Resultado de Busqueda:

La doctora infiel 11 Final en Relatos eroticos de Infidelidad

Video Porno de: Maduras

enero 16th, 2014 >> Relatos Eroticos

La doctora infiel 11 Final en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

» Relato Erotico: La doctora infiel 11 Final en Relatos eroticos de Infidelidad

La doctora infiel 11 Final en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

En fin? No necesito decir al lector que tuve que practicarle sexo oral nuevamente, esta vez arrodillada en el interior de un probador. Tampoco necesito decir que tuve que comprar el conjunto de lencería y, una vez más, pagar en efectivo para evitar el que mi nombre quedara involucrado y expuesto en una compra con tarjeta?, con la tarjeta de Damián, por cierto, de la cual yo tenía una extensión. Nos intercambiamos, por supuesto, los números de celular con la vendedora; lo cómico del asunto fue que ni siquiera le pregunté su nombre al momento de agendarla y recién entonces caí en la cuenta de que en realidad nunca lo había sabido, no sé si por no haberlo oído jamás o quizás porque, en el supuesto caso de que Franco lo hubiese mencionado, mis oídos, selectivamente, se habían negado a registrarlo: una especie de mecanismo de defensa. Pensé en preguntárselo directamente a ella pero finalmente no lo hice; se veía que mi negación, si era tal, seguía operando, así que la terminé agendando como ?zorrita puta?. Ella me dijo que veía a Franco esa misma noche (lo cual era, en ese contexto una noticia excelente pero a la vez y, como siempre, me llenaba de odio y de celos), así que quedé a la espera de un llamado o de un mensaje. No lo hubo, ni esa noche ni al día siguiente?

La ansiedad y la desesperación me carcomían por dentro. ¿Qué hacía esa puta que no llamaba? Al día siguiente ya no pude esperar más y yo misma le envié un mensaje de texto, tratando de redactarlo del modo más amable que fuera posible: ?Hola, ¿cómo estás¿ Perdoname que te moleste pero al final, ¿lo viste a Franco? ¿Hablaron sobre eso??. Pasaron como veinte minutos y no hubo respuesta: los veinte minutos, les puedo asegurar, más largos de mi vida. Cuando finalmente sonó el ringtone de mi celular anunciando la entrada de un mensaje de texto no pude evitar dar un salto por la ansiedad y la emoción. Al abrirlo para leer, el alma se me vino al piso: ?Ah, hola, ¿qué tal? Sisisisi? Perdoname que me colgué en avisarte. Dice Franco que el bebé no es de él?.

Así de fría la respuesta. La desazón que se apoderó de mí fue tan grande que hasta se me cayó el celular al piso. De todos modos y pensándolo fríamente, ¿qué podía esperarse? Era terriblemente ingenuo suponer otra cosa. Es más: ¿sería realmente quien Franco había dicho eso? ¿O tal vez la turrita, lisa y llanamente, no le habría dicho una sola palabra? Ambas alternativas eran posibles, pero, en cualquiera de los dos casos, el efecto sobre mí era el mismo: allí estaba, utilizada por una vendedora y abandonada con un niño en el vientre por un muchachito que, muy posiblemente, ya no quisiese saber nada más conmigo en su vida. ¿Y ahora? ¿Cuál debía ser el siguiente paso?

Casi no cruzaba ya palabras con Damián. ¿Me iba a aparecer como si nada a engañarlo diciendo que esperaba un hijo? Estábamos, por cierto, en el peor contexto de pareja posible como para hacer eso. Durante los días siguientes estuve terriblemente nerviosa; probé salir a caminar, ir al gimnasio, pero nada funcionaba como elemento de distracción. Más aún: por todos lados me daba la sensación de que la gente me miraba como si estuviese al tanto de mi historia y hasta supiera que llevaba una vida en mi interior. Más seguridad me otorgaba dar vueltas en el auto; al menos, cuando se va a una cierta velocidad, no es tan posible que la gente se detenga a mirarte y menos todavía cuando tu coche tiene vidrios polarizados. A veces salía de noche, como si ya ni siquiera me importara dar excusas a Damián. Un par de veces pasé, por supuesto, por lo de Franco, en una de las cuales paré el auto y me quedé allí, en la nada, acariciándome el vientre.

No sé en qué momento ocurrió. Fue todo tan rápido que ni llegué a darme cuenta de nada. La puerta del acompañante se abrió súbitamente; giré la cabeza para ver a alguien ingresar al vehículo pero ni tiempo tuve de asimilar la información porque en ese preciso instante alguien abrió también la puerta, lo cual me hizo hasta perder el equilibrio puesto que tenía el codo apoyado en la ventanilla. Alguien me tapó la boca con una pesada mano mientras otro me atrapaba con un abrazo envolvente. Intenté gritar, pedir auxilio, pero fue inútil: no lograba emitir sonido alguno, tal la fuerza con que me mantenían tapada la boca.

?Ssssh, quietita? y tranquila? ? escuché decir a alguien.

Yo casi no podía ver sus rostros debido a la falta de luz en el lugar en el que, para mayor discreción, había estacionado el auto. No obstante, se notaba que eran tipos mayores, tal vez de cincuenta y tantos años, así como también que se movían con un cierto profesionalismo o experiencia. Uno de ellos me amordazó dándole varias vueltas a una cinta alrededor de mi boca y de mi nuca; me trajo a la mente el recuerdo de cuando había sido amordazada por la gordita lesbiana en el colegio pero estaba bien claro que esto era absolutamente distinto? y aterrador. Me pusieron mis muñecas a la espalda y me las ataron con gran rapidez y sorprendente habilidad; una vez hecho eso, me levantaron como si fuera un bulto y, mientras uno de ellos pasaba a ocupar el lugar del conductor que me habían hecho abandonar por la fuerza, el otro, en el asiento del acompañante, me sentaba sobre su regazo y con sorprendente tranquilidad, se dedicaba a acariciarme las piernas. El auto arrancó; doblamos por varias calles, todas oscuras; yo sólo rogaba porque alguien nos viera… ,pero nadie, no había nadie. No dejaba de sorprender el grado de impunidad con que ellos se manejaban ya que ni siquiera habían tenido el cuidado de echarme al asiento trasero o en el baúl de las maletas. Claro, tonta,? ¿para qué iban a hacerlo? El polarizado de los cristales, aunque leve, jugaba a favor de los secuestradores. ¿Secuestradores? Sí, tonta, me dije en un terrible acceso de indescriptible pánico: te están secuestrando? ¿Todavía no te diste cuenta?

Los tipos ni siquiera trabajaban con la cara cubierta; estaba bien obvio que conocían bien su trabajo o que gozaban de la suficiente impunidad como para practicarlo sin obstáculos. ¿Adónde me estaban llevando? ¿Se trataba del auto? ¿Sería eso? ¿Ladrones simplemente? De ser así, seguramente me abandonarían en algún descampado y seguirían con el vehículo. ¿O su plan sería más ambicioso e incluiría encerrarme en algún cuchitril por algún barrio periférico para pedir rescate? ¿Pensaban en violarme? Por cierto, la lascivia demostrada por el que me tenía sobre su regazo no ayudaba a pensar en otra cosa. No paraba de tocarme las piernas y de franelear mi cola contra su bulto, contoneándose y haciéndome mover de tal modo de imitar una penetración.

?Le gusta? ¿No, doctorcita? ? me decía, burlona y asquerosamente -. Nosotros ya estamos bien informados eh? Sabemos muy bien que le gusta mucho la pija??

?Vendale los ojos, pelotudo?? ? intervino el que iba conduciendo el auto, tal vez molesto con su compañero o quizás resentido por no poder tocar tanto, al tener que conducir. Así y todo y sin dejar el volante, arrojó un par de manotazos para tocarme; lo hizo con mi rodilla, luego con una teta; por último se dedicó a masajearme la concha. El otro, entretanto, me vendó los ojos y ya no pude ver más nada; lo último más o menos conocido que registré fue que cruzábamos por uno de los puentes debajo de la General Paz: habíamos salido de capital y estábamos en provincia, por lo tanto. Y la pregunta seguía en pie: ¿adónde me llevaban? ¿Pensarían en matarme? La idea me producía tal escalofrío que sentía la necesidad de hablarles; hubiera deseado no tener la mordaza sobre mi boca para decirles que si lo que querían era violarme, que simplemente lo hicieran pero que, por favor, no me hicieran nada más. ¿Y qué tal si el plan de esos tipos era completo y pensaban robarme el auto, violarme y matarme? Todos los días se leían noticias de ese tenor en los diarios: ¿por qué mi caso debía ser la excepción?

Sin dejar nunca de apoyarme, el que me tenía sobre sí se dedicó a sobarme las tetas sin delicadeza alguna a la vez que me daba largos y repugnantes lengüetazos por sobre mi rostro. Yo me removía y sacudía de todas las formas posibles; quería librarme pero me era imposible y, por el contrario, parecía que mi captor gozase aún más en la medida en que yo me resistía. Quería hablar, pedirles por favor que se detuviesen, decirles que tenía un hijo en el vientre; quizás eso los apiadaría de algún modo. En eso sonó un celular; provino desde mi izquierda, así que le había sonado al que conducía.

?Sí, ssssseñor ? dijo, remarcando bien las palabras una vez que contestó ? ya la tenemos y la llevamos para la clínica, je? Y? más vale, papá? vos pagás por un trabajo y nosotros lo hacemos? Y? eh, ahí está; se resiste un poco la yegüita pero la tenemos en ablande, jaja? Entendido? Sí, sí, deciles que en? no sé, media hora, estaremos por ahí? cuarenta y cinco minutos a más tardar? Ok, estamos al habla? y tranquilo que va todo bien??

Yo ya no cabía en mí del terror que sentía. ¿Con quién había hablado? Lo de ?papá? había sido, claramente, un trato más callejero que familiar. Fuera con quien fuese, resultaba harto evidente que me estaban secuestrando y que todo respondía a un plan. ¿Cuál era ese plan? Imposible saberlo; en ningún momento habían hablado nada de dinero o de pedir un rescate pero cabría también suponer que no dirían mucho por teléfono o en mi presencia. En mi desesperación, vendada y amordazada como estaba y vejada como lo estaba siendo, intenté hacer una lectura positiva de esa posible ?reserva? al hablar: si no querían decir mucho en mi presencia, bien podía significar que no tenían en sus planes matarme. Al menos…, no por ahora?

No sé durante cuánto tiempo anduvimos en la noche. El que conducía había hablado de media hora o cuarenta y cinco minutos pero me dio la impresión de que fue más. No pararon de divertirse en ningún momento a mi costa, toqueteándome y franeleándome en las partes más íntimas y del modo más inmundo imaginable. Ya para esa altura yo comenzaba a pensar que, después de todo, si me mataban, sería lo mejor que podría pasarme. Vaya a saber qué era lo que me esperaba. Habían hablado de una clínica? ¡Una clínica! ¿Qué era lo que tenían en mente para mí aquellos dos monstruos o el psicótico degenerado que había hablado por teléfono con el conductor un rato antes? De pronto el auto se detuvo?

?¿Qué pasa? ? preguntó el que me tenía sobre sí -. Ya estamos a un par de cuadras, ¿o no? ¿Por qué paramos acá??

?Ssssh, esperá pelotudo ? le calló el otro -. Estaba pensando que en un ratito tenemos que entregarla y si vamos a jugar un poquito con ella el momento es ahora porque después no vamos a poder?

?Tenés razón. Cuando salga de ahí va a estar inservible y, además, me parece que en cuanto nos paguen la platita, nos dan el raje?

¿Inservible? ¡Dios mío! ¿Qué pesadilla me esperaba en esa ?clínica? de la que habían hablado.

?Muuy bien ? dijo el conductor, en tono de falsa felicitación -. Lo entendiste, la concha de tu hermana? Ahora, allá nos están esperando y si tardamos mucho es como que se van a impacientar??

?Hmmm?, sí, ¿entonces??

?Entonces? lo que yo digo es que no hay tiempo para que nos la cojamos los dos. Para hacerlo rapidito vamos a tener que hacer el dos por uno??

?Jejeje ? rió el que me tenía atrapada, acercando deliberadamente su boca a mi oído y arrojándome una bocanada de aliento fétido; estaba claro que no debía cepillarse los dientes jamás -. El dos por uno??

?Bueno? – dijo el otro -, va a haber que sacarle la mordaza entonces??

?¿Y la venda también??

?No, pelotudo? No necesita ver para tragarse una pija??

?Jejeje, es cierto ? recibí una palmada en la cola -. Bueno, entonces, ¿quién se la coge por la boquita y quién por la conchita??

El dos por uno? Ahí fui cuando entendí todo. Manejaban un cierto lenguaje carcelario, ya que así se conoce a un beneficio que se le otorga a algunos condenados a través del cual, en casos de buena conducta, un año de condena cumplida se computa como dos… De todas las locuras vividas hasta el momento desde el día en que Franco entró a la revisación, ésta era, sin dudas, la peor. Por mi cabeza desfilaron mil imágenes, incluso la del propio Franco, la de Sebastián, Jona, el playero sin nombre, Damián, mis padres, mis profesores en la Universidad? ¡Dios! Cómo deseaba que alguien de todos ellos pudiera estar allí para ayudarme, pero? la realidad era que yo me hallaba a merced de dos maníacos dentro del habitáculo de mi auto en algún lugar impreciso del conurbano en donde la posibilidad de recibir auxilio de cualquier tipo se reducía virtualmente a cero.

?Vamos a lo más simple y corto ? sugirió el que conducía -, así como la tenés, es más fácil que me chupe la pija y vos encargate de pegarle un garche??

?Jejeje, me gusta, me gusta la idea ? otra vez el aliento fétido sobre mi rostro e incluso me pareció sentir algunas gotitas de baba cayendo sobre mi hombro y mi cuello -. Pero? vamos a hacerla mejor? – me apoyó una mano en el vientre -. La doctora espera un bebé, ¿verdad? Una mamita muuuy sexy? Para no hacerle daño en la pancita, me la voy a coger por el culo, jaja? Es buena idea, ¿no??

Otra vez el asqueroso lengüetazo en pleno rostro. Yo no salía de mi espanto ni de mi asombro. ¡Sabían todo! ¡Estaban al tanto de mi embarazo! Por debajo de la venda, los ojos se me llenaron de lágrimas. Sin ninguna delicadeza, alguien me arrancó la mordaza haciéndome emitir un grito que, al parecer, no les preocupó en demasía. O no había nadie alrededor o bien se movían en un área, para ellos, protegida. Con violencia me tomaron por los cabellos y empujaron mi cabeza hacia abajo hasta que sentí en mi trompa el contacto con una verga maloliente que, deduje, sería la del conductor. Mientras ello ocurría, el otro hurgueteaba con sus dedos por debajo de mi falda y se encargaba de bajarme la tanga para, acto seguido y sin lubricación alguna, empalarme por el culo.

Yo no daba más. Ya no sabía cuál dolor era peor, si el físico, el psicológico o el espiritual. Me sentí más degradada que nunca: aquello que me estaba ocurriendo hacía creer que todo lo que había sucedido hasta entonces era nada más que un simple juego de niños. Ni caminar en cuatro patas para llevarle el dinero a Franco, ni ser sometida a todo tipo de manoseos y tratos por parte de una adolescente lesbiana, ni ser el objeto de diversión de cuatro adolescentes alcoholizados y drogados, ni ser desnudada por una vendedora de tienda a la cual tuve luego que practicar sexo oral: nada de eso, ni mínimamente podía parecerse a lo que me estaba tocando vivir en ese momento dentro de mi propio auto. Allí no había ninguna tormenta interna; no estaban el sí y el no librando una batalla campal en mi interior: yo sólo quería salir de ahí?

?Vamos, vamos, putona? Así, haceme acabar? ? decía el que ahora tenía su pija dentro de mi boca mientras me sostenía por la nuca de tal modo de casi no dejarme inspirar otra cosa que no fuera el olor fétido de sus genitales sin aseo alguno.

?Uy, qué bien que va por ese culito?? ? decía el otro sin parar de bombearme por detrás.

Aunque a mí se me hizo eterno, fueron rápidos; era obvio que estaban apurados. Uno acabó dentro de mi boca y el otro dentro de mi cola casi al mismo tiempo. Jadearon y gritaron de tal modo que terminé de convencerme de que debíamos estar en una zona descampada. El que estaba al volante me tomó por los cabellos y alzó mi cabeza como si fuera una bolsa y, a la vez, como si se sacara una molestia de encima. El otro me tuvo empalada por un rato más, incluso cuando el auto ya había iniciado su marcha nuevamente. Volvieron a amordazarme.

Unos minutos después el auto se detenía. Estuvo un rato con el motor en marcha como a la espera de algo (¿de que le abrieran un portón tal vez?); al rato reanudó la marcha pero me dio la sensación de que sólo anduvo unos metros. Se abrieron las puertas del coche y, en cuestión de segundos, yo era arrastrada fuera del mismo y luego obligada a caminar mientras uno de mis captores me llevaba por una axila y el otro por la otra. Alguien se acercó y les habló; la entonación y hasta la forma de hablar me sonaron como si se tratara de alguien bastante más educado o, al menos, con más instrucción; no parecía pertenecer al mismo ambiente marginal que ellos.

?¿Y, muchachos? ? preguntó -. ¿Ningún problema??

?Ninguno, maestro? Ya te avisó que veníamos, ¿no??

?Sí, sí, ya estábamos al tanto?

O sea: no era el mismo que había hablado por teléfono con el conductor. ¡Mi Dios! ¿En qué clase de red había yo caído? ¿Cuántos eslabones o jerarquías había en aquella organización?

?Bueno?, pasen a la salita ? ordenó, siempre con su tono extraña y sorprendentemente educado -. La doctora está esperando??

¿La doctora? ¿Hablaban de mí o de alguien más? La realidad fue que me sonó más como lo segundo. Una doctora? Mi terror a cada instante crecía más? ¿En dónde estaba? ¿A quién me estaban entregando? Me puse a repasar el diálogo telefónico en el auto y, en efecto, habían hablado de una clínica. ¿Sería entonces con esa supuesta ?doctora? con quien hablaban? No, no cerraba: el que conducía el auto había llamado a su interlocutor ?señor? y hasta había utilizado la expresión ?papá?; por otra parte, en todo momento de la conversación telefónica me había dado la sensación de que quien estaba al otro lado de la línea se comunicaba desde un lugar que no era el mismo hacia el cual estábamos yendo. De hecho, habían hablado de avisarle a alguien?

El retumbar de los pasos, sumado al hecho de que los dos tipos marchaban a mi lado casi estrujándome como si fuera una salchicha, me daban la pauta de que marchábamos a lo largo de un pasillo angosto. Me arrastraban de tal modo que mis pies casi no tocaban el suelo; sólo cada tanto se oía el golpetear de mis tacos contra el piso. Traspusimos una puerta, eso se notó? Ignoro a qué tipo de ambiente habíamos pasado, seguramente el que habían llamado ?la salita?, pero les puedo asegurar que el miedo que yo sentía era tal que me hice pis encima; no pude evitarlo.

Una voz de mujer, aunque de timbre muy grave, retumbó en la habitación.

?Pónganla sobre la camilla? Atada de pies y manos? ? ordenó, en un tono que evidenciaba tener una cierta autoridad o jerarquía en aquel lugar de pesadilla al que me habían llevado.

Sin objetar absolutamente nada, uno de mis captores me soltó las manos que yo llevaba atadas a la espalda; ello no significó, sin embargo liberación alguna ya que me sostuvieron por los codos de tal modo que no pudiera mover mis brazos ni aún desatada. Luego me cargaron en vilo entre ambos y me echaron pesadamente sobre una durísima camilla. Acto seguido, sentí cómo me aferraban nuevamente por las manos y ataban mis muñecas a ambos flancos de la camilla sobre la cual me hallaba. Luego hicieron lo mismo con mis tobillos, dejándome con las piernas bien abiertas. Uno de ellos advirtió que me había orinado y lo hizo notar, divertido.

?Siempre pasa eso con estas putitas ? acotó la mujer -. Ahora resulta que tienen miedo, lloran, patalean, les duele, se mean, se hacen caquita, pero bien que cuando tuvieron que abrirse de piernitas para dejarse culear ni se quejaron?

La voz sonaba como de mujer mayor: tal vez sesenta años o más y, no sé por qué, se me antojó voluminosa o gorda, quizás por el tono grave.

?Bien ? dijo -. Fuera; déjenme sola con la paciente?

¿Paciente? ¡Qué modo extraño de verme! No puedo describir el pánico que yo sentía, aumentado por el hecho de que no podía ni siquiera ver lo que se cernía sobre mí ni tampoco hablar para pedir clemencia. El lugar olía mal: húmedo y nauseabundo, como a algo en descomposición. Uno de mis captores, el mismo que me había tenido en su regazo y que luego me había cogido por el culo, se acercó a mi oído:

?Adiós, doctorcita? Fue un placer enterrársela en el orto??

Y otra vez el detestable lengüetazo en mi rostro, sumado a un desagradable beso que pretendió ser de despedida. Puede sonar increíble al lector, pero cuando escuché la puerta cerrarse y supe que los dos monstruos se habían retirado, me sentí aún más desprotegida que antes. Ahora estaba sola, en aquella lóbrega y maloliente habitación a la que llamaban ?la salita?, con una mujer que bien podía ser un monstruo aún peor que los dos rufianes que acababan de marcharse. Escuché sonidos que, debido a mi entrenado oído profesional, logré reconocer como de instrumentos quirúrgicos. Un nuevo ataque de terror se apoderó de mí y me sacudí con violencia en la camilla, haciendo esfuerzos denodados por conseguir liberar alguna de mis manos o, siquiera, alguno de mis pies. Me moví frenéticamente, levantando mis caderas y mi espalda una y otra vez pero sin conseguir nada. Los hijos de puta me habían amarrado bien y con tanta fuerza que hasta sentía la circulación cortarse en muñecas y tobillos.

?¿Qué pasa, putita? ? me preguntó la mujer y juro que creí escuchar la mismísima voz del diablo -. ¿Estás nerviosa? No te preocupes que algo sé: soy especialista en putas como vos. En un ratito más, esa mierdita que tenés en el útero va a ser un residuo más en la bolsa?

Fue entonces cuando mi cerebro acusó recibo de todo. Claro, estúpida, ¿cómo no te diste cuenta antes? El lugar era una clínica de abortos clandestina; la mujer sería, muy posiblemente, una falsa médica? y el plan? no era otro que despojarme de mi bebé. Me sacudí aún con más fuerza, dando violentas convulsiones sobre la camilla y tratando de arrojar puntapiés, cosa que, por supuesto, me era del todo imposible: yo era un animal atado? Sí, un animal: finalmente tocaba el punto más bajo en el abismo hacia el que Franco me había arrojado cuando me tildara de ?hembra en celo?. Franco? claro, ahora todo cerraba perfectamente. Bastó con que supiera del embarazo y que, encima, yo me pusiera obsesiva y molesta en llegar hasta él y hacerlo consciente de su paternidad, para que él terminara por decidir actuar por cuenta propia. Pero? ¿él? ¿Un chiquillo de diecisiete años podía ser capaz de interactuar con una organización que incluía espías, entregadores, secuestradores y médicos abortistas? Sonaba a locura, desde ya. Mucho más posible, en cambio, era que quienes habían tramado y pergeñado todo eso fueran sus padres. Aun sin conocerlos, más de una vez yo había pensado en ellos o en cómo pudieran llegar a reaccionar ante la noticia de que Franco esperaba un hijo. Como ocurría, en general, los padres de los alumnos de ese colegio eran gente adinerada o más o menos acomodada económicamente. Como tal, tendrían los contactos suficientes como para armar todo aquello. Más que posiblemente, habría bastado que el nene se apareciera diciendo que había una doctora mala que le quería encajar un hijo para que ellos se pusieran en campaña para sacarme de en medio o, cuando menos, lograr que ese bebé ya no existiese. Así era como terminaba todo finalmente: cuán distinta era mi vida de cómo había sido hasta sólo un par de meses atrás. Cuán alto terminaba siendo el precio a pagar por haber cedido a la tentación carnal y haberle sido infiel a mi esposo, al que alguna vez había jurado fidelidad. Abatida y maniatada sobre esa camilla, hasta me puse a pensar si en verdad no me lo tendría merecido.

Pude sentir los pasos y la pesada respiración de la mujer cerca de mí y me estremecí de la cabeza a los pies. Me tocó el vientre, como si palpara el material a tratar. Luego pude sentir el frío de un objeto filoso y metálico apoyándose contra la cara interior de uno de mis muslos. Fue apenas un roce pero pude darme cuenta de que se trataba de un bisturí o de un escalpelo. A continuación, escuché el crujir de la tela al rasgarse y me di cuenta que la mujer estaba cortando mi falda por el frente. Luego tanteó en el hueco entre mis piernas y tocó mi tanga.

?Esas bombachitas que se ponen ahora?, bien de putas? Qué asco que me dan?? ? se quejó, casi escupiendo las palabras de tanto odio. Utilizando el instrumento que tenía en mano, cortó en jirones la breve prenda y así mis zonas íntimas quedaron totalmente expuestas para lo que se venía, fuera lo que fuese.

Otra vez tuve un acceso de nervios y comencé a sacudirme frenéticamente.

?Quieta, puta, quieta? – no cesaba de decirme mientras me abofeteaba el rostro sin lograr detener mis convulsiones ni siquiera de ese modo -. No tengas miedito?, yo no mato mamis, sólo les saco la porquería de adentro. Te aclaro, ganas no me faltan porque me dan asco cuando son tan putas como para andar regalándose y abriéndose de piernas ? ella seguía hablando y mis convulsiones no cesaban -. Parece que querés hacerme las cosas difíciles? Voy a tener que usar el cloroformo y ponerte a dormir? Cuando te despiertes, tu bebé va a estar en la caja compactadora de un camión, jaja??

No podía creerlo. No podía creer nada de lo que me estaba pasando. Mis ojos se llenaban cada vez de más lágrimas mientras mis muñecas y tobillos pugnaban inútilmente por liberarse. ¡No! No podían quitármelo, no podían hacerlo, no podían?

En eso escuché un sonido seco y ahogado, como si algo pesado hubiera caído al suelo. La gasa con cloroformo que yo había esperado sentir apoyarse sobre mi nariz nunca llegó y un extraño silencio se apoderó súbitamente del lugar. No había ningún ruido: ni de instrumentos quirúrgicos, ni de frascos, ni de nada? Escuché unos pasos, pero no eran los de la pérfida doctora; no sonaban tan pesados. Había alguien más en la habitación, pero? ¿quién? Súbitamente pude sentir el hálito de una respiración sobre mi mejilla? y alguien que me hablaba al oído:

?Tranquila, doctora Ryan? – me dijo -. Ya pasó todo. Quédese tranquila que todo va a salir bien??

Mi cerebro se había convertido en un gran signo de interrogación. ¿Qué diablos estaba pasando? ¿Quién era ése que había hablado? Y, por otra parte, yo conocía esa voz?, la conocía. Claro, sí, era el que se había acercado cuando los dos matones me estaban bajando del auto, el que había hablado con tono algo más educado o instruido. Aun así, habiendo logrado establecer quién era el dueño de la voz, la situación distaba mucho de estar aclarándose. De pronto sentí que me quitaban la venda de los ojos.

Los abrí. Me costó acostumbrarme a la mala luz que había en el lugar, sumado al hecho de que tenía los ojos entumecidos y llorosos. La habitación era tal como la había imaginado, por lo menos la parte que, echada de espaldas contra la camilla, llegaba a ver: manchas de humedad poblaban el techo y las paredes. A pocos centímetros de mí, un rostro: un hombre de treinta y cinco o cuarenta años me miraba fijamente con unos ojos verdes que, en ese momento, se me antojaron tristes y hasta piadosos.

?Te voy a sacar la mordaza ? me dijo -, pero no tenés que gritar? Si lo hacés, estamos en el horno, ¿entendiste??

Las cosas cambiaban su curso con tanta rapidez que no me permitían acostumbrarme a cada cambio, pero aun así entendí que ese hombre quería ayudarme y, como tal, lo menos que podía yo hacer era colaborar. Asentí con la cabeza y él hizo lo mismo. Me quitó la mordaza con la mayor delicadeza posible, tratando de no hacerme doler.

?Mi nombre es Silvio? ? se presentó: extraño contexto para una presentación en realidad.

Yo no conseguía articular palabra; era como si mi boca aún siguiera amordazada. El hecho de haberla tenido encintada durante tanto rato se combinaba con la incomprensión que, en ese momento, hacía presa de mí. Podía hablar, sí, pero?, ¿qué podía preguntar o decir? Más bien dejé que el sujeto hiciera lo suyo y, en efecto, se dedicó a soltar las ligaduras, primero de mis manos y luego de mis tobillos. No puedo explicar el alivio que sentí: fue como si mi sangre volviera a correr por mis extremidades. Él me colocó una mano por debajo del hombro y me instó a incorporarme. Me senté sobre la camilla y tuve una visión aún más completa y aterradora del lugar en que nos hallábamos. Ninguna higiene: manchas de humedad por las paredes y de sangre seca en el piso, una mesa sobre la cual se amontonaban varios instrumentos quirúrgicos en algunos de los cuales se apreciaban, incluso, manchas de óxido? y un montón de bolsas de residuos (¿para los fetos, tal vez?). Pero lo más estremecedor de todo fue ver a la mujer en el piso; estaba allí, aparentemente, sin sentido: no era gorda como la había imaginado, pero sí maciza y robusta.

?Le tuve que dar cloroformo ? explicó mi misterioso salvador -. Ella estaba a punto de usarlo con vos, pero?, le gané de mano, je??

Caballerosamente, me ayudó a bajar de la camilla. Yo aún seguía atontada y desconcertada por la marcha de los acontecimientos y los cambios que se daban a cada momento.

?Tenemos que salir de acá? ? me dijo -. Voy a espiar que no haya nadie en el pasillo y, si es así, conozco un camino alternativo??

Se acercó a la puerta de la habitación y la entornó un poco para otear fuera de la misma.

?Está despejado ? anunció, como si diera un parte de guerra -. Vamos??

Apenas empecé a caminar para tratar de seguirlo, me encontré en problemas. Mis tobillos me dolían por haber tenido que soportar durante tanto tiempo las ceñidas ligaduras y, por otra parte, los tacos hacían ruido.

?Yo te diría que te descalces ? me dijo -. No es sólo el ruido, es que además vamos a tener que movernos rápido??

Haciéndole caso, me quité el calzado; un instante antes de hacerlo, tuve que resistirme a la tentación de propinarle un puntapié en pleno rostro a la mujerona que yacía, sin sentido, en el piso. Fue como si él me hubiera leído la intención:

?Dejala ? me dijo -. Vamos, rápido??

Una vez que estuve descalza, le seguí los pasos. Debo confesar que me produjo un fuerte estremecimiento tener que caminar sobre manchas de sangre pero la situación ameritaba, en ese momento, dejar de lado todo prejuicio higiénico. Estuve a punto de dejar mis zapatos allí, pero él me hizo seña de que los llevara.

?Es mejor que no dejes nada tuyo acá? Vamos? ? me urgió.

Salimos al pasillo, me tomó por una mano y echamos a correr hacia la izquierda. Algunas puertas jalonaban el estrecho y lóbrego corredor pero todas estaban cerradas. Nos desviamos luego por una puerta no menos estrecha que estaba justo debajo de una escalera. Un nuevo pasillo se abrió ante nosotros pero ahora a cielo abierto; por encima de nosotros estaban las estrellas. Una vez finalizado el corredor, salimos a una especie de gran patio que, por lo poco que podía verse bajo la luz de la luna, daba aspecto de abandono: aquí y allá poblaban el piso algunos escombros y trozos de metal desparramados, en tanto que ocasionales matas de pasto crecían en las juntas de los baldosones. Corrí, casi a ciegas, siempre siguiendo al misterioso sujeto, mientras rogaba por no clavarme nada en la planta del pie. Una vez que dejamos atrás el patio de baldosas, salimos a un gran descampado lleno de malezas: una nueva tortura para mis pies. Llegamos a un gran tinglado sin paredes y sostenido sólo por columnas de ésas que se dividen en varios cuerpos, como las antenas de las emisoras de radio. Había allí estacionados unos tres vehículos y nos dirigimos hacia un Volkswagen Tiguan: el sujeto me abrió la puerta del acompañante para que me subiera y fue, luego, presuroso, a tomar el lugar del conductor. En cuestión de segundos salíamos por una calle de tierra que, en determinado momento cruzaba una alcantarilla a modo de puente sobre lo que parecía un gran zanjón o tal vez un canal. De allí pasamos a otra calle de tierra que bordeaba precisamente ese zanjón y ello me permitió tener, a la luz de la luna, una visión algo más abarcativa del lugar que acabábamos de dejar y del cual procurábamos poner distancia. Realmente el edificio parecía un galpón abandonado, sin que hubiera trazas de actividad alguna: era imposible pensar que allí pudiese funcionar una clínica de abortos ilegales pero, claro, supongo que el objetivo era precisamente que así fuese.

Durante bastante rato no hablamos palabra. Silvio mantenía la vista en el camino y pisaba el acelerador a fondo aun a pesar de hacer sufrir al vehículo violentas sacudidas en pozos y huellones; claro, la idea era alejarnos lo más rápido posible de aquel infierno de pesadilla del cual huíamos. Pronto estuvimos en lo que parecía ser una ruta o, cuando menos, un camino asfaltado y comencé a sentir un cierto alivio: era como si de a poco recobrara el contacto con la civilización.

?¿Estás bien? ? me preguntó él girando la vista hacia mí durante un fugaz instante.

?S? sí, dentro de lo que se puede, sí? ? contesté.

Mi respuesta era de lo más lógica. En una misma noche y en el lapso de un par de horas había sido secuestrada, violada por detrás, y obligada a practicar sexo oral para luego ser maniatada sobre una dura camilla con el objeto de ser sometida a un aborto ilegal que, gracias a Dios y a aquel sujeto misterioso que guiaba el auto, no se concretó. Silvio tomó un atado de cigarros de la guantera y me extendió uno. No soy fumadora compulsiva pero se lo acepté: una noche tan extraña y traumática como la que acababa de vivir ameritaba el vicio.

?¿Quién sos? ? pregunté -. ¿Y por qué me salvaste y me sacaste de ese lugar??

?Como te dije, me llamo Silvio ? respondió entre dientes, mientras encendía su cigarrillo -. Y si querés saber algo más, te puedo decir que trabajo como detective??

Lo miré estupefacta, tratando de interpretar si sus palabras iban en serio o en broma. Él detectó mi perplejidad y me dirigió una rápida mirada de soslayo.

?Te maté con ésa ,¿no? ¿Sorprendida, doctora Ryan??

Yo continué mirándolo fijamente.

?¿Esto que acabas de hacer es entonces para vos parte de un simple día de trabajo?? ? le pregunté.

?No ? blandió en señal de negación los dos dedos en los cuales sostenía el cigarro -. No hago este tipo de cosas por lo general??

Caímos a una autopista, a la cual creí reconocer como la Ricchieri, con lo cual quedaba en claro que había sidollevada hacia el sudoeste de la capital. Un nuevo silencio se volvió a producir entre nosotros y él me echó una mirada de reojo, quizás para comprobar que me hallaba bien. Me pareció que bajó un poco la vista hacia mi entrepierna y luego la desvió, probablemente avergonzado. Yo también me avergoncé, porque cobré conciencia en ese momento de que me hallaba prácticamente desnuda: no tenía bombacha, pues la horrenda mujerona me la había destrozado y tampoco mucha cobertura por delante ya que mi falda estaba abierta en dos, colgando en sendos jirones sobre mis caderas. Me llevé las manos a mi sexo para cubrirme.

?Se va a complicar hacerte entrar en el edificio, así como estás ? señaló él -. Espero que no nos crucemos con nadie??

?¿Adónde estamos yendo?? ? pregunté intrigada.

?Quiero mostrarte mi lugar de trabajo??

?Ajá? ¿y para qué??

?Vas a entender algunas cosas??

Otra vez se produjo un momento de silencio. Lo miré:

?Te contrató la familia de Franco, ¿no?? ? le interrogué.

Simplemente dio un par de pitadas a su cigarrillo.

?Esperá a llegar? – dijo, secamente, aunque con amabilidad -. Allá vas a entender todo??

?¿Y por qué te echaste atrás?? ? le espeté, continuando con mi interrogatorio.

?¿Echarme atrás? No entiendo?? ? dijo él, sacudiendo la cabeza.

?Claro, me sacaste de ahí, pero hasta unos minutos antes estabas con ellos. Recuerdo bien tu voz??

Cabeceó pensativamente. Arrojó el cigarro por la ventanilla aún sin haberlo terminado.

?Es que? la cosa se fue muy a la mierda? – dijo, en tono de lamentación -. Y hay cosas que no me las banco?y, como te dije, no las hago??

?¿Y por qué habías accedido a hacerlas entonces? Digo? antes de arrepentirte, claro??

Haciendo el clásico gesto para hacer referencia al dinero, frotó dedo pulgar contra índice.

?Lo de siempre? – contestó -. Buena platita. Pero? cuando estás adentro te das cuenta que hay límites que no podés cruzar sólo por un billete??

?¿Por qué lo decís? ¿Secuestro, violación, aborto ilegal? ¿Cuál de ésos es tu límite??

Me miró con una sombra de lástima en los ojos.

?Te violaron, ¿no?… Lo siento, de verdad. No era algo que pensé que pudiera ocurrir? Lo que empezó como un simple trabajo por encargo, terminó en una gran locura? y mi trabajo es, habitualmente, bastante más simple y, si se quiere, más ético que eso??

Entramos a la General Paz y marchamos hacia el norte; bajamos en Gallardo, a la altura de Liniers y luego nos movimos en dirección al barrio de Versalles. Entramos a un edificio que, por suerte, tenía cochera. No había nadie en el lugar. Para mayor seguridad y dada mi casi desnudez, fuimos por las escaleras en lugar de por el ascensor.

?Nadie usa las escaleras a esta hora? ? explicó él.

Conté tres pisos hasta llegar a lo que parecían ser sus oficinas; daba la impresión de tratarse de un semipiso. El lugar estaba realmente bien puesto, muy posmoderno y con varias computadoras, además de monitores y un enorme plasma. Me invitó a sentarme en una mullida silla giratoria frente a un escritorio y él pasó a ocupar el otro lado, no sin antes darme un vaso de agua. Por pudor, me crucé de piernas.

?Tranquilizate ? me dijo -. Fue una noche muy agitada, pero quiero que estés bien para esto??

?Estoy bien ? repuse con energía -. Ahora decime lo que me tengas que decir?

Asintió, pensativamente.

?Más que decir, tengo que mostrarte? ? dijo y le dio arranque a una de las tantas computadoras que allí se veían. Un monitor se encendió a un costado del escritorio e instantes después él rebuscaba con el mouse entre una serie de archivos. Hizo doble clic sobre uno.

Cuando por fin la imagen se abrió y el programa predeterminado comenzó a ejecutar el archivo, la mandíbula se me cayó completa. Allí estaba yo, con el dinero en la boca, marchando en cuatro patas hacia Franco. La conmoción fue tal que comencé a respirar con dificultad.

?¿Vos tenés eso? ? ? le pregunté, abriendo de par en par mis ojos por la incredulidad.

?Y esto? ? respondió, dando doble clic a otro archivo para que, a continuación, mis aún descolocados ojos me viesen a mí misma haciendo subir a mi auto al chico de la estación de servicio, justo en la puerta del maxikiosco.

?O esto? ? agregó.

Y aparecí otra vez yo, siendo penetrada analmente por el flaco en la fiesta con los cuatro adolescentes.

Yo no salía de mi asombro. Mis piernas temblaban. Dos de las filmaciones ya las había visto pero, a la sorpresa de saber que aquel extraño las tenía en su poder se agregaba la de que alguien me había filmado en la calle cuando, en plena madrugada, había hecho subir a mi auto al chico del combustible.

?Acá tengo otra? ? dijo Silvio, volviendo a hacer doble clic y a continuación vi la imagen de mi auto entrando en un hotel, que rápidamente reconocí. Era el de la colectora en el acceso oeste y la imagen correspondía, obviamente, a la noche en que me llevé allí a Franco?

?Y tengo más?? ? siguió diciendo. Y en la medida en que se fueron abriendo nuevos archivos y nuevas ventanas, me vi a mí misma enfundada en guardapolvo y tocando el timbre en la casa de Franco en una imagen que reconocí como correspondiente al día de aquel fatídico almuerzo. En otra me vi hablando con Franco en la calle y luego invitándolo a subir a mi auto; era el día aquél del accidente y esa escena se había producido sólo un rato antes de la entrada al telo de la colectora. Es decir, me habían seguido, vigilado, fotografiado y filmado por todos lados? Fue como si en sólo un instante se hubiera hecho trizas para mí cualquier concepto medianamente asociable con ?vida privada?. Un dolor comenzó a apretarme el pecho. Me sentía consternada, dolida y pillada como una niña a la que han descubierto en sus travesuras, pero claro, siendo yo una mujer adulta, casada y profesional, la sensación de humllación que ello producía era cien veces mayor.

?¿Es? esto lo que hacés habi?tualmente?? ? pregunté, con la voz queda y algo quebrada.

?Claro. Por eso te decía: yo no hago secuestros ni abortos ilegales; no estoy en esa movida?

Me llevé dos dedos al puente de la nariz a la vez que bajaba la vista.

?No entiendo? ¿La familia de Franco te pagó por hacer todo este trabajo??

?Nunca dije que hubieran sido ellos, doctora??

Le miré fijamente, cada vez más confundida.

?Yo le dije que mi trabajo no son los secuestros ni abortos ilegales ni nada de eso; nunca me enganché con toda esa mierda ? continuó explicando -. Mi trabajo es mucho más inocente que eso, doctora? Y, según como se lo vea, hasta puede decirse que le hago un bien a la comunidad??

?¿Te podés explicar, por favor? No estoy entendiendo nada?? ? mi tono revelaba estar empezando a perder la paciencia.

?Hmm, bueno, verás? Hay muchas esposas que tienen dinero y que sospechan que sus maridos no se están portando realmente bien? Y también maridos que sospechan de sus esposas? Ahí es donde entra mi trabajo: yo descubro lo que necesiten saber y les saco todas las dudas? De esa manera, se quitan las vendas de sus ojos y una vez que se enteran de lo que realmente son sus parejas, la decisión es de ellos: o perdonan o les dan una olímpica patada en el orto??

De pronto sentí un sacudón interno y di un respingo en la silla que ocupaba como si todas las fichas me cayeran juntas.

?¿Damián? ? pregunté, casi ladrando el nombre -. ¿Me estás diciendo que te contrató Damián??

?Sé que no es la noticia más linda que quisieras recibir en este momento ? dijo tristemente -, pero sí, fue él??

Me tomé el rostro con ambas manos; todo me daba vueltas.

?¿Te sentís bien? ? ? me preguntó.

?¿Cuándo? ? repregunté sin hacer caso a su interrogante -. ¿Desde qué momento comenzó todo esto??

?Al día siguiente del día en que le mamaste la verga a Franco en el colegio? – pareció ruborizarse al decirlo -; en fin, mil disculpas por decirlo de ese modo??

?¿Y cómo se enteró? ¿Por qué sospechó?? ? volví a la carga, haciendo caso omiso de sus disculpas.

?Bueno?, una? compañera de trabajo de tu marido, una preceptora, en realidad? Ella fue la que los escuchó y le fue a él con el cuento ??

Claro, la maldita preceptora había oficiado como buchona. De hecho, tanto ese día como otros me había parecido imposible que los gemidos y gritos no se oyeran fuera del aula y, más de una vez, viendo la expresión de ella, me había dado la impresión de que se hacía la tonta, pero traté, en aquellos momentos, de pensar que era sólo mi paranoia. Estaba obvio que los gritos se habían escuchado y, dado que ella tenía su preceptoría de manera contigua al aula que yo ocupaba, se convirtió en testigo privilegiado. Ahora lo que me preguntaba era si sólo lo habría puesto al tanto a Damián o le habría ido con el chisme también a más gente. Difícil era creer que hubiera dejado pasar un rumor tan jugoso y atrayente.

?Pero,.. ¿cómo tenés esa filmación entonces? Me refiero a la del primer día??

?Acceder a un teléfono celular es fácil para mí? – dijo -. Es mi trabajo, no te olvides. La tecnología puede ser muy útil pero tiene un gran problema: deja rastro. Yo me manejo con contactos adentro de todas las compañías de telefonía celular, a los cuales, obviamente, siempre hay que pagarles. No fue difícil dar con el número de Franco y, como al otro día, por lo que parece, una compañera del curso le sacó el celular y se envió el archivo a sí misma, desde ese momento la filmación fue totalmente vulnerable? Lo demás ya lo sabés, ahí lo tengo??

Yo no salía de mi asombro. No podía creer que cada vez encontrara un nuevo límite para mi capacidad de sorpresa.

?Y? entonces, si tenés acceso a cualquier teléfono celular ? dije -, supongo que eso quiere decir que??

?Sí, sí, al tuyo también ? dijo, mientras abría otro archivo -. Acá están todos tus mensajes de texto, por ejemplo? Y también chequeé la ubicación geográfica de tus llamados cuando decías que estabas atendiendo a una mujer enferma, que había muchas escaleras y cosas por el estilo??

?Y? la grabación de audio que recibí, entonces??

?¿Cuál? ¿Ésta?? ? inquirió al tiempo que clicaba sobre un nuevo archivo y sólo una fracción de segundo después se escuchaba mi propia voz pidiéndole por favor a Franco que me hiciera la cola.

No puedo describir lo que estaba sintiendo en ese momento. Vergüenza. Estupor. Impotencia. Y estupidez,? mucha estupidez por haber creído que estaba logrando engañar a mi marido en sus narices cuando la realidad marcaba que ya hacía rato que me tenía totalmente vigilada.

?Pero? y entonces? si lo sabía, ¿por qué prolongó esto durante tanto tiempo??

?Para juntar más material y así hacerte mierda y dejarte en pelotas?? ? contestó fríamente

?P? ¿perdón??

?Claro. En el caso de un reparto de bienes gananciales, él tiene que reunir la suficiente cantidad de pruebas como para demostrar que vos no te portaste bien. Si una de las partes ha sido desleal con la otra y ha faltado a los votos conyugales, ello incide desfavorablemente sobre ella para los jueces en el momento de proceder a la división??

Mi cabeza seguía siendo un remolino. Claro, no era que tuviéramos tanto dinero: éramos un matrimonio de clase media pero él había cobrado hacía poco una herencia de unos ochocientos mil pesos que, me había dicho, mantendría bajo llave en un banco hasta que dispusiésemos de ella para mejorar nuestra casa o para lo que fuera que planeásemos, sobre todo el día en que llegara nuestro primer hijo: ironía del destino, ese hijo estaba por llegar, pero era mío, no de él. Ahora bien, quedaba claro que Damián no quería repartir nada de ese dinero conmigo, ni, seguramente, tampoco la casa?, o los autos. Pero, ¿tan frío y calculador podía él haber sido como para mantener la boca cerrada durante todo ese tiempo? ¿Hacerme creer que nada sabía de lo que estaba ocurriendo? ¿Cómo había hecho para aguantarse las ganas de decirme en mi cara que lo sabía todo y que yo era la peor puta del mundo? Las siguientes palabras de Silvio aportaron, en buena medida, algo más a mi pobre comprensión.

?Por otra parte ? continuó -, te voy a confesar una cosa. Yo no le di todo el material a Damián de entrada; sólo muy poco: apenas algunas fotos en las que subías a Franco al auto o la grabación que escuchaste recién. No puse en sus manos ninguna de las escenas de sexo explícito que te tuvieron como protagonista, por ejemplo. Preferí guardarlas para mostrárselas más adelante y así mantenerlo como cliente durante algún tiempo más. Eso también es mi trabajo: crear el gancho como para que el cliente que pidió la investigación siga motivado e intrigado y así seguir cobrando por el trabajo. Es un error dejar caer todas las bombas desde un principio?

?O sea? a ver? – le interrumpí ello mientras intentaba ordenar mis pensamientos y reacomodar un poco el rompecabezas -, volvamos a la grabación? ¿Quién me la envió entonces? No me cierra que hayas sido vos porque eso hubiera sido echar tierra sobre tu propio trabajo??

?No. Ése fue el pelotudo de tu marido ? sonrió fugazmente, pero a la vez sacudió la cabeza con evidente fastidio -. No se la aguantó y quiso jugar a ponerte nerviosa. Casi lo maté cuando me dijo: el imbécil estuvo a punto de echar a perder absolutamente todo? Afortunadamente no fue así: tu calentura ayudó??

Lo miré sin entender.

?Y? es que, honestamente me sorprendió que no te detuvieras y que siguieras queriéndote coger al pendejo aun a pesar de que, al parecer, alguien te tenía vigilada? Yo habría apostado todas las fichas en que desde el momento en que te llegara ese mensaje de voz con la grabación, te irías a bajar de absolutamente todo y que te recluirías en tu casa? No fue así: sorprendente, doctora??

No puedo describir la situación de vergüenza y de humillación. Incluso ese tipo, quien hasta el momento se había presentado como educado y tratable, me degradaba de algún modo con sus comentarios y dichos, aun cuando diera la impresión de que no era ésa su intención. Eché una mirada al monitor y a los distintos archivos que tenían que ver conmigo: toda mi vida privada almacenada y expuesta allí.

?Supongo que te divertiste todo este tiempo, ¿no?? ? pregunté con un deje de tristeza.

?Te mentiría si dijera que no ? respondió -. Es la parte divertida de este trabajo: ver las cosas que las mujeres casadas hacen en su vida privada. Pero más allá de entregárselas en bandeja a los maridos cornudos, uno también tiene su costado de ?voyeur? y en ese sentido tengo que decir que la pasé muy bien con vos?

Cerré los ojos: no sabía si agradecerle o insultarlo por tanta sinceridad. Debía recordar, por supuesto, que en definitiva era él quien me había salvado del bisturí de la bruja abortista.

?¿Y en qué momento recibió Damián el material completo?? ? pregunté, intrigada.

?Eso fue hace un par de semanas o menos, apenas saltó lo de tu embarazo ? respondió -. Ya estando vos preñada por ese pendejo no había forma de estirar mucho más el asunto porque pronto tu marido iba a saberlo de un modo o de otro. Así que ya llegado ese momento puse todas las cartas sobre la mesa: en un mismo día recibió todos los videos y fotografías más la noticia de que estabas embarazada?

?Y entonces puso en marcha el plan del secuestro? y del aborto? ? aventuré.

?Tal cual. Y ahí fue cuando las cosas se empezaron a ir al carajo. Yo? acepté su propuesta por el dinero pero?, me sentí mal apenas lo hice. Y ni hablar cuando vi ante quienes y en donde te entregaba. Lo mío es otra cosa, otro tipo de trabajo. Fue desagradable. Tuve que tratar con secuestradores, con bandas clandestinas de abortistas? Por mi trabajo, obviamente, conozco gente y tengo forma de contactarlos, pero? no es que me guste hacerlo. Prefiero no juntarme con ese tipo de lacra? Yo? siento mucho haberte metido en esto?- bajó la vista; su arrepentimiento daba la impresión de ser sincero.

Se produjeron unos instantes de silencio; sólo se escuchaba el sonido de los ventiladores internos de las computadoras y, muy de tanto en tanto, el del ascensor.

?¿Te puedo preguntar cuánto te pagó por esto?? ? espeté, haciendo un ademán con mi mano en dirección al monitor.

?Hasta ahora? – contestó a la vez que cabeceaba y parecía estar haciendo cuentas en su cabeza -, he recibido unos ciento treinta mil pesos. Jamás hago trabajos por esa cantidad de dinero, te lo puedo asegurar. Fueron noventa mil por todo esto que ves ? señaló hacia el monitor ? más otros cuarenta mil por hacer de contacto con toda esa mafia. Los secuestradores habrán recibido unos cincuenta mil: son de poca monta en realidad, pero fueron lo mejor que le pude conseguir. Y la clínica abortista le cobraba a tu marido otros cincuenta mil pero no creo que hayan llegado a ver ese dinero porque el aborto finalmente no se produjo. Si pagó, debe haber sido algún pequeño porcentaje en concepto de seña pero siendo yo el nexo, creo que me hubiera enterado de la operación?

Me quedé pensando. Ahora era yo quien hacía cuentas en la cabeza. Si se analizaban fríamente los números, finalmente no había negocio alguno para Damián. Ya llevaba gastada poco más de una cuarta parte de los ahorros: es decir, lo que no quería compartir conmigo lo estaba entregando, a la larga a investigadores privados o a bandas delictivas. Quedaba en claro entonces que el móvil era más que económico. Él quería destruirme y no compartir nada conmigo, pero no le importaba tener que repartir con alguien más, ni siquiera con un hato de inescrupulosos y facinerosos. Pensándolo fríamente, hasta podía llegar a entenderlo en algún punto y, después de todo, no era yo la más indicada para hablar de escrúpulos con lo que le había hecho.

?¿Y ahora qué vas a hacer?? ? le pregunté a Silvio.

Me miró sorprendido; se apoyó un dedo índice en el pecho.

?¿Yo? ? me repreguntó extrañado – ¿Yo? Echate un vistazo en cuanto puedas, doctorcita? Estás desnuda y sucia, demás está decir que sin poder volver a tu casa dada tu situación actual? ¿Y te preocupás por mí??

?Supongo que te metiste en un problema con esto que hiciste por mí? ? aventuré.

?Sí ? asintió, enarcando las cejas y revoleando los ojos como si con sus gestos relativizara sus palabras -. Por los secuestradores no tengo que preocuparme. Ellos hicieron su trabajo, cobraron y se fueron. No les importa un carajo si a los de la clínica después se les escapó la presa que ellos le llevaron? Con los de la clínica ya es otra cosa porque ellos sí perdieron tanto paciente como cliente y no vieron un solo mango. Así que van a estar que trinan en cuanto empiecen a caer en la cuenta de que, muy posiblemente, haya sido yo quien te sacó de ahí. Pero? – tomó su celular y lo conectó a la computadora a través de un cable USB -, yo tengo material como para hacerlos mierda, fijate??

Una serie de imágenes fueron desfilando por el monitor: tomas de la clínica de abortos, tanto por dentro como por fuera del edificio, incluyendo instrumental, aparatos y (lo más escalofriante de todo) algunos fetos amontonados uno sobre el otro. ¿Cuántos abortos hacían por día en ese lugar? Aun siendo médica y habiendo visto cosas infinitamente peores a los ojos, no pude evitar desviar la vista y hasta sentí náuseas. Es que no era sólo lo que veía, sino el concepto contenido en las imágenes. Cualquiera de aquellos fetos listos para ser desechados bien podría haber sido el mío; me llevé una mano al vientre con instinto maternal protector. Le pedí a Silvio que sacara las imágenes de la pantalla y así lo hizo tras pedirme disculpas.

?Perdón? – dijo, con evidente culpa -. Pensé que siendo médica no te impresionaría??

?En esta noche fui raptada, violada y estuve a punto de ser sometida a un aborto ilegal por una carnicera. Eso es demasiado hasta para una médica? Ahora, volviendo al tema, ¿y no tenés miedo? Una vez que presentes esas pruebas a la justicia??

?Ni en pedo? – me corrigió -. A la justicia no, a los medios?

?Ok, vos sabrás? Entonces, una vez que hayas presentado eso, ¿qué te hace pensar que no te van a hacer boleta??

?Nada??

?¿Y entonces? ¿Vas a correr el riesgo de todas formas??

En lugar de contestar, tomó un portarretratos de encima de su escritorio y lo giró hacia mí. En la foto estaba él abrazado con una mujer realmente muy bonita, de cabello castaño y ojos marrones.

?¿Es tu esposa?? ? pregunté.

?Era??

?¿Qué pasó? ¿Sos separado o???

?Separado, sí?

Sonreí. Eché un vistazo a los monitores y colecciones de archivos.

?Supongo que todo esto no debe ser muy fácil para una esposa? – dije -. Es decir, ser la mujer de un detective es lo mismo que vivir bajo el ojo de una cámara??

?Sí, eso es verdad ? concedió -. Pero no era eso lo que te quería mostrar?

Levanté las cejas sin entender y volví a mirar hacia la foto. Él trazó un semicírculo alrededor de la imagen principal de la pareja como buscando abarcar el entorno. Parecían ser las playas de Copacabana; nunca estuve, pero ya son suficientemente identificables para cualquiera, haya ido o no.

?Brasil, ¿no??

?Exacto ? confirmó con una sonrisa de oreja a oreja -. Mañana empiezo a desmantelar todo esto y me voy para allá?

En ese momento eché un vistazo a un diploma enmarcado que, justamente, acreditaba sus estudios como detective. Correspondía a una institución de Río de Janeiro.

?Estudiaste allá?? ? dije.

?Tal cual? Y me voy para allá en un par de días? ? respondió.

?¿Solo???

?No, acompañado??

Touché. ¿Era mi imaginación o me estaba invitando a acompañarlo? Fue como si alguien me hubiera empujado la cabeza hacia atrás.

?Somos tres? ? agregó, siempre sonriente.

?No? estoy entendiendo nada, lamento decirte??

?¿Pensás quedarte acá? ? me espetó, asumiendo algo más de seriedad ? A tu casa ya no podés volver, eso está claro? Y con todo el jaleo que se ha armado, no es seguro para vos ni para tu bebé ? señaló hacia mi vientre ? que te quedes en el país?

Otra vez el terrible remolino dentro de mi cabeza. Lo que exponía tenía una lógica impecable, pero? ¿desaparecer de mi entorno, de mi mundo, de mis familiares y amistades? ¿E irme con un desconocido, con alguien a quien conocía desde hacía un par de horas? Había que concederle, no obstante, que era cierto que mi mundo estaba a punto de desmoronarse en la medida en que se volvieran vox populi mis historias sexuales y mi embarazo. La oferta de Silvio, aunque llena de incertidumbres, quizás no fuera tan mala?

?Y si me voy de acá?? ? comencé a decir.

?¡Bien! ? me cortó, en tono efusivo y guiñando un ojo -. Ya lo estás pensando, eso me gusta??

?Si? me voy de acá ? retomé -, o sea? si me voy con vos? ¿Implica que seamos pareja??

?No implica nada, pero tampoco hay que descartar nada? Si, una vez allá, no querés vivir conmigo, bueno?, Brasil es grande, jaja?Y de todas formas, te repito, somos tres??

Me quedé sin palabras durante varios minutos. Dejar todo, abandonar todo, iniciar una vida en otro sitio?, ¿sería capaz? Y, sobre todo, ¿soportaría estar tan lejos de Franco? Un mar de dudas me carcomía por dentro pero urgía tomar una decisión.

Esa misma noche Silvio me permitió ducharme en el baño de su oficina. No hizo ninguna propuesta sexual en ningún momento y me alegré: no era el mejor día si se consideraba que yo venía de ser violada anal y bucalmente. De hecho me costaría muchos días volver a una sexualidad normal. Al otro día, a las nueve en punto, cayó la secretaria de Silvio, una chiquilla de veintidós o veintitrés años, realmente preciosa, de cabellos castaños y ojos color miel, además de algunas pecas que contribuían a darle a su rostro un aspecto eternamente adolescente. Muy afable y siempre sonriente, se apareció trayéndome ropa que, al parecer Silvio, sin decir nada, se había encargado de pedirle que me trajera. Allí empecé a entender las cosas un poco más. Apenas ella llegó se arrojó sobre él y estuvieron largo rato besándose. La jovencita no lucía como lo haría cualquier secretaria normal: su aspecto era más bien informal y, precisamente, juvenil: no lucía tacos sino zapatillas, por ejemplo, además de unas calzas negras terriblemente ceñidas que resaltaban unos muslos perfectamente redondeados.

?¿Ella es la tercera?? ? pregunté.

Silvio asintió y ambos sonrieron. En fin, en ese momento sólo recordé las palabras que, en su momento, me había dicho la odiosa vendedora de la tienda de lencería acerca de tomar lo que la vida da, aprovecharlo y punto. Ese mismo día pasé por mi consultorio para retirar todo lo mío. Silvio se portó muy bien conmigo al prestarme su auto para hacerlo ya que el mío o bien estaba en casa de Damián o bien había ido a parar a algún desarmadero. Lo que sí recuperé, y no esperaba hacerlo, fue mi teléfono celular: de hecho, Silvio lo tenía puesto que, se encargó de tomarlo de la clínica en la noche previa. Demás está decir que no regresé a casa, pero eso sí: un par de días después y antes de tomar el avión a Brasil no pude evitar pasar por la casa de Franco una vez más. Mantuve las puertas con seguro y ni siquiera me detuve esta vez: la experiencia del secuestro me había aleccionado lo suficiente. Pasé, aun a riesgo de chocar otra vez casi en el mismo sitio, con mi vista clavada en la casa, esperando ver a Franco por algún ventanal o bien simplemente imaginándolo. Arrojé un beso al aire: allí quedaba mi macho, mi único y verdadero macho, el que me había hecho entender que soy hembra antes que mujer. Mientras pasaba con el auto frente a la casa sentí como si un extraño puente de corriente eléctrica se hubiera tendido entre la casa y mi vientre, el cual me acaricié. No se podía, aún, por supuesto, saber el sexo de la criatura y, sin embargo, yo sabía, sí, internamente lo sabía, que sólo podía ser varón. O mejor dicho, que sólo podía ser macho? ¿Qué nombre le pondría? El primero que se me ocurrió fue, por supuesto, Franco, pero? era demasiado obvio. De pronto se me ocurrió una idea. Giré por la calle que conducía a la estación de servicio cercana a lo de Franco y, al llegar allí, divisé al muchachito sin nombre al que había, en su momento, llevado a mi casa para que me diera una espectacular cogida sobre mi cama matrimonial. De algún modo, era como que quería, internamente, despedirme, verlo por última vez, pero no era sólo eso?En un principio, claro, no reconoció el auto pero luego se quedó petrificado, junto a los surtidores, apenas me vio. Una vez más, yo no me acerqué a los surtidores como para cargar nafta sino que permanecí dentro del vehículo a una distancia de cuatro o cinco metros. Saqué la cabeza por la ventanilla y le pregunté, en voz alta:

?¿Cuál es tu nombre??

Sonrió algo estúpidamente; pareció shockeado pero, a la vez, gratamente sorprendido. Claro, seguramente recordaba bien que yo alguna vez le había dicho que lo prefería sin nombre. Se quedó un rato como atontado hasta que finalmente contestó:

?Franco?

No pude evitar soltar una carcajada.

?Jaja? ¡Me estás jodiendo!?

Se encogió de hombros y abrió los brazos en jarras en claro gesto de incomprensión.

?Me llamo Franco? ? reiteró.

Le arrojé un beso soplado desde el auto y él me lo devolvió. Claro, lejos estaba el jovencito de imaginar que yo me estuviera despidiendo, posiblemente, para siempre. Puse primera y me alejé de allí. Mientras lo hacía, no pude evitar volver a acariciar mi vientre. Me reí.

?Bueno? – dije, hablando sola o, más bien, con el bebé que llevaba adentro -, yo el intento lo hice, ja… Te vas a tener que llamar Franco entonces??

Hace ya tres meses que estamos instalados en Brasil, en un lugar paradisíaco. Silvio trabaja como detective y tiene una agenda mucho más movida que la que tenía en Buenos Aires. Yo, de a poco, estoy posicionándome como doctora en una sala de primeros auxilios. Las cosas van bien y el embarazo marcha perfecto. Silvio es un tipo muy agradable y divertido y la verdad es que, en la cama no lo hace mal, pero cuando se agrega la preciosa secretaria la cosa se pone todavía mucho mejor. Hasta a veces disfrutamos juntas cuando él no está. Es tanta la buena onda que irradian los dos que logré superar mucho antes de lo que esperaba el trauma por la doble violación arriba de mi auto. Me costó, eso sí, despedirme de mis padres o hermanos, pero les expliqué, lo mejor que pude, que me iba para bien. Silvio me entregó la mitad del dinero que Damián le pagó y eso me hizo posible también indemnizar a Palo? No me hubiera permitido nunca dejarle sin nada; de hecho la recomendé rápidamente y sé que ahora está trabajando en unos policonsultorios de Villa Urquiza. La clínica de abortos fue noticia en todos los medios de Argentina y, cada tanto, sigo el caso por internet: están en el horno. De los dos hijos de puta que me violaron, por supuesto, no tuve noticia alguna; ojalá terminen muriendo en algún tiroteo. De Damián tampoco tuve noticias ni quiero tenerlas; siento que, de algún modo, estamos a mano: yo lo engañé sin ningún miramiento y él trató de dejarme sin mi preñez, aun cuando lo hizo de la peor forma y poniendo en riesgo mi vida. Pero bueno, seguramente habría enloquecido al enterarse de que la esposa a quien tanto amaba y en quien tanto confiaba, había sido culeada por medio mundo y, lo peor de todo, ella daba señales de haberlo disfrutado. En fin: que haga su vida? Y ojalá encuentre una mujer: yo ya no lo soy: soy una hembra?

Todo el tiempo, eso sí, me acuerdo de Franco. Si alguien me transformó en lo que soy ahora fue él y, de algún modo y sin saberlo, se convirtió en el principal responsable de un cambio positivo en mi vida ya que me ayudó a descubrir mi verdadera esencia. Hace un par de días en la playa vi un chico que me hizo acordar mucho a él, aun cuando era bastante más morocho. Se fue dando que, en la medida en que el sol fue cayendo sobre el oeste, la playa se fue despoblando y en un determinado momento estábamos prácticamente sólo yo y él, separados por unos veinte metros. Había algunos otros, pero mucho más alejados. Lo que me salió hacer en ese momento fue algo que nunca hubiera hecho seis meses atrás y eso hablaba a las claras de que había una nueva Mariana. Me incorporé y caminé a paso decidido hacia él. Estaba echado sobre la arena y se hizo visera con el antebrazo para tratar de verme mejor ya que mi silueta se recortaba contra el sol poniente. Me miró interrogativamente; la verdad era que no había dado, a mi pesar, señales de prestarme atención en toda la tarde. Eché un vistazo al bulto que hacía montañita en el short de baño y se me hizo agua la boca.

?¿Te puedo chupar la pija?? ? le pregunté.

No pareció entender. Claro, hablaría portugués y, si conocía algo de español, quizás pensara que era imposible que yo hubiera dicho lo que él podía haber entendido. No vacilé más. Me arrodillé entre sus abiertas piernas y tiré del short de baño hasta bajarlo y dejar al aire un miembro que era tan hermoso como lo imaginaba. Su rostro, por supuesto, sólo rezumaba incredulidad y yo, encima, no le di tiempo a entender mucho. En cuestión de segundos ya me estaba comiendo su verga cuan larga era sin plan de interrumpir la labor hasta tanto no lo hubiera dejado sin leche. Y, en efecto, así fue. Sí, lindo, te vas a tener que conseguir otro porque me lo pienso tragar entero? Intentó incorporarse, posiblemente sacudido por la sorpresa o asustado por el carácter público del contexto. Yo, sin dejar nunca de comerle el pito, estiré un brazo hasta apoyar una mano sobre su hermoso pecho y lo empujé hacia atrás: al rato él no podía contener sus gritos, que resonaron en el aire vespertino de la playa mezclándose con los que producían las olas y las gaviotas. No sé qué habrán pensado los que, desde lo lejos, hubieran visto la escena; no me importó tampoco. Sólo sé que mientras estaba, como una ventosa, prendida a su pija, sólo pensaba en una cosa: Franco, Franco, Franco?

Y aquí estoy, queridos lectores. Una vez más retozando en las playas de Copacabana. Y, una vez más, también, echándole el ojo a un muchacho; a decir verdad, no es tan lindo como el de hace un par de días, pero me mira mucho? Mi panza ya se nota bastante, así que debe ser uno de esos pervertidos que se ratonean con las embarazadas. Tanto mejor: le estoy guiñando un ojo, me estoy relamiendo el labio inferior. Preparate guachito, porque te voy a coger bien cogido?

Una sonrisa se me dibuja en el rostro y mecánicamente me acaricio la pancita. Bajo la vista hacia ella por un instante y me siento agraciada por llevar dentro mío el mejor recordatorio posible de que soy una hembra. Me acaricio y me acaricio?, y sonrío? Vas a ser hermoso, lindo?, como tu padre? Y, sobre todo, muy machito?

La doctora infiel 11 Final en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

La doctora infiel 11 Final en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

La doctora infiel 11 Final en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

» VER INTERPRETACION (HD): La doctora infiel 11 Final en Relatos eroticos de Infidelidad

La doctora infiel 11 Final en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

Videos Pornos Relacionados:

Tags: , , , , , , ,

La primer infidelidad en Relatos eroticos de Infidelidad

Video Porno de: Maduras

marzo 9th, 2014 >> Relatos Eroticos

La primer infidelidad en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

» Relato Erotico: La primer infidelidad en Relatos eroticos de Infidelidad

La primer infidelidad en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

Patricia no sabía bien como había comenzado todo, su marido le había llevado la computadora a casa para que se modernizara, varias veces bromeando le había dicho que conocería a mucha gente y que hasta pretendientes tendría, tras diecisiete años de casados eso no le causaba mucha ilusión, sin embargo reconocía que debía actualizarse para no quedarse atrás de sus hijas, y del resto de las amigas de su círculo.

En un principio no pasó nada fuera de lo común, comenzó a utilizar la aplicación del mensajero, y añadió solo a amigos y conocidos, Patricia puso una foto donde ella se veía guapa, y se sentía satisfecha del aspecto que el trabajo diario en el gimnasio le había ofrecido, a sus treinta y siete años lucia esbelta, y estilizada, sus caderas afiladas, largas piernas de muslos y pantorrillas torneadas, así como sus pechos aun erguidos a pesar de tres embarazos, destacaban en la fotografía donde portaba una pequeña minifalda negra, con una blusa de seda, y unos tacones altos que a su marido le gustaban mucho.

En cuanto la foto estuvo abierta al dominio público, noto como varios desconocidos que hurgaban en la red empezaron a enviarle solicitudes de amistad, en un principio, declino todas, pero la curiosidad de la mujer la llevo a verificar cada solicitud y el perfil de aquellos que deseaban establecer contacto con ella, y su naturaleza hizo que algunos de los perfiles de aquellos aspirantes le llamaran la atención irremediablemente.

Durante toda su adolescencia Patricia había sido muy socorrida por pretendientes que la frecuentaban, se había besado con varios de ellos, pero jamás había tenido relaciones sexuales hasta que conoció a Daniel, a quien le entrego su virginidad a los 16 años, y quien, a la postre se convertiría en su marido, ahora, a través de un medio tan impersonal como la red, se sentía como cuando era una jovencita recibiendo mensajes para que aceptara a gente que no conocía, algunos solo con la solicitud oficial del proveedor del servicio de mensajero, otros con notas más personalizadas, unos muy galantes y correctos, otros totalmente guarros y faltos de la más mínima educación.

Algunos de ellos eran verdaderamente descarados y hasta groseros, especialmente cuando Patricia había dejado bien claro en su perfil de presentación que era una mujer casada que solo buscaba amistad y nada más.

Leyendo algunos de ellos la mujer reía, y en otras ocasiones se escandalizaba, mensajes que oscilaban entre la devoción y el respeto, hasta aquellos que eran francamente ofensivos, uno de ellos decía cosas como: Puta, se nota que quieres verga, yo tengo una de 30 centímetros para romperte el culo y quitarte lo urgida.

Otro más era algo así: Paty, me llamo ——— y me encantaría conocerte para entablar una bella amistad, se nota que eres una mujer elegante y sofisticada con quien me gustaría platicar acerca de nuestros gustos en común, espero me aceptes para ser amigos y pasar horas de excelente charla y diversión.

Fue precisamente ese mensaje al cual Patricia dio el sí por primera vez a un desconocido, y como ella y José Luis iniciaron su amistad, él era un ingeniero en sistemas de veintiocho años de edad y se desvivía en elogios para ella, casi siempre los temas de conversación eran relacionados a música, moda, y muy de vez en cuando sobre las relaciones personales que ellos sostenían con sus respectivas parejas, todo siempre con un lenguaje propio y aseado, sin connotaciones sexuales y totalmente inicuos.

Al paso de tres meses ininterrumpidos de charla cibernética, él se animó a pedirle su teléfono y le ofreció el suyo, ella no reparo en dárselo, eran ya muchos días consecutivos de charlas que se alargaban por más de dos horas, en sesiones que hacían que las tardes de Patricia fueran más llevaderas, Daniel se la pasaba en su trabajo, y sus hijas crecían y se relacionaban más y más con los hijos de sus vecinos pasando poco tiempo acompañando a la joven señora de treinta y siete años que admitía cada vez más una especie de adicción a sus chats de la tarde, donde se divertía conversando con sus primas que radicaban en otras ciudades amigas de su círculo personal y esos desconocidos donde José Luis ocupaba un lugar especial por su corrección y amable platica.

Tras esos primeros tres meses, y darle el teléfono al joven al cual le llevaba nueve años de edad, Patricia noto como se emocionaba inusualmente cuando el teléfono sonó por primera vez y escucho la voz de su amigo cibernético, su voz era varonil, con cierto acento norteño, y a pesar de que él le había mandado ya varias fotografías de el en algún viaje de vacaciones, o en su oficina de trabajo, el escuchar su voz reporto una extraña sensación en la mujer que animada sustituyo la charla del chat por escuchar la voz de aquel joven amable e interesado en todas las cosas que a ella le parecían interesantes.

En esta segunda fase de su amistad, las conversaciones del mensajero terminaban irremediablemente con una charla telefónica al final del día, él le había pedido que si por favor le enviaba algunas fotos más para poder conocerla aún mejor, ella no había reparado en hacerlo, algunas de las fotos mostraban a la atractiva señora en una fiesta formal con un vestido entallado y tacones altos, unas más, en minifalda de mezclilla y zapatillas bajas, con una blusa en cuello en V que dejaba entrever el escote y el canalillo perfecto que se formaba en su bronceada piel color canela, en otra, Patricia aparecía en la escalinata de un conocido centro social de la ciudad con una blusa de seda moteada en blanco y negro, semitransparente, una minifalda negra muy corta y unos enormes tacones de estilete que hacían que sus piernas lucieran tremendamente, ella se sentía halagada de cada uno de los respetuosos piropos de su interlocutor y agradecida internamente por que el joven la hacía sentir atractiva e interesante, reforzando su autoestima y haciéndola pasar ratos sensacionales.

En un día cualquiera, José Luis le pidió a Patricia poder conocerla en persona, ella se sintió turbada, ¿y si en persona la relación derivaba en una falta de respeto? Ella era una mujer casada, y mucha gente la conocía en la ciudad ¿y si alguien la veía con el chico y le decía a Daniel? El le dijo que le diera esa oportunidad, que moría de ganas de poder estrechar su mano y tomarse un café con ella, tras varios días de insistencia, y persistencia del varón, ella finalmente accedió, seria en un restaurante de comida rápida el lunes por la tarde, con lo cual cerraron su plática vespertina de viernes.

Todo el fin de semana Patricia se sintió alegre, dentro de ella se sentía atractiva, y aun cuando Daniel le hizo el amor furiosamente dos veces ese fin de semana, su mente estaba en otro lado, no porque no disfrutara a su marido o por que el no fuera un buen amante, sino porque sentía esa curiosidad y mariposas en el estómago que no sentía desde los días de la secundaria, ¿Por qué estoy así? Pensaba, será solo una charla de café, no va a pasar de ahí, no tengo por qué sentirme de esta manera, pero las sensaciones en su vientre no se detenían e inclusive su imaginación le jugo varias malas pasadas imaginando cosas plenamente sexuales con su interlocutor vespertino, pensamientos que ella reprimió tratando de distraer a su mente que le jugaba estas bromas inconscientes.

Finalmente el día llego, Patricia llevo a sus hijas a casa de su suegra, y manejo rumbo al punto de encuentro, pantalón de mezclilla de diseñador ceñido impecablemente a su curvilínea figura, destacando sus solidas caderas y breve cintura, blusa roja pegada al cuerpo, sin mangas, y una pañoleta a manera de bufanda rematando su cuello y zapatillas de tacón, elegante, actual y finamente sexy, se sentía bien consigo misma y esperaba proyectar eso con su amigo de ya más de cuatro meses de charla diaria, y al que había visto diversas fotografías, y a quien finalmente vería en vivo.

Estaciono su auto, y camino rumbo a la entrada del establecimiento, ahí, un grupo de varias personas hacia antesala esperando mesa, entro al lobby del lugar y oteo hacia las salas del restaurante, no reconoció a nadie ¿se habrá arrepentido? Pensó, al tiempo de que una mano toco levemente su hombro y escucho: ¿Paty? Volteo y ahí estaba el, más alto que ella, de pecho amplio y fuerte, de rasgos medianamente orientales, con una camisa de vestir blanca perfectamente planchada, jeans que mostraban unos muslos fuertes de futbolista, y zapatos de vestir negros lustrosos que denotaban pulcritud.

Patricia: Hola, que gusto verte, encantada

José Luis: Al contrario, gracias por aceptar venir a conocernos, estas más bella en persona que en las fotografías, y créeme, eso es realmente difícil, te felicito eres una mujer espectacular.

Patricia: Me halagas José Luis, tú eres más alto de lo que pensaba.

El tomo la iniciativa, tomando suavemente la mano de la mujer halo de ella y dijo que ya tenía una mesa pero que había preferido esperarla en la entrada para no fallar y que por un error no hubieran coincidido, especialmente cuando no se conocían personalmente.

La sensación de la mano del hombre en la suya hizo que Patricia sintiera un torbellino de sensaciones a través de sus terminales nerviosas ¿Cómo era eso posible? Solo la había tomado brevemente para orientarla hacia el lugar donde estaba la mesa y su cuerpo le jugaba rudo, ¡verdaderamente se sentía como colegiala! Caminaron, ella delante de él, y ella vio como la mirada de él se fijaba en sus redondeces establecidas claramente en el pantalón de mezclilla, y contrario a sentirse incomoda, esbozo una pequeña sonrisa, la selección de atuendo había sido la correcta.

Tras sentarse y ordenar café, la charla transcurrió fluida y sin contratiempos, con muchas risas y tocando muchos de los puntos que se daban durante sus pláticas cibernéticas, trabajo, estudios, gustos musicales, películas, parecía que el tiempo se había detenido, ella estaba feliz y el encantado, hasta que el reloj les recordó que era tiempo de marcharse, eran pasadas las siete y media de la noche, cuando la platicaba y el encuentro había comenzado a las cinco de la tarde.

José Luis: El tiempo vuela cuando uno la pasa bien ¿no crees?

Patricia: Si, vaya que ha sido rápido y tenemos más de dos horas charlando y parece que han sido cinco minutos.

José Luis: Si, tantas cosas que pueden pasar en dos horas, y aquí estamos, tranquilos y disfrutando juntos, ha sido algo sensacional que espero podamos repetir seguido amiga, ¡nada se compara a tener la compañía de una mujer hermosa e inteligente como tu durante este tiempo.

Patricia: SI, tienes razón, tantas cosas que se pueden hacer y esto ha sido algo muy bello, lo valoro muchísimo.

El tomo la mano de Patricia y la beso, ella se ruborizo, el sonrió abiertamente y le dijo, ¡me encanta como tus mejillas tomaron color con el rubor! Ella sonrió coqueta, pero después bajo la mirada ligeramente, si afirmo, parezco niña, no me hagas caso al tiempo que dentro de ella esa sensación eléctrica la recorría completa, desde el dorso de la mano donde él había plantado el inocente ósculo, hasta el botón en medio de sus piernas donde la descarga la hizo sentir inquieta.

Pidieron la cuenta y se levantaron, el caballerosamente le ofreció acompañarla a su carro, y caminaron ella delante de el rumbo al amplio estacionamiento donde el vehículo de ella estaba aparcado en uno de los rincones distantes, ya que, cuando llego, el sitio estaba lleno de gente, dejando poco lugar para estacionarse cerca de la puerta, el volvió a estirar la mano y rozando suavemente la mano de ella, se apodero de la llave del auto, apretó el botón del seguro de la puerta y la abrió para ella, el gesto de caballerosidad fue apreciado por Patricia quien agradeció, y procedió a subir al auto, él le entrego las llaves y cerro la portezuela.

Patricia: Todavía tengo media hora para recoger a los niños, ¿Dónde dejaste tu auto?

José Luis: Del otro lado del centro comercial, no había lugar y tuve que caminar para llegar hasta acá.

Patricia: ¿te llevo para que no camines?

José Luis: Es una oferta tentadora, ¡claro!

Dio la vuelta, abrió la puerta del lado del pasajero y se encaramo en el auto, Patricia no encendió el auto inmediatamente, fijo su mirada en el joven, sus anchos hombros, la cara algo tosca, y el aroma de su loción que en la sala del restaurante pasaba desapercibida ante la mezcla de aromas, pero que aquí, en el cerrado ambiente del automóvil se percibía con enorme claridad, restablecieron la plática, y conforme esta avanzaba, el recorría un poco su humanidad hacia donde ella estaba sentada, lucia muy bella, sus pechos apuntaban hacia él, su cadera afilada y sus muslos poderosos, la boca carnosa pintada del mismo rojo de la blusa, era sin duda una tentadora imagen para el que no sabía cómo acercarse más a la mujer.

Patricia comenzó a contarle acerca de cómo muchos de sus ex novios habían tratado de contactarla a través del mensajero pero que no había querido meterse en problemas aceptándolos ya que si Daniel se enteraba podría tener problemas, José Luis le pregunto si había alguno de ellos que todavía ?le moviera el tapete? ella sonrió y dijo que si: Hay uno, que se llama Francisco, a quien quise mucho y con quien andaba antes de conocer a mi marido, y con quien estuve a punto de meterme, pero no paso. ¿Y cuál fue la razón por la cual no consumaste ese amor de juventud?, si es que no te incomoda contármelo dijo el, Patricia le dijo, era una atracción física natural, el me encantaba, besaba deliciosamente, olía rico, me gustaba mucho, incluso llegamos a tener algo más que besos, pero no me anime a dar el paso y acostarme con él.

José Luis: ¿te gustan mucho los besos verdad?

Patricia: Si, mucho, y es que hay muchas clases distintas de besos, hay unos que saben más ricos que otros afirmo entre risas.

José Luis: a ver, ¿Cómo está eso de diferentes clases de besos? Yo pensaba que solo había beso francés y beso ?de piquito?

Y estallo en una carcajada, ella rio al parejo de su interlocutor y le explico:

Patricia: Hay besos consentidos, donde los dos se lo dan de común acuerdo, hay besos de lastima, que se dan a alguien solo por hacerlo sentir bien, también hay besos robados que son un arrebato de picardía cuando uno de los dos lo toma sin?.

José Luis no perdió tiempo, se inclinó sobre su costado y le planto un beso a Patricia, que fue silenciada por sus labios, abrió ligeramente la boca y mordisqueo las carnes de los gruesos labios de ella, y aventuro su lengua al interior de la cavidad bucal de la mujer casada que se sentía estremecida por la caricia e impactada por la velocidad con la cual el joven había dado el paso para besarla sin su consentimiento en perfecta sincronía con la descripción que ella hacía de ese tipo particular de beso, ella aflojo cualquier tipo de resistencia, y respondió al besos, su lengua jugueteo con las del varón que no cesaba de introducirse en su boca ávida, el movió su cuerpo y estrecho a Patricia con sus fuertes brazos, ella gimió ligeramente, en aprobación al abrazo, la apretó contra su pecho, y los besos siguieron uno tras otro, ninguno acertaba a decir nada y continuaron con la rutina amatoria de los besos, el bajo sus labios al cuello de ella, y con sus amplias manos acaricio la espalda de Patricia que ronroneo al contacto dentro de su cabeza resonaba fuertemente la pregunta ¿Qué estoy haciendo? Pero el resto de su cuerpo no desestimaba la oportunidad de que el hombre nueve años menor que ella la acariciara y la hiciera sentir deseada y atractiva, José Luis continuo acariciándola, bajando sus manos hasta la cintura de ella, uno de sus largos dedos se trabo en la presilla del pantalón y jugueteo con la blusa levantándola un poco con lo cual la caricia fue ya, en forma directa a la piel de Patricia, una vez más las descargas eléctricas, y esa sensación recorriendo la punta de sus pechos, y alertando la zona sur de su cuerpo que comenzó a segregar fluidos lubricando las partes íntimas de ella, y provocando una notable erección en él, misma que Patricia notaba por lo abultado que el paquete del hombre joven se veía desde esa posición atrás del volante, retorcida e inclinada hacia el asiento del pasajero, con el besando su cuello y acariciando su cintura y metiéndole la lengua en la boca.

De pronto, ella ceso, aparto a José Luis del beso y le dijo: ¡No, esto está mal ¿Qué estamos haciendo? Él sonrió y contesto quedamente con una voz ronca, No sabes cuánto quería hacer esto desde que te vi entrar al restaurante.

Patricia le dijo que era algo imposible, que ella era una mujer casada y que amaba a su marido, que todo era una amistad y que era un error hacer que degenerara en otra cosa, el asintió y escolio con presteza, no hicimos nada malo, simplemente tu boca es una invitación al beso, y no me pude resistir.

Ella encendió el auto y manejo rumbo al otro lado del estacionamiento para llevar a José Luis a su automóvil, él le pregunto con cierto dejo de timidez, ¿te gusto? Ella sonrió y asintió, si, besas muy rico, te felicito, debes hacer muy feliz a tu novia.

Patricia llego al lugar en donde José Luis le indico que estaba su carro, ella detuvo el auto, y él se inclinó para besarla suavemente en la mejilla, Patricia quedo muda ante el acto tierno del hombre, y no se retiró, él se percató inmediatamente de la actitud de ella y regreso rápidamente para plantarle otra beso apasionado con una batalla lingual intensa a la que la ama de casa casada no opuso la menor resistencia.

El separo sus labios de los de ella y le dijo suavemente, espero que esto que paso no afecta nuestras conversaciones diarias, y que por el contrario haga que podamos vernos personalmente más seguido, lo digo de todo corazón. Ella solo sonrió, asintió con la mirada y acoto, buenas noches José Luis ha sido un placer conocerte, él se apeó, cerró la puerta y ella acelero alejándose de el en medio de la noche.

Patricia no se metió al internet por tres días seguidos, y en el segundo día no contesto una llamada de su amigo cibernético, se sentía extraña, no podía dejar de reconocer cuanto se había excitado con los besos de él, al llegar a casa sus pantaletas estaban completamente empapadas y sus pezones le dolían al retirarse el sujetador, y a pesar de no querer admitirlo conscientemente se había masturbado furiosamente en la regadera al llegar a casa presa de un deseo inédito en ella que la consumía a la par de la culpa por haber caído en ese juego de amantes de internet del cual había leído en repetidas ocasiones y del cual jamás pensó podría haber sido la protagonista.

No había pasado nada realmente, unos besos no significan nada pensaba, no me acosté con él, no me metió mano, ¡fueron solo unos besos! Pero esa vocecilla diabólica que resonaba dentro de su conciencia no cesaba de repetirle ¡que rico seria acostarte con el! Imagínate un joven como el deportista y con esas piernas de futbolista haciéndote el amor, ¡nadie se daría cuenta!

La cordura obraba en dirección distinta a esa vocecilla malévola que aumentaba sus tentaciones, era casada, era feliz, era madre de familia, nunca se había acostado con nadie que no fuera su esposo, ¿sería una puta por haber hecho lo que hizo? Finalmente, cuatro días después cuando todos en su hogar se habían ido, Daniel a trabajar, y sus hijas a casa de algún amiguito de la cuadra, Patricia se sentó frente al ordenador, lo encendió, y abrió las ventanas de sus redes sociales y el mensajero, ahí estaba José Luis, esperándola, y su ventana popeo instantáneamente en cuanto se percató de su presencia.

José Luis: Hola espero estés muy bien, me encanto nuestra charla y haber tenido oportunidad de conocerte.

Patricia: Muchas gracias, a mí también me gustó mucho nuestro encuentro.

José Luis: Espero que pronto repitamos y que podamos hacerlo muchas veces, eres una dama encantadora.

Patricia: Gracias por lo de dama, realmente no sé si merezca ese título después de lo que paso.

José Luis: ¿pues qué paso? Por favor Patricia, eres una dama en toda la extensión de la palabra, ¡no pasó nada! Olvídalo, créeme que nos dejamos llevar como niños, solo fue algo para recordar y reír después, para mí no ha cambiado nada, y espero que para ti tampoco.

Patricia: ¿Entonces para ti no pasó nada, no te gustaron mis besos, fue algo tan insignificante? Porque para mí no lo fue, no sabes lo intranquila que me ha tenido lo que paso, me has hecho pecar, he tenido muchos malos pensamientos desde ese día.

José Luis: ¿Deveras? Por favor ¡cuéntame! Me encantaría conocer tus ?malos pensamientos? que, no creas, también han pasado por mi cabeza, pero prefiero tu amistad a perderte por una tontería. No me malentiendas, es algo muy especial besarse con una mujer como tú, ¡claro que fue algo delicioso! Pero sé también que no me dejaras repetirlo a menos que tú también quieras hacerlo ¿te gustaría?

Patricia: Ya me había hecho pensar en que verdaderamente no habías sentido nada besándome, me sentí herida en mi orgullo de mujer, cuando aquel día note que estaban tan excitado como yo?

José Luis: ¡a caray! ¿Pues que viste? Ja, ja,ja.

Patricia: No me preguntes?

José Luis: ¡Dime!

Patricia: Vi que tenías una erección cuando me besabas, se te notaba en el pantalón.

José Luis: Pues claro, ¡si no soy de madera! Me excite y mucho, me hubiera encantado tocarte y hasta hacerte el amor, pero sé que es algo que muy difícilmente sucederá.

Patricia: Me halaga saber eso.

Después de ese punto la conversación regreso a los tópicos usuales entre ambos, y así siguió en los siete días siguientes, ni siquiera una mención de un potencial nuevo encuentro entre ambos, películas, series de televisión, los juegos de futbol de él, y las rutinas de ejercicio de ella.

Tras dos semanas el volvió a invitarla a verse, y aunque con ciertos remilgos, ella accedió, y se vieron en un pequeño café escondido en un centro comercial, una vez más el ritual fue similar a la primera vez, caballerosidad y galanura ante la gente, ella ataviada con un pantalón de vestir color marrón que acentuaba su figura perfectamente, una blusa de seda con un botón abierto que dejaba ver su escote, y un sujetador de color carne rematado con bellos ornamentos de encaje, por abajo del apretado pantalón, una tanga en juego con el bra, y unas zapatillas muy monas de una marca italiana que levantaban las pantorrillas fuertes de la mujer, el igualmente a la primera vez, camisa de vestir, jeans ajustados, mocasines y un sweater.

Y al igual que en la primera cita, después de dos horas de charla, flirteos, risas y más, se dirigieron al auto de ella donde la rutina de los besos se repitió irremediablemente.

Una vez más, Patricia se abstuvo de entrar a la red por tres días, y al igual que en la primera cita, al llegar a casa se metió a darse un regaderazo buscando aplacar esa calentura que la atosigaba totalmente, sus dedos jugaron con la punta de sus enjabonados senos, acaricio y pellizco sus pezones, bajo sus manos hasta tocar la entrepierna húmeda y pegajosa, y masajeo su clítoris con desesperación, introdujo un par de dedos en su vagina para apaciguar el fuego que la abrasaba masturbándose con fervor.

No le fue suficiente, Patricia espero a su marido Daniel con un coqueto baby doll, y le hizo el amor ardientemente, Patricia era multiorgasmica, y Daniel era un buen amante con un miembro de tamaño promedio y grueso, siempre había conseguido hacerla gozar, y sus venidas eran espectaculares, en esta ocasión con la yesca encendida por su casi amante cibernético, el alcanzar el nirvana fue aún más fácil.

Al regresar a la red, Patricia trato de parecer más seria que la vez anterior, sentía que el juego estaba llegando demasiado lejos y que la próxima vez le sería aún más difícil controlar sus instintos y su ardiente temperamento, ahí estaba la ventana de José Luis, abierta, y esperando, un hola en letras mayúsculas recibió a Patricia que todavía no sabía cómo reaccionar, y que pensaba con seriedad en una forma de encontrar una salida al galimatías que se le presentaba con su cibernético amigo.

José Luis: Quiero decirte que aprecio en lo que vale lo que hicimos el otro día, realmente me hace sentir muy orgulloso el poder estar con una mujer tan elegante y bella, y que además, me prodigue sus atenciones personales, tal vez sin merecerlas, eres algo que no esperaba encontrar en mi vida Patricia, muchas gracias.

Se sintió desarmada, la trababa como a cualquier mujer le gusta que la traten, sabia también que como reza el viejo refrán: el amo acaricia al caballo para poder montarlo. Y quería ser precavida y no dejarse llevar por la pasión y el deseo, cayendo en una aventura que podría destruir su matrimonio y su familia por solamente una calentura.

Patricia: A ti, por tratarme como una dama, y hacerme sentir bonita y especial, estoy muy confundida, y si te soy sincera estoy pensando en que tal vez debamos dar por concluidas nuestras charlas y nuestros contactos, no sé a dónde podría llevarnos esto José Luis, y tengo miedo.

José Luis: No te preocupes Paty, llegara hasta donde tú quieras llegar, yo te valoro mucho, y no puedo ocultar que me excitas y me provocas, pero antepongo tu amistad a cualquier cosa, y sería una lástima dejar de hablarnos solo por ese temor infundado que tienes.

Patricia: Es que no es un temor infundado José Luis, no me puedo engañar a mí misma y he llegado a desearte mucho, y eso no es posible, soy una mujer casada y con responsabilidades.

Del otro lado del ordenador, el hombre esbozo una sonrisa, ese deseo de parte de la atractiva treintañera, reconocido ahora ante él, podría llevarlo a conseguir meterla en su cama, y en su espíritu de conquistador, sabía que había tocado los botones correctos.

José Luis: Yo también te deseo Paty, no sabes cuánto, pero respetare cada decisión que tomes, aun y cuando esta sea dejar de charlar o vernos.

La plática entre los aspirantes a amantes continuo por otros derroteros, una vez más temas triviales, motivados más por ella que por él, y así siguió una hora más, al terminar la sesión José Luis acoto que era una lástima que al término de la charla no pudiera haber besos a través de la computadora.

Así siguieron durante tres semanas, ni una mención de una posible cita, cero temas sexuales, muy parecido a la forma en la que había iniciado la relación, y fue en un viernes por la tarde cuando fue Patricia la que le pregunto a José Luis que si no tenía ganas de verla.

José Luis: ¡Claro que quiero verte!, pero la verdad es que después de aquella vez que me dijiste que tal vez ya no charlarías conmigo si las cosas seguían igual entendí que tú eras la que ya no querría verme personalmente otra vez.

Patricia: Lo he pensado mucho, y si en persona, nos comportamos como lo hacemos aquí, y dejamos atrás otras cosas seguiría siendo muy bueno sentarnos juntos a disfrutar de un buen café.

José Luis: ¡Ya está! Yo soy materia dispuesta y como quieras, quiero, tú dime cuando nos vemos y será un placer estar en tu compañía, donde tú digas.

La mujer suspiro, no podía entender cuanto había cambiado la sensación de conversar con su amigo a través de la fría pantalla de la computadora después de haber estado besándose apasionadamente en su carro dos ocasiones, aun recordaba la sensación de su mano jugando con el borde de su pantalón, el roce de esa mancho ancha de hombre tocando su espalda, y los escalofríos que la recorrieron, igualmente no podía dejar de pensar en cómo su urgencia la había llevado a masturbarse tras las dos primeras citas, y cuanto desearía tener esa protuberante erección que denotaban los ajustados vaqueros que José Luis había usado en ambas citas enterrada profundamente en su ser.

Patricia: ¿podría ser el martes próximo en la cafetería de costumbre querido José Luis?

José Luis: Desde luego, donde tú digas, pero quisiera pedirte un favor especial en esta ocasión, ¿puedo?

Patricia: SI claro, ¿dime?

José Luis: ¿Te acuerdas unas fotos tuyas que me mostraste hace unos meses con una minifalda de color rojo? Me encantaría verte con ella en persona, sé que sería algo sensacional y que yo disfrutaría muchísimo, ¡te ves hermosísima con ella puesta! (Y sin ella sería aún mejor? pensó)

Patricia: Ok, pero prométeme una cosa, no trataras de sobrepasarte si la llevo puesta ¿verdad?

José Luis: ¿Cómo crees Paty? El hombre llega hasta donde la mujer quiera ¿o no?

Patricia: Y si, podríamos vernos una hora antes de los acostumbrado, ¿podrías a las cuatro de la tarde? Me gustaría estar más tiempos juntos.

José Luis: Desde luego, ¡ansió profundamente que sea martes para verte en esa hermosa minifalda!

El chat se cerró, Patricia comenzó un fin de semana de inquietud con una enorme cachonderia y enormes deseos, mismos que fueron controlados por su marido que le hizo el amor repetidas veces en días consecutivos, pero, aun así, con varios orgasmos por sesión, Patricia sentía algo que aun la quemaba en medio de las piernas, era un deseo distinto, era algo que ella sabía, la llevaría a finalmente ceder y acostarse con el joven, así lo pensó, y lo acepto, el martes próximo se entregaría a él, a quien convertiría en el primer hombre después de su marido en acostarse con ella y tener relaciones sexuales en treinta y siete años de vida en esta tierra y diecisiete años de casada.

José Luis mientras tanto, y tras cerrar la ventana del chat, abrió la herramienta de fotografía de su ordenador y desplego algunas de las fotos de las que había hablado con Patricia en el chat, en ellas, Paty salía de un vehículo llegando a una fiesta con una minifalda roja que dejaba muy poco a la imaginación y donde se alcanzaba a distinguir un poco el negro de su tanga al descender del automóvil, en otra, estaba ella de pie, sosteniendo una copa de vino, con esas largas piernas torneadas, con unos enormes tacones altos, la minifalda en cuestión sin medias, una blusa negra algo traslucida que dejaba ver un bello sujetador negro con encaje en las copas, llenas, plenas de la carne de la morena, los labios de Patricia rojos carmesí, y una actitud muy sexy que la distinguía, en una foto más, la mujer que estaba por llegar a los cuarenta años se apreciaba bailando, y desde atrás sus espectaculares piernas lucían deliciosas, así como su trasero amplio y levantado, sus amplias caderas y hermosa espalda.

José Luis extrajo su pene del pantalón deportivo, y viendo a Patricia en las fotos, y recordando sus tórridas sesiones de besos se masturbo lentamente pensando en ella, su pene estaba listo, el también, ¿estaría Patricia lista para él? Si paso quince minutos acelerando y disminuyendo la intensidad de la sesión de auto caricias hasta que termino profusamente sin poder controlar que un chorro de semen caliente fuera a parar a la pantalla de la computadora donde la cara de Patricia aparecía en toda la pantalla, el líquido blanco y espeso termino su viaje en los labios rojo encendido y rostro de la mujer a la que el martes siguiente trataría de meter en su cama a como diera lugar.

El martes llego finalmente, patricia se esmeró en su arreglo personal ese día, le pidió a su suegra que si por favor pasaba por sus hijos ya que ella tendría una reunión con un cliente de la casa de joyería en la que ella entregaba diseños como parte de un trabajo adicional que todos en la familia sabían qué hacía para ganar un dinero extra de vez en cuando, se metió a bañar y noto que desde la una de la tarde su sexo estaba húmedo y caliente, se lavó a conciencia, recorto un poco el matojo de pelo que portaba en medio de las piernas dejándolo casi al ras, curiosamente ella y Daniel su marido gustaban de dejarlo largo y profuso, al natural, pero asumió que en esta época, donde muchos varones prefieren a mujeres con el sexo depilado a la brasileña, no quería provocar una mala impresión en su muy pronto nuevo amante, se puso una loción y crema para el cuerpo con un delicioso aroma a chabacano, tomo su fragancia francesa más cara y puso un poco en todos los puntos importantes y viéndose al espejo totalmente desnuda sonrió con picardía.

Tomo una juego de sujetador y tanga hermoso, nuevo el cual extrajo de la envoltura de la marca Victoria Secret, bellamente decorado en el encaje que tanto le gustaba, cuando se puso ambas prendas sintió como si ellas le acariciaran el cuerpo, siendo prendas totalmente de estreno, la sensación era diferente a las que ya había usado con antelación, tomo la minifalda roja y se la puso, después la blusa en color negro, algunas pulseras, un par de aretes diminutos, y procedió a arreglar su hermosa melena leonada de color café claro con algunas mechas en rubio que daban luz a su cara, maquillaje minucioso, sombras para resaltar el efecto dramático, pero sin excederse, no quería lucir como una buscona (¿pero lo era?) y finalmente, el toque definitivo, su boca jugosa de labios carnosos y tiernos en el lipstick rojo que tanto agradaba a su amigo, volteo al espejo de cuerpo entero al lado de su lecho, y aprobó su apariencia, estaba lista, y segura de que si todo marchaba bien, esa tarde sería sensacional y especial en su vida al conocer finalmente la sensación de otro hombre teniendo sexo con ella, y no solamente su marido.

José Luis salió de la oficina temprano, era jefe de sistemas en una compañía de exportación de tecnología para discos compactos, y no tenía un horario fijo, la mayor parte de las veces podía entrar y salir del complejo industrial donde está ubicada su fuente de empleo cada vez que lo requiriera.

Un pantalón nuevo, de mezclilla como le gustaba a Patricia, pegado, resaltando sus genitales, una camisa de vestir blanca y vaporosa, una cadena de oro discretamente colgada al cuello, calcetines de vestir, y zapatos negros formales brillosos y listos para atraer a la mujer que esperaba profundamente poder hacer suya esa tarde.

Estaba nervioso, ansioso, algo desesperado, el reloj transcurría con mucha lentitud y a las tres de la tarde ya había pasado por el café donde sería el encuentro un par de veces, decidió ir a la farmacia de un centro comercial cercano a comprar preservativos y una botella de lubricante, por si llegara a necesitarse, en su mente ya había penetrado a Patricia por todos sus orificios, la había deseado de todas las formas posibles, era una incógnita como seria aquella hembra morena en el terreno sexual, si bien, ya sabía que ella decía tener una vida una vida sexual plena dentro de su relación matrimonial, le calentaba saber que también aparte de acostarse con su marido ella se tocaba íntimamente con el como objeto de sus deseos más ocultos.

Compro los preservativos y bobeo un poco en la farmacia tratando de matar el tiempo, el estante de revistas fue un buen pretexto para tardar diez minutos más, y después pidió una bebida refrescante que pago al mismo tiempo que un par de revistas y los condones, se dirigió a la salida con el reloj indicando 20 minutos para la cita.

Patricia manejo rumbo al café, lucia esplendorosa, era un manjar para la vista, la señora resaltaba notablemente, al salir de su casa y subir al carro un camión de construcción atestado de obreros se habían encargado de recordarle que tan bien se veía, cualquier cantidad de guarradas, y piropos populacheros invadieron el aire, cosas tales como ¡mamacita, en esa cola si me formo! o vulgaridades detestables como: ¡Culito, me como tu caca! o un estentóreo ¡te bajo la regla a chupetones! Mas silbidos y otros signos de admiración la hicieron sonrojarse profundamente ¿luciría como una puta? Se preguntó a sí misma, cavilando si debió haber escogido tal vez algo más conservador y apropiado para el horario, sin embargo, siendo diseñadora sabía que siempre había tenido buen gusto y que la elección del vestuario si bien era atrevido, no caía en la vulgaridad.

El teléfono celular sonó en el auto de Patricia, pensó que tal vez sería José Luis, pero era Carmen, la hermana de la mujer que le pregunto qué planes tenia para el resto de la tarde, ella contesto que tenía una cita de trabajo relacionado con la joyería siguiendo con el mismo cuento que le había contado a su suegra, Carmen noto algo en su voz, por que inmediatamente le dijo: Hermanita, no se te olvide usar condón, y espero que te la pases muy rico?

¿Cómo sabia Carmen que estaba a punto de consumar su infidelidad? ¿Se notaría mucho? ¿y si su marido o su suegra notaron lo mismo que Carmen y sabían que iba a entregar su cuerpo a otro hombre que no era su esposo? Patricia le dijo: Pendeja ¿de dónde sacas eso? A lo que su hermana le contesto con total descaro: Hay mija, ¿le quieres enseñar el padre nuestro al papa?, si alguien sabe de putear soy yo, y lo sabes bien (Carmen se había divorciado ya un par de veces y había tenido una incontable cantidad de amantes a lo largo de su vida que entre matrimonio y matrimonio era totalmente promiscua) Patricia se rio fuerte disimulando en lo posible su preocupación: Si no soy tu pendeja, afirmo, Carmen le dijo, hace rato pase por tu casa pero no me viste, vi como estas vestida, y estoy seguro que esa ropa no es la que te pones para las citas de trabajo, siempre usas trajes sastre y ropa mucho más formal, es claro que vas con un hombre y que vas a ir a coger ¿para qué te haces la mosca muerta? Soy tu hermana y apoyo lo que quieras hacer, pero ten precaución, usa condón y cógete a este o a los que quieras pero siendo inteligente, acuérdate hermanita que el que se enamora pierde y tú tienes una familia muy bien hecha y un buen cornudo, ¡upps! Perdón, marido, disfruta y coge riquísimo, pero se inteligente, me voy, que disfrutes mucho tu verga nueva.

Patricia no pudo contestar, se quedó callada ante la asertiva declaración de su hermana menor, estaba impactada de que la gran experiencia sexual fuera del matrimonio de Carmen, así como el ver la ropa que traía puesta habían sido suficientes para que ella dedujera al pie de la letra a donde iba, que haría e inclusive darse el lujo de darle consejos ante esta situación inusual en su vida.

Llego al café, estaciono el vehículo, descendió de él y camino rumbo a la recepción del establecimiento, ahí, José Luis la esperaba, ella noto que él se había ataviado exactamente como alguna vez le había dicho que le encantaba verlo, camino hacia el con ese contoneo de caderas tan natural en ella, varios de los hombres de la recepción y aquellos que caminaban en el estacionamiento voltearon y la devoraron con la mirada, se sabía atractiva, lo que le daba enorme seguridad en sí misma y ese día lucia despampanante.

José Luis extrajo una rosa de castilla de atrás de su espalda y la extendió hacia ella, quien la recibió mostrando sus perlados dientes con una sonrisa que podía derretir un tempano de hielo, le agradeció el gesto dándole un beso en la mejilla, caricia que el regreso de forma inmediata rematando con una afirmación sobre lo bien que el perfume se fijaba en su piel ¡hueles divinamente!

Entraron al café y al caminar por entre las mesas una vez más Patricia fue objeto de atención y miradas tanto de hombres como de mujeres, José Luis caminaba orgulloso detrás de la casi cuarentona que en ese momento lucia más espectacular que cualquier jovencita en sus veintes, al llegar a la mesa él le retiro la silla y la invito a ocuparla, el gesto de caballerosidad volvió a cautivar a la fémina que procedió a sentarse, el aroma de su piel era intoxicante y estando así, detrás de ella, se percibía aún más, el varón dio la vuelta a la mesa y se sentó a un lado de ella, y le pregunto que si deseaba algo de tomar, ella asintió y pidió una copa de vino rosado, mientras que el opto por una cerveza, la conversación fue rápidamente en dirección hacia lo que pasaría más adelante.

José Luis: ¿No quieres ir a un lugar donde estemos más cómodos y sin tantas personas alrededor?

Patricia: La verdad sí, pero no sé a dónde, ¡tú dime!

José Luis: Me han dicho de un bello motel con vista al mar que está a 25 minutos de aquí, espero que no te moleste que te sugiera ir a ese sitio, pero muero de ganas de estar contigo, y más después de ver como luces el día de hoy, ¡tengo muchas ganas de ti!

Patricia: Sé que quieres hacerme el amor, y que sabes que yo también muero de deseo de tenerte dentro de mí, no me molesta, al contrario, me ilusiona muchísimo, que te parece si tomamos esta copa de vino y nos marchamos a donde tú digas.

El arreglo estaba hecho, finalmente los dos consumarían con un acto sexual lo que había comenzado como una amistad a través de la computadora, Patricia recordó las palabras de su marido cuando llevo la computadora a casa por primera vez ? hasta pretendientes tendrás ? y tenía razón?

Apuraron el vino, el pago la cuenta, se levantaron y se dirigieron al vehículo de ella, el volvió a retirar las llaves de su mano y tomo a la mujer del brazo encaminándola hacia el lado del pasajero, el tomaría el volante en esta ocasión.

José Luis dirigió el vehículo rumbo a la carretera que llevaba al poblado costero cercano a su ciudad, un lugar bello, y muy discreto donde la mayoría de las parejas ?prohibidas? terminaban haciendo sus sesiones amatorias, en el trayecto, la charla seguía siendo animada, ella hablaba más que de costumbre, Patricia era tradicionalmente reservada, pero ante el nerviosismo de la situación y hacia donde iban, no paraba de parlotear, el extendió la mano que le quedaba libre al ser el vehículo de ella de transmisión automática, para tocar su rodilla desnuda, siguiendo con la plática pero acariciando largamente la suave y aromática piel de la morena, quien en medio de la plática ronroneaba al sentir el contacto de las grandes manos del hombre sobre su piel desnuda.

Al llegar a un crucero, detuvieron el auto con el semáforo en rojo, el volteo y la beso fuertemente, su mano se aventuró directamente de la rodilla pasando por el muslo hasta introducirse debajo de la minifalda roja, tocando la parte interna y la cara externa de sus muslos , la piel de ella era una delicia, suave, aromática, tibia, y la respiración de José Luis se descompuso, su erección era casi dolorosa, el semáforo se puso en verde y muy a su pesar detuvo momentáneamente las caricias para arrancar y doblar en dirección a la carretera que lo llevaría al motel que ya tenía en mente para tener sexo con la mujer a la que había trabajado por tanto tiempo.

Patricia se veía menos descompuesta que él, quien seguía respirando profundamente, y que evidenciaba la excitación sexual con un enorme bulto en su entrepierna, bulto que no pasaba desapercibido para la fémina quien extendió su mano y toco la protuberancia pulsante que permanecía envuelta en el pantalón y que amenazaba con reventar en su prisión de tela, era la primera vez que ella tocaba su miembro, las largas unas, y dedos de pianista de ella se posaron en su pene, ronroneo juguetonamente, parecía que el ama de casa se había quedado en algún otro lado, y en ese momento solo existía una mujer que estaba húmeda y caliente en su sexo, y que no repararía en nada para buscar y encontrar el placer de un miembro diferente al que había conocido toda su vida, las caricias de ella, y su atrevimiento tomaron por sorpresa a José Luis, quien emitió un sonido de aprobación al sentir la mano en su parte más íntima, ella siguió apretando, y acariciando, el solo sintiendo y disfrutando, al frente de ellos apareció un puente vehicular grande y un desfogue de la carretera principal que conducía a uno de los suburbios, y José Luis no lo pensó dos veces, se salió de la ruta principal, tomo el brazo de la derecha, dio vuelta rápidamente y estaciono el auto abajo del puente, detrás de un gran pilar que hacía difícil que quienes circularan por la vía alterna pudieran de primera mano ver al vehículo que estaba estacionado detrás de la mole de concreto que sostenía el puente.

Al detenerse, noto como Patricia no cesaba de acariciar y apretar, parecía estar hipnotizada ante su dureza, y su mano subía incesantemente frotando con denuedo, de hecho, parecía que la mujer ni siquiera se percató de que el automóvil se había detenido, sus ojos tenían una mirada vidriosa, fija en los ojos de él, con ligeros desvíos para contemplar lo que su mano derecha acariciaba ambiciosamente.

José Luis: ¿Quieres verla, quieres ver tu chocolate?

Patricia: Sí, hummm, quiero verla, ¡quiero chuparla! Se ve riquísima, me encanta mi chocolate.

El varón procedió a desabrochar el cinturón, ella lo ayudaba, presta, dispuesta, hasta con cierta prisa, sin duda parecía que era una mujer totalmente diferente a la que él había conocido en el café, presa totalmente del deseo y la lujuria.

Tras retirar el cinturón, el bóxer era ya el único obstáculo para extraer y mostrar su miembro viril, levanto un poco sus nalgas del asiento, y halo hacia abajo, lo que hizo que el órgano fuera liberado de su última frontera, el resorte que ceñía la prenda interior a la cintura del portador, el pene de José Luis quedo expuesto a Patricia, de un bote salió, y quedo expuesto, de aproximadamente dieciséis centímetros, y largo, mas no ancho, a pesar de que ella sabía que no había que hacer comparaciones pensó en el pene de toda su vida, el de Daniel su marido que era aproximadamente igual de largo, pero al parecer bastante más grueso que el de su nuevo amante.

Patricia: ¡Que rico y bonito se ve m chocolate! ¿Me lo puedo comer?

Patricia apretó y halo de arriba abajo el miembro erecto y duro como una roca, noto que sus testículos estaban levantados y plenos, al parecer repletos de semen de la enorme calentura que el magreo acucioso y preciso de ella habían provocado, además desde luego del a tremenda excitación visual que representaba el aspecto de ella vestida para matar esa tarde, y la excitación psicológica de tener a esa mujer casi de cuarenta años, casada y hasta ese momento respetable escurriendo jugos vaginales de excitación por tener su herramienta en mano y al parecer su boca y vagina muy pronto.

José Luis: Claro Paty, es tuyo ¡mámamelo!

La palabra salió como natural, la orden fue directa, las buenas maneras se estaban quedando en la memoria, y el deseo controlaba su actitud, esa insoportable necesidad de poseerla.

José Luis: Chúpamelo todo, mámame la verga Paty, cómetela toda?.

Ella fue obediente, ni una palabra, inclino su cuerpo del asiento del pasajero hacia el del conductor, al hacerlo, la blusa dejo entrever aún más su senos, el canalillo en el escote era una bella visión para él, y así, inclinada, la parte baja de su espalda y sus anchas caderas, quedaban expuestas para el que extendiendo su mano toco por primera vez de manera total las bellas nalgas de la casada que sujetaba con poderoso agarre su miembro, la mano de el apretó sobre la falda roja, se sentía caliente, Patricia emanaba un enorme calor desde su entrepierna, sobo, apretó, provocando gemiditos de gusto en ella quien a su vez procedió a posar sus labios en el capullo del miembro enrojecido, lo puso completo en su boca, uso su lengua para lamer alrededor del frenillo del glande, saco coqueta la lengua y procedió a limpiar con ella el orificio del pene que brillaba y producía abundante líquido seminal, ella no reparo en el sabor o el olor, quería tenerlo en la boca y nada más, movió su cabeza hacia abajo y trato de introducir lo que más podía e su boca, la realidad es que para ella, mamar no era una de sus especialidades, lo había hecho ya varias veces con su marido pero jamás había sido su parte favorita en el sexo, inclusive y en algo que era un secreto hasta para su marido, se la había chupado a uno de sus ex novios, pero igualmente la experiencia no había sido del todo placentera.

La lengua de Patricia serpenteaba por la cabeza y el tallo de José Luis, quien resoplaba y no dejaba de tocar el trasero de su amante, por momentos Paty engullía lo más que podía del sexo de él, sin dejar que la lengua cesara en moverse, lamer y acariciar, la mano derecha de la mujer jugaba también con el escroto del hombre que se sentía en el séptimo cielo, ella parecía toda una experta, y el sin saber que realmente era la tremenda lujuria del momento y no la experiencia la que hacían que ella le prodigara una felación de campeonato del mundo.

José Luis aprovecho la posición desde la que estaba, para bajar la mano izquierda sin que ella dejara de chupársela, y echo el respaldo del asiento hacia atrás, parecía increíble que estuvieran debajo de un puente en plena vía pública y que el mundo hubiera parecido detenerse para los amantes, ni siquiera un auto pasaba a su lado, y el pilar ofrecía un cobijo único e infranqueable para obstruir la vista si alguien hubiera transitado por ahí, ya reclinado, la mano derecha de el se aventuró a levantar la minifalda, dejando por primera vez al descubierto el hilo negro de la tanga que Patricia llevaba puesta, la visión de sus glúteos morenos, perfectamente bronceados y con la blanquecina piel del bikini marcada en la redonda superficie de su trasero eran una vista encantadora, metió un dedo por en medio de la delgada tira, y halo un poco, eso hizo que el hilo de la prenda se metiera entre los labios externos completamente empapados de ella, el ligero tirón apretó de igual forma la telita transparente posicionada sobre su monte de venus ofreciendo a su clítoris una inesperada caricia que la hizo ronronear aún más, el ya no podía aguantar, Patricia mamaba y mamaba, la succión era sistemática, pulcra, perfecta, la conjunción de la lengua, los gruesos labios, y las manos de ella recorriendo sus bolas y abdomen eran casi insoportables, no llevaban más de cinco minutos en el acto y el estaba al borde de un poderoso orgasmo, quiso retirarla un poco, pero ella se empecino en la postura, siguió chupándole el miembro como poseída, y si más, el no pudo contenerse, un grueso chorro de semen se impacto contra la garganta y paladar de Paty quien no esperaba que esto sucediera asi de rápido, y, que para ser sinceros, no deseaba, ella pensó que la caricia serviría solo como preámbulo para que el se pusiera aún más duro y deseoso pero jamás pensó que se tragaría varios chorros de hirviente esperma, algo que ni siquiera a su marido le hacía con regularidad, recordó un poco y fugazmente aquella primera felación que le había hecho a su ex novio, quien también había llenado de semen su boca haciéndola vomitar, y dándole una primera impresión de la venida de un hombre en su boca como algo asqueroso y poco deseable.

En esta ocasión, Paty aguanto a pie firme la inundación seminal en su boca, trago lo más que pudo, el sabor salado del proteínico líquido del amante resbalo por su garganta, pero al ser abundante, una buena porción se vacío de sus labios en el regazo de su amante, quien gritaba y gruñía como loco, la mujer no se retiró inmediatamente, tenía esperma en las comisuras de los labios, en la nariz, y a pesar de haberse tragado casi todo, aun había más para limpiar, lo que procedió a hacer con su lengua venciendo el asco que esto le producía, el repetía incesantemente en inglés: Oh my God!, Oh my God!, y ya en castellano: ¡que rico mamas la verga, eres una experta, que rica puta, que rica puta, eres una Diosa mamadora, te comes la leche, mmmmmm, puta, puta que rico!!!!!

El epíteto de puta entro en el cerebro de la mujer, no lo proceso mal en un principio, el trato caballeroso del joven amante ahora la llevaba a ser nombrada como puta, dentro de su cabeza pensó: A final de cuentas es lo que soy, aquí estoy en plena calle, con un hombre que no es mi marido mamándole la verga y comiéndome su leche.

José Luis se repuso, su respiración seguía siendo agitada, sus ojos estaban semi cerrados, lo que aunado a sus rasgos orientales lo hacían parecer estar a punto de quedarse dormido, ella rio de buena gana al ver la expresión de su rostro, el sonrió de igual forma, y tomo unos pañuelos faciales que estaban en la guantera tras haber regresado el asiento del conductor a su posición original, limpio las gotas de mecos que aún estaban en parte de su pantalón, y la barbilla de la fémina que había conservado el esperma al no tener a la mano con que limpiar lo que no había podido retirar con su lengua.

José Luis: ¡quiero metértela!

Patricia: Pues métemela, ¿me vas a coger aquí en el carro?

La pregunta de la mujer fue legitima, se la había mamado en la calle, expuesta, ¿sería que una puta como ella no merecía algo más, como un cuarto de hotel privado donde pudiera dar rienda suelta a sus instintos?

José Luis: Como crees (¡Increíble!, la tierna y educada Paty había dicho la palabra coger) vámonos al motel, me muero de ganas de tenerte bien ensartada, Paty, ¡jamás me habría imaginado cuanto te gusta la verga!

El comentario de él, no le cayó en gracia a Patricia, primero la había llamado puta, después ahora los modales y buen uso del lenguaje del joven había cambiado totalmente tras haber tenido su miembro encajado en su boca, y llenarle el intestino de semen, ¡cuánto cambia la gente después de algo así!

Patricia: Claro que me gusta, a todas las mujeres nos gusta, como a ti te gusta la vagina o los pechos.

El rio a carcajadas, ya había terminado de acicalarse y guardar su flácida herramienta bajo la ropa interior y el pantalón de mezclilla, encendió el automóvil, y dio una vuelta en U para retomar el camino rumbo al motel que estaba ubicado a aproximadamente tres kilómetros de ahí, casi frente a un cuartel militar y donde ya anteriormente había llevado a un par de amantes ocasionales, jovencitas inexpertas que, a su gusto, no estaban ni cerca de la apariencia felina y sensual de esta mujer casada, de edad madura y sobre todo de la forma arrebatada y ardiente de realizar el sexo oral de la que en ese momento era ya su amante.

Patricia se acomodó y arrellano su hermoso trasero en el vehículo, no volteo a ver al joven, un torbellino de pensamientos asaltaban su mente, ¿Era una puta? Si era una infiel, de eso no cabía duda, lo que había comenzado inocentemente como un juego de chat, ya había dado por consecuencia que se bebiera una cantidad importante de esperma de este hombre al que veía en persona apenas por tercera vez en su vida, ¿y mi marido? ¿Qué pensaría de esto? ¿Mis hijos? El sabor salado del líquido de su amante aun persistía en su paladar y lengua, sentía su vagina húmeda y receptiva, sus pezones estaban endurecidos, y sentía un deseo total de ser penetrada, eso aminoro los reclamos bajos de su conciencia y los reproches sobre su actividad como amante de internet.

Llegaron al pórtico del motel, no hubo una sola palabra entre los amantes desde la felación hasta su arribo, el saco la cartera, extendió el dinero del costo de la habitación hacia el empleado que estaba en la ventanilla de acceso, quien desde su posición podía checar perfectamente la anatomía de la mujer que estaba en el auto, pero no así su cara por el ángulo desde el que se encontraba, ¡qué piernonas tiene esta puta! Pensó sin perder detalle de las extremidades inferiores de Patricia dentro del auto y que resaltaban desde su mini falda, y regreso el cambio al conductor, señalando que la habitación 117 era la que les correspondía y acotando que el costo cubría dos horas y media de estancia, así como servicio de bar y restaurante a la habitación llamando a recepción desde el cuarto, así como servicio de televisión por cable y películas de las que les gustan para ponerse en ambiente completamente gratis (¡vaya comentario!)

José Luis agradeció la información secamente, guardo el cambio, y manejo hacia el interior del reducto amoroso de muchas parejas que, como ellos buscaban el anonimato para sesiones de sexo prohibido.

El incómodo silencio siguió hasta entrar al estacionamiento del cuarto, ¡Listo Paty, llegamos, te voy a coger delicioso!

Ella sonrió, para ese momento ya se sentía como un objeto, parecía que la galanura se había escurrido junto al semen de José Luis dentro de su boca y desaparecido en algún lugar?.

Bajaron del automóvil, el procedió a cerrar la cortina plástica que impedía ver hacia el interior del garaje donde estaba el auto, Patricia lo esperaba recargada en la parte posterior del vehículo, el llego, la abrazo, fuertemente, y la beso apasionadamente, ella respondió en forma automática, a pesar de sus pensamientos y de sentirse sucia y usada, la humedad de su sexo y el dolor en sus pezones le recordaban que estaba ahí para algo, que era abrirle las piernas al joven amante y estrenarse en la modalidad de las esposas infieles de una ve y en forma completa.

Las anchas manos de José Luis se posaron alrededor de las redondas nalgas de ella, uno de sus largos dedos estaba en contacto con la piel de sus piernas, y ese dedo se metió debajo de la prenda levantándola y hurgando hacia abajo, toco primero el ano de ella que respingo y gimió involuntariamente, y el dedo siguió el recorrido hacia abajo tocando su humedad que resbalaba profusamente por la parte interna de los muslos de ella quien en parte se sentía un poco avergonzada de la cantidad evidente de líquido transparente y brillante que iluminaba la cara interna de sus muslos, el dedo encontró su objetivo y entro en la cavidad, hurgo en el sexo de Patricia que gimió deliciosamente, el beso y el dedeo borraron de tajo cualquier duda, abrió un poco las piernas aun recargada en el caro, y se dejó llevar, beso furiosamente a José Luis quien continuo con el faje bajando a besar su cuello y a extraer la blusa de ella de debajo de la falda, desfajándola y metiéndose por abajo hasta llegar a sus pechos, aun cubiertos por el fino sujetador negro, apretó fuerte, sus manos eran como ya había mencionado muy grandes, un detalle que a Patricia el encantaba del joven amante, el dedo de él estaba metido ya hasta más adelante de la segunda falange y ella sentía la caricia abrasadora pujando y meneando su trasero, el beso siguió, el dedo se movía ahora más rápido, y ella rompió el contacto diciendo, ¿vamos arriba? O me quieres coger en el garaje cuando arriba hay una cama cómoda donde me desnudare para ti, sonriendo maliciosamente y dando un paso lejos del alcance del macho.

Caminaron rumbo a la escalera, ella delante de él que se devoraba con la mirada las nalgas y cintura de la casi cuarentona, estaba sorprendido de la sensualidad de ella al momento de emprender actos sexuales, parecía natural en ella, no existía al menos por el momento inhibición alguna, ella se dejaría hacer ¡todo lo que él quisiera! Es una vieja caliente y cabrona pensó, le encanta la verga, y continuo detrás de ella que ya había superado la entrada de la habitación.

Patricia camino hacia un costado de la cama donde puso su bolsa, y se sentó a la orilla del lecho, cruzando una pierna sobre la otra ofreciéndole una vista sensual a su amante, el, lejos de hacer algo consecuente, solo oteo brevemente las piernas de ella, y camino al lado opuesto del lecho, se sentó y se quitó bruscamente el calzado, se levantó y retiro el pantalón con celeridad, retiro la camisa de vestir, y finalmente el bóxer, estaba totalmente en pelotas sin siquiera haber volteado a ver a su amante, parecía que llevaba prisa, un detalle más que fastidio a la mujer que esperaba algo más cargado de sensualidad, él se acostó rápidamente en el lecho, y halo su enhiesto miembro para prepararlo para ponerse el condón que ya tenía en la mano, lo hizo, puso el látex alrededor y lo coloco con propiedad, volteo a ver a Patricia y le dijo bruscamente:

José Luis: Estoy listo putita encuérate y siéntate en mi verga.

Ordinario, falto de tacto, poco romántico, demasiado apresurado, todo eso cruzo la menta de Patricia quien procedió a levantarse, tomo la blusa por los ribetes que colgaban después del faje al que Jose Luis la había sometido en el estacionamiento, y la retiro lentamente por encima de su cabeza donde su melena leonada se movió sensualmente al pasar la prenda por su cuello, ahí estaba, en la roja mini falda y en brasiere delante del hombre desnudo tendido en la cama masturbándose burdamente contemplando el strip tease de la mujer.

Patricia dio un paso hacia atrás, aun provocando a su amante, deseaba vehementemente que este burdo mocetón regresara a ser el romántico galán que había conseguido hacerla cometer adulterio, paso sus largos y elegantes brazos detrás de la espalda, y con esa habilidad única que tienen las mujeres desabrocho el sujetador lentamente, sus pechos de copa C quedaron por fin totalmente al descubierto para el macho que seguía acariciando su miembro viéndola quitarse la ropa, los duros pezones de ella eran una invitación permanente al pecado, las aureolas no eran grandes, sino delicadas, los senos algo caídos por su edad, pero aun atractivos y de forma ligeramente alargada ¡que ricas tetas, me muero de ganas de mamarte los pezones! Acoto bruscamente José Luis que estaba totalmente transformado, apresurando el movimiento de su mano derecha sobre su miembro erecto y enrojecido, Patricia arrojo la prenda a la cama al alcance de la mano izquierda de él, quien tomo la prenda y la aspiro profundamente, el delicioso perfume de ella completamente impregnado en la íntima pieza de vestir.

Ella retomo el ritmo de su improvisado espectáculo, se volteo dándole la espalda al hombre, volvió a poner sus manos detrás de su cuerpo y retiro el broche de la falda a la altura de la cintura, bajo el cierre de la prenda, y tomando la falda por ambos lados se inclinó hacia adelante retirándola lentamente, la delgada tela de la tanga en el nacimiento de su enorme y bien formado trasero y el hilo en medio de sus poderosas nalgas hicieron que José Luis silbara, y gritara ¡que rico culo mami! Ella de espaldas a el sonrió, pero volvió a pensar ¿y este corriente quien es, donde está MI José Luis? La prenda termino su viaje hacia abajo con Patricia completamente inclinada ofreciendo todo el panorama de su trasero a él devorando el hilo de la tanga brasileña, el seguía masturbándose lenta y constantemente, pero ahora lo hacía con su verga envuelta en el brasiere de ella, un gesto que tampoco agrado a la mujer quien se abstuvo de decirle algo al respecto.

Volteo hacia el macho, en portando solamente la tanga y los zapatos de tacón alto, se sentía bella, deseada, atractiva, sensual, y sexual, pero también pensaba en que él estaba haciendo muy poco de su parte para que la ocasión fuera aún más especial desde el punto de vista femenino, su poco tacto, la poca interacción física, su lenguaje ahora vulgar y poco ingenioso eran puntos a demeritar en la labor del amante joven y fogoso, pero descuidado y burdo.

Camino hacia el lecho, se subió en el y se posó al lado del hombre quien volteo hacia ella y la beso toscamente, el suspiraba y jadeaba como una locomotora, parecía que el corazón se le saldría por el pecho, estaba descompuesto y sudaba, el beso más que una caricia era un recordatorio de que ella estaba ahí para su placer y nada más, Patricia respondió al beso y trato de dejarse llevar, las manos de el ya habían soltado su irritado miembro y ahora manoseaban toda la humanidad de ella, los muslos, el abdomen marcado por el ejercicio y que tanto trabajo le costaba a ella en interminables horas de gimnasio, y que le dada enorme orgullo tener a pesar de tres embarazos, magreaba sus tetas con descaro y cierta violencia, pellizco sus pezones, los lamio, los mordió haciendo que la mujer soltara un gritito de dolor, y que con su mano lo retirara de la rústica lisonja, él se dio cuenta del rechazo, pero poco le importo y volvió a meterse entre sus pechos lamiéndolos como un gato a su plato de leche, una de sus manos se metió en medio de sus piernas donde, todavía por encima de la ropa interior masajeaba el monte de venus de la hembra que seguía respondiendo a pesar de la torpeza de su amante, el advirtió de cuan mojada estaba la prenda íntima, y el brillo de sus muslos en la parte interna le hacían sentir que estaba haciendo las cosas correctamente, la hembra estaba empapada y deseándolo.

Tras solo cinco minutos de juegos sexuales previos, el tomo la tanga de Paty y la bajo rudamente, metió el dedo índice en la raja lubricada de ella, quien prorrumpió una vez más en un gemido, mas como queja que como muestra de placer, una vez más, el actuaba torpemente, ella pensó que tal vez era el hecho de que fuera un amante joven y vigoroso, y ante su total falta de experiencia cometía errores de estas características al momento de los juegos preliminares.

La tanga de Patricia paso por sus delgados tobillos, y abrió las piernas completamente para dejar que su amante la tocara sin ningún obstáculo, tal vez si ella cooperaba aún más, el aminoraría el ritmo frenético que llevaba y podía dedicarse a darle más placer con caricias más sensuales y estudiadas, y no solamente rudezas que lejos de estimularla la le estaban bajando el deseo.

La visión del hermoso cuerpo de Patricia, ahí, en el lecho, completamente abierta de piernas, con el mullido matojo de pelo púbico cortado minuciosamente, sus senos expuestos y sus pezones relucientes, era algo como para fotografiarlo, metió dos dedos en el sexo de la mujer, quien gimió otra vez, el comenzó un mete y saca a un ritmo desenfrenado como lo había visto hacían los protagonistas de las películas porno, pensó que eso le daría un placer único a la mujer, quien sin embargo y a pesar de su jadeos mostraba una mueca incomoda en su hermoso rostro, una vez más, era más dolor que placer.

Sin reparar en ello, José Luis procedió a subirse en el cuerpo de Patricia en la posición del misionero tradicional, y sin avisarle, la penetro de un solo golpe, ella estaba tan lubricada que el delgado miembro de el no hizo que la penetración fuera sentida y gozada, fue solamente el quien gozo, y aulló al sentir su miembro dentro de ella, iniciando un frenético ritmo entrando y saliendo de la mujer sin miramiento alguno, acelero sus caderas y cintura, jalaba aire por la boca y gritaba en inglés: Oh my God!!! Oh my God, tras solo cinco minutos, el hombre arqueo la espalda, profirió una maldición, y se vacío nuevamente en el condón que aprisionaba su falo dentro de la vagina de la morena que no había sentido nada, y que expectante contemplaba al que ella asumía sería su amante perfecto desfalleciendo y terminando en un poderoso orgasmo dejándola a ella con un palmo de narices, él se recostó todavía encima de ella torpemente, quitándole la respiración, y después se hizo a un lado con la cara desencajada y ella con un rostro de estupor y sorpresa muy difícil de ocultar.

Los profusos fluidos vaginales de Paty habían hecho que la delgada virilidad de José Luis no fuera suficiente para llenarla, y esa misma lubricación había hecho que la fricción del condón y su excitación contribuyeran a que el varón tremendamente excitado hubiera terminado con una rapidez pasmosa, él estaba terriblemente avergonzado, ella, sorprendida y decepcionada, tras un leve respiro, ella de dirigió a él comprensivamente:

Patricia: No te preocupes, es normal, estábamos muy excitados, te entiendo y no te reprocho nada.

José Luis: La verdad no sé qué me paso, esto NUNCA ME HABIA SUCEDIDO.

Patricia recordó muchas de las anécdotas de sus amigas y sus primas, en donde habían contado entre risas de casos similares a este, donde para seducir, muchos hombres eran unos verdaderos expertos, pero al momento del acto, terminaban siendo unos verdaderos chascos, hasta el momento, aquellas anécdotas se estaban haciendo una desafortunada realidad para ella, curiosamente, las palabras finales de la frase de José Luis eran exactas a las que todas la otras mujeres habían citado entre burlas ?esto NUNCA me había pasado?.

Patricia dejo pasar un tiempo, diez minutos aproximadamente donde se dedicó a calmar y a consolar a su amante con esperanza de que se recuperara y cumpliera con lo que ambos habían pensado sería una tarde de deliciosa actividad sexual, ella inclusive retomo sus caricias en el miembro flácido de él, lo tomo una vez más en su boca y tras estar así, dándole una mamada dedicada y minuciosa, el miembro viril de el seguía colgando completamente muerto, y sin reacción alguna.

Patricia mantuvo su caricia, peor tras un par de minutos más, el la retiro suavemente y se incorporó del lecho, si decir una palabra se metió al baño donde se abrió la regadera y se metió a darse un baño dejando a Patricia húmeda, deseosa y cada vez más decepcionada de haber elegido tener esta aventura que estaba terminando en una forma tan decepcionante y pesarosa.

El salió de la ducha, camino a la habitación y en silencio sepulcral procedió a vestirse alejando la mirada del cuerpo tentadoramente desnudo de la more casada e insatisfecha que yacía frente a él en el lecho, termino de vestirse, recogió las prendas de Patricia del suelo, la minifalda, la blusa, la tanga, y las arrojo a su lado diciendo, debes vestirte, me tengo que ir, su tono era seco, amargo, impersonal, y triste.

La mujer se levantó y obedeció la seca orden, se vistió, poniéndose toda la ropa con excepción del brasiere que estaba completamente manchado e impregnado de los olores del líquido seminal del hombre que había utilizado el sujetador para masturbarse durante el improvisado strip tease de Patricia, en cuanto ella estuvo totalmente cubierta, y después de retocar un poco su maquillaje y su pelo revuelto por los escarceos amatorios y la breve acción, bajaron al garaje, subieron al auto, y salieron a la calle para dirigirse al café donde se habían visto en sus citas furtivas y donde le auto de el seguía estacionado.

Durante el trayecto ni una palabra, ni una disculpa, ella quiso hacer conversación alejándose del tema y tratando otros tópicos diferentes pero el respondía solo con monosílabos, al llegar al estacionamiento, silencio, y un adiós parco y sin el menor contacto físico, ella se apeó del automóvil al igual que él, quien con solo un adiós lejano camino rumbo a su carro dejándola confusa, dolida, y sin respuestas a la actitud de él, quien era quien había fallado y no ella.

Llego a casa, se metió a bañar directamente y 20 minutos después su suegra llego a la casa con sus hijos, Patricia se entretuvo atendiendo a los niños y alejo de si los pensamientos de la decepcionante tarde que había pasado mamando a un casi desconocido hasta el orgasmo, y llevándose una decepcionante cogida en un motel barato.

Por la noche, tres horas después, Daniel llego de trabajar, Patricia lo esperaba, él se metió a la cama y le platico de su día, ella los beso, y el respondió acariciándola deliciosamente y después haciéndole el amor con furor salvaje y haciendo que toda la tensión de la tarde con su fallido amante quedara en el total olvido, Daniel la follo como un toro en brama, y le provoco varios orgasmos, uno con la boca, y dos más con ella cabalgándolo y una haciéndolo de perrito para finalmente venirse encima de sus nalgas y espalda, la abrazo cariñosamente y le dijo, nada como hacerle el amor con toda la pasión del mundo a i querida y fiel esposa.

La palabra fiel le revolvió e estomago a Patricia, quien beso cariñosamente a su esposo y le dio la espalda para ocultar una lagrima que rodaba cuesta debajo de uno de sus ojos y empapando su mejilla, se secó con la sabana y quedo dormida totalmente agotada.

José Luis borro a Patricia de sus contactos de mensajero instantáneo, y jamás se comunicó con ella, lo que había empezado de manera espontánea, divertida, y sensual término de la forma más abrupta y decepcionante de todas, lo que Patricia sabia, era que esta tal vez no fuera la única vez que tuviera una aventura, muy dentro de ella, y a pesar del amor, devoción y respeto que sentía por su marido había encontrado un lado dentro de ella que le agradaba, era una mujer aun joven, bella, y que tenía mucha curiosidad por sentir el sexo con un hombre diferente a su marido que la follara de verdad en una sesión de sexo sin amor como el que ella se había imaginado al lado de José Luis quien fue desapareciendo de sus pensamientos con una rapidez asombrosa.

La primer infidelidad en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

La primer infidelidad en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

La primer infidelidad en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

» VER INTERPRETACION (HD): La primer infidelidad en Relatos eroticos de Infidelidad

La primer infidelidad en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

Videos Pornos Relacionados:

Tags: , , , , , , ,

La doctora infiel 7 en Relatos eroticos de Infidelidad

Video Porno de: Maduras

enero 14th, 2014 >> Relatos Eroticos

La doctora infiel 7 en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

» Relato Erotico: La doctora infiel 7 en Relatos eroticos de Infidelidad

La doctora infiel 7 en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

Cuando toda la perversa escena hubo llegado a su aparente fin los jóvenes quedaron todos extenuados. Y yo también. Mareo, alcohol, drogas y cansancio constituían un cóctel difícil de aguantar tanto para mí como para ellos, aun cuando debían estar más acostumbrados que yo. Al rato dos de ellos dormitaban? o tal vez dormían, no lo sé. El flaco y el pendejito se mostraron cansados pero no a tal punto de abatimiento. En un momento se dedicaron a jugar con una playstation. Yo seguía en el piso como si me hubiera pasado un tren por encima. Estaba abatida, tanto física como psicológicamente: ni en mi más remota y perversa fantasía podría haber imaginado vivir una locura así. E increíblemente, en ese momento volví a pensar en Franco: ¿qué sería de él? ¿Seguiría con la maldita turrita de la tienda? Me invadieron unas incontrolables ganas de llamarlo: era un delirio desde ya, pero estimulaba mi idea el hecho de saber que su número estaba registrado en mi celular ya que me había llamado en la tarde previa, justo antes de que fuéramos a comprar la lencería. Traté de no llamar demasiado la atención y marché a cuatro patas hacia el rincón de la sala de estar en el cual, hecho un bollo en el piso, se hallaba mi guardapolvo dentro de uno de cuyos bolsillos se hallaba el celular. Ni el flaco ni el pendejito parecieron percatarse de nada; estaban muy absortos con su jueguito.

Llegué hasta el guardapolvo, hurgué en el bolsillo y manoteé el celular. Touché. Había tres llamadas perdidas y un mensaje. Por un segundo se me iluminó el rostro pensando que pudieran ser de Franco pero pronto me di cuenta de la realidad, que por cierto era más lógica. Tanto los tres llamados como el mensaje tenían un mismo remitente: Damián? La culpa me volvió: ni siquiera me había acordado de él. Si había gateado en busca del teléfono no había sido por él sino por Franco. Y ahora me hallaba en la encrucijada: ¿a quién de ambos llamaba? En la pulseada entre la razón humana y la conducta animal ganó claramente la segunda. Marqué el número de Franco y llamé? y llamé? Nadie contestó. Era de pensar que estaba aún con la jovencita de la tienda de lencería. Una profunda desilusión se apoderó de mí. El siguiente paso era llamarlo a Damián, pero? no, no podía arriesgarme a hacerlo en el contexto en que me encontraba. Cierto era que ya la música hacía rato que había cesado y que los dos jugadores de playstation casi no emitían palabra; sólo se escuchaba el audio del juego. Pero no, no podía arriesgarme: era preferible un mensaje de texto: ?Perdón, amor, tuve una noche terrible. La señora falleció y tuve que hacer algunos trámites por haber sido yo el último médico que la atendió. Luego me quedé a acompañar a la familia en el velatorio y tenía el teléfono en silencio; no escuché tus llamados. Beso. Te quiero.? De paso, el mensaje de texto era la mejor forma de no ser oída por los que jugaban con la play, los cuales al parecer ni siquiera se habían percatado de mis movimientos. Me equivoqué:

?Qué buen culo tiene la puta?

La voz era la del flaco, claramente. Para colmo de males, en efecto, hallándome a cuatro patas como me hallaba y mirando mi celular, yo les estaba mostrando mi retaguardia a ellos. Me giré despaciosamente, aunque siempre gateando. Ni siquiera me miraban; era obvio que había sido un comentario hecho al mirarme de reojo. Ambos seguían muy entretenidos con la playstation y no daban visos de plan alguno de interrumpir su actividad. Eché un vistazo a la hora en el reloj: dos y media de la madrugada. ¿Se podía considerar que la ?fiesta? estaba terminada? ¿Sería ya mi hora de irme? De ser así, ¿cómo lo plantearía? ¿Pedirles permiso? ¿Aprovechar un momento de distracción y escabullirme? En ese caso, ¿considerarían que ya estaba pagado el precio de su reserva con respecto al video? Y aun suponiendo que así fuese, ¿hasta qué punto era fiable tal reserva a la vista de la imagen de irresponsabilidad que daban aquellos chiquillos, entre los cuales había un pendejito alzado y quinceañero? En eso estaba cuando, de repente?, sonó mi celular. Estúpida de mí; no había tenido el cuidado de ponerlo en silencio luego de enviar el mensaje a mi esposo; ahora cabían dos posibilidades: o era él o era Franco, quien posiblemente hubiera encontrado una llamada perdida mía. Nerviosa y casi sin poder manipular el aparato, que se me patinaba entre los dedos, eché un vistazo al número y descubrí que no era el de Damián?, pero tampoco coincidía con el que había utilizado Franco y al cual yo había llamado un par de minutos antes. Era otro? Dudé un instante con el celular en mano; finalmente decidí que debía contestar o de lo contrario pondría demasiado en alerta a los ?sobrevivientes de la fiesta? en la medida en que el teléfono siguiera sonando. Así que contesté y dije ?hola? en un susurro apenas audible. No les puedo describir lo congelada que quedé en cuanto oí la voz del otro lado:

?Por favor, Franco, ¿puede usted hacerme el culo como la puta que soy??

La mano me tembló. Toda yo temblé en realidad. Giré una vez más la vista para observar al resto. Nada había cambiado: los dos que jugaban con la playstation seguían haciéndolo y en cuanto a Sebastián y el gordo, continuaban dormitando como si nada. No era ninguno de ellos. Por otra parte esta vez ni siquiera había sido un mensaje de voz: era una grabación y se notaba que había alguien que me la estaba haciendo escuchar desde el otro lado. Intenté abrir la boca para preguntar quién era, quién hablaba, pero no me dio tiempo. Cortó.

Yo no podía sentirme más abatida. Alguien seguía jugando conmigo y, al parecer, no tenía vinculación con ninguno de aquellos cuatro pendejos. De hecho, no había nada que indicase que ellos hubiesen accedido a esa grabación ya que esas palabras yo las había pronunciado durante mi segundo encuentro con Franco en el colegio y lo que ellos me habían mostrado en el video correspondía al primero. En eso el más pendejito maldijo a viva voz y lanzó al aire una serie de insultos a la vez que se ponía de pie. El flaco emitió una estruendosa carcajada y se mofó del chiquillo a quien aparentemente acababa de derrotar en lo que fuera que estaban jugando. Mala noticia para mí: si el juego había terminado, ello los dejaba a ambos disponibles para volver a prestarme atención.

Dicho y hecho: pude ver de reojo como el pendejito, tal vez ofuscado o dolido por su derrota, venía hacia mí. No tenía los pantalones puestos, cosa que yo no había percibido un rato antes cuando los viera jugando con la playstation. Me tomó por la cintura en cuatro patas como yo estaba:

?Hora de romperle el culo a la doctora putita? ? anunció, en tono jovial.

El horror me invadió. Parecía increíble que después de tantas vejaciones sufridas en esa noche todavía fuera a faltar una, pero no era sólo eso sino el hecho de que planeara penetrarme por la cola. De algún modo, yo consideraba que esa parte de mi cuerpo ya había sido entregada a Franco y que, desde ese momento él, en condición de macho, era quien tenía derecho a poseerla. Había decidido, en lo íntimo, jamás entregarla a ningún otro hombre.

?N? no, por favor, por ahí no? ? balbuceé.

?No estás en condiciones de decidir? ? intervino el flaco quien, súbitamente, apareció junto a mí y me acarició la cabeza con gesto tranquilizador. Giré la vista y le eché una mirada sufrida e implorante. No necesitaba hablar: mi cara de pánico lo decía todo.

?No te preocupes, trolita ? me siguió diciendo -. Si ya te aguantaste ahí adentro la verga de Franco, es difícil que el manicito del pendejo éste pueda siquiera hacerte algo. ¡Ni lo vas a sentir! Jaja? Más de una vez le habrá dicho eso a un paciente antes de pincharlo con una jeringa, ¿no? Jeje? Bueno, esto es lo mismo??

El flaco recibió un escupitajo en pleno rostro y era obvio que el agresor había sido el pendejito. En respuesta, le aplicó un puñetazo aunque, a decir verdad, no llegaba yo a determinar si estaban peleando en serio o en broma. Más bien parecía un manoseo de entrecasa, aun cuando daba la impresión de que el pendejito se tomara la cosa menos a la ligera que el flaco: era lógico, tanto por su edad como por el hecho de haber sido vencido en el juego unos instantes antes.

?Dale, ja? – reía el flaco -. Rompele el culo de una vez. Es lo único que podés hacer; en el PES te lo rompo siempre yo, jajaja?

Una nueva lluvia de golpes cayó sobre él aunque más que nada pareció una andanada de manotazos sin sentido. El flaco se cubría con las manos y echaba un poco su cuerpo hacia atrás para salir del alcance del ataque pero no paraba de reír y mofarse. Una vez que el pendejito hubo conseguido su objetivo de alejarlo un poco me tanteó el orificio: hurgó primero con su dedo y luego me enterró la verga; por cierto, no era la de Franco pero tampoco era tan pequeña como había dicho el flaco, posiblemente sólo por burlarse. El problema fue que el chiquillo, inexperto e idiota, ni siquiera tuvo el reparo de lubricarme un poco con algo y, por lo tanto, puedo asegurarles que vi las estrellas. No pude contener un aullido de dolor.

?Sos un animal ? le decía el flaco, aunque siempre en tono de juerga y de burla -. Tenés que lubricarla, pedazo de bestia?

El pendejito hizo caso omiso; en todo caso pareció arrojar un insulto que se hizo ininteligible entre sus exagerados jadeos y su respiración entrecortada. Ya estaba en pleno proceso de darme la cogida animal y torpe que lo caracterizaba, pero esta vez por el culo. Traté de pensar en Franco pero la realidad era que el dolor estaba en ese momento por encima de cualquier intento por sentir placer. Por suerte yo sabía que las eyaculaciones del jovencito eran bastante precoces y supuse que ésta no sería la excepción: no lo fue, aunque tardó más que en las anteriores; era lógico ya que estaba más cansado. Cuando la retiró de mi orificio tampoco mostró la más mínima delicadeza. Alcé un poco la vista con incertidumbre y terror por lo que se venía. En ese momento pude ver al flaco calzándose un profiláctico en su verga que ya había quedado enhiesta tras el espectáculo presenciado. En parte agradecí que así fuera, aun cuando lo más posible era que se estuviera cuidando a sí mismo antes que a mí, pues no querría introducir su miembro en mi culo que estaba lleno con la leche del pendejito (¿por qué no habría tomado también tal cuidado antes?); pero en parte maldije para mis adentros ya que quedaba claro que los malditos cretinos estaban equipados con forros y, sin embargo, no los habían hasta allí utilizado en toda la noche: no tenía mucho sentido, viéndolo así, el porqué de tan repentino arrebato de higiene. Tanteó con su pene en mi entrada y, como no podía ser de otra manera, recomenzaron los insultos:

?A ver puta, abrí bien ese culito porque ahora vas a sentir una verga de verdad y no un manicito. Ese pendejo pelotudo ni siquiera fue capaz de dejártelo bien abierto? Eso sí, lo dejó bien lubricadito, jaja? – casi de inmediato sentí la cabeza del pito entrando por entre mis plexos: trazaba unas especies de círculos para abrirse camino y ello me produjo una excitación que no había sentido en la cogida previa ? Eso? – me decía ? eso, así, putita? Te voy a meter la caquita para adentro, jajaja?

Tengo que admitir que me montó magistralmente. De todas las experiencias vividas esa noche era la que más se acercaba a Franco: se acercaba, sólo eso: Franco es único… Pero se notaba que el flaco tenía una cierta experiencia y que, al parecer, ya le había hecho la cola a unas cuantas: sorprendente, si se consideraba que no era nada lindo. Pero, en fin, si hay algo que una no ve cuando es penetrada por la cola es la cara de quien te lo está haciendo… Una vez más busqué, por supuesto, pensar en Franco, pero como ya lo dije antes, en el caso del flaco se hacía difícil el ejercicio de reemplazo mental debido a los insultos y ordinarieces que profería todo el tiempo. No es que Franco no fuera humillante con sus palabras, pero? lo era de otro modo: menos guarro si se quiere. Y menos agresivo aunque, paradójicamente, más macho? La cogida que el flaco me dio por la cola fue, por cierto, la más extendida que recibí esa noche, ya fuera de índole vaginal o anal. A veces se detenía y parecía haberlo hecho definitivamente; luego retomaba en el momento más inesperado y, cuando eso ocurría, una excitación inenarrable me hacía soltar un alarido de involuntario placer. Él sabía y gozaba eso. Gustaba de llevarme al terreno en el cual yo me degradaba y terminaba no sólo aceptando ser cogida por el culo sino además deseándolo y sufriendo cada vez que él se detenía. Aguanté en cuatro patas cuanto pude pero llegó un momento en que ni mis brazos ni mis rodillas dieron más: codos y piernas se vencieron y caí al piso exhausta, aunque siempre con la verga del flaco dentro de mi culo. De hecho, él cayó sobre mí, enterrándomela aun más adentro. No era su estilo besarme en el cuello o en la oreja, ninguna de esas cosas que hacía Franco o incluso Sebastián. Yo suponía que me iba a instar a levantar mi cuerpo para ponerme nuevamente a cuatro patas pero me equivoqué. Sin quitar la verga de mi culo manoteó un par de almohadones que, en algún momento de la alocada noche, habían caído de los sillones y andaban desparramados por el piso. Y ahora sí, cruzando un brazo por debajo de mi vientre me izó prácticamente y, con sorprendente rapidez y habilidad (repito: daba la sensación de saber bien lo que hacía y de haberlo hecho muchas veces antes) depositó los dos almohadones bajo mi estómago y así quedé, con mi mentón en el piso pero con mi cola levantada y en pompa, además de empalada.

Y la anal embestida arreció nuevamente, llevando mi excitación a niveles nuevos, posiblemente por lo degradante de la posición en que había sido colocada. De pronto mi celular comenzó a sonar: el peor momento para atender. Eché un rápido y aterrorizado vistazo: el aparato estaba en el piso a escasos centímetros y al alcance de mi mano. La melodía del ringtone sonaba insistentemente y la pantalla iluminada mostraba el nombre ?Damián?.

¿Y ahora? No contestar sería un problema pero hacerlo también.

?Tu marido, ¿no? ? preguntó el flaco con tono divertido -. Dale, contestale al cornudo?

No. De ninguna manera. No podía yo responder a ese llamado y permitir que mi esposo volviera a escuchar mi respiración agitada y entrecortada. Ya no podía seguir sosteniendo la burda excusa de las escaleras.

?Contestá? ? me urgió el flaco enterrándome aún más la verga. Lancé un lastimero quejido en el cual se conjugaban dolor, placer y pánico.

?No? ? dije tajantemente, sorprendiéndome a mí misma por la seguridad en la negativa.

El flaco no dijo nada pero resopló como quien pierde la paciencia. Se dejó caer encima de mí provocando con ello una nueva marca dentro de mi culo. Su acto, en realidad, tuvo más que nada por objetivo estirarse para alcanzar mi celular. Para mi espanto, lo hizo. Sin sacar en ningún momento su pija de mi orificio se incorporó un poco y al girar mi cabeza lo más que pude, logré ver que se llevaba el aparato a la oreja. No, no podía permitirlo de ningún modo. En un esfuerzo sobrehumano arqueé mi espalda y el movimiento hizo que, una vez más, la verga del joven siguiera avanzando dentro de mi ano. Pero por fortuna el esfuerzo sirvió: estirando el brazo hacia atrás hasta que el hombro me dolió, conseguí con un veloz manotazo arrancarle el celular de la mano y arrojarlo a lo lejos lejos; se estrelló contra el zócalo de la habitación y luego quedó en el piso, a unos tres metros de nosotros.

Mi reacción, obviamente, lo enloqueció.

?Pero? pedazo de puta? ¿qué hacés? ? me abofeteó la cara sin piedad un par de veces -. ¿Qué hacés??

No fue a buscar el celular ya que, al parecer, no estaba dispuesto a desalojar mi culo ni siquiera por un momento. Tradujo su furia en la peor arremetida que hubiera yo tenido que soportar hasta el momento. Como una perforadora entró una vez? y otra? y otra, en tanto que yo, desgarrándome y bifurcándome entre el dolor y el placer, no pude hacer nada? salvo aullar. Estaba yo agitadísima; sentía que por mucho que fuera el aire que llevaba a los pulmones, era poco. Entreabrí los ojos en algún momento para volver a mirar al celular y me encontré con la imagen del pendejito levantándolo del piso y escudriñando la pantallita.

?N? no, ¡Nooo! ¡Por favor, no cont…?

Una nueva bofetada por parte del flaco me hizo dejar inconcluso mi ruego, sobre todo considerando que esta vez la mano se estrelló en mi rostro abarcando tanto mejilla como trompa. Mi cola seguía siendo penetrada y mis jadeos daban lugar a sollozos. Impotente y vencida, volví a girar la vista hacia el pendejito. Para mi sorpresa, no estaba contestando el llamado ( de hecho, el ringtone había dejado de sonar) sino que lo dirigía hacia mí? y me estaba tomando una foto. Volví a amagar decir un ?no? pero otra vez recibí una bofetada y noté que la fuerza del golpe se iba incrementando en la medida en que me mostraba renuente a la sumisión y al silencio. Opté entonces por quedarme callada; prácticamente no había otra opción. El pendejito seguía tomando fotos con mi celular. Para esa altura yo ya no sabía si el hecho de que no hubiera contestado el llamado de mi esposo constituía un alivio o una condena aún peor. Yo lo seguía oteando; cada tanto me veía forzada, sin embargo, a cerrar mis ojos por la intensidad de la embestida dentro de mi cola. Aun así, pude ver cómo se dedicaba a recorrer las fotos una por una e incluso me dio la impresión de que miraba más de las que había tomado, como si estuviera fisgoneando dentro de mis fotos privadas. Se me cruzó por la cabeza una vez más la posibilidad de decirle algo pero el temor a recibir una nueva bofetada restallando en mi rostro me hizo abstenerme. Alcancé a distinguir que tomaba otro celular, presumiblemente el suyo y que comparaba los dos, como cotejando algo. Cabía y era esperable, por supuesto, la posibilidad de que se estuviera enviando la foto a sí mismo pero además me dio la impresión de estar revisando algún número dentro de su directorio.

?Ja? ahí le envié la foto a Franco? ? anunció tras unos segundos, luciendo una sonrisa que de tan triunfal terminaba por verse estúpida.

Claro. Eso era lo que estaba haciendo: fijándose el número de Franco ya que desconocía que yo lo tenía registrado desde la tarde y, de hecho, jamás puse su nombre en el directorio. Me sentí desfallecer. Caí de bruces al suelo mientras el flaco no paraba de penetrarme por la cola. De todas las personas en el mundo ante las cuales podía darme vergüenza ser expuesta en esa situación, creo que Franco se llevaba sin dudarlo el primer lugar. Era una ironía, sí, y una locura, pero me golpeaba más hondo eso que si le hubieran enviado la foto a Damián.

Creo que no pasaron ni treinta segundos y un celular sonó. Pero no era mi ringtone: era el del pendejito.

?Eeeh Fran? – saludó festivamente y visiblemente excitado -. ¡Qué fotito te mandó papá eh! ¿Te llegó, trolazo??

Durante un rato hubo silencio. Era obvio que era Franco quien hablaba y su alocución sólo se veía cortada, cada tanto, por alguna risotada o carcajada estentórea del chiquillo. Luego éste se acercó y le pasó el teléfono al flaco.

?Quiere hablar con vos? ? anunció.

El flaco tomó el celular sin dejar de bombearme por el culo en ningún momento. Hasta habló con una inusitada serenidad y sin siquiera muestras de agitación en la voz.

?Fran querido, ¿todo bien por ahí?… Y, acá estamos, jeje? Rompiéndole el culo un poco a la doctora? Te llegó la foto, ¿no? Jeje? y sí? se ve que la dejaste bien preparada porque le entra como por un tubo, jaja ? no podía creer las palabras que estaba oyendo; el modo en que hablaban de mí. ¡Cuánta vergüenza! Quería morir? y encima el bombeo del flaco no se detenía y me vi obligada a soltar un par de aullidos que más que seguramente fueron oídos por Franco; las palabras del flaco así lo confirmaron apenas un instante después -. Jeje,¡seeeee! ¿La escuchaste? Igual te digo una cosa, eh? Vos se la habrás estrenado pero yo le voy a agrandar el agujero eh, jaja? Grita, grita mucho la puta, jeje? Así que lo siento Fran? usted será muy minero pero acá me parece que salió perdiendo eh, jajajaja? Y, no sé, no sé ? el tono siempre era de jarana; no daban la impresión de estar discutiendo en serio -, yo creo que hoy me la llevo a casa clavada por el orto eh, jajaja? Así se lo dejamos bien grande? Cosa que cuando esté dura de vientre pueda hacer caquita bien, jajaja?

La humillación hacia mí parecía encontrar siempre un nivel superior y, de manera concomitante, arrojarme a un pozo cada vez más profundo. La andanada de barbaridades que decía el flaco iba alternada, por supuesto, con pausas de silencio en las cuales seguramente estaría hablando Franco. Yo albergaba, ilusamente, la esperanza de que Franco los llamara al orden. Él había sido el primero en tomarme detrás y desde ese momento se había convertido en mi macho. ¿Por qué permitía que sus amigos jugaran conmigo e invadieran lo que por legítimo derecho era suyo? ¿Tan poca era la importancia que me otorgaba entre sus posesiones personales?

?Che, ¿y vos cómo la estás pasando con la de la tienda?? Jeje, ¿se porta bien la muchacha?… Jaja? ¿ah sí??

Un nudo en la garganta. Un puño abriéndose en el medio de mi pecho. Y todo eso al mismo tiempo que era penetrada por la cola. De pronto se produjo una pausa un poco más larga en el diálogo telefónico que estaban sosteniendo. El flaco me acercó el celular al rostro:

?Quiere hablar con vos? ? dijo.

Tomé el celular temblando; de modo extraño se produjo en mí una cierta emoción al saber que Franco quería hablar conmigo. El flaco, momentáneamente, interrumpió el bombeo; interpreté el gesto como una forma de dejarme hablar más tranquila por teléfono.

?F? Franco?? – tartamudeé; el corazón me saltaba en el pecho.

?¿Cómo le va, doc? ? resonó la voz al otro lado de la línea satelital – ¿Cómo la está pasando? ¿La tratan bien? Recién vi una fotito y se la veía muy bien, doc, eh??

Touché. Otra vez me quería morir. Ni del tono ni de sus palabras se desprendía que estuviera molesto por el hecho de que sus amigos decidieran entrarme por atrás.

?F? Franco? – balbuceé, al borde de las lágrimas -. Por favor te lo pido, ¿podés parar esto??

?Eeeeepaaaaa? ¿Qué pasa,doc? Está en una fiesta, piense eso? Póngale onda??

Yo ya no sabía ni qué palabra decir?; cada vez que alguna parecía estar acudiendo a mis labios, cuando lograba salir lo hacía en forma de gimoteo o de sollozo. ¿Cómo podía decirle algo como ?Franco, mi cola es tuya, sólo tuya?. Sonaría no sólo degradante sino además burdamente ridículo, casi como una frase rosa de una telenovela pero puesta en formato porno.

?Franco?? ? musité.

?Ah, acá hay alguien que quiere hablar con vos? ? me interrumpió con brusquedad y dando la impresión de ni siquiera haberme escuchado.

Rápidamente escuché como si el celular cambiara de manos y, casi al instante, percibí una risita juvenil que me hizo tener el peor de los presentimientos.

?¡Holaaaaa! ¿Cómo estás, mi amor? ¿Cómo te quedó la ropita? Por lo que vi en la foto, me parece que bien? Bah, jaja, al menos lo que te dejaron puesto?

En efecto: era la voz de la odiosa vendedora. Aun si no se tuvieran en cuenta sus obvias referencias a la lencería que ella misma me había elegido, era a esa altura para mí imposible no reconocerla. Odié esa voz durante buena parte de la tarde. La detesté cada vez que la escuchaba cuchicheando con Franco o cada vez que, en el probador, me decía al oído todas las frases hirientes que se pudiesen llegar a imaginar. Hice una larga pausa antes de contestar; finalmente lo hice, dolida, vencida?

?S? sí, me queda bien?

?¿Les gustó a los chicos??

Tono falsamente simpático. Tono mordaz. Tono hiriente. Mina de mierda?

?Sí? les gustó mucho?

Tierra, trágame, por favor. No me reconozco.

?Aparte vi que te estaban haciendo la colita? Esa ropita que te di es genial para eso porque deja la cola bastante descubierta y no hace falta sacar nada. ¡Es ideal! ¿No????

Qué ganas de asesinarla. Esa chica sólo zafaba de ello por estar al otro lado de una línea satelital.

?Sí ? respondí con voz apagada -, es ideal, sí?

?¿Y cómo se dice???? ? atronó la voz de Franco, quien pareció acercarse al teléfono para hablar.

Demás está decir que yo sabía sobradamente qué era lo que Franco quería que yo dijese. Me lo pedía él; imposible decir que no, aunque doliese al alma y a la dignidad.

?G? gracias? ? balbuceé.

?Ja, no, de nada, mi amor? Ya te dije: cuando tengas otra fiestita le decís a Franco que te traiga y te visto de vuelta? ¿Sí, linda? ¡Me alegra en el alma que la estés pasando bien! Yo la estoy pasando muuuy bien acá con Fran, así que también te tengo que dar las gracias porque lo conocí gracias a vos? Te digo una cosa eh ? su voz adoptó un tono serio que sonó fingido; luego bajó al nivel de un susurro como buscando que Farnco no la oyera, pero era todo más bien un efecto histriónico, parte de una escena teatral que la putita manejaba con habilidad -? Essssss una mmmmmáquina? Jajaja? . clavó la ?m? unos segundos en sus labios para aumentar la sensación de erotismo -. Te mata?, te da como en bolsa?

Y sí?, si lo sabría yo. Cuánta envidia, cuánto odio al saber las suertes diferentes que ella y yo estábamos viviendo. ¿Sería tanto castigo el precio de haberla pasado tan bien en su momento y de haber traicionado a mi esposo? ¿Habría alguna fuerza del más allá que se dedicaba a castigar a las esposas infieles? Si la había, parecía ser que se regodeaba hasta el deleite haciéndome sufrir. Con crueldad. Con sadismo.

?Bueno, lindura ? me dijo -, te dejo porque me parece que el bomboncito que me estoy comiendo quiere seguir. ¡Mmmmmuack! Te mando un beso grande, grande??

Ya ni siquiera contesté. No podía. Y ahora no era mi boca sino mi espíritu quien no lograba soltar palabra. Franco volvió a tomar el celular. Justo en ese momento y como si supiera, el flaco reinició su embestida dentro de mi ano con toda furia. Un grito escapó de mi garganta? No sé cómo no perdí el celular que tenía en mano; creo que debe haber sido el influjo de Franco, el saber su presencia al otro lado de la línea. El teléfono se había convertido en ese momento en mi único nexo con él: nexo pobre y humillante dadas las circunstancias, pero nexo al fin, así que quería mantenerlo en mano costara lo que costase?

?¿Escuchás Fran?? ? vociferaba exultante el flaco -. Escuchá bien eh? Así se le hace el culo a las doctoras casadas??

Su verga estaba toda dentro de mí y la podía sentir hinchándose y contrayéndose, hinchándose y contrayéndose? Y cada vez era más lo que se hinchaba y menos lo que se contraía. Podía sentir sus huevos prácticamente apoyados y aplastados contra la parte baja de mi cola y sobre el inicio de la raja de mi sexo.

?Epaaaaaa… ? se escuchó la voz de Franco a través del teléfono – ¡Cómo estamos, doc, eh!?

La odiosa y femenil risita se le sumó. Yo ya no cabía en mí del odio, pero el flaco no me dejaba pensar mucho en eso. Seguía? y seguía? y seguía? Alguien me quitó el celular de la mano y cortó la comunicación. Eché un vistazo: era el pendejito, claro? Era suyo el celular después de todo y ya hacía largo rato que estaba siendo utilizado por otros. Me sentí morir porque fue como si apartaran a Franco de mi lado? ¡Dios! ¿En qué ser horriblemente decadente me había convertido? Extrañaba una conversación aun cuando la misma significara una cuchillada detrás de otra en contra de mi dignidad. El flaco intensificó su ritmo. Yo tenía que pensar en Franco. Franco. Franco. Deslicé una mano por debajo de mi vientre y me dediqué a masajearme la conchita. Franco? Franco? Franco? La respiración del flaco se fue haciendo cada vez más jadeante y ahora despedía una serie continuada de alaridos que hacían difícil pensar que Sebastián y el gordo siguieran dormitando. Yo me masajeé aun con más fuerza mi zona genital. Los dos estábamos llegando al orgasmo? El flaco y yo? Yo y él? Yo?y? Franco,? Franco?, Franco? Ya llega, ya llega, ya llega?

Si no sentí esta vez el río caliente adentro de mi cola fue porque el flaco había tenido el buen tino de ponerse un preservativo. Cayó sobre mí, jadeante y babeante en el mismo momento en que mi propia excitación llegaba a su punto culminante y estallaba? Allí quedó durante un largo rato, tanto que hasta llegué a pensar que se había quedado dormido. Finalmente se incorporó y retiró su verga de adentro de mi culo del mismo modo que si quitara el tapón de un lavabo. Fue a buscar algo para beber, como si de repente se olvidara de mí por completo. Allí quedé, con dos almohadones debajo de mi estómago para poner bien alta mi cola, profanada y corrompida una vez más. Yo cerraba los ojos, apretaba los puños? y obviamente pensaba en Franco?

Durante un rato parecieron olvidarse de mí?Estuvieron como ausentes, echados en los sillones y semidesnudos. No hablaron palabra, ni conmigo ni entre ellos. Sebastián, en algún momento, se removió en su lugar, estiró los brazos como para sacudirse un poco la modorra pero creo que ni siquiera le vi abrir los ojos.

?Che, qué quilombo que hacen eh? ? dijo, entremezclándose sus palabras con un bostezo. Luego se arrebujó nuevamente y no volvió a decir nada.

¿Estaría concluida la velada? ¿Cuál era el momento en que yo podría marcharme? ¿Tenía que pedir permiso para hacerlo? Estaba tan abatida y vencida que, más que gatear, repté hasta llegar nuevamente a mi celular. Tomé mi guardapolvo y me lo eché encima; tanteé en los bolsillos los preservativos que había traído y que finalmente no habían sido usados, ya que el único en utilizar uno había sido el flaco y lo hizo recurriendo a uno propio. Sobre una repisa se hallaban los lentes que me habían quitado al entrar; como se hallaban a una cierta altura, tuve que ponerme en pie. Eché un vistazo hacia los muchachitos y, al parecer, el flaco y el pendejito se habían rendido ante el cansancio y dormitaban. Fue, sin embargo, la voz de Sebastián, la que me tomó por sorpresa en ese momento:

?¿Ya se va, doctora?? ? me preguntó.

La pregunta me sorprendió por dos razones: una, porque suponía dormido a Sebastián; otra, porque en la forma de preguntar parecía estar implícito que yo, si así lo quería, podía marcharme. Ignoro si tal libertad era el premio por haber cumplido con ?mi parte?. Lo único realmente cierto era que si se me estaba dando la posibilidad de irme y se me preguntaba por ello, no debía yo desperdiciarla mostrándome dubitativa.

?Sí ? dije -. Ya es tarde??

Asintió con la cabeza. La mayor parte del tiempo mantenía sus ojos cerrados abriéndolos sólo fugazmente de tanto en tanto.

?Claro? imagino que su marido la está esperando, ¿no??

Bajé la cabeza y asentí con vergüenza. No supe si llegó a ver mi gesto.

?No la coge demasiado bien el profesor, ¿no?? ? lanzó a bocajarro y me tomó desprevenida con la pregunta. Lo miré vacilante, sin saber bien qué tenía que decir o qué esperaba él que yo contestara. Lo único que sí sabía yo era que quería el camino más corto en pos de marcharme de aquel lugar.

?P.., ¿perdón?…? ? musité.

?Nada, sólo eso que le pregunté. Usted no me parece que sea una esposa bien atendida, ¿no??

Lo miré un rato sin contestar. Ahora sí que él tenía los ojos bien abiertos y me clavaba una mirada severa e inquisidora, aunque a la vez de conmiseración.

?Bueno?, yo siempre creí que sí?? ? dije, bajando la vista nuevamente.

?Hasta que la cogió Franco? ? me interrumpió, adelantándose a lo que en verdad no sé si me hubiera atrevido a decir.

Asentí con la cabeza, avergonzada. De algún modo y aún sin hablar del todo, acababa yo de hacer una confesión, lo cual sólo era explicable en el súbito cariz intimista que parecía haber tomado la charla de Sebastián.

?Vení acá?? ? me dijo, tanteándose el muslo y girando hacia el tuteo.

Me quedé congelada por unos instantes. Me estaba invitando a sentarme nuevamente en su regazo cuando no hacía nada que me había preguntado si me marchaba. Él detectó mi incertidumbre.

?Vamos, vení? es un toque y te vas? ? me dijo, imperativo y a la vez tranquilizador.

Caminé despaciosamente hacia él sobre mis tacos, los cuales siempre conservé puestos al igual que las medias. Me ubiqué donde él quería y me rodeó con una mano la cintura.

?Mirá? – me dijo -. Te voy a decir una cosa: Franco es el ganador a full del colegio. Todas las pendejas están con él; no hay vuelta. Pero ojo: no te enamores de él porque él no se enamora de nadie. Lo de él es usar a las minas? Te lo comento porque me caés bien y no quiero que salgas herida?

Me propinó un beso en la mejilla. Yo permanecí en silencio.

?Sí, ya sé? – dijo él -. O te duele esto que te acabo de decir o bien no lo querés creer, pero? es así: te lo digo por tu bien?

La situación era por demás extraña: yo, una mujer adulta, universitaria y profesional, estaba sentada sobre el regazo de un adolescente siendo aconsejada sobre la vida como si él fuera mi padre y yo su hija. Aun así, debo confesar que el tono paternal me llegó y creo que fue eso lo que me llevó a profundizar algo más al momento de desnudar mis sentimientos.

?No sé si la palabra es enamorada? – dije, dudando -. Es? difícil de definir? lo que me pasa con él? Pero amor? no sé, no sé si es eso??

?¿Qué es lo que te gusta de él? ? me cortó seca pero gentilmente.

Una vez más me vi tomada por sorpresa. Yo no sabía bien poner en palabras lo que me atraía de Franco. O, en realidad, era una suma o una combinación tan grande de cosas que no tenía forma de ser sintética. Por suerte Sebastián siguió indagando y eso me guió un poco en mis respuestas.

?Está bueno, ¿no??

Me sonrojé.

?S? sí, es m? muy lindo chico?

?Y tiene un lomo bárbaro, ¿no??

?S? sí, lo tiene? físico increíble??

?Y una pija tremenda?

Sentada como estaba sobre él, di un respingo y le miré. Lo extraño del asunto era que si bien su interrogatorio había virado repentinamente hacia un tono más guarro, él no había perdido su amabilidad. Y su expresión no revelaba (como sí lo había hecho en otros momentos) burla o sarcasmo. Por mi parte, no pude evitar que una sonrisa se me dibujara en los labios; bajé la vista estúpidamente.

?Se te hizo agua la boca de sólo pensar en ella? ? me dijo.

?S? sí, admití? muy buen pito? No es sólo el tamaño, que lo tiene?, es? bello, no sé cómo decirlo?

?Bien ? reconoció él -. Hasta ahí lo físico? ¿Qué más hay en Franco que te atraiga? Dejemos de lado lo físico por supuesto??

Touché. Parecía querer llevarme hacia el terreno del cual yo no tenía muchas ganas de hablar. Era paradójico, porque cualquiera pensaría que mi honor hubiera quedado mucho más a salvo si identificaba en Franco elementos de atracción que estuvieran alejados de lo físico. Por el contrario, los que hasta allí había reconocido ante Sebastián eran puramente físicos. Cualquiera podría pensar (y tal vez con justa razón) que una mujer mayor que sólo encuentra tales elementos de atracción en un chiquillo y no es capaz de reconocer ningún otro de tipo afectivo o sentimental, bien puede ser considerada una puta de mierda. Adónde habría llegado yo que prefería eso antes que reconocer una atracción más profunda por Franco. Es que, en realidad, todo jugaba y se conjugaba: lo que acababa de admitir y lo que no quería admitir.

?Bueno? él? – me vi obligada a decir a mi pesar -, tiene una personalidad muy atrayente? No sé cómo definirlo: no he conocido un hombre ni mucho menos un chico así? Tiene un magnetismo casi animal? un espíritu terriblemente dominante? No puedo evitar pensar en él sin pensar en el papel que cumplen los machos en el mundo animal??

?Ajá. Digamos entonces que logra hacerte sentir como una hembra, cosa que tu marido no consigue?

Touché. Cuando antes había dicho que Sebastián tenía cosas que me hacían acordar a Franco no estaba equivocada. Sabía sacarme la ficha enseguida y hasta en eso remitía a él. Esta vez no pude contestar. Bajé la vista avergonzada una vez más. Él me tomó por el mentón para levantarme la cabeza nuevamente y luego acercó sus labios a los míos. Me besó y se entretuvo hurgueteando un poco con su lengua entre mis labios. En ese momento cerré los ojos.

?Decí la verdad? – me dijo en cuanto nuestras bocas se separaron -. Pensaste en él, ¿verdad??

Touché. Touché. Touché? Me aclaré la voz.

?Sí? ? admití.

Me dio una palmada en las nalgas.

?Ya es hora de que te vayas ? me dijo -. El profesor te va a extrañar?

?Ya hace rato que debe hacerlo? – repuse -. Te? hago una pregunta, Sebastián??

?Seba??

?O?ok? Seba? una pregunta: ¿qué va a pasar con el video? La filmación??

?No te preocupes ? me dijo con tono tranquilizador -. Si yo me entero que uno de estos retardados mentales lo andan difundiendo, los reviento a piñas y les corto los huevos??

?Ajá? ¿Y la chica ésa, la lesbiana??

?Ah, de ella no sé nada, pero es bastante canuta con respecto a todo? Es torta, no te olvides? No tiene demasiadas amistades en el colegio porque es un poco como que las chicas la esquivan para no aparecer pegadas a ella? Con quien, dentro de todo, más habla es con Franco y de todos modos es una relación amor ? odio, de ésas que no se entienden bien, ¿viste? Las amigas de ella son de afuera del colegio: si difundió tu video fue entre ellas, que seguramente no te conocen? Eso sí, si son lesbianas, lo habrán disfrutado, de eso no hay dudas??

Se sonrió ligeramente y otra vez mis mejillas se ruborizaron. Bajé la mirada; de un modo casi involuntario de pronto me encontré jugando con las yemas de mis dedos entre el vello del pecho de Sebastián. Casi al instante me di cuenta de lo que estaba haciendo. Lo miré con mucha vergüenza. Pero su mirada era totalmente serena, sin rastros ya de la resaca y la modorra que antes se habían apoderado de él. No dijo una palabra, pero de algún modo interpreté de su forma de mirarme que yo no estaba haciendo nada malo, así que volví a acariciarle el pecho. Sé que es difícil de explicar así como difícil de entender para el lector, pero en ese momento yo sentía un desamparo demasiado grande y, de manera extraña, era como que me sentía contenida por él: por un chiquillo que no debía pasar los diecisiete años.

?Y te hago una pregunta más?? ? le dije, prácticamente en un susurro.

?Sí? decime??

?Yo? estuve recibiendo algunos mensajes de voz??

?¿Mensajes de voz? ¿Y qué decían??

?B? bueno? – volvió en mí el tartamudeo -. Es una grabación de audio en la cual yo? le pedía a Franco por favor que me hiciera la cola?

Frunció el ceño. Revoleó un poco los ojos como si no entendiera del todo y buscara poner en orden la situación en su cabeza.

?O sea? ¿te grabaron??

?S? sí, ése fue Franco?

?Ah, qué turro? cómo le gustan esas cosas? y bueno? ¿y qué pasó después? Te estuvo mandando mensajes con tu propia voz? ¿Con la grabación que él te hizo??

?No estoy segura de que haya sido él? – sacudí la cabeza -. De hecho creo que no? Por eso quería preguntarte si no??

?No ? negó con énfasis, adelantándose a mi posible pregunta -. Te puedo asegurar que no. Una: si algo me embola son los mensajes de voz. Segunda: te puedo asegurar y no tengo por qué mentirte que no escuché una grabación así en absoluto. Si llegaste a pensar en nosotros, ya te voy diciendo que no??

Asentí con la cabeza. No sé por qué pero me pareció que había sinceridad en sus palabras. Es raro cómo una puede, de pronto, estar confiando y sentirse protegida por alguien que te ha usado a través del chantaje. Bajé aún más la vista y me encontré con su bulto; lo único que tenía puesto por encima del mismo era el bóxer.

?¿Te puedo pedir algo más antes de irme?? ? le pregunté.

?Sí, dígame, doctora? ? me respondió, al parecer sin decidirse entre tutearme o no hacerlo, ya que alternaba todo el tiempo en el tratamiento. Me miró extrañado.

Bajé la mano que tenía sobre su pecho y le acaricié el bultito. Noté que sintió el impacto: su pene reaccionó claramente; no se irguió desde ya, pero quedó bien claro que la sangre comenzaba a bullir en su interior: fue como haber pasado la mano por encima de un gatito que estuviera durmiendo y que reaccionara ante el contacto.

?¿Te lo puedo chupar?? ? pregunté. Me sorprendió la absoluta desinhibición con que lo dije. Creo que el clima intimista y de confesión que Sebastián había propuesto era el principal responsable de ello.

Él sonrió. Se mostró sorprendido.

?C? claro ? dijo -. ¿Qué pasa? ¿Te quedaste con ganas de más??

?Es que? espero que no te ofendas??

?¿Ofenderme? ? su sorpresa parecía ir en aumento -. ¿Ofenderme por qué? No entiendo? Debe ser la primera vez que una mina me pide eso en mi vida, ja? Siempre lo tuve que pedir yo??

?Claro? es que? necesito chupártela como si fueras Franco?

Dio un claro respingo. Yo no sabía si estaba a punto de mandarme a la mierda o simplemente se mantuvo unos segundos en silencio barajando la situación.

?Bueno? – dijo finalmente -. No hay problema, pero? ¿vas a decirme que no lo hiciste ya hoy cuando te cogimos??

Touché. Una vez más me había sacado la ficha.

?S?sí, pero? en ese caso lo hice por decisión propia y sin que lo supieran. Ahora quiero que lo sepas; no quiero mentirte??

Frunció los labios. Movió un par de veces la cabeza como asintiendo.

?No le veo nada de malo, doctora? Si usted quiere pensar en Franco, entonces seré Franco??

Bajó una de sus manos hacia sus genitales a los efectos de llevar hacia abajo el elástico del bóxer, pero lo detuve:

?Chist. Quietito? No hagas nada; relájate y nada más. Yo me encargo?

El hecho de que yo tomara de tal modo la iniciativa lo sorprendió, pero gratamente: sonrió. En ese preciso instante lo besé en los labios:

?¿Te confieso una cosa? ? le dije -. De los cuatro fuiste por lejos el que más disfruté??

?Hmmm? ¿Será porque de los cuatro soy el que más te hace acordar a Franco??

Sonreí. Lo besé nuevamente.

?Hmmm? puede ser?? ? contesté.

?Y? sí? se entiende? Franco y yo es como que tenemos? hmm, no sé cómo decirlo sin que suene agrandado, pero? una cierta educación, una cierta clase? Estos otros son un cachivache?? ? trazó un arco con la mano hacia los otros tres, que dormitaban el sueño de la resaca.

Le tapé la boca con mis dedos, en clara señal de que no siguiera hablando. Es que no quería que su voz me distrajese de Franco. Bajé mi cabeza hacia su bulto y sólo pensé en Franco, Franco, Franco? Primero le di una buena lamida por encima del calzoncillo hasta dejarlo bien duro y con un manchón húmedo sobre la tela. Luego no había mucho más para dudar. Le llevé abajo el elástico y, una vez que su verga se irguió hacia mi cara, abrí bien grande mi boca para enterrar el tronco en ella llevando mis labios hasta la base misma. Y así mamé? y mamé? y mamé? Una vez, otra, otra? Franco, Franco, Franco? en mis pensamientos sólo Franco. En él precisamente pensaba en el momento en que el torrente tibio me subió hasta la garganta. No abrí la boca en ningún momento sino que simplemente tragué? y tragué? y tragué? Franco, Franco, Franco?

Qué raro todo. Una vez que solté su verga después de haber parecido que él estaba muriendo de tanto que gritaba, lo miré. Y me pareció de repente verlo como a un objeto. Qué ironía: justo él, que era quien había armado todo el chantaje y la fiesta en mi contra y quien había llevado la voz cantante en todo momento mientras yo era reducida a la peor cosificación posible. Pero yo lo acababa de usar como objeto para traer a mi mente y a mis sentidos la imagen de mi macho hermoso y semental, invencible y dominante?

Cuando me retiré del lugar, Seba simplemente me indicó en dónde estaba la llave. Me acerqué para darle un beso de despedida y, en ese momento, me tironeó del guardapolvo desprendiendo varios botones.

?Quiero verte una vez más? ? me dijo.

Y ante sus ojos quedé una vez más expuesta, vistiendo el erótico atuendo que una vendedora atrevida me había elegido en la tarde previa. Esa misma vendedora atrevida que ahora estaría revolcándose con Franco. Seba permaneció un rato recorriéndome con la vista; ignoraba yo si ello constituía algún prolegómeno a una nueva embestida sexual, pero no fue así. Simplemente me dijo:

?Puedes irte??

Di media vuelta y cuando estaba a punto de trasponer el vano de la puerta, me habló nuevamente:

?Recordá lo que te dije de Franco. No te enamores de él porque estás en el horno. Él hace así ? chasqueó los dedos ? y las minitas se le ponen en cuatro? No me gustaría que salieras dolida?

No contesté nada. Sólo lo miré y asentí. Salí del lugar; el timbre de apertura de la puerta de calle sonó con precisión milimétrica cuando yo estaba a punto de tomar el pomo. Sentí una brisa fresca una vez en la calle. Me crucé un poco un flanco del guardapolvo sobre el otro a los efectos de proteger mi cuerpo semidesnudo no sólo del repentino frescor sino también de cualquier mirada inoportuna, aunque la realidad era que no había un alma en la calle. Subí al auto y me alejé de allí. Mientras conducía, no cesaban de desfilar imágenes por mi mente: por un lado, las terribles e inéditas experiencias vividas y sufridas en esa noche; por otro, mi marido esperándome en casa, tal vez durmiendo o tal vez no; por último pero quizás más importante, Franco y la vendedora: me hice la cabeza imaginándolos en todas las posiciones posibles y hasta me excité y me toqué, situación impensable después de la frenética noche de sexo y descontrol que había tenido. Durante algún rato manejé sin rumbo: la resaca me duraba y los efectos de las drogas también. Cuando creí que finalmente había dado con el camino correcto, me empezó a sonar reconocible el entorno pero no era mi barrio ni por asomo: era el barrio de Franco. Claro, mi inconsciente me había llevado allí. Pasé por la puerta de la casa tratando de descubrir alguna luz, algún indicio de algo? No se veía nada, de lo cual no supe interpretar si ya la velada con la vendedora habría terminado o, simplemente, estarían divirtiéndose en la oscuridad? o incluso durmiendo uno al lado del otro. De todas las imágenes posibles, fue ésa la que más duramente taladró en mi cerebro.

En ese momento miré la aguja del tanque de nafta y descubrí que estaba tocando fondo; el auto marchaba con la reserva. Menos mal que la vi ya que lo que me faltaba para cerrar la noche era quedarme sin combustible en pleno barrio de Franco. Por suerte encontré una estación de servicio a pocas cuadras y aparqué junto al surtidor. Era tarde, muy tarde; no había movimiento. Un muchacho atractivo, que tendría unos veinticinco o veintiséis años, surgió de la penumbra presto para atenderme: raro; por lo general los nocheros de las estaciones de servicio tienen más edad. Yo no tenía energías ni ánimo para bajarme del auto y, a decir verdad, tampoco daba para hacerlo, vestida como estaba y con un guardapolvo abierto que dejaba al descubierto una lencería terriblemente sexy. Sólo bajé el vidrio de la ventanilla y le di tanto la llave del tanque como un par de billetes arrugados. Él sólo saludó y se dirigió presto a cumplir con su labor. Mientras corría el reloj del surtidor, me quedé sobre el volante con la vista perdida en algún punto indefinido de la negrura de la noche. Era tanta mi alienación que ni siquiera me di cuenta en qué momento el reloj había dejado de correr ni supe tampoco cuánto hacía que el joven estaba de pie junto a la ventanilla tendiéndome su mano con la llave que me devolvía. Al elevar mis ojos hacia él, vi que tenía su vista fija bastante más abajo de los míos. Y entonces me percaté de que tenía el guardapolvo abierto? y mi atuendo de lencería con la conchita descubierta por delante estaba totalmente expuesto ante sus ojos. Un súbito arrebato de vergüenza indescriptible me invadió; de un manotazo me cubrí nuevamente.

?¿Se siente bien, señora?? ? me preguntó.

?S? sí, sí? muchas gracias? ? respondí y sólo un par de segundos después y habiendo tomado la llave para introducirla en el tambor, me alejaba a toda prisa del lugar.

No podía ir a casa así como estaba obviamente. Pasé por el consultorio. Me duché y me volví a vestir como una mujer seria, papel que ya para esa altura ni yo misma me creía. También tuve que usar bastante maquillaje porque se notaba el impacto de las bofetadas que me había propinado el flaco. O quizás yo lo advertía por saber que las había recibido. Cuando llegué a casa, Damián hacía largo rato que dormía. No era para menos: empezaban a clarear las primeras luces del alba. Me introduje sigilosamente entre las sábanas y durante unas cuantas horas no logré conciliar el sueño?

La doctora infiel 7 en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

La doctora infiel 7 en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

La doctora infiel 7 en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

» VER INTERPRETACION (HD): La doctora infiel 7 en Relatos eroticos de Infidelidad

La doctora infiel 7 en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

Videos Pornos Relacionados:

Tags: , , , , , , ,

La primera cita en Relatos eroticos de Infidelidad

Video Porno de: Maduras

noviembre 13th, 2013 >> Relatos Eroticos

La primera cita en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

» Relato Erotico: La primera cita en Relatos eroticos de Infidelidad

La primera cita en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

?Te escribo esta nota porque no veo correcto invitarte a cenar esta noche delante de tanta gente. Hay algo en ti que me ha dejado prendido y quisiera conocerte más? si tú quieres, claro. Mi teléfono está por detrás, si aceptas llámame?

Esta fue la nota que le di a Marisa cuando me fui de la central hortofrutícola donde estaba haciendo controles de calidad.

Me llamo Ángel, divorciado, un tipo normalito físicamente, 1,75 de alto, 76 kilos de peso y 45 años de edad. Soy auditor y esa tarde estuve haciendo controles de calidad en una pequeña central hortofrutícola de Badajoz.

Llevo yendo a ese sitio varias veces y la jefa de administración que me atiende cuando llego es muy agradable y tiene un tipazo de infarto. No es muy guapa, pero sabe sacarse partido de todo lo demás. Siempre que voy lleva una minifalda con volantes que te hacen quitar el hipo.

Un día le pedí un folio para tomar unas anotaciones y se levantó, se giró y se fue a un armario que había detrás. En la parte de abajo tenía un paquete de folios y cuando se agachó, de espaldas a mí, lo hizo deprisa lo que hizo que se levantara la faldita lo suficiente para que viera su estupendo culito y el mini tanga que vestía, de color morado. Supe que lo hizo a propósito, pues había folios sueltos en la impresora que tenía en su escritorio. Me puso muy cardiaco ver esa escena. Se levantó y me sonrió.

¿Te vale con esos o quieres más?
No, tranquila si con un par de folios me sobra.
Bueno de todas formas tenía que coger más para mí.
Me despedía de ella y volví al día siguiente a terminar mi trabajo.

Volvía a llevar mini falda con vuelo, y quizás era un poco más corta que la de ayer. Casi no me puedo centrar en mi trabajo y cuando me fui, fue cuando le di la nota. Cogí mi coche y me largué para casa. Vivo a unos 100 kilómetros de distancia. Cuando iba conduciendo sonó el whatsapp que tenía un mensaje. Me puse un poco nervioso, no puedo negarlo, me latió el corazón rápido pensando que podía ser ella. Sé que no está bien coger el móvil mientras conduces pero la intriga y el deseo fue delante de la razón y cogí el móvil. Lo miré, nervioso, impaciente y vi que era un poco largo el texto, por lo que decidí parar en un sitio apropiado para poder leer detenidamente el mensaje.

Me metí en la entrada de una finca, paré el coche, cogí el móvil, lo encendí y me dispuse a leer:

?Me ha sorprendido tu nota, pero por otra parte me ha gustado. Si esta noche estás libre podríamos quedar a cenar. Mi dirección es calle XXX, nº XX, si aceptas, manda un mensaje diciéndome a que hora me recoges?

Dios mío, no me lo podía creer. Qué sencillo ha sido. Me puse como loco, mis pantalones se hincharon de emoción al leer ese mensaje. Pensé en contestarla enseguida, pero luego decidí contestarla cuando llegara a casa, no quiero que piense que soy un imprudente y leo mensajes de móvil mientras conduzco. Supongo que eso será una tontería, pero me gusta cuidar los detalles que parecen sin importancia.

A la que llegué a casa decidí mandarle un mensaje.

? Muchas gracias por contestarme, guapa. No pude ver el mensaje antes porque iba conduciendo, ya no sé si es tarde para la cita. Me voy a duchar, a prepararme y en una hora te recojo??

No tardó ni un minuto en contestarme. Me temía que todo se quedara en agua de borrajas, por mi tardanza en contestar, pero pensé que si seguía queriendo quedar, es la forma de confirmarlo.

?Perfecto, en una hora me recoges en casa. Te espero?.

Mi corazón empezó a bombear sangre por todo el cuerpo y especialmente hacia mis partes bajas. Tuve una erección solo de pensar que iba a quedar con ese pedazo de hembra.

Me duché, me rasuré mis sexo, solo lo fundamental, dejando pelitos por la parte de arriba pero lo demás bien rasurado por si había oportunidad de enseñarlo, que tuviera buena presencia. Me excité pensando y haciéndolo que tuve que masturbarme para relajarme un poquito.

Ya dispuesto a salir mandé otro whatsapp diciendo que salía ya, que en tres cuartos de hora estaría allí. Que si quería quedar en otro sitio que me daba igual.

Esperé un ratito y me contestó.

?Yo acabo de terminar y me voy para casa. Así que mejor quedamos en mi casa. Un besito y nos vemos en un ratito?

Salí a por el coche, excitado, contento y un poco nerviosillo por la circunstancia tan extraña en que se ha realizado todo y sobre todo por la predisposición de ella.

Durante todo el camino imaginé como sería la velada, donde llevarla, como actuar ante ella, etc. Pero luego pensé que mejor sería dejar pasar la noche y que todo fuera saliendo como sea.

Llegué a su calle, busqué su número y me encontré con un bloque de pisos y en la puerta no había nadie, no estaba allí esperándome. Me acongojé un poco, pasó por mi cabeza que fuera una broma, que ya se le pasara el calentón, que… mil cosas y todas malas.

Me quedé un rato esperando sin saber que hacer hasta que por fin me atreví a mandarle un whatsapp:

?Hola Marisa, estoy en la puerta. Estoy esperándote, no tardes mucho, ok??

No recibí contestación. Mi cuerpo estaba como un flan. No sabía que hacer. Pasó un minuto, dos, tres, cinco…

?Lo siento, estaba empezando a ducharme y no había sentido el móvil. Llama al portero automático y sube?.

¡Qué alivio!, pensé que se había ido todo al carajo, pero no. Había una buena razón para todo.

Llamé al portero automático y…

¿Quién es?, dijo una voz de hombre.
No sabía si me había equivocado y dije:

¿Soy Ángel es la casa de Marisa?
Sí, sube.
¿Cómo?, ¿un hombre en su casa?, todo se me vino abajo. ¿será su hermano?, ¿estará casada?, si es así… entonces lo de la cena no será tan excitante como me había plateado en mi cabeza. ¡Qué cagada! Pensé. Bueno ya metidos en faena, vamos a ver que ocurre. A lo mejor es solo su hermano o un familiar, no tiene porqué estar casada. No hubiese aceptado la cena…. Mi cabeza era un hervidero de ideas contrapuestas, mi estómago lo tenía en la garganta, el corazón empujaba la sangre pero esta vez hacia mi cara, me estaba ruborizando.

Llegué a la puerta de la casa y después de respirar profundamente toqué le timbre.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando me abrió un hombre, más o menos de mi edad, vestido con un mandil y con pinta de estar cocinando.

Hola soy Pedro el marido de Marisa, pasa y acomódate, que ella no tardará en salir.
Me presenté yo también y absorto por la escena me quedé mudo y me fui al salón y me senté en el sofá.

¿Quieres una cerveza o un refresco mientras sale ella?
Yo no sabía que decir, estaba un poco cortado y dije: Gracias una cervecita no me vendría mal.

Se fue a la cocina y me trajo una cerveza bien fría y unos cacahuetes para picar.

No sabía donde me había metido, mis ideas de tener una velada algo picantota de esa noche se esfumaban por momentos, pero bueno… una cena con una chica escultural como Marisa, siempre merece la pena, pensé.

Yo sigo con la cocina que tengo que preparar la comida de mañana, te dejo aquí solo. Ella saldrá pronto, está terminando de prepararse. ¿No te importa, verdad?
No, por supuesto, sin problema. Gracias.
Los cinco minutos de espera se me hicieron eternos. Miré todo, la decoración, el estilo de la casa, hasta que descubrí un marco con una foto de los dos del día de su boda. Ya no había duda era su marido con seguridad. Mi gozo en un pozo. ¡Qué se le va a hacer!, no siempre se gana. Me relajé y me lo tomé con filosofía.

En ese momento aparece Marisa por el salón…

¡Guauuu!, ¡Qué pasada!, ¡Impresionante! Venía con el pelo rizado, un top blanco que solo tapaba sus turgentes pechos, ligeramente translúcido que insinuaba sus pezones sonrosados pero sin ser descarado, la imaginación hacía lo demás. Por supuesto no se le veía sujetador. El ombligo al aire con un piercing en forma de colgante pequeñito, una super minifalda con vuelo, como las que le gusta llevar al trabajo y unos tacones de infarto. Me quedé boquiabierto viendo tanta sensualidad que desprendía ese cuerpo escultural.

Hola, perdona el retraso pero es que no calculé bien el tiempo.
No hay nada que perdonar, la espera ha merecido mucho la pena, dije yo con una sonrisa en la cara.
Nos dimos dos besos y acto seguido llamó a su marido.

Pedro, ven aquí.
Dime cariño, ¿ya estás?
Sí. Vete por la tobillera que tienes que ponérmela.
Qué raro, pensé, tanto tiempo acicalándose y no le ha dado tiempo a ponerse la tobillera y encima le manda al marido por ella. No entiendo nada.

Ella se sentó en una silla enfrente al sofá y me dijo. Tú siéntate ahí en el sofá y sigue tomándote la cerveza tranquilamente.

Me senté y la miré, ella me miró y bajó la vista hacia su falda, como diciéndome, mira que cortita es y que piernas se me ven.

En ese momento llegó Pedro con una cadena con un colgante que no pude distinguir desde yo estaba. Y sin decir nada se arrodilló delante de ella y se la puso en el tobillo izquierdo. Ella hizo un giro de la pierna dejando sus piernas abiertas enfrente a mí. No me lo podía creer, me estaba enseñando el tanga que llevaba, minúsculo, negro, se le notaba todo coñito rasurado con una tirilla de pelitos encima del tanga.

Ella me miró y se rió. Ufff, delante de su marido me estaba enseñando su zona más íntima, con todo el descaro. El marido no levantaba la mirada y no se dio cuenta que yo estaba absorto mirando el coño de su esposa y ella enseñándomelo sin pudor.

En eso que ella dijo:

El as de picas hacia fuera, cariño, que se vea bien, ¿de acuerdo?
De acuerdo cariño, como digas. Dijo Pedro, mientras le terminaba de colocar la tobillera.
Cuando se levantó su marido del suelo, tras haberle puesto la gargantilla, dijo, bueno cielo, me voy a la cocina que se me quema la comida.

Bien, no te preocupes por nosotros, que ya nos vamos.
Él se metió en la cocina y Marisa me miró sonriente, se levantó de la silla me dio la mano y me llevó hacia la puerta para irnos.

Cariño, despídete de Ángel.
Hasta luego Ángel, perdóname que no salga pero es que ahora no puedo. Pasadlo bien.
Lo haremos cielo, no me esperes despierto que seguramente vendremos tarde, ok?
De acuerdo. Hasta luego.
¿Que vendremos tarde?, ¿qué tenía pensado Marisa, traerme luego a su casa cuando acabemos de la velada?, dios mío, me estoy muriendo de excitación. Espero que me explique algo cuando estemos solos, estoy un poco confundido y no quiero sacar las cosas de contexto, pero todo me parece un poco extraño.

Bajamos por el ascensor, ella me miraba y se reía. Me preguntó que qué tal el viaje y cosas sin importancia, como para romper el hielo. La verdad es que funcionó pues yo no sabía que decir después de lo que había visto.

Nos montamos en el coche y me dirigió donde quería ir a cenar. Al sentarse en el asiento del copiloto, abrió las piernas con esa minifalda, que no se veía nada pero era muy excitante, no dejaba de mirarle las piernas y cuando subía la vista, sus tetas, había mucho donde mirar…

Mira a la carretera que nos la vamos a pegar, me decía ella riéndose.
Lo siento, es que estás impresionante. Estás divina y muy sexy.
¿Te gusta como me he preparado para ti?
¿Esto lo has hecho es para mí?
Pues claro, no me invitan a una cena todos los días y hay que aprovechar para ponerse guapa de vez en cuando.
Pues sí que lo has conseguido, voy a tener que ir de guardaespaldas, pues seguro que tendrás muchos moscones alrededor.
No te creas, ya verás como no. Vamos como si fuéramos pareja y se cortarán de darme el coñazo. Tú déjame a mí.
Llegamos al restaurante en cuestión y nos dirigimos a la puerta.

Agárrame de la cintura, que eres mi pareja, hay que empezar desde el principio para que no se note que no somos pareja. Dijo ella con voz maliciosa y una sonrisa perversa, sabiendo que llevaba las riendas y se estaba divirtiendo entre su descaro y mi incredulidad.
¿Mesa para dos, tienen?, pregunté al metre.
Sí, por favor.
Nos llevaron a una zona como más reservada. El metre se pensaría que somos novios y querríamos intimidad y yo no puse objeción al sitio.

Nos acomodamos y pedimos la cena. Mientras nos la preparaban nos trajeron una botella de vino de reserva que pedí yo y ya me empecé a envalentonar.

Oye, Marisa, necesito que me expliques que ha pasado en tu casa, me he quedado de piedra y no sabía como reaccionar allí con tu marido.
Jajaja. ¿No te ha gustado la cerveza que te puso mi marido? ¿O te refieres a otra cosa?
Qué mala eres. Ya sabes a qué me refiero. Tu marido allí poniéndote la tobillera y tú enseñándome tus braguitas, cochinorra.
Eso no ser mala. Eso es ser morbosa. Me encanta hacer que mi marido me vea así vestida delante de los demás y lo de la tobillera era para darle más morbo a la situación. ¿no te gustó que estuviera allí arredilado delante de mí mientras yo jugaba contigo?
Me encantó, pero si te llega a pillar, hubiera sido un compromiso para mí.
No, en absoluto. ¿sabes que significa la tobillera que le hecho ponerme?
No, ¿es que tiene significado?
Pues claro. No hace mucho entré en el ordenador de casa y me dio por investigar en qué páginas de Internet entraba mi marido y descubrí que le gustaban la páginas guarras. Al principio lo vi lógico, pues nosotros hacemos poco el amor. No se excita como antes, debe estar con la pitopausia, pero con las páginas porno de Internet por lo visto se debe excitar.
Así que un día le espié. Me fui a la cama pronto y él dijo que se iría al ordenador. Al cabo de un rato me levanté sigilosamente y desde la puerta observé lo que hacía. Estaba pajeándose mirando páginas porno, hasta que se corrió y me fui a la cama sin que se diera cuenta.

Al día siguiente fui al ordenador a investigar que porno le excitaba para poder usarlo yo y ponerle como una moto y volver a retomar nuestra vida sexual y cual fue mi sorpresa que descubrí páginas de cornudos, corneadores, sumisos, etc.

Empecé a investigar y descubrí que una Q dentro de un as de picas, significa que tu marido es un cornudo y tú eres libre para follar con quien quieras con su consentimiento.

Pedí la tobillera por Internet y la puse a su nombre para fuera él a recogerla. Jajaja. Si llegas a ver la cara que puso cuando abrió la caja y descubrió lo había dentro… te mueres de la Risa, al menos yo me estuve riendo más de media hora.

y… ¿qué pasó?
Había dos opciones, que le gustaran esas páginas porque se ve como un macho alfa y semental o porque le escita ser sumiso y cornudo. Como le conozco, de macho semental tiene poco así que? pasço lo que has visto hoy. Que él asumió que le excita que pueda dar placer a otros hombres, pero que le daba vergüenza decírmelo por si dejaba de quererle y cosas así.
No sabíamos cómo empezar a ponerle los cuernos y al recibir tu nota, se me encendió la bombilla y tú eres el elegido para la experiencia, llamé rápidamente a Pedro y le pareció perfecto. ¿te molesta ser el conejillos de indias?

Jajajaja. Pues la verdad es que todo esto me excita mucho, eres la hostia. Jajaja.
¡Qué alivio!, pensé que te asustarías.
¿Asustarme? Nada más lejos de la realidad. Además has dado con la persona perfecta para hacer esto.
Anda no seas prepotente.
Jajaja. Ni mucho menos, ahora te explico.
Resulta que yo estoy divorciado y con mi mujer jugábamos al rol de zorra-cornudo, donde yo era el cornudo, jajaja. Así qué se muy bien de qué va todo esto y ahora estar en el papel de corneador, sabré hacerlo a la perfección, pues sé lo que le gustará a él. Y espero que a ti también.

¡¡¡No jodas!!! Y qué pasó, ¿por qué te divorciaste por que desapareció el amor?
Se nos escapó de las manos y me engañó. Cuando dejó de contarme sus hazañas, cuando se veía a escondidas con su último macho, me di cuenta que ya no había morbo, que la situación resultaba dolorosa. Se lo comenté y me dijo que me aguantara. Que todo el mundo ya sabía que era un puto cornudo y se hizo insostenible la situación. Estuvieron viviendo juntos en mi casa casi un año y yo allí con ellos. Al principio me gustaba la humillación que me hacían pasar dentro de nuestros juegos pero cuando las cosas salieron de las puertas de casa a la calle, ya no pude con ello.
Se iban de fin de semana juntos y me mandaban fotos y videos de lo que hacían y lo bien que se lo estaban pasando. Hasta que una vez me obligaron a ir con ellos. Les hacía de chofer y ellos detrás haciendo de todo. Eso no me molestaba, me excitaba, pero lo que sí me molestaba que fuera de ahí no sabían comportarse y seguían ellos como pareja y yo detrás de maletero, de pagador de sus cenas copas, pero delante de la gente ya no me gustaba tanto, así que aguanté un año más y se acabó.

Por eso te digo hasta donde llegar con esta situación y evitar los errores que yo cometí. Además, saber que soy el primero, me pone que te cagas. Le vamos a poner como una moto, aunque ya veo que tú sabes muy bien de que va esto.

Ya lo creo. Me he empapado todas las páginas de cornudos y he entrado en foros y más o menos, con eso y conociendo a mi marido, creo saber como excitarle y que nuestra vida sexual sea diferente y excitante.
Pues empecemos la fiesta. Que debe estar que se muerde las uñas.
Y ¿qué propones hacer?
Vamos poco a poco ya verás.
Te vas a ir al baño y le vas a escribir un mensaje, diciéndole algo así como… este tipo me está poniendo muy cachonda, saber que estoy casada le ha dado alas y estoy muy mojada, tendrías que estar aquí y lamerme el coñito como un perrito fiel y calmar mi sexo.

Luego te haces una foto del Chichi metiéndote un dedito y se la mandas. Después vienes y esperamos a que conteste.

Uffff, realmente no será mentira, me estás poniendo muy cachondona. Jajaja. Ahora vuelvo.
Yo me quedé esperando tranquilamente saboreando el segundo plato cuando apareció un mensaje en el móvil.

?¿Te gusta la foto?, ¿le mando está??

?Guauuuu, perfecto, mándasela.?

Se me puso la polla polla a 100, me empalmé ne décimas de segundo con la imagen que me enseñó.

Realmente estaba excitada. Que rajita tan rica tenía mi acompañante, pensé. Me lo voy a comer enterito.

Al cabo de pocos minutos regresó ella con una sonrisa de oreja a oreja. Se sentó a la mesa y me dio el teléfono para que lo viera.

Al encenderlo, estaba la conversación que había tenido con su marido.

?Madre mía, cariño, de verdad estás excitada, ya lo veo?

?Es que este hombre me pone mucho y además es muy simpático. No sé si decirle lo poco macho que eres para ver qué pasa.?

Ahí se quedó la conversación y en ese momento entró otro mensaje.

Toma, acaba de mandar un mensaje tu marido. Léelo y me cuentas.
Léelo tú y dime lo que pone.
Dice: ? No cariño, aún no le digas nada, no vaya a ser que se acojone y no quiera seguir. Sigue poniéndole cachondo y ve contándome?
Jajaja, que bueno. ¿Y qué le contesto?
Tranquila, ya le contesto yo: ?¿es que te estás echando para atrás?, ¿solo quieres que le ponga cachondo y ya está?
Muy bueno, sí señor, a ver qué dice.
Ahora, no le hagas caso en un rato. Hay que ponerle nervioso.
Efectivamente, dejamos el teléfono encima de la mesa y escuchamos que mandaba mensaje tras mensaje. Los íbamos leyendo pero sin contestar.

Decía que tenía dudas, pero que si ella quería que adelante. Que estaba nervioso por la situación, qué por qué no contestaba. Que qué estaba haciendo?.

Nosotros nos reíamos y acabamos la cena.

Ahora dile que si es cierto que quiere que te lo demuestre y que te mande una foto de su estado, pero que se ponga unas braguitas tuyas y según como le veas, actuará en consecuencia.
¿no será muy fuerte?
No tranquila ya verás como cumple como un buen calzonazos.
Efectivamente al cabo de 2 minutos sonó el nuevo mensaje del móvil y con foto.

Nos reímos mucho al ver la foto y decidimos dedicarnos a nosotros en vez de a él.

Ahora deberíamos a ir a otro sitio a tomar algo.
Por mí perfecto.
Salimos del restaurante y me llevó andando a una zona de pubs. Íbamos agarrados por la cintura. Yo, en un momento dado me atreví a darle un beso en los labios, ella se giró del todo y me respondió con un beso increíble. Estuvimos un buen rato besándonos en la calle, con gente pasando a nuestro lado. Acariciándonos la espalda, el culo, era pura lujuria. Aún no habíamos tenido sexo, pero esa sensación fue por mucho, más placentera que otras situaciones puramente sexuales. Me invadió una sensación de energía, de poder, de ser el controlador de la situación, tremenda.

Nuestros labios se despegaron, nos miramos a los ojos y sonreímos. No dijimos nada, no hacía falta.

Pasamos por delante de un bar y le dije a Marisa que me apetecía tomarme un café y que me habían aconsejado el de ese bar.

Ok, me parece bien. Así te despejarás un poco de todo el día, pues esta noche vas a dormir poco, me temo. Dijo ella entre risas.
Eres muy golfa, ¿lo sabes, verdad? No me imaginaba que fueses así y la suerte que he tenido encontrándote.
La suerte ha sido mutua,
Dijo ella, mientras se arrimó a mí, cara con cara, desafiante, a menos de 5 cm el uno del otro y su mano apretaba mi prominente bulto que tenía debajo del pantalón.

Entramos en el bar y le dije que se fuera a quitar el tanga, que iba a tocarla allí descaradamente y el tanga me molestaba. Ella con su genial sonrisa de pícara colegiala, se quiso ir al baño, pero la paré.

¿Dónde vas?, te lo quitas aquí y ahora.
¿No jodas?, ¿y yo soy la golfa?, pues tu eres el pervertido. Jajaja.
Disimuladamente se fue quitando el tanga, hasta que cayó al suelo y me agaché yo, prudentemente, sin que nadie se diera cuenta, y lo recogí. Ahora tenía el chochito libre y la vista mía y de todo aquél que se percatara y mirara a su entrepierna.

Pedimos dos cafés y seguimos a lo nuestro.

Bien, ya lo he hecho. Ahora tú tienes que mostrarme tu herramienta, que me tienes loca de la curiosidad. Quiero vértela.
Es justo lo que pides,
Me desabroché la cremallera y se la enseñé. Ella al verla, allí, con gente alrededor que podía verme en cualquier momento, la agarró para semi esconcerla, pero se hacía cada vez más evidente que mi polla creía y crecía por segundos.

En ese momento hice una foto con el móvil y me fijé bien que tenía un arito en el chochito. ¡Dios mío! Como me excita eso en una mujer.

No pude resistir más y quise penetrarla allí mismo, un poquito, para comprobar que sus jugos resbalaban por su muslos sólo de pensar que mi polla entraría en su conejito.

La operación fue rápida y efectiva. Metí mi polla en su rajita durante unos segundos. Allí sentados en unos taburetes, en la barra de una cafetería, con gente cerca de nosotros y encima haciendo fotos con el móvil. Más descarado no se puede ser.

Pensé que cuando le metiera la polla a Marisa, estaríamos desnudos, en una cama, disfrutando de nuestros cuerpos, pero? no fue así, fue morboso, erótico, especial. Ya se sabe que lo que no se planea sale siempre mucho mejor.

Por cierto? el café estaba muy bueno.

Salimos de allí y nos dirigimos a un pub con luz tenue y muy confortable.

En ese momento le dije a Marisa que mirase el móvil a ver si había algún mensaje del cornudo de su marido y nos pusimos a leer. Había muchos mensajes, pero el mejor fue el último

?Cariño, ya veo que no me contestas, supongo que te estarás dedicando en cuerpo y alma a tu macho. Bueno te dejo, no molesto más, solo decirte que me encantaría saber que estás haciendo, me conformaré con que me lo cuentes cuando regreses. Te quiero.?

¿Le decimos algo, o le hacemos esperar un poco más?
Sí, hazle esperar y le mandaremos una foto para que veas cómo te lo estás pasando, pero dentro de un rato.
Nos sentamos en unos sillones, pedimos unas cervezas y empezamos a jugar. A meternos mano, la principio discretamente, besándonos, acariciándonos?

otra cerveza. Más beso, mis manos en sus tetas, mi boca en la suya, en su cuello. Sus manos sobándome por encima del pantalón?

Otra cerveza. Ya no podía disimular mi bulto en el pantalón y, la verdad, no me importaba que se notara, que todo el que me viera supiera cómo me estaba poniendo la putita mujer casada con la que me estaba magreando.

Ya la cosa se descontroló un poco. Ella sacó mi polla del pantalón, con todo el descaro del mundo y empezó a hacerme una paja.

¡Qué manos más sabias! Mi polla empezó a tomar medida. Ella miraba fijamente a mi sexo, sin importarle que alguien pudiera vernos. Yo estaba en otro mundo, solo respiraba y la miraba. Esa cara de lujuria, de deseo, con ganas de metérsela en la boca para saborear mis jugos.

Estuvo así un ratito, jugando con ella. La guardaba, la sacaba. Cuando se acercaba alguien, ella se arrimaba mucho a mí, me besaba, me rozaba con sus tetas, notaba sus pezones duros, y así ocultaba mi polla a la vista de los que pudieran verme.

En un momento dado, cuando nadie miraba se agachaba y saboreaba la puntita de mi polla, poniéndome a mil por hora. Hacía lo justo para tenerme muy excitado. La cabrona sabía como controlar la situación y como controlarme a mí.

Me cambiaba de conversación, hablando del trabajo, cuando veía que me tenía muy duro y eso hacía que me bajase la excitación, pero nunca dejaba de agarrarme la polla mientras me miraba y hablaba.

Estuvimos así bastante rato y le dije que me mostrara algo de ella, así me tranquilizaría un poco. Quería vez esos pezones como escarpias que me rozaban cada vez que se acercaba a mí. Tenía unos pitones increíbles, además de unas tetazas de locura. Se podía observar su excitación sin que se desnudase.

A ella, por lo que pude observar, le encantaba el exhibicionismo, ese morbo especial que hay en que puedan pillarte y me aproveché de eso para pedirle que hiciese algo fuera de lo normal, a ver hasta donde llegaría ella con este juego.

Luego le propuse algo más arriesgado, algo más fuerte.

¿Qué te parece si te metes la botella de cerveza en el chochito, te hago una foto y se la mandas a tu marido, diciéndole que soy un pervertido y que crees que la iniciación de sus cuernos será mejor de lo que jamás pensamos?
¿cómo?, ¿que me meta la botella?, no me entrará y menos aquí, es complicado.
No, cielo, la botella no, solo la puntita, que note lo salida que estás y las cosas que te obligo a hacer. Eso le pondrá como una moto. Ya lo verás.
Ok. Pero espera que no haya nadie y me haces la foto con mi móvil.
Cuando hubo oportunidad hizo lo que le pedía y ella empezó a gustarle, ya que estuvo un buen rato jugueteando con la botellita en su conejito. Al principio parecía reacia pero luego… casi se masturba con la botella, la muy guarra.

Después de meterse la punta de la botella dio un trago y puso sus labios en la zona donde segundos antes tenía el coño y se recreó pasando su lengua de forma sensual por la boca de la botella.

Es una de las escenas más sexys y eróticas que he vivido nunca en primera persona.

Después de eso le mandamos la foto al cornudo y servil, que tenía mi putita por marido.

La reacción del mismo fue instantánea.

?CARIÑO, ¿qué me has mandado?, estás loca??????

?si no te gusta que me traten como a una ramera y yo goce como una verdarea hembra… dejo este juego ahora mismo?

?NOOOO, ni se te ocurra, estoy nervioso, no soy capaz de pegar ojo y me tienes excitadísimo, mira…?

y el cerdo del cornudo le mandó una foto de su miembro en erección total.

Nos reímos y decidimos pasar de él. Queríamos saber que estaba disfrutando como un enano, al igual que nosotros con la situación que estábamos provocando.

Así que desde ese momento ya no volvimos a hacerle saber nada más de nosotros.

Marisa, me has puesto como una moto y tengo ganas de follarte ya.
Bien, te propongo que nos terminemos la consumición y nos vayamos…
¿Y donde tienes pensado que vayamos?,
dije yo, pensando que nos iríamos con el coche a algún sitio escondido y que follaríamos en la parte trasera del coche.

A mi casa, claro. Me encantaría terminar la noche de forma que mi marido sea y sepa definitivamente que es ser un cornudo y si lo asumirá de ahora en adelante o se rajará.. ¿quieres ser nuestro macho iniciador de mi marido?
¿Hacerlo delante de él y procurar que él lo disfrute también?
Efectivamente esa s la idea. ¿qué te parece?
Que vuestra ida cambiará desde esta noche. Empezaréis a vivir vuestra relación desde otra perspectiva. Me parece bien. Empecemos.
Me plantó un besazo en la boca, me lamió los morros, me abrazó, parecía casi era de amor su actitud.

Me levantó, me cogió de la mano como a un enamorado y nos fuimos dirección a su casa.

En el camino al coche no dejó de abrazarme, de tocarme, de besarme…

En el coche siguió acaramelada a mí y esa situación me gustaba, me hacía sentirme el dominador, el dueño de la situación.

Llegamos a su casa. Estaba nervioso aunque no se me notara, tenía que ir de macho corneador, duro y en mi lugar, aunque por dentro no sabía muy bien estar seguro de hacerlo bien, pero lo vi tantas veces en mi vida anterior que seguro que sabré hacerlo, me decía a mí mismo.

Las luces apagadas, no hicimos mucho ruido. Ella me dijo si quería tomar algo. Le dije que me apetecía algo caliente.

¿Un té?
Noooo, jajaja, tu chochito. Me refiero a tu chochito.
Uyyy, que malo eres, qué tonta soy, jaja.
¿Y tu marido, donde está?
No tengo ni idea, supongo que estará espiándonos, y si está dormido no pienso despertarle, que se despierte cuando empecemos a chillar de placer. ¿no crees?
¿Y yo soy el malo?, eres una víbora.
Se desnudó del todo delante de mí y empezó a tocarse lujuriosamente, contoneándose como una zorra profesional. ¡qué cuerpazo, Dios mío!

Yo estaba algo intranquilo sin saber donde estaba su marido, me ponía nervioso no saber si nos estaría mirando o se lo estaba perdiendo por quedarse dormido como un ceporro.

Se agachó, se arrodilló ante mí y me desabrochó el pantalón, lo bajó, quedando mi polla erecta a la altura de su cara de viciosa.

Comenzó el ritual de la mamada, me encantaba lo que me estaba haciendo. Yo empecé a dejar de pensar en Pedro, solo pensaba en el placer que me estaba dando la boca de esa mujer arrodillada ante mí.

En un momento que abrí los ojos y giré la cabeza, vi de raspajillón al cornudo de la casa, mirando desde la esquina del pasillo, con la mano en su polla, machacándosela como un mono. Eso me hizo gracia, tantas veces lo había hecho que me reí sin poder remediarlo. Él no se dio cuenta que le había visto, pero sí que le daría una buena excusa para que se pajeara adecuadamente.

Coloqué a marisa de tal manera que le ofreciera una buena visión de la boca de su mujer tragándose mi rabo entero.

Ya estaba muy caliente y decidí levantar a mi amante y colocarla encima de mí y empezar a penetrarla suavemente.. entré en ella como un cuchillo corta la mantequilla. No opuso nada de resistencia su chochito. Estaba empapada. Empezó a moverse, primero despacio, besándome lentamente y poco a poco empezó a coger velocidad, estaba muy excitada. No me puse protección y creo que eso a ella le excitó más cuando se lo dije.

¿me pongo preservativo?
A buenas horas, joder, a buenas horas. Fóllame bien follada.
¿Avisamos a tu marido para que te vea?
Que se joda, tú folla a tu putita, vamos, cabrón, folláme más fuerte, quiero notarte bien dentro.
Esas palabras me excitaron muchísimo y empecé a acompañar su movimientos con los míos, mientras miraba a su marido en la esquina pajeándose y sin decir nada. Me estaba follando a su mujer sin preservativo en su puta cara de cornudo.

Cuando estaba a punto de correrme, me paré. No quería correrme tan rápido, deseaba que esto durara más tiempo y gozar de la situación todo lo que pueda.

Me acerqué a su oreja y empecé a chupársela y le dije bajito.

Tu cornudo está en el pasillo pajeándose, me encanta la visión.
¿ah, sí?, pues cambiemos de postura, quiero mirarle la cara mientras me follas.
Se sacó mi polla de su coño y se puso a cuatro patas mirando hacia el pasillo, para que la follase por detrás. Así los dos podríamos estar mirando al cornudo mientras follábamos.

Me mostró su pedazo de sexo, rico, increíble, palpitando, esperando a ser penetrado.

Aceruqé mi sexo al suyo y se lo metí de un golpe asta dentro, lo que hizo que ella diera un grito de placer que tendría que oir su marido sin lugar a dudas.

En eso, Pedro asomó la cabeza y se dejó ver. Tenía la polla dura como un mástil y no dejaba de mover su mano y sus ojos se quedaron fijos en los de ella. Era una mirada de morbo, de placer, mezclada con impotencia y un sin saber que hacer.

Te gusta lo que ves, cariño?, decía ella mientras se movía hacia delante y atrás al ritmo de mis embestidas.
Él callaba. Supongo que al ser la primera vez estaba cortado y no sabía como reaccionar.

No te gusta como goza tu hembra conmigo?, ¿dejo de follarla o sigo? Tu decides?. Dije yo para que hablara algo y no se quedara con esa cara de pánfilo y embobado que tenía en ese momento.
Seguía sin decir nada, solo movía su mano por su falo, cada vez más rápido.

¿sabes que tu mujer me ha dejado follarla sin preservativo?, lo mismo quiere que la preñe para ti.
A ver si así despertaba ya de su letargo. Pero ni por esas.

Pégame en el culo, que vea como gozo contigo, a ver si se corre pajándose mientras me haces conmigo lo que quieras.
Eso me resultó extraño, pero lo hice. Empecé a pegarle en las nalgas, y con cada palmetada, decía.

Ayyy, más, más fuerte, dame, dame todo.
Seguía metiendo mi polla todo lo más dentro que podía y sacudiéndola en su culito cada vez más fuerte. En cada embestida, ella chillaba más y más.

Le di bastante fuerte y se la clavé a la vez, en ese momento, empeczó a a arquear el cuerpo y metió la mano por debajo tocándose el coño y mis huevos. Agarrándomelos con fuerza, como para que no se escapara mi polla de dentro de su coñito. Sus chillidos eran bastante claros y evidentes de que se estaba corriendo como una perra.

Mira como se corre esta puta que tienes por mujer, ves?, increíble, que zorra tienes en casa amigo. Mira como goza.
Ella no podía decir nada, solo suspirara y decir, ¡Diosss! ¡Diosssss!, ¡Diosssss!

En ese momento, él aceleró su paja y empezó a eyacular como un cerdo, cayendo todo su semen en el suelo del pasillo. Del goce, se cayó al suelo de rodillas, jadeando como un perrito.

Cuando ella entró otra vez en su cuerpo y empezaba a ser persona otra vez, se dio cuenta de lo que había pasado, se empezó a reir. Sacó mi polla de su coño y fue donde estaba su marido. Él de rodillas y ella de pié, dando una imagen de superioridad ante él.

Buen perrito, buen marido, buen cornudo. Me has hecho feliz, mi cariño, pero… esto no ha acabado. Nuestro invitado no se ha corrido aún y tendré que dedicarme a él un ratito más. ¿no te importa, verdad?
Claro que no, cielo, tú sigue con lo tuyo, yo miraré.
Ahora nos vamos a la cama y tú mirarás desde la puerta, me excita que nos espíes.
Lo que tú digas mi amor.
Yo estaba allí como un objeto, nadie me pedía consejo, jajaja, y es que en estos casos, son ellos los que mandan y ponen las premisas.

Me fui con ella a la habitación, pero… como tenía la polla aún muy dura, pensé que era buena idea llevarla insertada.

Esta zorra no tiene fin. Es muy viciosa. Me cuesta creer que no le haya puesto los cuernos a su marido antes. Sabe muy bien como manejar los tiempos, las palabras, las frases, las formas…

Yo encantado de todo lo que estaba sucediendo. Me encontraba en mi salsa. No tenía que ser yo quien llevara la batuta, era ella y lo hacía de forma magistral.

Llegamos a la cama, sacó un bote de gel y me dijo.

Ahora quiero que me taladres el culo, para que vea ese pichafloja como se folla un culo, él nunca a sido capaz de metérmela en el culito.
¿Verdad, cielo que nunca has sido capaz de follarme el culito?
No, mi amor, nunca pude.
¿Ves?, este tío no sabe, pero tú sí sabes, ¿a qué sí?
Por supuesto. Si quieres le enseño como se hace.
Jajaja. Sí enséñale, seguro que se hace otra paja viéndonos.
Nos metimos en la habitación de matrimonio, para mancillar el lecho conyugal con una sesión de sexo infiel con consentimiento de ambas partes. Eso me hacía ponerme muy burro. La sensación de poder que tenía Marisa ante su marido y la sensación de ser utilizado para sus fines, me hacía sentirme enorme, ser alguien intocable y eso me gustaba.

Tumbé a mi amante en la cama boca arriba.

Primero quiero follarte el coñito un poco para ir mojando bien mi polla dentro de ti y que te vayas abriendo.
Sí, por favor, fóllame delante de mi querido esposo. Quiero que me vea disfrutar como una perra.
Comencé a follarla con agresividad delante del cornudo, empujaba con fuerza, la insultaba, le insultaba a él también, estuvimos un buen rato jadeando y sudando, hasta que en un momento ella me dijo algo que me dejó alucinado.

Pégame.
¿qué?
Que me pegues, coño. Pégame.
¿En la cara?
Sí, vamos, pégame.
Marisa estaba fuera de sí. Quería que le pegase. Nunca había pegado a nadie y no sé si sabré hacerlo, pero? todo es empezar.

La pegué con la mano abierta en la cara, no muy fuerte.

Noté como ella se convulsionaba, noté que le gustaba. Jamás había estado en una situación semejante. Volví a sacudirla, ya un poco más fuerte y ella reaccionaba con jadeos mayores y retorciéndose de gusto.

Seguí pegándola en la cara, la tenía roja. Yo pegándola delante de su marido, ella gozando y él impávido, sin inmutarse, con la polla a reventar. Les gustaba a ambos que yo maltratase a su esposa.

Le di otra bofetada, no eran muy fuertes, pero como ya llevaba unas cuantas, su cara estaba roja como un tomate, sus ojos saltones y cara de lujuria. Cuando le di la última estalló en una corrida increíble. Empezó a convulsionar, su coño parecía una fuente, no paraba de chilar ¡Diossssssssssss!, ¡me muero, me muero!

Yo seguí empujando para correrme con ella, pero no pude, apretaba tanto las piernas y se puso tan tensa que era incapaz de moverme, me tenía inmovilizado. Me araño, me mordió. Estaba como loca. Su orgasmo duró al menos un minuto largo. Fue indescriptible lo que conseguí con ella.

Cuando se relajó. Me miró, me besó como lo hizo en la calle, con dulzura, pasión y sensualidad.

Me sentí un poco raro, estando allí su marido que había sido espectador de la alucinante corrida de su esposa, pero rápidamente ella rompió esa situación diciendo:

Joder, cariño, nunca me había corrido así, no sabía que podría correrme así, casi me desmallo. ¿ves como tenía yo razón que no tienes ni puta de idea de tratar a una mujer como yo? A ver si aprendes, cornudo de mierda.
Ya lo veo, cielo, ha sido espectacular. Me ha encantado.
Pues si me dejáis que opine? jamás había visto correrse a una mujer como se acaba de correr la tuya.
Todos nos reímos y nos tumbamos en la cama. Al rato ella dijo que si tomábamos algo que estaba deshidratada. Yo dije que perfecto.

Ya en el salón los tres, desnudos?

Ha sido una velada fantástica, espero que podamos repetirlo en más ocasiones.
¿qué?, a ver si te crees que has terminado, guapito. Aún no te has corrido y queda pendiente que sodomices a mi mujer.
Jajaja, por mí encantado, pero no creo que ella esté para más sesión de sexo esta noche.
¿Pero tú que te crees?, tú no te vas de aquí hasta que se haga de día. Para una vez que pillo a un buen macho follador? tú no te vas tan pronto, dijo ella entre risas.
Joder, pero que para de viciosos sois. De acuerdo, pero en esta ocasión, quiero que Pedro me ayude.
¿qué propones?
Cuando descansemos iré a dar por el culo a Marisa, te mostraré como se debe hacer y cuando ya esté bien insertada? tú le vas a follar el coño. Quiero que tenga dos pollas dentro. Le dolerá si es la primera vez, pero como hemos descubierto esta noche, le encantará a la muy zorra.
¿Estás de acuerdo Marisa?
¿Tú crees que mi perrito estará a la altura?
Por supuesto, tu es que no has visto como tenía la polla de dura cuando te estaba follando. Seguro que no nos fallará. Yo confío en él.
Aclarado este punto, estuvimos tomando un refrigerio y unos frutos secos durante un ratito. Me levanté y me fui a su habitación sin decir nada. Yo actuaba como si fuera mía la casa.

Al ratito vino ella con una sonrisa picarona y detrás él a cuatro paras por todo el pasillo.

Venga perrito, ponte ahí y observa como es enculada tu mujercita.
Ella se puso a cuatro patas para que la sodomizara, pero?

No Marisa, no, primero tienes que estar muy caliente y excitada para que dilates bien, así que alguien tiene que comerte el coño y ese será tu marido. Vamos perrito, come el chochito de tu ama y lubrícamela bien.
Él, sin el mayor apuro, se subió al a cama y empezó a lamer el coño de su mujer. Lo hacía tan mal que le tuve que apartar.

Mira, inútil, mira como se hace.
Tomé las riendas y me agaché, empecé a pasar mi lengua por sus labios exteriores, y de vez en cuando pasaba por su clítoris aún hinchado. Notaba como respondía a mis caricias linguales.

Poco a poco me fui centrando en su clítoris, lo metí entre mis labios y succionaba despacio a la vez que empecé a meterle un dedo en su rajita, luego dos dedos y los movía acompasadamente.

Cuando lo creí oportuno metí un dedo en su agujerito trasero manteniendo los dos dedos dentro de su rajita. Ella dio un respingo. Lo tenía muy cerrado y lo apretaba al notar mi dedo hurgando en su ano.

Relájate, zorrita, no te pasará nada, relájate.
Empecé a mover los dedos en círculos, eso nunca falla, para relajar el esfínter y dilatarlo un poquito. Poco a poco empezó a dejarse llevar y relajarse.

La puse a cuatro patas y me mojé la polla con el gel lubricante y un poco en su culito. Metí dos dedos, ya en esa posición y descubrí que no hacía presión, ya la tenía lo suficientemente relajada para poder insertarla con mi polla.

Ahora acércate, cornudín. Mira como se la meto. ¿ves?, poco a poco, observa.
Así es como tiene que estar el culito. Bien preparado

Ahora se pone la punta en el agujerito, ¿ves?
y poco a poco se va metiendo la punta primero

Hasta poder meterla entera. ¿Has captado la idea? Y ella ni se ha inmutado.
Mentira, jajaja, ella si que se inmutó, se quejó un poco al principio, pero según iba entrando mi polla despacito iba abriéndose ella el culito para que la metiese entera y hasta el fondo.

Una vez bien metida comencé a moverme para ir follándola y que su agujerito se fuese dilatando y amoldándose a mi polla, cosa que conseguí en poco tiempo.

Seguí así un rato, escuchando los gemidos de ella y los sonidos que hacía él mientras se masturbaba. Marisa no podía decir nada, estaba concentrada en sentir mi polla dentro que no podía decirle a su marido lo cornudo y mierda que era, pero seguro que lo estaba pensando.

Cuando ya noté que su culo estaba bien abierto y mi polla entraba y salía perfectamente, le hice darse la vuelta, para que Pedro pudiese ver bien como tenía mi pollón bien insertado en su culo y su coño a disposición para qué posteriormente él ingresara su pollita dentro del coño de la puta que tenía por esposa.

Él casi se corre de ver a su mujer siendo sodomizada por una polla desconocida y lo fácil que me había sido doblegar el ano virgen de su mujer.

Le dije que se pusiera encima y que se la metiese en el coño.

Me voy a morir si me la mete, lo juro me muero. Dijo Marisa, ya empezando a estar fuera de sí otra vez.
No hagas caso, y fóllatela, como un buen macho, venga campeón.
Lo intentaré. Estoy muy excitado.
Pedro se montó encima y poco poco noté sobre mi polla una presión. Era la suya entrando en la vagina se su señora, estaba metiéndole su herramienta con mi polla dentro se culo.

Ella no dejaba de gritar que se moría de placer y él empezó a moverse ala compás. Yo noté como si me estuviera haciendo una paja con su polla, notaba perfectamente su polla rozar con la mía atracés de las paredes vaginales de Marisa. Estaba inmovil por el peso de los dos, pero muy excitado.

La presión de las dos pollas dentro de Marisa yla sensación de estar llana, hizo que la zorrita estallase en otro orgasmo convulsivo y más bestial, si cabe que el anterior. No dejaba de apretar con el culo, la vagina, las piernas. Haciía tanta fuerza con todo su cuepro que pensé que me rompía la polla y en ese momento estallé en un orgasmo bestial. Empecé a correrme y agitarme con ella y Pedro no pudo contenerse y se corrió con nosotros.

Hubo golpes, codazos, movimientos, pero en ese estado de euforia solo sentimos placer y como si una fuerza superior nos poseyese a los tres a la vez.

Cuando nos desenganchamos de la posición. Auqelló parecía un desembarco. Que pasada de follada, que pasada de noche, que pasada de sexo, que pasada de pareja.

Lo cierto es fue una de las mejores noches que lo he pasado con una pareja y solo espero que Marisa se quede preñada, de mí o de su marido, y hagamos cosas ?diferentes? entre los tres.

De momento lo estamos intentando. Ella quiere quedarse en cinta, espero que lo consigamos y experimentemos todos la vida de un corneador, un cornudo, y su zorra esposa que le ama con locura.

La primera cita en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

La primera cita en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

La primera cita en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

» VER INTERPRETACION (HD): La primera cita en Relatos eroticos de Infidelidad

La primera cita en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

Videos Pornos Relacionados:

Tags: , , , , , , ,

No hay edad para un orgasmo en Relatos eroticos de Maduras

Video Porno de: Maduras

abril 20th, 2014 >> Relatos Eroticos

No hay edad para un orgasmo en Relatos eroticos de Maduras (relatos eroticos )

» Relato Erotico: No hay edad para un orgasmo en Relatos eroticos de Maduras

No hay edad para un orgasmo en Relatos eroticos de Maduras (relatos eroticos )

No quería irme a la tumba sin cumplir dos de mis sueños más deseados, viuda de mi amado pero zafio y bruto Nicasio desde hace la friolera de doce años y a punto de cumplir los setenta me propuse llevar a cabo esa idea que me rondaba la cabeza desde hace meses y no era más que fumarme un porro y acostarme con un negro, pido disculpas si alguna persona de edad se siente avergonzada con mi lenguaje pero soy una mujer de campo venida a la ciudad que estudió lo justo y que para colmo nunca supo nada de la sexualidad y lo poco que he aprendido lo he hecho a través de lo que he descubierto por Internet porque si es por mi Nicasio yo me voy a la tumba sin saber que es tener un orgasmo, del mismo modo pido disculpas a todos aquellas personas de color que se pudieran sentir ofendidas pero no es mi intención faltarles; descubrí casi por casualidad que acariciarme a mi misma me llevaría a un goce del que no creía que existiese palabra para describirlo y a partir de ahí fue un no parar, casi podría decirse que era una jovenzuela en busca de pastor para que me cubriera y eso que estoy seca por dentro desde hace muchos años, lo que no quiere decir es que por el hecho de que haya nieve en lo alto del horno no significa que no haya brasas en el interior y vaya si las había, mmm.

Una vez decidí llevar a cabo mi plan, busqué en muchas páginas de Internet de contactos sin saber si lo que encontraría sería lo que deseaba o no, como una ya es ?abuela? y con el colmillo revenido, antes me di de alta en foros para saber como debía buscar y hallar lo que necesitaba, no fue complicado pero si laborioso, seleccionar un ?semental? negro que me diera placer al principio fue una locura, de haber hecho caso a todo lo que decía en las fotos o anuncios hubiera sido de locas y al final me di de alta en un portal de citas de pago y busqué entre todos los candidatos, de entre los cerca de cien que vi me quedé sólo con tres y rápidamente les envié un pequeño correo a modo de formulario, no era complicado, les preguntaba si querrían fumarse un porro conmigo y si luego me harían el amor, como soy muy honrada les dije mi edad, les mandé una foto y les pregunté sus tarifas, espere a sus respuestas ansiosa y casi al borde de un colapso porque no sabía si responderían me preparé, reconozco que quería ser sincera, en mi foto podían ver a una mujer de 1.65, es decir alta para mi generación, de 58 kilos es decir que muy bien porque me cuido pero a la que colgaban las pieles de los brazos y sus muslos ya no lucían tersos y firmes, mis pechos pequeños gracias a no ser demasiado pesados la gravedad no les había hecho un estropicio y no lucían demasiado mal; a primera vista, podría depilarme por primera vez en mi vida para esa ocasión, cosa que pensaba hacer porque había leído que se sentía más, a todo ello lo acompañaba con unos ojos color miel y un cabello teñido de castaño porque una es madura pero muy coqueta, jeje.

A los tres días recibí la primera de las respuestas y dos días más tarde la otras dos, una de ellas la desestimé o mejor dicho, me desestimaron a mi por ser demasiado mayor para ese formidable macho que había seleccionado, pero tampoco me importó porque de las dos que si me respondieron las dos me satisfacían, me propuse decidirme por cual de los dos y tas pensarlo creo que no más de medio minuto opté por el más caro de los dos pensando que sería una garantía de un mejor sexo, quizás equivocada pero mi Nicasio me dejó el bolsillo bien cubierto y que porras, una alegría es una alegría, ays si mis hijos me vieran, prefiero no pensar en ello.

El elegido era David, un morenazo de 1,80 y que en canal como un cochino en la matanza pesaría 75 kilos, 75 kilos de hombre fibroso y musculoso, negro azabache casi azul dotado como nunca pensé que un hombre podría estarlo, no sabría decir cuanto medía pues yo mido en palmos o con el metro de coser y en la foto puesta hacia arriaba a David le pasaba el ombligo, uys, perdonar a esta vieja que se sobresalta pensando en ese miembro. Le di el visto bueno y le pedí el favor de que accediera a traerme un porro para que me lo fumara con él, David no se extrañó de mi rara petición y me dio su dirección y su tarifa; no se si sería su costumbre pero me dijo que el me invitaba a tan divertida sugerencia y a su vez yo le dije que me sentiría más cómoda y segura en mi casa; le facilité mi número de teléfono y acordamos la fecha, el sábado siguiente a las 8 de la tarde le esperaba en mi casa, ays que nervios, todavía me tiemblan las rodillas, en fin, ahora os cuento como fue mi cita.

El día previsto unas horas antes me di un baño relajante y procedí a usar crema depilatoria por las partes de mi cuerpo que pensé que debía usar, imprudentemente no la puse antes sobre mi piel para comprobar si me quemaba o no pero la fortuna me sonrió y no tuve sobresaltos, con la máquina de afeitar de mi difunto Nicasio apuré los pelillos que pude con un pequeño espejo y me puse lo más guapa que sabía; el resultado es que parecía al menos una mujer de sesenta y muy atractiva, no recurrí a colores de mujer de mala vida porque me parecía demasiado atrevido pero si a un vestido con gasa que me resultaba coqueto y sensual a a vez. Nerviosa como estaba, me senté a esperar y mi ansiado David llegó con algunos minutos de retraso, ays mis nervios, bueno, la espera valió la pena, muy atento David se disculpó y me trajo un clavel a modo de presente, nos dimos dos besos y le hice pasar al salón a la vez que le preguntaba si deseaba tomar algo.

Hola, soy David, ¿eres Ana?

Si, pasa, uys que hombretón, pasa pasa, no te quedes fuera.

Que sorpresa, eres más guapa que en las fotos, dijo de forma zalamera

Eso se lo dirá a todas, dije coqueta, toma esto es lo que acordamos, comprueba que esté bien, ¿quieres tomar algo? Dije mientras le daba el sobre con la cantidad acordada sin caer en que semejante hombre podía darme un golpazo, robarme la casa entera y violarme si le daba la gana.

Si tienes agua fría me viene bien, pero siguieres que compartamos juntos ese ?encarguito? un poquito de ron solo nos vendría bien, dijo con una sonrisa que dejaba ver unos dientes blancos como la nieve y unos labios carnosos que ansiaba que me besaran.

Jiji, ahora la traigo, siéntate, ponte cómodo.

Me fui a la cocina a la velocidad de un galgo y cuando volví con el ron, dos vasos y el hielo, David me esperaba con un par de cigarrillos liados sobre la mesita del salón.

Me senté a su lado y poniendo su mano sobre mi rodilla, me dio un suave beso en los labios pillándome desprevenida, uff que respingo di.

Ay David, que susto me has dado

¿Te he asustado? ¿no te gusto?

Si, si, perdona, es que estoy muy nerviosa

Tranquila, no me como a nadie, bueno si, a ti si pero muy despacito, me dijo acercándose suavemente hasta ponerse frente a mi y volver a besarme de nuevo pero ahora de forma mucho más erótica, vamos aprobar este porro que te traigo, ¿no has fumado nunca antes?

Pues no, ni porros ni tabaco

Vale, pero no aspires muy profundo porque si no toserás

Encendió el porro y dio una calada profunda y expulsando el aire al aire de una forma arrebatadoramente sexy y me lo pasó.

Recuerda, suave, no aspires demasiado fuerte, y pasándome el porro dio un sorbo al vaso de ron que le había preparado.

Di mi primera calada, un chorro de aire caliente me entró por los pulmones achicharrándome por dentro y me puse a toser como una tísica.

Cof, cof, cof

Ves, las prisas, no debes ser tan ansiosa, dijo quitándome el porro de entre los dedos y acariciando mi espalda lo puso en un cenicero y me dio a beber de su vaso.

Yo puse mis labios en la marca que el había dejado y bebí despacito, y ahora otro chorro ardiente me atravesó el gaznate.

Ays perdona a esta vieja, dije avergonzada

No te apures, mira yo creo que esto lo podemos dejar para luego, para cuando estés más relajada, ¿te parece?

Si, me parece bien, estoy nerviosa como una niña el día de reyes, ¿necesitas algo antes de hacer, ejem?

Nada, una toalla para lavarme un poco antes y acompañarte al dormitorio donde te veo en un decir atchis.

Nos levantamos y siguiéndome le llevé hasta el cuarto de baño donde le di una toalla limpia y me fui al dormitorio a esperarle.

Sentí el ruido del agua caliente mientras abría el lecho donde había yacido con mi difunto Nicasio muchas veces dispuesta a ponerle unos cuernos en toda regla, me desvestí pero quedándome en ropa interior y una pequeña bata de gasa porque me daba vergüenza que me viera, dejé una luz de penumbra y cuando estaba retirando la colcha entró David en el dormitorio, con la toalla sobre los hombros y con su sexo al aire, uf que temblores, era más grande de lo que había imaginado.

Está a tiempo de que me marche

No David, quédate, eres un ser perfecto

Y antes de que volviese a decir nada sus enormes y negras manos me atraparon llevándome hacia el y darme un beso en la boca en la que metió una cálida y húmeda lengua hasta lo más profundo de mi, su lengua roja me abrasaba tan calidamente por dentro que casi me desmayo y sin percatarme que me cogía en volandas hasta colocarme sobre la cama aferrada a él como una serpiente.

- No pienses en nada, déjate hacer, voy a tratarte como una reina.

No dije nada y me dejé hacer, sus hábiles dedos me sacaron la batita de gasa dejándome en bragotas y sujetador, un conjunto negro que había comprado para la ocasión y que hacía un homenaje a ese cuerpo de atleta que me iba a poseer.

Su cuerpo desnudo se movía suavemente al lado del mío y colocado a mi lado me vi mirándome a sus ojos mientras sus manos me despojaban de toda la vergüenza que me quedaba y sin ropa interior.

Mis manos seguían acariciando un palpitante pecho negro que parecía tallado en piedra y tomando mi mano derecha, la llevó hasta su pene, yo seguía nerviosa pero cada vez me movía con menos torpeza y sentir su inmenso miembro en mi mano me dejó sin respiración, creo que David se dio cuenta y sonriendo maliciosamente besó mi cuello y empezó a acariciarme creo que hasta la sombra que hacía mi cuerpo en el lecho porque me sentía llena de él; sus carnosos labios me comían tanto por dentro como por fuera y ya solo podía guiarme por lo que sentía mi piel porque mis ojos estaban cerrados a ver pero completamente abiertos al placer, no se si el poco alcohol que había bebido o la calada al porro que había dado pero me vi clavando mis dientes en el hombro de David como una leona.

No se como debe moverse un profesional del sexo pero David parecía saber todo lo que yo quería, cuando lo quería y como lo quería.

Sus dedos se movían con una delicadeza absoluta, acariciando mi piel que se erizaba de placer con solo imaginar que me iba a tocar, su lengua leía los poros de mi piel y su sexo aumentaba de tamaño preparándose para penetrar mi alma hasta lo más profundo. Abrió con dulzura mis muslos con su mano izquierda y mientras lamía mis pechos fue colocándose entre mis piernas cada vez más abiertas, mi sexo sexo por décadas empezó a sudar o eso creí yo al contacto con el pecho y abdomen de David que bajaba bien lento recorriendo mi torso besando mis pezones, mi ombligo, mi pubis recién arreglado, cerré mis piernas en torno a su cuerpo en un intento de que no se escapara pero su fuerza me hizo desistir, tenía esa necesidad vital de que me poseyera, que me atravesara y sentirle dentro de mi pero David debía saber que era mejor esperar un poco más y posó sus labios sobre los labios de mi vagina, su lengua pasó suavemente entre los labios y por primera vez en mi vida supe lo que era el sexo oral, como podía haber vivido tanto tiempo sin disfrutar de semejante experiencia, esa lengua fue abriéndose paso poco a poco levantando cada rincón de mi vagina mientras sus dedos exploraban mi vagina doblándose y retorciéndose dentro de mi, su largo dedo corazón tocó algo dentro de mi y una oleada de placer me inundó por dentro, no se que era, pero un espasmo me subió por la espalda desde mi sexo hasta mi cabeza en un latigazo de algo más de medio minuto que me afectaba hasta los dedos de mis pies que se crisparon como si me hubiese dado un tirón estando acostada; David sintió mi espasmo y bajó la intensidad pero sin perder el contacto con mi sexo, poco a poco mi respiración fue calmándose sin saber que me había pasado, mi pecho se iba relajando y mis manos que se habían aferrado a mis pechos apretándolos como para sacar la poca leche que me quedase fueron aflojando su presión hasta soltarse y llevarlos a la cabeza de mi oscuro amante.

Pocos minutos más tarde David pareció encontrar algo que nunca sospeché que tuviese, escondido entre los labios de mi vagina tocó algo que me volvió a estremecer por dentro, de forma distinta, más ardiente y el contacto de su lengua sobre esa parte de mi me estaba volviendo loca y eso que todavía no me había penetrado, jugó conmigo, primero la punta de su lengua, la parte suave de su lengua, la parte áspera de su lengua, su lengua, su lengua, ese pedazo de carne creado para dar placer de David me aceleraba el pulso, el calor interior; oleadas de placer me volvían a arrebatar, no podía comprender que me estaba pasando y que era eso que me hacía gemir como una gatita; mis piernas parecían tomar vida propia temblando cada vez que me tocaba con sus labios o su lengua; no era capaz de poder focalizar el placer en un solo lugar porque sus manos me acariciaban hasta la entrada de culo, si, mi culo, ese sitio por el que solo sale suciedad; daba lo mismo, no dio tiempo a que pensara en nada más porque esa oleada de placer que me había invadido como una condenada a la hoguera me volvió a llevar a un estado de ceguera absoluta y abandono de mi; apreté mis manos contra su cabeza llevando la boca de David hacia mi sexo, que no me abandonase y por segunda vez me sentí húmeda y llena de felicidad, las sábanas de mi cama estaban siendo testigos de un combate que nunca antes habían visto porque mis encuentros con mi difunto eran más un combate que lo que yo estaba disfrutando ahora.

Creo que no dije nada, solo se que me faltaba el aire, el placer me desbordaba y hasta mis orejas estaban tan sensibles que podía haber tenido un orgasmo con solo decir mi nombre esa noche mi deseado David; un amante paciente que levantó su mirada para ver como me estremecía pero que no decía nada, porque creo que no había nada que decir; se puso a mi lado y puso su pierna entre las mías y me besó calmando mis ansias de aire, me insufló energía de nuevo. Se colocó sobre mi y cogiéndome por la espalda me incorporó hasta colocarme sentada sobre él, su sexo inhiesto estaba pegado en mi sexo, subiendo entre el poco espacio que quedaba entre su cuerpo y el mío mientras yo le abrazaba pegándome a él todo lo que podía, sentía en mi abdomen su pene palpitante y esperaba ansiosa sentirlo dentro, ya no tenía miedo si me rompía por dentro o no, le quería sentir plenamente y no pensé en protecciones o no protecciones, ¿quién iba a pensar que me dejasen embarazada a mis años? ¿y eso de las ETS?

No se, cuando me elevó lo suficiente como para colocar la punta de su pene en la entrada de mi coño no pensé en nada, mientras me besaba con dulzura dejó que mi propio peso fuera la fuerza que me hiciese sentirle dentro de mi, un instante eterno de placer que me abría por dentro hasta llegar hasta sentarme sobre sus muslos, todo su miembro estaba dentro de mi, solo podía gemir, gemir y gemir, mis ojos cerrados y mi cabeza echada hacia atrás en una imagen de abandono total eran todo un poema.

David me cogió en volandas y me echó sobre la cama, ahora descargaba todo su peso sobre mi, le sentía cada vez más dentro, comenzó un lento movimiento de sus caderas saliendo de mi y volviendo a entrar, mis piernas s se aferraban y cada vez que llegaba hasta mi sus muslos chocaban con el interior de los míos en un ruido seco, círculos de su cadera me estimulaban por todo mi interior o sacaba del todo su pene y volvía a meterlo de un golpe, era un repertorio de doctor del sexo, mi boca entre gemido y gemido se encontraba de vez en cuando con la boca de David y mis uñas se clavaban en su espalda como una gata salvaje, esta vez el placer se hizo esperar un poco más, no se si porque me descubrió partes de mi cuerpo que desconocía o porque yo misma me contuve, da igual, recuerdo que cuando empecé a moverme en la web de contactos todas las experiencias hablaban del tamaño del pene, pero yo estaba descubriendo que David me estaba haciendo el amor hasta con las pestañas, todo su cuerpo me estaba dando placer, ya fuese con su precioso y enorme miembro o con sus hábiles labios o sus no menos diestras manos.

La última oleada de placer de mi encuentro con David me estaba inundando, era más contenida, menos juvenil que las anteriores, mis manos acariciaban ahora su espalda con dulzura y notaban como el mismo se crispaba, sus músculos se volvían cada vez más duros y mi memoria se acordó del torpe de mi difunto esposo, un chorro de semen me inundó por dentro, cuatro chorros de leche blanca caliente me llenaba a la vez que su pene descargaba toda la tensión que había acumulado dándome tanto placer. Cuando sentí su último espasmo, David se quedó dentro de mi resoplando como un búfalo mientras empujaba con fuerza tratando de atravesar mi cuerpo; ese Adonis negro musculoso, de labios carnosos y cálidos me estaba saciando de todo lo que no había conocido que el negocio de contratarle me pareció una ganga.

Con movimientos dignos de un felino de la selva se separó de mi sin perder del todo el contacto con mi cuerpo y sin dejar de mirarme, que escalofríos sentía cuando esos ojos me penetraban, brr, sonriendo volvió a acariciarme y besándome puso la palma de su mano sobre mi ardiente y mojado sexo y empapando su mano me sonrió y me confirmó que realmente me había tendido varios orgasmos.

Discretamente se levantó y se dirigió a la ducha, pensaba que me iba a dejar en la cama para que disfrutara de lo que habíamos hecho juntos pero me tomó de la mano y me llevó a horcajas hasta la ducha con él mientras su lengua volvía a meterse dentro de mi; pero lo que hicimos en la ducha después forma parte de lo que contaré en otro momento, pero que sepáis que un agujero que nunca pensé que pudiera penetrarse por sucio, fue dulcemente penetrado por un miembro digno de un museo y con la destreza de los que saben meterla, si tu eres uno de ellos, quizás me encuentres en las páginas de contactos.

No hay edad para un orgasmo en Relatos eroticos de Maduras (relatos eroticos )

No hay edad para un orgasmo en Relatos eroticos de Maduras (relatos eroticos )

No hay edad para un orgasmo en Relatos eroticos de Maduras (relatos eroticos )

» VER INTERPRETACION (HD): No hay edad para un orgasmo en Relatos eroticos de Maduras

No hay edad para un orgasmo en Relatos eroticos de Maduras (relatos eroticos )

Videos Pornos Relacionados:

Tags: , , , , , , ,