita, que note lo salida que estás y las cosas que te obligo a hacer. Eso le pondrá como una moto. Ya lo verás.
Ok. Pero espera que no haya nadie y me haces la foto con mi móvil.
Cuando hubo oportunidad hizo lo que le pedía y ella empezó a gustarle, ya que estuvo un buen rato jugueteando con la botellita en su conejito. Al principio parecía reacia pero luego… casi se masturba con la botella, la muy guarra.

Después de meterse la punta de la botella dio un trago y puso sus labios en la zona donde segundos antes tenía el coño y se recreó pasando su lengua de forma sensual por la boca de la botella.

Es una de las escenas más sexys y eróticas que he vivido nunca en primera persona.

Después de eso le mandamos la foto al cornudo y servil, que tenía mi putita por marido.

La reacción del mismo fue instantánea.

?CARIÑO, ¿qué me has mandado?, estás loca??????

?si no te gusta que me traten como a una ramera y yo goce como una verdarea hembra… dejo este juego ahora mismo?

?NOOOO, ni se te ocurra, estoy nervioso, no soy capaz de pegar ojo y me tienes excitadísimo, mira…?

y el cerdo del cornudo le mandó una foto de su miembro en erección total.

Nos reímos y decidimos pasar de él. Queríamos saber que estaba disfrutando como un enano, al igual que nosotros con la situación que estábamos provocando.

Así que desde ese momento ya no volvimos a hacerle saber nada más de nosotros.

Marisa, me has puesto como una moto y tengo ganas de follarte ya.
Bien, te propongo que nos terminemos la consumición y nos vayamos…
¿Y donde tienes pensado que vayamos?,
dije yo, pensando que nos iríamos con el coche a algún sitio escondido y que follaríamos en la parte trasera del coche.

A mi casa, claro. Me encantaría terminar la noche de forma que mi marido sea y sepa definitivamente que es ser un cornudo y si lo asumirá de ahora en adelante o se rajará.. ¿quieres ser nuestro macho iniciador de mi marido?
¿Hacerlo delante de él y procurar que él lo disfrute también?
Efectivamente esa s la idea. ¿qué te parece?
Que vuestra ida cambiará desde esta noche. Empezaréis a vivir vuestra relación desde otra perspectiva. Me parece bien. Empecemos.
Me plantó un besazo en la boca, me lamió los morros, me abrazó, parecía casi era de amor su actitud.

Me levantó, me cogió de la mano como a un enamorado y nos fuimos dirección a su casa.

En el camino al coche no dejó de abrazarme, de tocarme, de besarme…

En el coche siguió acaramelada a mí y esa situación me gustaba, me hacía sentirme el dominador, el dueño de la situación.

Llegamos a su casa. Estaba nervioso aunque no se me notara, tenía que ir de macho corneador, duro y en mi lugar, aunque por dentro no sabía muy bien estar seguro de hacerlo bien, pero lo vi tantas veces en mi vida anterior que seguro que sabré hacerlo, me decía a mí mismo.

Las luces apagadas, no hicimos mucho ruido. Ella me dijo si quería tomar algo. Le dije que me apetecía algo caliente.

¿Un té?
Noooo, jajaja, tu chochito. Me refiero a tu chochito.
Uyyy, que malo eres, qué tonta soy, jaja.
¿Y tu marido, donde está?
No tengo ni idea, supongo que estará espiándonos, y si está dormido no pienso despertarle, que se despierte cuando empecemos a chillar de placer. ¿no crees?
¿Y yo soy el malo?, eres una víbora.
Se desnudó del todo delante de mí y empezó a tocarse lujuriosamente, contoneándose como una zorra profesional. ¡qué cuerpazo, Dios mío!

Yo estaba algo intranquilo sin saber donde estaba su marido, me ponía nervioso no saber si nos estaría mirando o se lo estaba perdiendo por quedarse dormido como un ceporro.

Se agachó, se arrodilló ante mí y me desabrochó el pantalón, lo bajó, quedando mi polla erecta a la altura de su cara de viciosa.

Comenzó el ritual de la mamada, me encantaba lo que me estaba haciendo. Yo empecé a dejar de pensar en Pedro, solo pensaba en el placer que me estaba dando la boca de esa mujer arrodillada ante mí.

En un momento que abrí los ojos y giré la cabeza, vi de raspajillón al cornudo de la casa, mirando desde la esquina del pasillo, con la mano en su polla, machacándosela como un mono. Eso me hizo gracia, tantas veces lo había hecho que me reí sin poder remediarlo. Él no se dio cuenta que le había visto, pero sí que le daría una buena excusa para que se pajeara adecuadamente.

Coloqué a marisa de tal manera que le ofreciera una buena visión de la boca de su mujer tragándose mi rabo entero.

Ya estaba muy caliente y decidí levantar a mi amante y colocarla encima de mí y empezar a penetrarla suavemente.. entré en ella como un cuchillo corta la mantequilla. No opuso nada de resistencia su chochito. Estaba empapada. Empezó a moverse, primero despacio, besándome lentamente y poco a poco empezó a coger velocidad, estaba muy excitada. No me puse protección y creo que eso a ella le excitó más cuando se lo dije.

¿me pongo preservativo?
A buenas horas, joder, a buenas horas. Fóllame bien follada.
¿Avisamos a tu marido para que te vea?
Que se joda, tú folla a tu putita, vamos, cabrón, folláme más fuerte, quiero notarte bien dentro.
Esas palabras me excitaron muchísimo y empecé a acompañar su movimientos con los míos, mientras miraba a su marido en la esquina pajeándose y sin decir nada. Me estaba follando a su mujer sin preservativo en su puta cara de cornudo.

Cuando estaba a punto de correrme, me paré. No quería correrme tan rápido, deseaba que esto durara más tiempo y gozar de la situación todo lo que pueda.

Me acerqué a su oreja y empecé a chupársela y le dije bajito.

Tu cornudo está en el pasillo pajeándose, me encanta la visión.
¿ah, sí?, pues cambiemos de postura, quiero mirarle la cara mientras me follas.
Se sacó mi polla de su coño y se puso a cuatro patas mirando hacia el pasillo, para que la follase por detrás. Así los dos podríamos estar mirando al cornudo mientras follábamos.

Me mostró su pedazo de sexo, rico, increíble, palpitando, esperando a ser penetrado.

Aceruqé mi sexo al suyo y se lo metí de un golpe asta dentro, lo que hizo que ella diera un grito de placer que tendría que oir su marido sin lugar a dudas.

En eso, Pedro asomó la cabeza y se dejó ver. Tenía la polla dura como un mástil y no dejaba de mover su mano y sus ojos se quedaron fijos en los de ella. Era una mirada de morbo, de placer, mezclada con impotencia y un sin saber que hacer.

Te gusta lo que ves, cariño?, decía ella mientras se movía hacia delante y atrás al ritmo de mis embestidas.
Él callaba. Supongo que al ser la primera vez estaba cortado y no sabía como reaccionar.

No te gusta como goza tu hembra conmigo?, ¿dejo de follarla o sigo? Tu decides?. Dije yo para que hablara algo y no se quedara con esa cara de pánfilo y embobado que tenía en ese momento.
Seguía sin decir nada, solo movía su mano por su falo, cada vez más rápido.

¿sabes que tu mujer me ha dejado follarla sin preservativo?, lo mismo quiere que la preñe para ti.
A ver si así despertaba ya de su letargo. Pero ni por esas.

Pégame en el culo, que vea como gozo contigo, a ver si se corre pajándose mientras me haces conmigo lo que quieras.
Eso me resultó extraño, pero lo hice. Empecé a pegarle en las nalgas, y con cada palmetada, decía.

Ayyy, más, más fuerte, dame, dame todo.
Seguía metiendo mi polla todo lo más dentro que podía y sacudiéndola en su culito cada vez más fuerte. En cada embestida, ella chillaba más y más.

Le di bastante fuerte y se la clavé a la vez, en ese momento, empeczó a a arquear el cuerpo y metió la mano por debajo tocándose el coño y mis huevos. Agarrándomelos con fuerza, como para que no se escapara mi polla de dentro de su coñito. Sus chillidos eran bastante claros y evidentes de que se estaba corriendo como una perra.

Mira como se corre esta puta que tienes por mujer, ves?, increíble, que zorra tienes en casa amigo. Mira como goza.
Ella no podía decir nada, solo suspirara y decir, ¡Diosss! ¡Diosssss!, ¡Diosssss!

En ese momento, él aceleró su paja y empezó a eyacular como un cerdo, cayendo todo su semen en el suelo del pasillo. Del goce, se cayó al suelo de rodillas, jadeando como un perrito.

Cuando ella entró otra vez en su cuerpo y empezaba a ser persona otra vez, se dio cuenta de lo que había pasado, se empezó a reir. Sacó mi polla de su coño y fue donde estaba su marido. Él de rodillas y ella de pié, dando una imagen de superioridad ante él.

Buen perrito, buen marido, buen cornudo. Me has hecho feliz, mi cariño, pero… esto no ha acabado. Nuestro invitado no se ha corrido aún y tendré que dedicarme a él un ratito más. ¿no te importa, verdad?
Claro que no, cielo, tú sigue con lo tuyo, yo miraré.
Ahora nos vamos a la cama y tú mirarás desde la puerta, me excita que nos espíes.
Lo que tú digas mi amor.
Yo estaba allí como un objeto, nadie me pedía consejo, jajaja, y es que en estos casos, son ellos los que mandan y ponen las premisas.

Me fui con ella a la habitación, pero… como tenía la polla aún muy dura, pensé que era buena idea llevarla insertada.

Esta zorra no tiene fin. Es muy viciosa. Me cuesta creer que no le haya puesto los cuernos a su marido antes. Sabe muy bien como manejar los tiempos, las palabras, las frases, las formas…

Yo encantado de todo lo que estaba sucediendo. Me encontraba en mi salsa. No tenía que ser yo quien llevara la batuta, era ella y lo hacía de forma magistral.

Llegamos a la cama, sacó un bote de gel y me dijo.

Ahora quiero que me taladres el culo, para que vea ese pichafloja como se folla un culo, él nunca a sido capaz de metérmela en el culito.
¿Verdad, cielo que nunca has sido capaz de follarme el culito?
No, mi amor, nunca pude.
¿Ves?, este tío no sabe, pero tú sí sabes, ¿a qué sí?
Por supuesto. Si quieres le enseño como se hace.
Jajaja. Sí enséñale, seguro que se hace otra paja viéndonos.
Nos metimos en la habitación de matrimonio, para mancillar el lecho conyugal con una sesión de sexo infiel con consentimiento de ambas partes. Eso me hacía ponerme muy burro. La sensación de poder que tenía Marisa ante su marido y la sensación de ser utilizado para sus fines, me hacía sentirme enorme, ser alguien intocable y eso me gustaba.

Tumbé a mi amante en la cama boca arriba.

Primero quiero follarte el coñito un poco para ir mojando bien mi polla dentro de ti y que te vayas abriendo.
Sí, por favor, fóllame delante de mi querido esposo. Quiero que me vea disfrutar como una perra.
Comencé a follarla con agresividad delante del cornudo, empujaba con fuerza, la insultaba, le insultaba a él también, estuvimos un buen rato jadeando y sudando, hasta que en un momento ella me dijo algo que me dejó alucinado.

Pégame.
¿qué?
Que me pegues, coño. Pégame.
¿En la cara?
Sí, vamos, pégame.
Marisa estaba fuera de sí. Quería que le pegase. Nunca había pegado a nadie y no sé si sabré hacerlo, pero? todo es empezar.

La pegué con la mano abierta en la cara, no muy fuerte.

Noté como ella se convulsionaba, noté que le gustaba. Jamás había estado en una situación semejante. Volví a sacudirla, ya un poco más fuerte y ella reaccionaba con jadeos mayores y retorciéndose de gusto.

Seguí pegándola en la cara, la tenía roja. Yo pegándola delante de su marido, ella gozando y él impávido, sin inmutarse, con la polla a reventar. Les gustaba a ambos que yo maltratase a su esposa.

Le di otra bofetada, no eran muy fuertes, pero como ya llevaba unas cuantas, su cara estaba roja como un tomate, sus ojos saltones y cara de lujuria. Cuando le di la última estalló en una corrida increíble. Empezó a convulsionar, su coño parecía una fuente, no paraba de chilar ¡Diossssssssssss!, ¡me muero, me muero!

Yo seguí empujando para correrme con ella, pero no pude, apretaba tanto las piernas y se puso tan tensa que era incapaz de moverme, me tenía inmovilizado. Me araño, me mordió. Estaba como loca. Su orgasmo duró al menos un minuto largo. Fue indescriptible lo que conseguí con ella.

Cuando se relajó. Me miró, me besó como lo hizo en la calle, con dulzura, pasión y sensualidad.

Me sentí un poco raro, estando allí su marido que había sido espectador de la alucinante corrida de su esposa, pero rápidamente ella rompió esa situación diciendo:

Joder, cariño, nunca me había corrido así, no sabía que podría correrme así, casi me desmallo. ¿ves como tenía yo razón que no tienes ni puta de idea de tratar a una mujer como yo? A ver si aprendes, cornudo de mierda.
Ya lo veo, cielo, ha sido espectacular. Me ha encantado.
Pues si me dejáis que opine? jamás había visto correrse a una mujer como se acaba de correr la tuya.
Todos nos reímos y nos tumbamos en la cama. Al rato ella dijo que si tomábamos algo que estaba deshidratada. Yo dije que perfecto.

Ya en el salón los tres, desnudos?

Ha sido una velada fantástica, espero que podamos repetirlo en más ocasiones.
¿qué?, a ver si te crees que has terminado, guapito. Aún no te has corrido y queda pendiente que sodomices a mi mujer.
Jajaja, por mí encantado, pero no creo que ella esté para más sesión de sexo esta noche.
¿Pero tú que te crees?, tú no te vas de aquí hasta que se haga de día. Para una vez que pillo a un buen macho follador? tú no te vas tan pronto, dijo ella entre risas.
Joder, pero que para de viciosos sois. De acuerdo, pero en esta ocasión, quiero que Pedro me ayude.
¿qué propones?
Cuando descansemos iré a dar por el culo a Marisa, te mostraré como se debe hacer y cuando ya esté bien insertada? tú le vas a follar el coño. Quiero que tenga dos pollas dentro. Le dolerá si es la primera vez, pero como hemos descubierto esta noche, le encantará a la muy zorra.
¿Estás de acuerdo Marisa?
¿Tú crees que mi perrito estará a la altura?
Por supuesto, tu es que no has visto como tenía la polla de dura cuando te estaba follando. Seguro que no nos fallará. Yo confío en él.
Aclarado este punto, estuvimos tomando un refrigerio y unos frutos secos durante un ratito. Me levanté y me fui a su habitación sin decir nada. Yo actuaba como si fuera mía la casa.

Al ratito vino ella con una sonrisa picarona y detrás él a cuatro paras por todo el pasillo.

Venga perrito, ponte ahí y observa como es enculada tu mujercita.
Ella se puso a cuatro patas para que la sodomizara, pero?

No Marisa, no, primero tienes que estar muy caliente y excitada para que dilates bien, así que alguien tiene que comerte el coño y ese será tu marido. Vamos perrito, come el chochito de tu ama y lubrícamela bien.
Él, sin el mayor apuro, se subió al a cama y empezó a lamer el coño de su mujer. Lo hacía tan mal que le tuve que apartar.

Mira, inútil, mira como se hace.
Tomé las riendas y me agaché, empecé a pasar mi lengua por sus labios exteriores, y de vez en cuando pasaba por su clítoris aún hinchado. Notaba como respondía a mis caricias linguales.

Poco a poco me fui centrando en su clítoris, lo metí entre mis labios y succionaba despacio a la vez que empecé a meterle un dedo en su rajita, luego dos dedos y los movía acompasadamente.

Cuando lo creí oportuno metí un dedo en su agujerito trasero manteniendo los dos dedos dentro de su rajita. Ella dio un respingo. Lo tenía muy cerrado y lo apretaba al notar mi dedo hurgando en su ano.

Relájate, zorrita, no te pasará nada, relájate.
Empecé a mover los dedos en círculos, eso nunca falla, para relajar el esfínter y dilatarlo un poquito. Poco a poco empezó a dejarse llevar y relajarse.

La puse a cuatro patas y me mojé la polla con el gel lubricante y un poco en su culito. Metí dos dedos, ya en esa posición y descubrí que no hacía presión, ya la tenía lo suficientemente relajada para poder insertarla con mi polla.

Ahora acércate, cornudín. Mira como se la meto. ¿ves?, poco a poco, observa.
Así es como tiene que estar el culito. Bien preparado

Ahora se pone la punta en el agujerito, ¿ves?
y poco a poco se va metiendo la punta primero

Hasta poder meterla entera. ¿Has captado la idea? Y ella ni se ha inmutado.
Mentira, jajaja, ella si que se inmutó, se quejó un poco al principio, pero según iba entrando mi polla despacito iba abriéndose ella el culito para que la metiese entera y hasta el fondo.

Una vez bien metida comencé a moverme para ir follándola y que su agujerito se fuese dilatando y amoldándose a mi polla, cosa que conseguí en poco tiempo.

Seguí así un rato, escuchando los gemidos de ella y los sonidos que hacía él mientras se masturbaba. Marisa no podía decir nada, estaba concentrada en sentir mi polla dentro que no podía decirle a su marido lo cornudo y mierda que era, pero seguro que lo estaba pensando.

Cuando ya noté que su culo estaba bien abierto y mi polla entraba y salía perfectamente, le hice darse la vuelta, para que Pedro pudiese ver bien como tenía mi pollón bien insertado en su culo y su coño a disposición para qué posteriormente él ingresara su pollita dentro del coño de la puta que tenía por esposa.

Él casi se corre de ver a su mujer siendo sodomizada por una polla desconocida y lo fácil que me había sido doblegar el ano virgen de su mujer.

Le dije que se pusiera encima y que se la metiese en el coño.

Me voy a morir si me la mete, lo juro me muero. Dijo Marisa, ya empezando a estar fuera de sí otra vez.
No hagas caso, y fóllatela, como un buen macho, venga campeón.
Lo intentaré. Estoy muy excitado.
Pedro se montó encima y poco poco noté sobre mi polla una presión. Era la suya entrando en la vagina se su señora, estaba metiéndole su herramienta con mi polla dentro se culo.

Ella no dejaba de gritar que se moría de placer y él empezó a moverse ala compás. Yo noté como si me estuviera haciendo una paja con su polla, notaba perfectamente su polla rozar con la mía atracés de las paredes vaginales de Marisa. Estaba inmovil por el peso de los dos, pero muy excitado.

La presión de las dos pollas dentro de Marisa yla sensación de estar llana, hizo que la zorrita estallase en otro orgasmo convulsivo y más bestial, si cabe que el anterior. No dejaba de apretar con el culo, la vagina, las piernas. Haciía tanta fuerza con todo su cuepro que pensé que me rompía la polla y en ese momento estallé en un orgasmo bestial. Empecé a correrme y agitarme con ella y Pedro no pudo contenerse y se corrió con nosotros.

Hubo golpes, codazos, movimientos, pero en ese estado de euforia solo sentimos placer y como si una fuerza superior nos poseyese a los tres a la vez.

Cuando nos desenganchamos de la posición. Auqelló parecía un desembarco. Que pasada de follada, que pasada de noche, que pasada de sexo, que pasada de pareja.

Lo cierto es fue una de las mejores noches que lo he pasado con una pareja y solo espero que Marisa se quede preñada, de mí o de su marido, y hagamos cosas ?diferentes? entre los tres.

De momento lo estamos intentando. Ella quiere quedarse en cinta, espero que lo consigamos y experimentemos todos la vida de un corneador, un cornudo, y su zorra esposa que le ama con locura.

La primera cita en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

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