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La doctora infiel 11 Final en Relatos eroticos de Infidelidad

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enero 16th, 2014 >> Relatos Eroticos

La doctora infiel 11 Final en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

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La doctora infiel 11 Final en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

En fin? No necesito decir al lector que tuve que practicarle sexo oral nuevamente, esta vez arrodillada en el interior de un probador. Tampoco necesito decir que tuve que comprar el conjunto de lencería y, una vez más, pagar en efectivo para evitar el que mi nombre quedara involucrado y expuesto en una compra con tarjeta?, con la tarjeta de Damián, por cierto, de la cual yo tenía una extensión. Nos intercambiamos, por supuesto, los números de celular con la vendedora; lo cómico del asunto fue que ni siquiera le pregunté su nombre al momento de agendarla y recién entonces caí en la cuenta de que en realidad nunca lo había sabido, no sé si por no haberlo oído jamás o quizás porque, en el supuesto caso de que Franco lo hubiese mencionado, mis oídos, selectivamente, se habían negado a registrarlo: una especie de mecanismo de defensa. Pensé en preguntárselo directamente a ella pero finalmente no lo hice; se veía que mi negación, si era tal, seguía operando, así que la terminé agendando como ?zorrita puta?. Ella me dijo que veía a Franco esa misma noche (lo cual era, en ese contexto una noticia excelente pero a la vez y, como siempre, me llenaba de odio y de celos), así que quedé a la espera de un llamado o de un mensaje. No lo hubo, ni esa noche ni al día siguiente?

La ansiedad y la desesperación me carcomían por dentro. ¿Qué hacía esa puta que no llamaba? Al día siguiente ya no pude esperar más y yo misma le envié un mensaje de texto, tratando de redactarlo del modo más amable que fuera posible: ?Hola, ¿cómo estás¿ Perdoname que te moleste pero al final, ¿lo viste a Franco? ¿Hablaron sobre eso??. Pasaron como veinte minutos y no hubo respuesta: los veinte minutos, les puedo asegurar, más largos de mi vida. Cuando finalmente sonó el ringtone de mi celular anunciando la entrada de un mensaje de texto no pude evitar dar un salto por la ansiedad y la emoción. Al abrirlo para leer, el alma se me vino al piso: ?Ah, hola, ¿qué tal? Sisisisi? Perdoname que me colgué en avisarte. Dice Franco que el bebé no es de él?.

Así de fría la respuesta. La desazón que se apoderó de mí fue tan grande que hasta se me cayó el celular al piso. De todos modos y pensándolo fríamente, ¿qué podía esperarse? Era terriblemente ingenuo suponer otra cosa. Es más: ¿sería realmente quien Franco había dicho eso? ¿O tal vez la turrita, lisa y llanamente, no le habría dicho una sola palabra? Ambas alternativas eran posibles, pero, en cualquiera de los dos casos, el efecto sobre mí era el mismo: allí estaba, utilizada por una vendedora y abandonada con un niño en el vientre por un muchachito que, muy posiblemente, ya no quisiese saber nada más conmigo en su vida. ¿Y ahora? ¿Cuál debía ser el siguiente paso?

Casi no cruzaba ya palabras con Damián. ¿Me iba a aparecer como si nada a engañarlo diciendo que esperaba un hijo? Estábamos, por cierto, en el peor contexto de pareja posible como para hacer eso. Durante los días siguientes estuve terriblemente nerviosa; probé salir a caminar, ir al gimnasio, pero nada funcionaba como elemento de distracción. Más aún: por todos lados me daba la sensación de que la gente me miraba como si estuviese al tanto de mi historia y hasta supiera que llevaba una vida en mi interior. Más seguridad me otorgaba dar vueltas en el auto; al menos, cuando se va a una cierta velocidad, no es tan posible que la gente se detenga a mirarte y menos todavía cuando tu coche tiene vidrios polarizados. A veces salía de noche, como si ya ni siquiera me importara dar excusas a Damián. Un par de veces pasé, por supuesto, por lo de Franco, en una de las cuales paré el auto y me quedé allí, en la nada, acariciándome el vientre.

No sé en qué momento ocurrió. Fue todo tan rápido que ni llegué a darme cuenta de nada. La puerta del acompañante se abrió súbitamente; giré la cabeza para ver a alguien ingresar al vehículo pero ni tiempo tuve de asimilar la información porque en ese preciso instante alguien abrió también la puerta, lo cual me hizo hasta perder el equilibrio puesto que tenía el codo apoyado en la ventanilla. Alguien me tapó la boca con una pesada mano mientras otro me atrapaba con un abrazo envolvente. Intenté gritar, pedir auxilio, pero fue inútil: no lograba emitir sonido alguno, tal la fuerza con que me mantenían tapada la boca.

?Ssssh, quietita? y tranquila? ? escuché decir a alguien.

Yo casi no podía ver sus rostros debido a la falta de luz en el lugar en el que, para mayor discreción, había estacionado el auto. No obstante, se notaba que eran tipos mayores, tal vez de cincuenta y tantos años, así como también que se movían con un cierto profesionalismo o experiencia. Uno de ellos me amordazó dándole varias vueltas a una cinta alrededor de mi boca y de mi nuca; me trajo a la mente el recuerdo de cuando había sido amordazada por la gordita lesbiana en el colegio pero estaba bien claro que esto era absolutamente distinto? y aterrador. Me pusieron mis muñecas a la espalda y me las ataron con gran rapidez y sorprendente habilidad; una vez hecho eso, me levantaron como si fuera un bulto y, mientras uno de ellos pasaba a ocupar el lugar del conductor que me habían hecho abandonar por la fuerza, el otro, en el asiento del acompañante, me sentaba sobre su regazo y con sorprendente tranquilidad, se dedicaba a acariciarme las piernas. El auto arrancó; doblamos por varias calles, todas oscuras; yo sólo rogaba porque alguien nos viera… ,pero nadie, no había nadie. No dejaba de sorprender el grado de impunidad con que ellos se manejaban ya que ni siquiera habían tenido el cuidado de echarme al asiento trasero o en el baúl de las maletas. Claro, tonta,? ¿para qué iban a hacerlo? El polarizado de los cristales, aunque leve, jugaba a favor de los secuestradores. ¿Secuestradores? Sí, tonta, me dije en un terrible acceso de indescriptible pánico: te están secuestrando? ¿Todavía no te diste cuenta?

Los tipos ni siquiera trabajaban con la cara cubierta; estaba bien obvio que conocían bien su trabajo o que gozaban de la suficiente impunidad como para practicarlo sin obstáculos. ¿Adónde me estaban llevando? ¿Se trataba del auto? ¿Sería eso? ¿Ladrones simplemente? De ser así, seguramente me abandonarían en algún descampado y seguirían con el vehículo. ¿O su plan sería más ambicioso e incluiría encerrarme en algún cuchitril por algún barrio periférico para pedir rescate? ¿Pensaban en violarme? Por cierto, la lascivia demostrada por el que me tenía sobre su regazo no ayudaba a pensar en otra cosa. No paraba de tocarme las piernas y de franelear mi cola contra su bulto, contoneándose y haciéndome mover de tal modo de imitar una penetración.

?Le gusta? ¿No, doctorcita? ? me decía, burlona y asquerosamente -. Nosotros ya estamos bien informados eh? Sabemos muy bien que le gusta mucho la pija??

?Vendale los ojos, pelotudo?? ? intervino el que iba conduciendo el auto, tal vez molesto con su compañero o quizás resentido por no poder tocar tanto, al tener que conducir. Así y todo y sin dejar el volante, arrojó un par de manotazos para tocarme; lo hizo con mi rodilla, luego con una teta; por último se dedicó a masajearme la concha. El otro, entretanto, me vendó los ojos y ya no pude ver más nada; lo último más o menos conocido que registré fue que cruzábamos por uno de los puentes debajo de la General Paz: habíamos salido de capital y estábamos en provincia, por lo tanto. Y la pregunta seguía en pie: ¿adónde me llevaban? ¿Pensarían en matarme? La idea me producía tal escalofrío que sentía la necesidad de hablarles; hubiera deseado no tener la mordaza sobre mi boca para decirles que si lo que querían era violarme, que simplemente lo hicieran pero que, por favor, no me hicieran nada más. ¿Y qué tal si el plan de esos tipos era completo y pensaban robarme el auto, violarme y matarme? Todos los días se leían noticias de ese tenor en los diarios: ¿por qué mi caso debía ser la excepción?

Sin dejar nunca de apoyarme, el que me tenía sobre sí se dedicó a sobarme las tetas sin delicadeza alguna a la vez que me daba largos y repugnantes lengüetazos por sobre mi rostro. Yo me removía y sacudía de todas las formas posibles; quería librarme pero me era imposible y, por el contrario, parecía que mi captor gozase aún más en la medida en que yo me resistía. Quería hablar, pedirles por favor que se detuviesen, decirles que tenía un hijo en el vientre; quizás eso los apiadaría de algún modo. En eso sonó un celular; provino desde mi izquierda, así que le había sonado al que conducía.

?Sí, ssssseñor ? dijo, remarcando bien las palabras una vez que contestó ? ya la tenemos y la llevamos para la clínica, je? Y? más vale, papá? vos pagás por un trabajo y nosotros lo hacemos? Y? eh, ahí está; se resiste un poco la yegüita pero la tenemos en ablande, jaja? Entendido? Sí, sí, deciles que en? no sé, media hora, estaremos por ahí? cuarenta y cinco minutos a más tardar? Ok, estamos al habla? y tranquilo que va todo bien??

Yo ya no cabía en mí del terror que sentía. ¿Con quién había hablado? Lo de ?papá? había sido, claramente, un trato más callejero que familiar. Fuera con quien fuese, resultaba harto evidente que me estaban secuestrando y que todo respondía a un plan. ¿Cuál era ese plan? Imposible saberlo; en ningún momento habían hablado nada de dinero o de pedir un rescate pero cabría también suponer que no dirían mucho por teléfono o en mi presencia. En mi desesperación, vendada y amordazada como estaba y vejada como lo estaba siendo, intenté hacer una lectura positiva de esa posible ?reserva? al hablar: si no querían decir mucho en mi presencia, bien podía significar que no tenían en sus planes matarme. Al menos…, no por ahora?

No sé durante cuánto tiempo anduvimos en la noche. El que conducía había hablado de media hora o cuarenta y cinco minutos pero me dio la impresión de que fue más. No pararon de divertirse en ningún momento a mi costa, toqueteándome y franeleándome en las partes más íntimas y del modo más inmundo imaginable. Ya para esa altura yo comenzaba a pensar que, después de todo, si me mataban, sería lo mejor que podría pasarme. Vaya a saber qué era lo que me esperaba. Habían hablado de una clínica? ¡Una clínica! ¿Qué era lo que tenían en mente para mí aquellos dos monstruos o el psicótico degenerado que había hablado por teléfono con el conductor un rato antes? De pronto el auto se detuvo?

?¿Qué pasa? ? preguntó el que me tenía sobre sí -. Ya estamos a un par de cuadras, ¿o no? ¿Por qué paramos acá??

?Ssssh, esperá pelotudo ? le calló el otro -. Estaba pensando que en un ratito tenemos que entregarla y si vamos a jugar un poquito con ella el momento es ahora porque después no vamos a poder?

?Tenés razón. Cuando salga de ahí va a estar inservible y, además, me parece que en cuanto nos paguen la platita, nos dan el raje?

¿Inservible? ¡Dios mío! ¿Qué pesadilla me esperaba en esa ?clínica? de la que habían hablado.

?Muuy bien ? dijo el conductor, en tono de falsa felicitación -. Lo entendiste, la concha de tu hermana? Ahora, allá nos están esperando y si tardamos mucho es como que se van a impacientar??

?Hmmm?, sí, ¿entonces??

?Entonces? lo que yo digo es que no hay tiempo para que nos la cojamos los dos. Para hacerlo rapidito vamos a tener que hacer el dos por uno??

?Jejeje ? rió el que me tenía atrapada, acercando deliberadamente su boca a mi oído y arrojándome una bocanada de aliento fétido; estaba claro que no debía cepillarse los dientes jamás -. El dos por uno??

?Bueno? – dijo el otro -, va a haber que sacarle la mordaza entonces??

?¿Y la venda también??

?No, pelotudo? No necesita ver para tragarse una pija??

?Jejeje, es cierto ? recibí una palmada en la cola -. Bueno, entonces, ¿quién se la coge por la boquita y quién por la conchita??

El dos por uno? Ahí fui cuando entendí todo. Manejaban un cierto lenguaje carcelario, ya que así se conoce a un beneficio que se le otorga a algunos condenados a través del cual, en casos de buena conducta, un año de condena cumplida se computa como dos… De todas las locuras vividas hasta el momento desde el día en que Franco entró a la revisación, ésta era, sin dudas, la peor. Por mi cabeza desfilaron mil imágenes, incluso la del propio Franco, la de Sebastián, Jona, el playero sin nombre, Damián, mis padres, mis profesores en la Universidad? ¡Dios! Cómo deseaba que alguien de todos ellos pudiera estar allí para ayudarme, pero? la realidad era que yo me hallaba a merced de dos maníacos dentro del habitáculo de mi auto en algún lugar impreciso del conurbano en donde la posibilidad de recibir auxilio de cualquier tipo se reducía virtualmente a cero.

?Vamos a lo más simple y corto ? sugirió el que conducía -, así como la tenés, es más fácil que me chupe la pija y vos encargate de pegarle un garche??

?Jejeje, me gusta, me gusta la idea ? otra vez el aliento fétido sobre mi rostro e incluso me pareció sentir algunas gotitas de baba cayendo sobre mi hombro y mi cuello -. Pero? vamos a hacerla mejor? – me apoyó una mano en el vientre -. La doctora espera un bebé, ¿verdad? Una mamita muuuy sexy? Para no hacerle daño en la pancita, me la voy a coger por el culo, jaja? Es buena idea, ¿no??

Otra vez el asqueroso lengüetazo en pleno rostro. Yo no salía de mi espanto ni de mi asombro. ¡Sabían todo! ¡Estaban al tanto de mi embarazo! Por debajo de la venda, los ojos se me llenaron de lágrimas. Sin ninguna delicadeza, alguien me arrancó la mordaza haciéndome emitir un grito que, al parecer, no les preocupó en demasía. O no había nadie alrededor o bien se movían en un área, para ellos, protegida. Con violencia me tomaron por los cabellos y empujaron mi cabeza hacia abajo hasta que sentí en mi trompa el contacto con una verga maloliente que, deduje, sería la del conductor. Mientras ello ocurría, el otro hurgueteaba con sus dedos por debajo de mi falda y se encargaba de bajarme la tanga para, acto seguido y sin lubricación alguna, empalarme por el culo.

Yo no daba más. Ya no sabía cuál dolor era peor, si el físico, el psicológico o el espiritual. Me sentí más degradada que nunca: aquello que me estaba ocurriendo hacía creer que todo lo que había sucedido hasta entonces era nada más que un simple juego de niños. Ni caminar en cuatro patas para llevarle el dinero a Franco, ni ser sometida a todo tipo de manoseos y tratos por parte de una adolescente lesbiana, ni ser el objeto de diversión de cuatro adolescentes alcoholizados y drogados, ni ser desnudada por una vendedora de tienda a la cual tuve luego que practicar sexo oral: nada de eso, ni mínimamente podía parecerse a lo que me estaba tocando vivir en ese momento dentro de mi propio auto. Allí no había ninguna tormenta interna; no estaban el sí y el no librando una batalla campal en mi interior: yo sólo quería salir de ahí?

?Vamos, vamos, putona? Así, haceme acabar? ? decía el que ahora tenía su pija dentro de mi boca mientras me sostenía por la nuca de tal modo de casi no dejarme inspirar otra cosa que no fuera el olor fétido de sus genitales sin aseo alguno.

?Uy, qué bien que va por ese culito?? ? decía el otro sin parar de bombearme por detrás.

Aunque a mí se me hizo eterno, fueron rápidos; era obvio que estaban apurados. Uno acabó dentro de mi boca y el otro dentro de mi cola casi al mismo tiempo. Jadearon y gritaron de tal modo que terminé de convencerme de que debíamos estar en una zona descampada. El que estaba al volante me tomó por los cabellos y alzó mi cabeza como si fuera una bolsa y, a la vez, como si se sacara una molestia de encima. El otro me tuvo empalada por un rato más, incluso cuando el auto ya había iniciado su marcha nuevamente. Volvieron a amordazarme.

Unos minutos después el auto se detenía. Estuvo un rato con el motor en marcha como a la espera de algo (¿de que le abrieran un portón tal vez?); al rato reanudó la marcha pero me dio la sensación de que sólo anduvo unos metros. Se abrieron las puertas del coche y, en cuestión de segundos, yo era arrastrada fuera del mismo y luego obligada a caminar mientras uno de mis captores me llevaba por una axila y el otro por la otra. Alguien se acercó y les habló; la entonación y hasta la forma de hablar me sonaron como si se tratara de alguien bastante más educado o, al menos, con más instrucción; no parecía pertenecer al mismo ambiente marginal que ellos.

?¿Y, muchachos? ? preguntó -. ¿Ningún problema??

?Ninguno, maestro? Ya te avisó que veníamos, ¿no??

?Sí, sí, ya estábamos al tanto?

O sea: no era el mismo que había hablado por teléfono con el conductor. ¡Mi Dios! ¿En qué clase de red había yo caído? ¿Cuántos eslabones o jerarquías había en aquella organización?

?Bueno?, pasen a la salita ? ordenó, siempre con su tono extraña y sorprendentemente educado -. La doctora está esperando??

¿La doctora? ¿Hablaban de mí o de alguien más? La realidad fue que me sonó más como lo segundo. Una doctora? Mi terror a cada instante crecía más? ¿En dónde estaba? ¿A quién me estaban entregando? Me puse a repasar el diálogo telefónico en el auto y, en efecto, habían hablado de una clínica. ¿Sería entonces con esa supuesta ?doctora? con quien hablaban? No, no cerraba: el que conducía el auto había llamado a su interlocutor ?señor? y hasta había utilizado la expresión ?papá?; por otra parte, en todo momento de la conversación telefónica me había dado la sensación de que quien estaba al otro lado de la línea se comunicaba desde un lugar que no era el mismo hacia el cual estábamos yendo. De hecho, habían hablado de avisarle a alguien?

El retumbar de los pasos, sumado al hecho de que los dos tipos marchaban a mi lado casi estrujándome como si fuera una salchicha, me daban la pauta de que marchábamos a lo largo de un pasillo angosto. Me arrastraban de tal modo que mis pies casi no tocaban el suelo; sólo cada tanto se oía el golpetear de mis tacos contra el piso. Traspusimos una puerta, eso se notó? Ignoro a qué tipo de ambiente habíamos pasado, seguramente el que habían llamado ?la salita?, pero les puedo asegurar que el miedo que yo sentía era tal que me hice pis encima; no pude evitarlo.

Una voz de mujer, aunque de timbre muy grave, retumbó en la habitación.

?Pónganla sobre la camilla? Atada de pies y manos? ? ordenó, en un tono que evidenciaba tener una cierta autoridad o jerarquía en aquel lugar de pesadilla al que me habían llevado.

Sin objetar absolutamente nada, uno de mis captores me soltó las manos que yo llevaba atadas a la espalda; ello no significó, sin embargo liberación alguna ya que me sostuvieron por los codos de tal modo que no pudiera mover mis brazos ni aún desatada. Luego me cargaron en vilo entre ambos y me echaron pesadamente sobre una durísima camilla. Acto seguido, sentí cómo me aferraban nuevamente por las manos y ataban mis muñecas a ambos flancos de la camilla sobre la cual me hallaba. Luego hicieron lo mismo con mis tobillos, dejándome con las piernas bien abiertas. Uno de ellos advirtió que me había orinado y lo hizo notar, divertido.

?Siempre pasa eso con estas putitas ? acotó la mujer -. Ahora resulta que tienen miedo, lloran, patalean, les duele, se mean, se hacen caquita, pero bien que cuando tuvieron que abrirse de piernitas para dejarse culear ni se quejaron?

La voz sonaba como de mujer mayor: tal vez sesenta años o más y, no sé por qué, se me antojó voluminosa o gorda, quizás por el tono grave.

?Bien ? dijo -. Fuera; déjenme sola con la paciente?

¿Paciente? ¡Qué modo extraño de verme! No puedo describir el pánico que yo sentía, aumentado por el hecho de que no podía ni siquiera ver lo que se cernía sobre mí ni tampoco hablar para pedir clemencia. El lugar olía mal: húmedo y nauseabundo, como a algo en descomposición. Uno de mis captores, el mismo que me había tenido en su regazo y que luego me había cogido por el culo, se acercó a mi oído:

?Adiós, doctorcita? Fue un placer enterrársela en el orto??

Y otra vez el detestable lengüetazo en mi rostro, sumado a un desagradable beso que pretendió ser de despedida. Puede sonar increíble al lector, pero cuando escuché la puerta cerrarse y supe que los dos monstruos se habían retirado, me sentí aún más desprotegida que antes. Ahora estaba sola, en aquella lóbrega y maloliente habitación a la que llamaban ?la salita?, con una mujer que bien podía ser un monstruo aún peor que los dos rufianes que acababan de marcharse. Escuché sonidos que, debido a mi entrenado oído profesional, logré reconocer como de instrumentos quirúrgicos. Un nuevo ataque de terror se apoderó de mí y me sacudí con violencia en la camilla, haciendo esfuerzos denodados por conseguir liberar alguna de mis manos o, siquiera, alguno de mis pies. Me moví frenéticamente, levantando mis caderas y mi espalda una y otra vez pero sin conseguir nada. Los hijos de puta me habían amarrado bien y con tanta fuerza que hasta sentía la circulación cortarse en muñecas y tobillos.

?¿Qué pasa, putita? ? me preguntó la mujer y juro que creí escuchar la mismísima voz del diablo -. ¿Estás nerviosa? No te preocupes que algo sé: soy especialista en putas como vos. En un ratito más, esa mierdita que tenés en el útero va a ser un residuo más en la bolsa?

Fue entonces cuando mi cerebro acusó recibo de todo. Claro, estúpida, ¿cómo no te diste cuenta antes? El lugar era una clínica de abortos clandestina; la mujer sería, muy posiblemente, una falsa médica? y el plan? no era otro que despojarme de mi bebé. Me sacudí aún con más fuerza, dando violentas convulsiones sobre la camilla y tratando de arrojar puntapiés, cosa que, por supuesto, me era del todo imposible: yo era un animal atado? Sí, un animal: finalmente tocaba el punto más bajo en el abismo hacia el que Franco me había arrojado cuando me tildara de ?hembra en celo?. Franco? claro, ahora todo cerraba perfectamente. Bastó con que supiera del embarazo y que, encima, yo me pusiera obsesiva y molesta en llegar hasta él y hacerlo consciente de su paternidad, para que él terminara por decidir actuar por cuenta propia. Pero? ¿él? ¿Un chiquillo de diecisiete años podía ser capaz de interactuar con una organización que incluía espías, entregadores, secuestradores y médicos abortistas? Sonaba a locura, desde ya. Mucho más posible, en cambio, era que quienes habían tramado y pergeñado todo eso fueran sus padres. Aun sin conocerlos, más de una vez yo había pensado en ellos o en cómo pudieran llegar a reaccionar ante la noticia de que Franco esperaba un hijo. Como ocurría, en general, los padres de los alumnos de ese colegio eran gente adinerada o más o menos acomodada económicamente. Como tal, tendrían los contactos suficientes como para armar todo aquello. Más que posiblemente, habría bastado que el nene se apareciera diciendo que había una doctora mala que le quería encajar un hijo para que ellos se pusieran en campaña para sacarme de en medio o, cuando menos, lograr que ese bebé ya no existiese. Así era como terminaba todo finalmente: cuán distinta era mi vida de cómo había sido hasta sólo un par de meses atrás. Cuán alto terminaba siendo el precio a pagar por haber cedido a la tentación carnal y haberle sido infiel a mi esposo, al que alguna vez había jurado fidelidad. Abatida y maniatada sobre esa camilla, hasta me puse a pensar si en verdad no me lo tendría merecido.

Pude sentir los pasos y la pesada respiración de la mujer cerca de mí y me estremecí de la cabeza a los pies. Me tocó el vientre, como si palpara el material a tratar. Luego pude sentir el frío de un objeto filoso y metálico apoyándose contra la cara interior de uno de mis muslos. Fue apenas un roce pero pude darme cuenta de que se trataba de un bisturí o de un escalpelo. A continuación, escuché el crujir de la tela al rasgarse y me di cuenta que la mujer estaba cortando mi falda por el frente. Luego tanteó en el hueco entre mis piernas y tocó mi tanga.

?Esas bombachitas que se ponen ahora?, bien de putas? Qué asco que me dan?? ? se quejó, casi escupiendo las palabras de tanto odio. Utilizando el instrumento que tenía en mano, cortó en jirones la breve prenda y así mis zonas íntimas quedaron totalmente expuestas para lo que se venía, fuera lo que fuese.

Otra vez tuve un acceso de nervios y comencé a sacudirme frenéticamente.

?Quieta, puta, quieta? – no cesaba de decirme mientras me abofeteaba el rostro sin lograr detener mis convulsiones ni siquiera de ese modo -. No tengas miedito?, yo no mato mamis, sólo les saco la porquería de adentro. Te aclaro, ganas no me faltan porque me dan asco cuando son tan putas como para andar regalándose y abriéndose de piernas ? ella seguía hablando y mis convulsiones no cesaban -. Parece que querés hacerme las cosas difíciles? Voy a tener que usar el cloroformo y ponerte a dormir? Cuando te despiertes, tu bebé va a estar en la caja compactadora de un camión, jaja??

No podía creerlo. No podía creer nada de lo que me estaba pasando. Mis ojos se llenaban cada vez de más lágrimas mientras mis muñecas y tobillos pugnaban inútilmente por liberarse. ¡No! No podían quitármelo, no podían hacerlo, no podían?

En eso escuché un sonido seco y ahogado, como si algo pesado hubiera caído al suelo. La gasa con cloroformo que yo había esperado sentir apoyarse sobre mi nariz nunca llegó y un extraño silencio se apoderó súbitamente del lugar. No había ningún ruido: ni de instrumentos quirúrgicos, ni de frascos, ni de nada? Escuché unos pasos, pero no eran los de la pérfida doctora; no sonaban tan pesados. Había alguien más en la habitación, pero? ¿quién? Súbitamente pude sentir el hálito de una respiración sobre mi mejilla? y alguien que me hablaba al oído:

?Tranquila, doctora Ryan? – me dijo -. Ya pasó todo. Quédese tranquila que todo va a salir bien??

Mi cerebro se había convertido en un gran signo de interrogación. ¿Qué diablos estaba pasando? ¿Quién era ése que había hablado? Y, por otra parte, yo conocía esa voz?, la conocía. Claro, sí, era el que se había acercado cuando los dos matones me estaban bajando del auto, el que había hablado con tono algo más educado o instruido. Aun así, habiendo logrado establecer quién era el dueño de la voz, la situación distaba mucho de estar aclarándose. De pronto sentí que me quitaban la venda de los ojos.

Los abrí. Me costó acostumbrarme a la mala luz que había en el lugar, sumado al hecho de que tenía los ojos entumecidos y llorosos. La habitación era tal como la había imaginado, por lo menos la parte que, echada de espaldas contra la camilla, llegaba a ver: manchas de humedad poblaban el techo y las paredes. A pocos centímetros de mí, un rostro: un hombre de treinta y cinco o cuarenta años me miraba fijamente con unos ojos verdes que, en ese momento, se me antojaron tristes y hasta piadosos.

?Te voy a sacar la mordaza ? me dijo -, pero no tenés que gritar? Si lo hacés, estamos en el horno, ¿entendiste??

Las cosas cambiaban su curso con tanta rapidez que no me permitían acostumbrarme a cada cambio, pero aun así entendí que ese hombre quería ayudarme y, como tal, lo menos que podía yo hacer era colaborar. Asentí con la cabeza y él hizo lo mismo. Me quitó la mordaza con la mayor delicadeza posible, tratando de no hacerme doler.

?Mi nombre es Silvio? ? se presentó: extraño contexto para una presentación en realidad.

Yo no conseguía articular palabra; era como si mi boca aún siguiera amordazada. El hecho de haberla tenido encintada durante tanto rato se combinaba con la incomprensión que, en ese momento, hacía presa de mí. Podía hablar, sí, pero?, ¿qué podía preguntar o decir? Más bien dejé que el sujeto hiciera lo suyo y, en efecto, se dedicó a soltar las ligaduras, primero de mis manos y luego de mis tobillos. No puedo explicar el alivio que sentí: fue como si mi sangre volviera a correr por mis extremidades. Él me colocó una mano por debajo del hombro y me instó a incorporarme. Me senté sobre la camilla y tuve una visión aún más completa y aterradora del lugar en que nos hallábamos. Ninguna higiene: manchas de humedad por las paredes y de sangre seca en el piso, una mesa sobre la cual se amontonaban varios instrumentos quirúrgicos en algunos de los cuales se apreciaban, incluso, manchas de óxido? y un montón de bolsas de residuos (¿para los fetos, tal vez?). Pero lo más estremecedor de todo fue ver a la mujer en el piso; estaba allí, aparentemente, sin sentido: no era gorda como la había imaginado, pero sí maciza y robusta.

?Le tuve que dar cloroformo ? explicó mi misterioso salvador -. Ella estaba a punto de usarlo con vos, pero?, le gané de mano, je??

Caballerosamente, me ayudó a bajar de la camilla. Yo aún seguía atontada y desconcertada por la marcha de los acontecimientos y los cambios que se daban a cada momento.

?Tenemos que salir de acá? ? me dijo -. Voy a espiar que no haya nadie en el pasillo y, si es así, conozco un camino alternativo??

Se acercó a la puerta de la habitación y la entornó un poco para otear fuera de la misma.

?Está despejado ? anunció, como si diera un parte de guerra -. Vamos??

Apenas empecé a caminar para tratar de seguirlo, me encontré en problemas. Mis tobillos me dolían por haber tenido que soportar durante tanto tiempo las ceñidas ligaduras y, por otra parte, los tacos hacían ruido.

?Yo te diría que te descalces ? me dijo -. No es sólo el ruido, es que además vamos a tener que movernos rápido??

Haciéndole caso, me quité el calzado; un instante antes de hacerlo, tuve que resistirme a la tentación de propinarle un puntapié en pleno rostro a la mujerona que yacía, sin sentido, en el piso. Fue como si él me hubiera leído la intención:

?Dejala ? me dijo -. Vamos, rápido??

Una vez que estuve descalza, le seguí los pasos. Debo confesar que me produjo un fuerte estremecimiento tener que caminar sobre manchas de sangre pero la situación ameritaba, en ese momento, dejar de lado todo prejuicio higiénico. Estuve a punto de dejar mis zapatos allí, pero él me hizo seña de que los llevara.

?Es mejor que no dejes nada tuyo acá? Vamos? ? me urgió.

Salimos al pasillo, me tomó por una mano y echamos a correr hacia la izquierda. Algunas puertas jalonaban el estrecho y lóbrego corredor pero todas estaban cerradas. Nos desviamos luego por una puerta no menos estrecha que estaba justo debajo de una escalera. Un nuevo pasillo se abrió ante nosotros pero ahora a cielo abierto; por encima de nosotros estaban las estrellas. Una vez finalizado el corredor, salimos a una especie de gran patio que, por lo poco que podía verse bajo la luz de la luna, daba aspecto de abandono: aquí y allá poblaban el piso algunos escombros y trozos de metal desparramados, en tanto que ocasionales matas de pasto crecían en las juntas de los baldosones. Corrí, casi a ciegas, siempre siguiendo al misterioso sujeto, mientras rogaba por no clavarme nada en la planta del pie. Una vez que dejamos atrás el patio de baldosas, salimos a un gran descampado lleno de malezas: una nueva tortura para mis pies. Llegamos a un gran tinglado sin paredes y sostenido sólo por columnas de ésas que se dividen en varios cuerpos, como las antenas de las emisoras de radio. Había allí estacionados unos tres vehículos y nos dirigimos hacia un Volkswagen Tiguan: el sujeto me abrió la puerta del acompañante para que me subiera y fue, luego, presuroso, a tomar el lugar del conductor. En cuestión de segundos salíamos por una calle de tierra que, en determinado momento cruzaba una alcantarilla a modo de puente sobre lo que parecía un gran zanjón o tal vez un canal. De allí pasamos a otra calle de tierra que bordeaba precisamente ese zanjón y ello me permitió tener, a la luz de la luna, una visión algo más abarcativa del lugar que acabábamos de dejar y del cual procurábamos poner distancia. Realmente el edificio parecía un galpón abandonado, sin que hubiera trazas de actividad alguna: era imposible pensar que allí pudiese funcionar una clínica de abortos ilegales pero, claro, supongo que el objetivo era precisamente que así fuese.

Durante bastante rato no hablamos palabra. Silvio mantenía la vista en el camino y pisaba el acelerador a fondo aun a pesar de hacer sufrir al vehículo violentas sacudidas en pozos y huellones; claro, la idea era alejarnos lo más rápido posible de aquel infierno de pesadilla del cual huíamos. Pronto estuvimos en lo que parecía ser una ruta o, cuando menos, un camino asfaltado y comencé a sentir un cierto alivio: era como si de a poco recobrara el contacto con la civilización.

?¿Estás bien? ? me preguntó él girando la vista hacia mí durante un fugaz instante.

?S? sí, dentro de lo que se puede, sí? ? contesté.

Mi respuesta era de lo más lógica. En una misma noche y en el lapso de un par de horas había sido secuestrada, violada por detrás, y obligada a practicar sexo oral para luego ser maniatada sobre una dura camilla con el objeto de ser sometida a un aborto ilegal que, gracias a Dios y a aquel sujeto misterioso que guiaba el auto, no se concretó. Silvio tomó un atado de cigarros de la guantera y me extendió uno. No soy fumadora compulsiva pero se lo acepté: una noche tan extraña y traumática como la que acababa de vivir ameritaba el vicio.

?¿Quién sos? ? pregunté -. ¿Y por qué me salvaste y me sacaste de ese lugar??

?Como te dije, me llamo Silvio ? respondió entre dientes, mientras encendía su cigarrillo -. Y si querés saber algo más, te puedo decir que trabajo como detective??

Lo miré estupefacta, tratando de interpretar si sus palabras iban en serio o en broma. Él detectó mi perplejidad y me dirigió una rápida mirada de soslayo.

?Te maté con ésa ,¿no? ¿Sorprendida, doctora Ryan??

Yo continué mirándolo fijamente.

?¿Esto que acabas de hacer es entonces para vos parte de un simple día de trabajo?? ? le pregunté.

?No ? blandió en señal de negación los dos dedos en los cuales sostenía el cigarro -. No hago este tipo de cosas por lo general??

Caímos a una autopista, a la cual creí reconocer como la Ricchieri, con lo cual quedaba en claro que había sidollevada hacia el sudoeste de la capital. Un nuevo silencio se volvió a producir entre nosotros y él me echó una mirada de reojo, quizás para comprobar que me hallaba bien. Me pareció que bajó un poco la vista hacia mi entrepierna y luego la desvió, probablemente avergonzado. Yo también me avergoncé, porque cobré conciencia en ese momento de que me hallaba prácticamente desnuda: no tenía bombacha, pues la horrenda mujerona me la había destrozado y tampoco mucha cobertura por delante ya que mi falda estaba abierta en dos, colgando en sendos jirones sobre mis caderas. Me llevé las manos a mi sexo para cubrirme.

?Se va a complicar hacerte entrar en el edificio, así como estás ? señaló él -. Espero que no nos crucemos con nadie??

?¿Adónde estamos yendo?? ? pregunté intrigada.

?Quiero mostrarte mi lugar de trabajo??

?Ajá? ¿y para qué??

?Vas a entender algunas cosas??

Otra vez se produjo un momento de silencio. Lo miré:

?Te contrató la familia de Franco, ¿no?? ? le interrogué.

Simplemente dio un par de pitadas a su cigarrillo.

?Esperá a llegar? – dijo, secamente, aunque con amabilidad -. Allá vas a entender todo??

?¿Y por qué te echaste atrás?? ? le espeté, continuando con mi interrogatorio.

?¿Echarme atrás? No entiendo?? ? dijo él, sacudiendo la cabeza.

?Claro, me sacaste de ahí, pero hasta unos minutos antes estabas con ellos. Recuerdo bien tu voz??

Cabeceó pensativamente. Arrojó el cigarro por la ventanilla aún sin haberlo terminado.

?Es que? la cosa se fue muy a la mierda? – dijo, en tono de lamentación -. Y hay cosas que no me las banco?y, como te dije, no las hago??

?¿Y por qué habías accedido a hacerlas entonces? Digo? antes de arrepentirte, claro??

Haciendo el clásico gesto para hacer referencia al dinero, frotó dedo pulgar contra índice.

?Lo de siempre? – contestó -. Buena platita. Pero? cuando estás adentro te das cuenta que hay límites que no podés cruzar sólo por un billete??

?¿Por qué lo decís? ¿Secuestro, violación, aborto ilegal? ¿Cuál de ésos es tu límite??

Me miró con una sombra de lástima en los ojos.

?Te violaron, ¿no?… Lo siento, de verdad. No era algo que pensé que pudiera ocurrir? Lo que empezó como un simple trabajo por encargo, terminó en una gran locura? y mi trabajo es, habitualmente, bastante más simple y, si se quiere, más ético que eso??

Entramos a la General Paz y marchamos hacia el norte; bajamos en Gallardo, a la altura de Liniers y luego nos movimos en dirección al barrio de Versalles. Entramos a un edificio que, por suerte, tenía cochera. No había nadie en el lugar. Para mayor seguridad y dada mi casi desnudez, fuimos por las escaleras en lugar de por el ascensor.

?Nadie usa las escaleras a esta hora? ? explicó él.

Conté tres pisos hasta llegar a lo que parecían ser sus oficinas; daba la impresión de tratarse de un semipiso. El lugar estaba realmente bien puesto, muy posmoderno y con varias computadoras, además de monitores y un enorme plasma. Me invitó a sentarme en una mullida silla giratoria frente a un escritorio y él pasó a ocupar el otro lado, no sin antes darme un vaso de agua. Por pudor, me crucé de piernas.

?Tranquilizate ? me dijo -. Fue una noche muy agitada, pero quiero que estés bien para esto??

?Estoy bien ? repuse con energía -. Ahora decime lo que me tengas que decir?

Asintió, pensativamente.

?Más que decir, tengo que mostrarte? ? dijo y le dio arranque a una de las tantas computadoras que allí se veían. Un monitor se encendió a un costado del escritorio e instantes después él rebuscaba con el mouse entre una serie de archivos. Hizo doble clic sobre uno.

Cuando por fin la imagen se abrió y el programa predeterminado comenzó a ejecutar el archivo, la mandíbula se me cayó completa. Allí estaba yo, con el dinero en la boca, marchando en cuatro patas hacia Franco. La conmoción fue tal que comencé a respirar con dificultad.

?¿Vos tenés eso? ? ? le pregunté, abriendo de par en par mis ojos por la incredulidad.

?Y esto? ? respondió, dando doble clic a otro archivo para que, a continuación, mis aún descolocados ojos me viesen a mí misma haciendo subir a mi auto al chico de la estación de servicio, justo en la puerta del maxikiosco.

?O esto? ? agregó.

Y aparecí otra vez yo, siendo penetrada analmente por el flaco en la fiesta con los cuatro adolescentes.

Yo no salía de mi asombro. Mis piernas temblaban. Dos de las filmaciones ya las había visto pero, a la sorpresa de saber que aquel extraño las tenía en su poder se agregaba la de que alguien me había filmado en la calle cuando, en plena madrugada, había hecho subir a mi auto al chico del combustible.

?Acá tengo otra? ? dijo Silvio, volviendo a hacer doble clic y a continuación vi la imagen de mi auto entrando en un hotel, que rápidamente reconocí. Era el de la colectora en el acceso oeste y la imagen correspondía, obviamente, a la noche en que me llevé allí a Franco?

?Y tengo más?? ? siguió diciendo. Y en la medida en que se fueron abriendo nuevos archivos y nuevas ventanas, me vi a mí misma enfundada en guardapolvo y tocando el timbre en la casa de Franco en una imagen que reconocí como correspondiente al día de aquel fatídico almuerzo. En otra me vi hablando con Franco en la calle y luego invitándolo a subir a mi auto; era el día aquél del accidente y esa escena se había producido sólo un rato antes de la entrada al telo de la colectora. Es decir, me habían seguido, vigilado, fotografiado y filmado por todos lados? Fue como si en sólo un instante se hubiera hecho trizas para mí cualquier concepto medianamente asociable con ?vida privada?. Un dolor comenzó a apretarme el pecho. Me sentía consternada, dolida y pillada como una niña a la que han descubierto en sus travesuras, pero claro, siendo yo una mujer adulta, casada y profesional, la sensación de humllación que ello producía era cien veces mayor.

?¿Es? esto lo que hacés habi?tualmente?? ? pregunté, con la voz queda y algo quebrada.

?Claro. Por eso te decía: yo no hago secuestros ni abortos ilegales; no estoy en esa movida?

Me llevé dos dedos al puente de la nariz a la vez que bajaba la vista.

?No entiendo? ¿La familia de Franco te pagó por hacer todo este trabajo??

?Nunca dije que hubieran sido ellos, doctora??

Le miré fijamente, cada vez más confundida.

?Yo le dije que mi trabajo no son los secuestros ni abortos ilegales ni nada de eso; nunca me enganché con toda esa mierda ? continuó explicando -. Mi trabajo es mucho más inocente que eso, doctora? Y, según como se lo vea, hasta puede decirse que le hago un bien a la comunidad??

?¿Te podés explicar, por favor? No estoy entendiendo nada?? ? mi tono revelaba estar empezando a perder la paciencia.

?Hmm, bueno, verás? Hay muchas esposas que tienen dinero y que sospechan que sus maridos no se están portando realmente bien? Y también maridos que sospechan de sus esposas? Ahí es donde entra mi trabajo: yo descubro lo que necesiten saber y les saco todas las dudas? De esa manera, se quitan las vendas de sus ojos y una vez que se enteran de lo que realmente son sus parejas, la decisión es de ellos: o perdonan o les dan una olímpica patada en el orto??

De pronto sentí un sacudón interno y di un respingo en la silla que ocupaba como si todas las fichas me cayeran juntas.

?¿Damián? ? pregunté, casi ladrando el nombre -. ¿Me estás diciendo que te contrató Damián??

?Sé que no es la noticia más linda que quisieras recibir en este momento ? dijo tristemente -, pero sí, fue él??

Me tomé el rostro con ambas manos; todo me daba vueltas.

?¿Te sentís bien? ? ? me preguntó.

?¿Cuándo? ? repregunté sin hacer caso a su interrogante -. ¿Desde qué momento comenzó todo esto??

?Al día siguiente del día en que le mamaste la verga a Franco en el colegio? – pareció ruborizarse al decirlo -; en fin, mil disculpas por decirlo de ese modo??

?¿Y cómo se enteró? ¿Por qué sospechó?? ? volví a la carga, haciendo caso omiso de sus disculpas.

?Bueno?, una? compañera de trabajo de tu marido, una preceptora, en realidad? Ella fue la que los escuchó y le fue a él con el cuento ??

Claro, la maldita preceptora había oficiado como buchona. De hecho, tanto ese día como otros me había parecido imposible que los gemidos y gritos no se oyeran fuera del aula y, más de una vez, viendo la expresión de ella, me había dado la impresión de que se hacía la tonta, pero traté, en aquellos momentos, de pensar que era sólo mi paranoia. Estaba obvio que los gritos se habían escuchado y, dado que ella tenía su preceptoría de manera contigua al aula que yo ocupaba, se convirtió en testigo privilegiado. Ahora lo que me preguntaba era si sólo lo habría puesto al tanto a Damián o le habría ido con el chisme también a más gente. Difícil era creer que hubiera dejado pasar un rumor tan jugoso y atrayente.

?Pero,.. ¿cómo tenés esa filmación entonces? Me refiero a la del primer día??

?Acceder a un teléfono celular es fácil para mí? – dijo -. Es mi trabajo, no te olvides. La tecnología puede ser muy útil pero tiene un gran problema: deja rastro. Yo me manejo con contactos adentro de todas las compañías de telefonía celular, a los cuales, obviamente, siempre hay que pagarles. No fue difícil dar con el número de Franco y, como al otro día, por lo que parece, una compañera del curso le sacó el celular y se envió el archivo a sí misma, desde ese momento la filmación fue totalmente vulnerable? Lo demás ya lo sabés, ahí lo tengo??

Yo no salía de mi asombro. No podía creer que cada vez encontrara un nuevo límite para mi capacidad de sorpresa.

?Y? entonces, si tenés acceso a cualquier teléfono celular ? dije -, supongo que eso quiere decir que??

?Sí, sí, al tuyo también ? dijo, mientras abría otro archivo -. Acá están todos tus mensajes de texto, por ejemplo? Y también chequeé la ubicación geográfica de tus llamados cuando decías que estabas atendiendo a una mujer enferma, que había muchas escaleras y cosas por el estilo??

?Y? la grabación de audio que recibí, entonces??

?¿Cuál? ¿Ésta?? ? inquirió al tiempo que clicaba sobre un nuevo archivo y sólo una fracción de segundo después se escuchaba mi propia voz pidiéndole por favor a Franco que me hiciera la cola.

No puedo describir lo que estaba sintiendo en ese momento. Vergüenza. Estupor. Impotencia. Y estupidez,? mucha estupidez por haber creído que estaba logrando engañar a mi marido en sus narices cuando la realidad marcaba que ya hacía rato que me tenía totalmente vigilada.

?Pero? y entonces? si lo sabía, ¿por qué prolongó esto durante tanto tiempo??

?Para juntar más material y así hacerte mierda y dejarte en pelotas?? ? contestó fríamente

?P? ¿perdón??

?Claro. En el caso de un reparto de bienes gananciales, él tiene que reunir la suficiente cantidad de pruebas como para demostrar que vos no te portaste bien. Si una de las partes ha sido desleal con la otra y ha faltado a los votos conyugales, ello incide desfavorablemente sobre ella para los jueces en el momento de proceder a la división??

Mi cabeza seguía siendo un remolino. Claro, no era que tuviéramos tanto dinero: éramos un matrimonio de clase media pero él había cobrado hacía poco una herencia de unos ochocientos mil pesos que, me había dicho, mantendría bajo llave en un banco hasta que dispusiésemos de ella para mejorar nuestra casa o para lo que fuera que planeásemos, sobre todo el día en que llegara nuestro primer hijo: ironía del destino, ese hijo estaba por llegar, pero era mío, no de él. Ahora bien, quedaba claro que Damián no quería repartir nada de ese dinero conmigo, ni, seguramente, tampoco la casa?, o los autos. Pero, ¿tan frío y calculador podía él haber sido como para mantener la boca cerrada durante todo ese tiempo? ¿Hacerme creer que nada sabía de lo que estaba ocurriendo? ¿Cómo había hecho para aguantarse las ganas de decirme en mi cara que lo sabía todo y que yo era la peor puta del mundo? Las siguientes palabras de Silvio aportaron, en buena medida, algo más a mi pobre comprensión.

?Por otra parte ? continuó -, te voy a confesar una cosa. Yo no le di todo el material a Damián de entrada; sólo muy poco: apenas algunas fotos en las que subías a Franco al auto o la grabación que escuchaste recién. No puse en sus manos ninguna de las escenas de sexo explícito que te tuvieron como protagonista, por ejemplo. Preferí guardarlas para mostrárselas más adelante y así mantenerlo como cliente durante algún tiempo más. Eso también es mi trabajo: crear el gancho como para que el cliente que pidió la investigación siga motivado e intrigado y así seguir cobrando por el trabajo. Es un error dejar caer todas las bombas desde un principio?

?O sea? a ver? – le interrumpí ello mientras intentaba ordenar mis pensamientos y reacomodar un poco el rompecabezas -, volvamos a la grabación? ¿Quién me la envió entonces? No me cierra que hayas sido vos porque eso hubiera sido echar tierra sobre tu propio trabajo??

?No. Ése fue el pelotudo de tu marido ? sonrió fugazmente, pero a la vez sacudió la cabeza con evidente fastidio -. No se la aguantó y quiso jugar a ponerte nerviosa. Casi lo maté cuando me dijo: el imbécil estuvo a punto de echar a perder absolutamente todo? Afortunadamente no fue así: tu calentura ayudó??

Lo miré sin entender.

?Y? es que, honestamente me sorprendió que no te detuvieras y que siguieras queriéndote coger al pendejo aun a pesar de que, al parecer, alguien te tenía vigilada? Yo habría apostado todas las fichas en que desde el momento en que te llegara ese mensaje de voz con la grabación, te irías a bajar de absolutamente todo y que te recluirías en tu casa? No fue así: sorprendente, doctora??

No puedo describir la situación de vergüenza y de humillación. Incluso ese tipo, quien hasta el momento se había presentado como educado y tratable, me degradaba de algún modo con sus comentarios y dichos, aun cuando diera la impresión de que no era ésa su intención. Eché una mirada al monitor y a los distintos archivos que tenían que ver conmigo: toda mi vida privada almacenada y expuesta allí.

?Supongo que te divertiste todo este tiempo, ¿no?? ? pregunté con un deje de tristeza.

?Te mentiría si dijera que no ? respondió -. Es la parte divertida de este trabajo: ver las cosas que las mujeres casadas hacen en su vida privada. Pero más allá de entregárselas en bandeja a los maridos cornudos, uno también tiene su costado de ?voyeur? y en ese sentido tengo que decir que la pasé muy bien con vos?

Cerré los ojos: no sabía si agradecerle o insultarlo por tanta sinceridad. Debía recordar, por supuesto, que en definitiva era él quien me había salvado del bisturí de la bruja abortista.

?¿Y en qué momento recibió Damián el material completo?? ? pregunté, intrigada.

?Eso fue hace un par de semanas o menos, apenas saltó lo de tu embarazo ? respondió -. Ya estando vos preñada por ese pendejo no había forma de estirar mucho más el asunto porque pronto tu marido iba a saberlo de un modo o de otro. Así que ya llegado ese momento puse todas las cartas sobre la mesa: en un mismo día recibió todos los videos y fotografías más la noticia de que estabas embarazada?

?Y entonces puso en marcha el plan del secuestro? y del aborto? ? aventuré.

?Tal cual. Y ahí fue cuando las cosas se empezaron a ir al carajo. Yo? acepté su propuesta por el dinero pero?, me sentí mal apenas lo hice. Y ni hablar cuando vi ante quienes y en donde te entregaba. Lo mío es otra cosa, otro tipo de trabajo. Fue desagradable. Tuve que tratar con secuestradores, con bandas clandestinas de abortistas? Por mi trabajo, obviamente, conozco gente y tengo forma de contactarlos, pero? no es que me guste hacerlo. Prefiero no juntarme con ese tipo de lacra? Yo? siento mucho haberte metido en esto?- bajó la vista; su arrepentimiento daba la impresión de ser sincero.

Se produjeron unos instantes de silencio; sólo se escuchaba el sonido de los ventiladores internos de las computadoras y, muy de tanto en tanto, el del ascensor.

?¿Te puedo preguntar cuánto te pagó por esto?? ? espeté, haciendo un ademán con mi mano en dirección al monitor.

?Hasta ahora? – contestó a la vez que cabeceaba y parecía estar haciendo cuentas en su cabeza -, he recibido unos ciento treinta mil pesos. Jamás hago trabajos por esa cantidad de dinero, te lo puedo asegurar. Fueron noventa mil por todo esto que ves ? señaló hacia el monitor ? más otros cuarenta mil por hacer de contacto con toda esa mafia. Los secuestradores habrán recibido unos cincuenta mil: son de poca monta en realidad, pero fueron lo mejor que le pude conseguir. Y la clínica abortista le cobraba a tu marido otros cincuenta mil pero no creo que hayan llegado a ver ese dinero porque el aborto finalmente no se produjo. Si pagó, debe haber sido algún pequeño porcentaje en concepto de seña pero siendo yo el nexo, creo que me hubiera enterado de la operación?

Me quedé pensando. Ahora era yo quien hacía cuentas en la cabeza. Si se analizaban fríamente los números, finalmente no había negocio alguno para Damián. Ya llevaba gastada poco más de una cuarta parte de los ahorros: es decir, lo que no quería compartir conmigo lo estaba entregando, a la larga a investigadores privados o a bandas delictivas. Quedaba en claro entonces que el móvil era más que económico. Él quería destruirme y no compartir nada conmigo, pero no le importaba tener que repartir con alguien más, ni siquiera con un hato de inescrupulosos y facinerosos. Pensándolo fríamente, hasta podía llegar a entenderlo en algún punto y, después de todo, no era yo la más indicada para hablar de escrúpulos con lo que le había hecho.

?¿Y ahora qué vas a hacer?? ? le pregunté a Silvio.

Me miró sorprendido; se apoyó un dedo índice en el pecho.

?¿Yo? ? me repreguntó extrañado – ¿Yo? Echate un vistazo en cuanto puedas, doctorcita? Estás desnuda y sucia, demás está decir que sin poder volver a tu casa dada tu situación actual? ¿Y te preocupás por mí??

?Supongo que te metiste en un problema con esto que hiciste por mí? ? aventuré.

?Sí ? asintió, enarcando las cejas y revoleando los ojos como si con sus gestos relativizara sus palabras -. Por los secuestradores no tengo que preocuparme. Ellos hicieron su trabajo, cobraron y se fueron. No les importa un carajo si a los de la clínica después se les escapó la presa que ellos le llevaron? Con los de la clínica ya es otra cosa porque ellos sí perdieron tanto paciente como cliente y no vieron un solo mango. Así que van a estar que trinan en cuanto empiecen a caer en la cuenta de que, muy posiblemente, haya sido yo quien te sacó de ahí. Pero? – tomó su celular y lo conectó a la computadora a través de un cable USB -, yo tengo material como para hacerlos mierda, fijate??

Una serie de imágenes fueron desfilando por el monitor: tomas de la clínica de abortos, tanto por dentro como por fuera del edificio, incluyendo instrumental, aparatos y (lo más escalofriante de todo) algunos fetos amontonados uno sobre el otro. ¿Cuántos abortos hacían por día en ese lugar? Aun siendo médica y habiendo visto cosas infinitamente peores a los ojos, no pude evitar desviar la vista y hasta sentí náuseas. Es que no era sólo lo que veía, sino el concepto contenido en las imágenes. Cualquiera de aquellos fetos listos para ser desechados bien podría haber sido el mío; me llevé una mano al vientre con instinto maternal protector. Le pedí a Silvio que sacara las imágenes de la pantalla y así lo hizo tras pedirme disculpas.

?Perdón? – dijo, con evidente culpa -. Pensé que siendo médica no te impresionaría??

?En esta noche fui raptada, violada y estuve a punto de ser sometida a un aborto ilegal por una carnicera. Eso es demasiado hasta para una médica? Ahora, volviendo al tema, ¿y no tenés miedo? Una vez que presentes esas pruebas a la justicia??

?Ni en pedo? – me corrigió -. A la justicia no, a los medios?

?Ok, vos sabrás? Entonces, una vez que hayas presentado eso, ¿qué te hace pensar que no te van a hacer boleta??

?Nada??

?¿Y entonces? ¿Vas a correr el riesgo de todas formas??

En lugar de contestar, tomó un portarretratos de encima de su escritorio y lo giró hacia mí. En la foto estaba él abrazado con una mujer realmente muy bonita, de cabello castaño y ojos marrones.

?¿Es tu esposa?? ? pregunté.

?Era??

?¿Qué pasó? ¿Sos separado o???

?Separado, sí?

Sonreí. Eché un vistazo a los monitores y colecciones de archivos.

?Supongo que todo esto no debe ser muy fácil para una esposa? – dije -. Es decir, ser la mujer de un detective es lo mismo que vivir bajo el ojo de una cámara??

?Sí, eso es verdad ? concedió -. Pero no era eso lo que te quería mostrar?

Levanté las cejas sin entender y volví a mirar hacia la foto. Él trazó un semicírculo alrededor de la imagen principal de la pareja como buscando abarcar el entorno. Parecían ser las playas de Copacabana; nunca estuve, pero ya son suficientemente identificables para cualquiera, haya ido o no.

?Brasil, ¿no??

?Exacto ? confirmó con una sonrisa de oreja a oreja -. Mañana empiezo a desmantelar todo esto y me voy para allá?

En ese momento eché un vistazo a un diploma enmarcado que, justamente, acreditaba sus estudios como detective. Correspondía a una institución de Río de Janeiro.

?Estudiaste allá?? ? dije.

?Tal cual? Y me voy para allá en un par de días? ? respondió.

?¿Solo???

?No, acompañado??

Touché. ¿Era mi imaginación o me estaba invitando a acompañarlo? Fue como si alguien me hubiera empujado la cabeza hacia atrás.

?Somos tres? ? agregó, siempre sonriente.

?No? estoy entendiendo nada, lamento decirte??

?¿Pensás quedarte acá? ? me espetó, asumiendo algo más de seriedad ? A tu casa ya no podés volver, eso está claro? Y con todo el jaleo que se ha armado, no es seguro para vos ni para tu bebé ? señaló hacia mi vientre ? que te quedes en el país?

Otra vez el terrible remolino dentro de mi cabeza. Lo que exponía tenía una lógica impecable, pero? ¿desaparecer de mi entorno, de mi mundo, de mis familiares y amistades? ¿E irme con un desconocido, con alguien a quien conocía desde hacía un par de horas? Había que concederle, no obstante, que era cierto que mi mundo estaba a punto de desmoronarse en la medida en que se volvieran vox populi mis historias sexuales y mi embarazo. La oferta de Silvio, aunque llena de incertidumbres, quizás no fuera tan mala?

?Y si me voy de acá?? ? comencé a decir.

?¡Bien! ? me cortó, en tono efusivo y guiñando un ojo -. Ya lo estás pensando, eso me gusta??

?Si? me voy de acá ? retomé -, o sea? si me voy con vos? ¿Implica que seamos pareja??

?No implica nada, pero tampoco hay que descartar nada? Si, una vez allá, no querés vivir conmigo, bueno?, Brasil es grande, jaja?Y de todas formas, te repito, somos tres??

Me quedé sin palabras durante varios minutos. Dejar todo, abandonar todo, iniciar una vida en otro sitio?, ¿sería capaz? Y, sobre todo, ¿soportaría estar tan lejos de Franco? Un mar de dudas me carcomía por dentro pero urgía tomar una decisión.

Esa misma noche Silvio me permitió ducharme en el baño de su oficina. No hizo ninguna propuesta sexual en ningún momento y me alegré: no era el mejor día si se consideraba que yo venía de ser violada anal y bucalmente. De hecho me costaría muchos días volver a una sexualidad normal. Al otro día, a las nueve en punto, cayó la secretaria de Silvio, una chiquilla de veintidós o veintitrés años, realmente preciosa, de cabellos castaños y ojos color miel, además de algunas pecas que contribuían a darle a su rostro un aspecto eternamente adolescente. Muy afable y siempre sonriente, se apareció trayéndome ropa que, al parecer Silvio, sin decir nada, se había encargado de pedirle que me trajera. Allí empecé a entender las cosas un poco más. Apenas ella llegó se arrojó sobre él y estuvieron largo rato besándose. La jovencita no lucía como lo haría cualquier secretaria normal: su aspecto era más bien informal y, precisamente, juvenil: no lucía tacos sino zapatillas, por ejemplo, además de unas calzas negras terriblemente ceñidas que resaltaban unos muslos perfectamente redondeados.

?¿Ella es la tercera?? ? pregunté.

Silvio asintió y ambos sonrieron. En fin, en ese momento sólo recordé las palabras que, en su momento, me había dicho la odiosa vendedora de la tienda de lencería acerca de tomar lo que la vida da, aprovecharlo y punto. Ese mismo día pasé por mi consultorio para retirar todo lo mío. Silvio se portó muy bien conmigo al prestarme su auto para hacerlo ya que el mío o bien estaba en casa de Damián o bien había ido a parar a algún desarmadero. Lo que sí recuperé, y no esperaba hacerlo, fue mi teléfono celular: de hecho, Silvio lo tenía puesto que, se encargó de tomarlo de la clínica en la noche previa. Demás está decir que no regresé a casa, pero eso sí: un par de días después y antes de tomar el avión a Brasil no pude evitar pasar por la casa de Franco una vez más. Mantuve las puertas con seguro y ni siquiera me detuve esta vez: la experiencia del secuestro me había aleccionado lo suficiente. Pasé, aun a riesgo de chocar otra vez casi en el mismo sitio, con mi vista clavada en la casa, esperando ver a Franco por algún ventanal o bien simplemente imaginándolo. Arrojé un beso al aire: allí quedaba mi macho, mi único y verdadero macho, el que me había hecho entender que soy hembra antes que mujer. Mientras pasaba con el auto frente a la casa sentí como si un extraño puente de corriente eléctrica se hubiera tendido entre la casa y mi vientre, el cual me acaricié. No se podía, aún, por supuesto, saber el sexo de la criatura y, sin embargo, yo sabía, sí, internamente lo sabía, que sólo podía ser varón. O mejor dicho, que sólo podía ser macho? ¿Qué nombre le pondría? El primero que se me ocurrió fue, por supuesto, Franco, pero? era demasiado obvio. De pronto se me ocurrió una idea. Giré por la calle que conducía a la estación de servicio cercana a lo de Franco y, al llegar allí, divisé al muchachito sin nombre al que había, en su momento, llevado a mi casa para que me diera una espectacular cogida sobre mi cama matrimonial. De algún modo, era como que quería, internamente, despedirme, verlo por última vez, pero no era sólo eso?En un principio, claro, no reconoció el auto pero luego se quedó petrificado, junto a los surtidores, apenas me vio. Una vez más, yo no me acerqué a los surtidores como para cargar nafta sino que permanecí dentro del vehículo a una distancia de cuatro o cinco metros. Saqué la cabeza por la ventanilla y le pregunté, en voz alta:

?¿Cuál es tu nombre??

Sonrió algo estúpidamente; pareció shockeado pero, a la vez, gratamente sorprendido. Claro, seguramente recordaba bien que yo alguna vez le había dicho que lo prefería sin nombre. Se quedó un rato como atontado hasta que finalmente contestó:

?Franco?

No pude evitar soltar una carcajada.

?Jaja? ¡Me estás jodiendo!?

Se encogió de hombros y abrió los brazos en jarras en claro gesto de incomprensión.

?Me llamo Franco? ? reiteró.

Le arrojé un beso soplado desde el auto y él me lo devolvió. Claro, lejos estaba el jovencito de imaginar que yo me estuviera despidiendo, posiblemente, para siempre. Puse primera y me alejé de allí. Mientras lo hacía, no pude evitar volver a acariciar mi vientre. Me reí.

?Bueno? – dije, hablando sola o, más bien, con el bebé que llevaba adentro -, yo el intento lo hice, ja… Te vas a tener que llamar Franco entonces??

Hace ya tres meses que estamos instalados en Brasil, en un lugar paradisíaco. Silvio trabaja como detective y tiene una agenda mucho más movida que la que tenía en Buenos Aires. Yo, de a poco, estoy posicionándome como doctora en una sala de primeros auxilios. Las cosas van bien y el embarazo marcha perfecto. Silvio es un tipo muy agradable y divertido y la verdad es que, en la cama no lo hace mal, pero cuando se agrega la preciosa secretaria la cosa se pone todavía mucho mejor. Hasta a veces disfrutamos juntas cuando él no está. Es tanta la buena onda que irradian los dos que logré superar mucho antes de lo que esperaba el trauma por la doble violación arriba de mi auto. Me costó, eso sí, despedirme de mis padres o hermanos, pero les expliqué, lo mejor que pude, que me iba para bien. Silvio me entregó la mitad del dinero que Damián le pagó y eso me hizo posible también indemnizar a Palo? No me hubiera permitido nunca dejarle sin nada; de hecho la recomendé rápidamente y sé que ahora está trabajando en unos policonsultorios de Villa Urquiza. La clínica de abortos fue noticia en todos los medios de Argentina y, cada tanto, sigo el caso por internet: están en el horno. De los dos hijos de puta que me violaron, por supuesto, no tuve noticia alguna; ojalá terminen muriendo en algún tiroteo. De Damián tampoco tuve noticias ni quiero tenerlas; siento que, de algún modo, estamos a mano: yo lo engañé sin ningún miramiento y él trató de dejarme sin mi preñez, aun cuando lo hizo de la peor forma y poniendo en riesgo mi vida. Pero bueno, seguramente habría enloquecido al enterarse de que la esposa a quien tanto amaba y en quien tanto confiaba, había sido culeada por medio mundo y, lo peor de todo, ella daba señales de haberlo disfrutado. En fin: que haga su vida? Y ojalá encuentre una mujer: yo ya no lo soy: soy una hembra?

Todo el tiempo, eso sí, me acuerdo de Franco. Si alguien me transformó en lo que soy ahora fue él y, de algún modo y sin saberlo, se convirtió en el principal responsable de un cambio positivo en mi vida ya que me ayudó a descubrir mi verdadera esencia. Hace un par de días en la playa vi un chico que me hizo acordar mucho a él, aun cuando era bastante más morocho. Se fue dando que, en la medida en que el sol fue cayendo sobre el oeste, la playa se fue despoblando y en un determinado momento estábamos prácticamente sólo yo y él, separados por unos veinte metros. Había algunos otros, pero mucho más alejados. Lo que me salió hacer en ese momento fue algo que nunca hubiera hecho seis meses atrás y eso hablaba a las claras de que había una nueva Mariana. Me incorporé y caminé a paso decidido hacia él. Estaba echado sobre la arena y se hizo visera con el antebrazo para tratar de verme mejor ya que mi silueta se recortaba contra el sol poniente. Me miró interrogativamente; la verdad era que no había dado, a mi pesar, señales de prestarme atención en toda la tarde. Eché un vistazo al bulto que hacía montañita en el short de baño y se me hizo agua la boca.

?¿Te puedo chupar la pija?? ? le pregunté.

No pareció entender. Claro, hablaría portugués y, si conocía algo de español, quizás pensara que era imposible que yo hubiera dicho lo que él podía haber entendido. No vacilé más. Me arrodillé entre sus abiertas piernas y tiré del short de baño hasta bajarlo y dejar al aire un miembro que era tan hermoso como lo imaginaba. Su rostro, por supuesto, sólo rezumaba incredulidad y yo, encima, no le di tiempo a entender mucho. En cuestión de segundos ya me estaba comiendo su verga cuan larga era sin plan de interrumpir la labor hasta tanto no lo hubiera dejado sin leche. Y, en efecto, así fue. Sí, lindo, te vas a tener que conseguir otro porque me lo pienso tragar entero? Intentó incorporarse, posiblemente sacudido por la sorpresa o asustado por el carácter público del contexto. Yo, sin dejar nunca de comerle el pito, estiré un brazo hasta apoyar una mano sobre su hermoso pecho y lo empujé hacia atrás: al rato él no podía contener sus gritos, que resonaron en el aire vespertino de la playa mezclándose con los que producían las olas y las gaviotas. No sé qué habrán pensado los que, desde lo lejos, hubieran visto la escena; no me importó tampoco. Sólo sé que mientras estaba, como una ventosa, prendida a su pija, sólo pensaba en una cosa: Franco, Franco, Franco?

Y aquí estoy, queridos lectores. Una vez más retozando en las playas de Copacabana. Y, una vez más, también, echándole el ojo a un muchacho; a decir verdad, no es tan lindo como el de hace un par de días, pero me mira mucho? Mi panza ya se nota bastante, así que debe ser uno de esos pervertidos que se ratonean con las embarazadas. Tanto mejor: le estoy guiñando un ojo, me estoy relamiendo el labio inferior. Preparate guachito, porque te voy a coger bien cogido?

Una sonrisa se me dibuja en el rostro y mecánicamente me acaricio la pancita. Bajo la vista hacia ella por un instante y me siento agraciada por llevar dentro mío el mejor recordatorio posible de que soy una hembra. Me acaricio y me acaricio?, y sonrío? Vas a ser hermoso, lindo?, como tu padre? Y, sobre todo, muy machito?

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Este enfermero hace poco que ha empezado, pero ha tenido la suerte de ser el enfermero de la médico más cachonda del hospital, ya que se pasea por los pasillos acelerando el corazón de los pacientes con diminutas faldas que dejan ver su culazo y escotes de vértigo. Pero sin lugar a dudas lo más importante de la doctora, es que es una guarra de cuidado y que, nada más llegar su paciente a la consulta, no duda en examinarle el coño en profundidad, mientras el enfermero mira y finalmente se une.
Follan como animales en la consulta hasta que el chico se corre sobre ellas, el trío perfecto.


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Cuando toda la perversa escena hubo llegado a su aparente fin los jóvenes quedaron todos extenuados. Y yo también. Mareo, alcohol, drogas y cansancio constituían un cóctel difícil de aguantar tanto para mí como para ellos, aun cuando debían estar más acostumbrados que yo. Al rato dos de ellos dormitaban? o tal vez dormían, no lo sé. El flaco y el pendejito se mostraron cansados pero no a tal punto de abatimiento. En un momento se dedicaron a jugar con una playstation. Yo seguía en el piso como si me hubiera pasado un tren por encima. Estaba abatida, tanto física como psicológicamente: ni en mi más remota y perversa fantasía podría haber imaginado vivir una locura así. E increíblemente, en ese momento volví a pensar en Franco: ¿qué sería de él? ¿Seguiría con la maldita turrita de la tienda? Me invadieron unas incontrolables ganas de llamarlo: era un delirio desde ya, pero estimulaba mi idea el hecho de saber que su número estaba registrado en mi celular ya que me había llamado en la tarde previa, justo antes de que fuéramos a comprar la lencería. Traté de no llamar demasiado la atención y marché a cuatro patas hacia el rincón de la sala de estar en el cual, hecho un bollo en el piso, se hallaba mi guardapolvo dentro de uno de cuyos bolsillos se hallaba el celular. Ni el flaco ni el pendejito parecieron percatarse de nada; estaban muy absortos con su jueguito.

Llegué hasta el guardapolvo, hurgué en el bolsillo y manoteé el celular. Touché. Había tres llamadas perdidas y un mensaje. Por un segundo se me iluminó el rostro pensando que pudieran ser de Franco pero pronto me di cuenta de la realidad, que por cierto era más lógica. Tanto los tres llamados como el mensaje tenían un mismo remitente: Damián? La culpa me volvió: ni siquiera me había acordado de él. Si había gateado en busca del teléfono no había sido por él sino por Franco. Y ahora me hallaba en la encrucijada: ¿a quién de ambos llamaba? En la pulseada entre la razón humana y la conducta animal ganó claramente la segunda. Marqué el número de Franco y llamé? y llamé? Nadie contestó. Era de pensar que estaba aún con la jovencita de la tienda de lencería. Una profunda desilusión se apoderó de mí. El siguiente paso era llamarlo a Damián, pero? no, no podía arriesgarme a hacerlo en el contexto en que me encontraba. Cierto era que ya la música hacía rato que había cesado y que los dos jugadores de playstation casi no emitían palabra; sólo se escuchaba el audio del juego. Pero no, no podía arriesgarme: era preferible un mensaje de texto: ?Perdón, amor, tuve una noche terrible. La señora falleció y tuve que hacer algunos trámites por haber sido yo el último médico que la atendió. Luego me quedé a acompañar a la familia en el velatorio y tenía el teléfono en silencio; no escuché tus llamados. Beso. Te quiero.? De paso, el mensaje de texto era la mejor forma de no ser oída por los que jugaban con la play, los cuales al parecer ni siquiera se habían percatado de mis movimientos. Me equivoqué:

?Qué buen culo tiene la puta?

La voz era la del flaco, claramente. Para colmo de males, en efecto, hallándome a cuatro patas como me hallaba y mirando mi celular, yo les estaba mostrando mi retaguardia a ellos. Me giré despaciosamente, aunque siempre gateando. Ni siquiera me miraban; era obvio que había sido un comentario hecho al mirarme de reojo. Ambos seguían muy entretenidos con la playstation y no daban visos de plan alguno de interrumpir su actividad. Eché un vistazo a la hora en el reloj: dos y media de la madrugada. ¿Se podía considerar que la ?fiesta? estaba terminada? ¿Sería ya mi hora de irme? De ser así, ¿cómo lo plantearía? ¿Pedirles permiso? ¿Aprovechar un momento de distracción y escabullirme? En ese caso, ¿considerarían que ya estaba pagado el precio de su reserva con respecto al video? Y aun suponiendo que así fuese, ¿hasta qué punto era fiable tal reserva a la vista de la imagen de irresponsabilidad que daban aquellos chiquillos, entre los cuales había un pendejito alzado y quinceañero? En eso estaba cuando, de repente?, sonó mi celular. Estúpida de mí; no había tenido el cuidado de ponerlo en silencio luego de enviar el mensaje a mi esposo; ahora cabían dos posibilidades: o era él o era Franco, quien posiblemente hubiera encontrado una llamada perdida mía. Nerviosa y casi sin poder manipular el aparato, que se me patinaba entre los dedos, eché un vistazo al número y descubrí que no era el de Damián?, pero tampoco coincidía con el que había utilizado Franco y al cual yo había llamado un par de minutos antes. Era otro? Dudé un instante con el celular en mano; finalmente decidí que debía contestar o de lo contrario pondría demasiado en alerta a los ?sobrevivientes de la fiesta? en la medida en que el teléfono siguiera sonando. Así que contesté y dije ?hola? en un susurro apenas audible. No les puedo describir lo congelada que quedé en cuanto oí la voz del otro lado:

?Por favor, Franco, ¿puede usted hacerme el culo como la puta que soy??

La mano me tembló. Toda yo temblé en realidad. Giré una vez más la vista para observar al resto. Nada había cambiado: los dos que jugaban con la playstation seguían haciéndolo y en cuanto a Sebastián y el gordo, continuaban dormitando como si nada. No era ninguno de ellos. Por otra parte esta vez ni siquiera había sido un mensaje de voz: era una grabación y se notaba que había alguien que me la estaba haciendo escuchar desde el otro lado. Intenté abrir la boca para preguntar quién era, quién hablaba, pero no me dio tiempo. Cortó.

Yo no podía sentirme más abatida. Alguien seguía jugando conmigo y, al parecer, no tenía vinculación con ninguno de aquellos cuatro pendejos. De hecho, no había nada que indicase que ellos hubiesen accedido a esa grabación ya que esas palabras yo las había pronunciado durante mi segundo encuentro con Franco en el colegio y lo que ellos me habían mostrado en el video correspondía al primero. En eso el más pendejito maldijo a viva voz y lanzó al aire una serie de insultos a la vez que se ponía de pie. El flaco emitió una estruendosa carcajada y se mofó del chiquillo a quien aparentemente acababa de derrotar en lo que fuera que estaban jugando. Mala noticia para mí: si el juego había terminado, ello los dejaba a ambos disponibles para volver a prestarme atención.

Dicho y hecho: pude ver de reojo como el pendejito, tal vez ofuscado o dolido por su derrota, venía hacia mí. No tenía los pantalones puestos, cosa que yo no había percibido un rato antes cuando los viera jugando con la playstation. Me tomó por la cintura en cuatro patas como yo estaba:

?Hora de romperle el culo a la doctora putita? ? anunció, en tono jovial.

El horror me invadió. Parecía increíble que después de tantas vejaciones sufridas en esa noche todavía fuera a faltar una, pero no era sólo eso sino el hecho de que planeara penetrarme por la cola. De algún modo, yo consideraba que esa parte de mi cuerpo ya había sido entregada a Franco y que, desde ese momento él, en condición de macho, era quien tenía derecho a poseerla. Había decidido, en lo íntimo, jamás entregarla a ningún otro hombre.

?N? no, por favor, por ahí no? ? balbuceé.

?No estás en condiciones de decidir? ? intervino el flaco quien, súbitamente, apareció junto a mí y me acarició la cabeza con gesto tranquilizador. Giré la vista y le eché una mirada sufrida e implorante. No necesitaba hablar: mi cara de pánico lo decía todo.

?No te preocupes, trolita ? me siguió diciendo -. Si ya te aguantaste ahí adentro la verga de Franco, es difícil que el manicito del pendejo éste pueda siquiera hacerte algo. ¡Ni lo vas a sentir! Jaja? Más de una vez le habrá dicho eso a un paciente antes de pincharlo con una jeringa, ¿no? Jeje? Bueno, esto es lo mismo??

El flaco recibió un escupitajo en pleno rostro y era obvio que el agresor había sido el pendejito. En respuesta, le aplicó un puñetazo aunque, a decir verdad, no llegaba yo a determinar si estaban peleando en serio o en broma. Más bien parecía un manoseo de entrecasa, aun cuando daba la impresión de que el pendejito se tomara la cosa menos a la ligera que el flaco: era lógico, tanto por su edad como por el hecho de haber sido vencido en el juego unos instantes antes.

?Dale, ja? – reía el flaco -. Rompele el culo de una vez. Es lo único que podés hacer; en el PES te lo rompo siempre yo, jajaja?

Una nueva lluvia de golpes cayó sobre él aunque más que nada pareció una andanada de manotazos sin sentido. El flaco se cubría con las manos y echaba un poco su cuerpo hacia atrás para salir del alcance del ataque pero no paraba de reír y mofarse. Una vez que el pendejito hubo conseguido su objetivo de alejarlo un poco me tanteó el orificio: hurgó primero con su dedo y luego me enterró la verga; por cierto, no era la de Franco pero tampoco era tan pequeña como había dicho el flaco, posiblemente sólo por burlarse. El problema fue que el chiquillo, inexperto e idiota, ni siquiera tuvo el reparo de lubricarme un poco con algo y, por lo tanto, puedo asegurarles que vi las estrellas. No pude contener un aullido de dolor.

?Sos un animal ? le decía el flaco, aunque siempre en tono de juerga y de burla -. Tenés que lubricarla, pedazo de bestia?

El pendejito hizo caso omiso; en todo caso pareció arrojar un insulto que se hizo ininteligible entre sus exagerados jadeos y su respiración entrecortada. Ya estaba en pleno proceso de darme la cogida animal y torpe que lo caracterizaba, pero esta vez por el culo. Traté de pensar en Franco pero la realidad era que el dolor estaba en ese momento por encima de cualquier intento por sentir placer. Por suerte yo sabía que las eyaculaciones del jovencito eran bastante precoces y supuse que ésta no sería la excepción: no lo fue, aunque tardó más que en las anteriores; era lógico ya que estaba más cansado. Cuando la retiró de mi orificio tampoco mostró la más mínima delicadeza. Alcé un poco la vista con incertidumbre y terror por lo que se venía. En ese momento pude ver al flaco calzándose un profiláctico en su verga que ya había quedado enhiesta tras el espectáculo presenciado. En parte agradecí que así fuera, aun cuando lo más posible era que se estuviera cuidando a sí mismo antes que a mí, pues no querría introducir su miembro en mi culo que estaba lleno con la leche del pendejito (¿por qué no habría tomado también tal cuidado antes?); pero en parte maldije para mis adentros ya que quedaba claro que los malditos cretinos estaban equipados con forros y, sin embargo, no los habían hasta allí utilizado en toda la noche: no tenía mucho sentido, viéndolo así, el porqué de tan repentino arrebato de higiene. Tanteó con su pene en mi entrada y, como no podía ser de otra manera, recomenzaron los insultos:

?A ver puta, abrí bien ese culito porque ahora vas a sentir una verga de verdad y no un manicito. Ese pendejo pelotudo ni siquiera fue capaz de dejártelo bien abierto? Eso sí, lo dejó bien lubricadito, jaja? – casi de inmediato sentí la cabeza del pito entrando por entre mis plexos: trazaba unas especies de círculos para abrirse camino y ello me produjo una excitación que no había sentido en la cogida previa ? Eso? – me decía ? eso, así, putita? Te voy a meter la caquita para adentro, jajaja?

Tengo que admitir que me montó magistralmente. De todas las experiencias vividas esa noche era la que más se acercaba a Franco: se acercaba, sólo eso: Franco es único… Pero se notaba que el flaco tenía una cierta experiencia y que, al parecer, ya le había hecho la cola a unas cuantas: sorprendente, si se consideraba que no era nada lindo. Pero, en fin, si hay algo que una no ve cuando es penetrada por la cola es la cara de quien te lo está haciendo… Una vez más busqué, por supuesto, pensar en Franco, pero como ya lo dije antes, en el caso del flaco se hacía difícil el ejercicio de reemplazo mental debido a los insultos y ordinarieces que profería todo el tiempo. No es que Franco no fuera humillante con sus palabras, pero? lo era de otro modo: menos guarro si se quiere. Y menos agresivo aunque, paradójicamente, más macho? La cogida que el flaco me dio por la cola fue, por cierto, la más extendida que recibí esa noche, ya fuera de índole vaginal o anal. A veces se detenía y parecía haberlo hecho definitivamente; luego retomaba en el momento más inesperado y, cuando eso ocurría, una excitación inenarrable me hacía soltar un alarido de involuntario placer. Él sabía y gozaba eso. Gustaba de llevarme al terreno en el cual yo me degradaba y terminaba no sólo aceptando ser cogida por el culo sino además deseándolo y sufriendo cada vez que él se detenía. Aguanté en cuatro patas cuanto pude pero llegó un momento en que ni mis brazos ni mis rodillas dieron más: codos y piernas se vencieron y caí al piso exhausta, aunque siempre con la verga del flaco dentro de mi culo. De hecho, él cayó sobre mí, enterrándomela aun más adentro. No era su estilo besarme en el cuello o en la oreja, ninguna de esas cosas que hacía Franco o incluso Sebastián. Yo suponía que me iba a instar a levantar mi cuerpo para ponerme nuevamente a cuatro patas pero me equivoqué. Sin quitar la verga de mi culo manoteó un par de almohadones que, en algún momento de la alocada noche, habían caído de los sillones y andaban desparramados por el piso. Y ahora sí, cruzando un brazo por debajo de mi vientre me izó prácticamente y, con sorprendente rapidez y habilidad (repito: daba la sensación de saber bien lo que hacía y de haberlo hecho muchas veces antes) depositó los dos almohadones bajo mi estómago y así quedé, con mi mentón en el piso pero con mi cola levantada y en pompa, además de empalada.

Y la anal embestida arreció nuevamente, llevando mi excitación a niveles nuevos, posiblemente por lo degradante de la posición en que había sido colocada. De pronto mi celular comenzó a sonar: el peor momento para atender. Eché un rápido y aterrorizado vistazo: el aparato estaba en el piso a escasos centímetros y al alcance de mi mano. La melodía del ringtone sonaba insistentemente y la pantalla iluminada mostraba el nombre ?Damián?.

¿Y ahora? No contestar sería un problema pero hacerlo también.

?Tu marido, ¿no? ? preguntó el flaco con tono divertido -. Dale, contestale al cornudo?

No. De ninguna manera. No podía yo responder a ese llamado y permitir que mi esposo volviera a escuchar mi respiración agitada y entrecortada. Ya no podía seguir sosteniendo la burda excusa de las escaleras.

?Contestá? ? me urgió el flaco enterrándome aún más la verga. Lancé un lastimero quejido en el cual se conjugaban dolor, placer y pánico.

?No? ? dije tajantemente, sorprendiéndome a mí misma por la seguridad en la negativa.

El flaco no dijo nada pero resopló como quien pierde la paciencia. Se dejó caer encima de mí provocando con ello una nueva marca dentro de mi culo. Su acto, en realidad, tuvo más que nada por objetivo estirarse para alcanzar mi celular. Para mi espanto, lo hizo. Sin sacar en ningún momento su pija de mi orificio se incorporó un poco y al girar mi cabeza lo más que pude, logré ver que se llevaba el aparato a la oreja. No, no podía permitirlo de ningún modo. En un esfuerzo sobrehumano arqueé mi espalda y el movimiento hizo que, una vez más, la verga del joven siguiera avanzando dentro de mi ano. Pero por fortuna el esfuerzo sirvió: estirando el brazo hacia atrás hasta que el hombro me dolió, conseguí con un veloz manotazo arrancarle el celular de la mano y arrojarlo a lo lejos lejos; se estrelló contra el zócalo de la habitación y luego quedó en el piso, a unos tres metros de nosotros.

Mi reacción, obviamente, lo enloqueció.

?Pero? pedazo de puta? ¿qué hacés? ? me abofeteó la cara sin piedad un par de veces -. ¿Qué hacés??

No fue a buscar el celular ya que, al parecer, no estaba dispuesto a desalojar mi culo ni siquiera por un momento. Tradujo su furia en la peor arremetida que hubiera yo tenido que soportar hasta el momento. Como una perforadora entró una vez? y otra? y otra, en tanto que yo, desgarrándome y bifurcándome entre el dolor y el placer, no pude hacer nada? salvo aullar. Estaba yo agitadísima; sentía que por mucho que fuera el aire que llevaba a los pulmones, era poco. Entreabrí los ojos en algún momento para volver a mirar al celular y me encontré con la imagen del pendejito levantándolo del piso y escudriñando la pantallita.

?N? no, ¡Nooo! ¡Por favor, no cont…?

Una nueva bofetada por parte del flaco me hizo dejar inconcluso mi ruego, sobre todo considerando que esta vez la mano se estrelló en mi rostro abarcando tanto mejilla como trompa. Mi cola seguía siendo penetrada y mis jadeos daban lugar a sollozos. Impotente y vencida, volví a girar la vista hacia el pendejito. Para mi sorpresa, no estaba contestando el llamado ( de hecho, el ringtone había dejado de sonar) sino que lo dirigía hacia mí? y me estaba tomando una foto. Volví a amagar decir un ?no? pero otra vez recibí una bofetada y noté que la fuerza del golpe se iba incrementando en la medida en que me mostraba renuente a la sumisión y al silencio. Opté entonces por quedarme callada; prácticamente no había otra opción. El pendejito seguía tomando fotos con mi celular. Para esa altura yo ya no sabía si el hecho de que no hubiera contestado el llamado de mi esposo constituía un alivio o una condena aún peor. Yo lo seguía oteando; cada tanto me veía forzada, sin embargo, a cerrar mis ojos por la intensidad de la embestida dentro de mi cola. Aun así, pude ver cómo se dedicaba a recorrer las fotos una por una e incluso me dio la impresión de que miraba más de las que había tomado, como si estuviera fisgoneando dentro de mis fotos privadas. Se me cruzó por la cabeza una vez más la posibilidad de decirle algo pero el temor a recibir una nueva bofetada restallando en mi rostro me hizo abstenerme. Alcancé a distinguir que tomaba otro celular, presumiblemente el suyo y que comparaba los dos, como cotejando algo. Cabía y era esperable, por supuesto, la posibilidad de que se estuviera enviando la foto a sí mismo pero además me dio la impresión de estar revisando algún número dentro de su directorio.

?Ja? ahí le envié la foto a Franco? ? anunció tras unos segundos, luciendo una sonrisa que de tan triunfal terminaba por verse estúpida.

Claro. Eso era lo que estaba haciendo: fijándose el número de Franco ya que desconocía que yo lo tenía registrado desde la tarde y, de hecho, jamás puse su nombre en el directorio. Me sentí desfallecer. Caí de bruces al suelo mientras el flaco no paraba de penetrarme por la cola. De todas las personas en el mundo ante las cuales podía darme vergüenza ser expuesta en esa situación, creo que Franco se llevaba sin dudarlo el primer lugar. Era una ironía, sí, y una locura, pero me golpeaba más hondo eso que si le hubieran enviado la foto a Damián.

Creo que no pasaron ni treinta segundos y un celular sonó. Pero no era mi ringtone: era el del pendejito.

?Eeeh Fran? – saludó festivamente y visiblemente excitado -. ¡Qué fotito te mandó papá eh! ¿Te llegó, trolazo??

Durante un rato hubo silencio. Era obvio que era Franco quien hablaba y su alocución sólo se veía cortada, cada tanto, por alguna risotada o carcajada estentórea del chiquillo. Luego éste se acercó y le pasó el teléfono al flaco.

?Quiere hablar con vos? ? anunció.

El flaco tomó el celular sin dejar de bombearme por el culo en ningún momento. Hasta habló con una inusitada serenidad y sin siquiera muestras de agitación en la voz.

?Fran querido, ¿todo bien por ahí?… Y, acá estamos, jeje? Rompiéndole el culo un poco a la doctora? Te llegó la foto, ¿no? Jeje? y sí? se ve que la dejaste bien preparada porque le entra como por un tubo, jaja ? no podía creer las palabras que estaba oyendo; el modo en que hablaban de mí. ¡Cuánta vergüenza! Quería morir? y encima el bombeo del flaco no se detenía y me vi obligada a soltar un par de aullidos que más que seguramente fueron oídos por Franco; las palabras del flaco así lo confirmaron apenas un instante después -. Jeje,¡seeeee! ¿La escuchaste? Igual te digo una cosa, eh? Vos se la habrás estrenado pero yo le voy a agrandar el agujero eh, jaja? Grita, grita mucho la puta, jeje? Así que lo siento Fran? usted será muy minero pero acá me parece que salió perdiendo eh, jajajaja? Y, no sé, no sé ? el tono siempre era de jarana; no daban la impresión de estar discutiendo en serio -, yo creo que hoy me la llevo a casa clavada por el orto eh, jajaja? Así se lo dejamos bien grande? Cosa que cuando esté dura de vientre pueda hacer caquita bien, jajaja?

La humillación hacia mí parecía encontrar siempre un nivel superior y, de manera concomitante, arrojarme a un pozo cada vez más profundo. La andanada de barbaridades que decía el flaco iba alternada, por supuesto, con pausas de silencio en las cuales seguramente estaría hablando Franco. Yo albergaba, ilusamente, la esperanza de que Franco los llamara al orden. Él había sido el primero en tomarme detrás y desde ese momento se había convertido en mi macho. ¿Por qué permitía que sus amigos jugaran conmigo e invadieran lo que por legítimo derecho era suyo? ¿Tan poca era la importancia que me otorgaba entre sus posesiones personales?

?Che, ¿y vos cómo la estás pasando con la de la tienda?? Jeje, ¿se porta bien la muchacha?… Jaja? ¿ah sí??

Un nudo en la garganta. Un puño abriéndose en el medio de mi pecho. Y todo eso al mismo tiempo que era penetrada por la cola. De pronto se produjo una pausa un poco más larga en el diálogo telefónico que estaban sosteniendo. El flaco me acercó el celular al rostro:

?Quiere hablar con vos? ? dijo.

Tomé el celular temblando; de modo extraño se produjo en mí una cierta emoción al saber que Franco quería hablar conmigo. El flaco, momentáneamente, interrumpió el bombeo; interpreté el gesto como una forma de dejarme hablar más tranquila por teléfono.

?F? Franco?? – tartamudeé; el corazón me saltaba en el pecho.

?¿Cómo le va, doc? ? resonó la voz al otro lado de la línea satelital – ¿Cómo la está pasando? ¿La tratan bien? Recién vi una fotito y se la veía muy bien, doc, eh??

Touché. Otra vez me quería morir. Ni del tono ni de sus palabras se desprendía que estuviera molesto por el hecho de que sus amigos decidieran entrarme por atrás.

?F? Franco? – balbuceé, al borde de las lágrimas -. Por favor te lo pido, ¿podés parar esto??

?Eeeeepaaaaa? ¿Qué pasa,doc? Está en una fiesta, piense eso? Póngale onda??

Yo ya no sabía ni qué palabra decir?; cada vez que alguna parecía estar acudiendo a mis labios, cuando lograba salir lo hacía en forma de gimoteo o de sollozo. ¿Cómo podía decirle algo como ?Franco, mi cola es tuya, sólo tuya?. Sonaría no sólo degradante sino además burdamente ridículo, casi como una frase rosa de una telenovela pero puesta en formato porno.

?Franco?? ? musité.

?Ah, acá hay alguien que quiere hablar con vos? ? me interrumpió con brusquedad y dando la impresión de ni siquiera haberme escuchado.

Rápidamente escuché como si el celular cambiara de manos y, casi al instante, percibí una risita juvenil que me hizo tener el peor de los presentimientos.

?¡Holaaaaa! ¿Cómo estás, mi amor? ¿Cómo te quedó la ropita? Por lo que vi en la foto, me parece que bien? Bah, jaja, al menos lo que te dejaron puesto?

En efecto: era la voz de la odiosa vendedora. Aun si no se tuvieran en cuenta sus obvias referencias a la lencería que ella misma me había elegido, era a esa altura para mí imposible no reconocerla. Odié esa voz durante buena parte de la tarde. La detesté cada vez que la escuchaba cuchicheando con Franco o cada vez que, en el probador, me decía al oído todas las frases hirientes que se pudiesen llegar a imaginar. Hice una larga pausa antes de contestar; finalmente lo hice, dolida, vencida?

?S? sí, me queda bien?

?¿Les gustó a los chicos??

Tono falsamente simpático. Tono mordaz. Tono hiriente. Mina de mierda?

?Sí? les gustó mucho?

Tierra, trágame, por favor. No me reconozco.

?Aparte vi que te estaban haciendo la colita? Esa ropita que te di es genial para eso porque deja la cola bastante descubierta y no hace falta sacar nada. ¡Es ideal! ¿No????

Qué ganas de asesinarla. Esa chica sólo zafaba de ello por estar al otro lado de una línea satelital.

?Sí ? respondí con voz apagada -, es ideal, sí?

?¿Y cómo se dice???? ? atronó la voz de Franco, quien pareció acercarse al teléfono para hablar.

Demás está decir que yo sabía sobradamente qué era lo que Franco quería que yo dijese. Me lo pedía él; imposible decir que no, aunque doliese al alma y a la dignidad.

?G? gracias? ? balbuceé.

?Ja, no, de nada, mi amor? Ya te dije: cuando tengas otra fiestita le decís a Franco que te traiga y te visto de vuelta? ¿Sí, linda? ¡Me alegra en el alma que la estés pasando bien! Yo la estoy pasando muuuy bien acá con Fran, así que también te tengo que dar las gracias porque lo conocí gracias a vos? Te digo una cosa eh ? su voz adoptó un tono serio que sonó fingido; luego bajó al nivel de un susurro como buscando que Farnco no la oyera, pero era todo más bien un efecto histriónico, parte de una escena teatral que la putita manejaba con habilidad -? Essssss una mmmmmáquina? Jajaja? . clavó la ?m? unos segundos en sus labios para aumentar la sensación de erotismo -. Te mata?, te da como en bolsa?

Y sí?, si lo sabría yo. Cuánta envidia, cuánto odio al saber las suertes diferentes que ella y yo estábamos viviendo. ¿Sería tanto castigo el precio de haberla pasado tan bien en su momento y de haber traicionado a mi esposo? ¿Habría alguna fuerza del más allá que se dedicaba a castigar a las esposas infieles? Si la había, parecía ser que se regodeaba hasta el deleite haciéndome sufrir. Con crueldad. Con sadismo.

?Bueno, lindura ? me dijo -, te dejo porque me parece que el bomboncito que me estoy comiendo quiere seguir. ¡Mmmmmuack! Te mando un beso grande, grande??

Ya ni siquiera contesté. No podía. Y ahora no era mi boca sino mi espíritu quien no lograba soltar palabra. Franco volvió a tomar el celular. Justo en ese momento y como si supiera, el flaco reinició su embestida dentro de mi ano con toda furia. Un grito escapó de mi garganta? No sé cómo no perdí el celular que tenía en mano; creo que debe haber sido el influjo de Franco, el saber su presencia al otro lado de la línea. El teléfono se había convertido en ese momento en mi único nexo con él: nexo pobre y humillante dadas las circunstancias, pero nexo al fin, así que quería mantenerlo en mano costara lo que costase?

?¿Escuchás Fran?? ? vociferaba exultante el flaco -. Escuchá bien eh? Así se le hace el culo a las doctoras casadas??

Su verga estaba toda dentro de mí y la podía sentir hinchándose y contrayéndose, hinchándose y contrayéndose? Y cada vez era más lo que se hinchaba y menos lo que se contraía. Podía sentir sus huevos prácticamente apoyados y aplastados contra la parte baja de mi cola y sobre el inicio de la raja de mi sexo.

?Epaaaaaa… ? se escuchó la voz de Franco a través del teléfono – ¡Cómo estamos, doc, eh!?

La odiosa y femenil risita se le sumó. Yo ya no cabía en mí del odio, pero el flaco no me dejaba pensar mucho en eso. Seguía? y seguía? y seguía? Alguien me quitó el celular de la mano y cortó la comunicación. Eché un vistazo: era el pendejito, claro? Era suyo el celular después de todo y ya hacía largo rato que estaba siendo utilizado por otros. Me sentí morir porque fue como si apartaran a Franco de mi lado? ¡Dios! ¿En qué ser horriblemente decadente me había convertido? Extrañaba una conversación aun cuando la misma significara una cuchillada detrás de otra en contra de mi dignidad. El flaco intensificó su ritmo. Yo tenía que pensar en Franco. Franco. Franco. Deslicé una mano por debajo de mi vientre y me dediqué a masajearme la conchita. Franco? Franco? Franco? La respiración del flaco se fue haciendo cada vez más jadeante y ahora despedía una serie continuada de alaridos que hacían difícil pensar que Sebastián y el gordo siguieran dormitando. Yo me masajeé aun con más fuerza mi zona genital. Los dos estábamos llegando al orgasmo? El flaco y yo? Yo y él? Yo?y? Franco,? Franco?, Franco? Ya llega, ya llega, ya llega?

Si no sentí esta vez el río caliente adentro de mi cola fue porque el flaco había tenido el buen tino de ponerse un preservativo. Cayó sobre mí, jadeante y babeante en el mismo momento en que mi propia excitación llegaba a su punto culminante y estallaba? Allí quedó durante un largo rato, tanto que hasta llegué a pensar que se había quedado dormido. Finalmente se incorporó y retiró su verga de adentro de mi culo del mismo modo que si quitara el tapón de un lavabo. Fue a buscar algo para beber, como si de repente se olvidara de mí por completo. Allí quedé, con dos almohadones debajo de mi estómago para poner bien alta mi cola, profanada y corrompida una vez más. Yo cerraba los ojos, apretaba los puños? y obviamente pensaba en Franco?

Durante un rato parecieron olvidarse de mí?Estuvieron como ausentes, echados en los sillones y semidesnudos. No hablaron palabra, ni conmigo ni entre ellos. Sebastián, en algún momento, se removió en su lugar, estiró los brazos como para sacudirse un poco la modorra pero creo que ni siquiera le vi abrir los ojos.

?Che, qué quilombo que hacen eh? ? dijo, entremezclándose sus palabras con un bostezo. Luego se arrebujó nuevamente y no volvió a decir nada.

¿Estaría concluida la velada? ¿Cuál era el momento en que yo podría marcharme? ¿Tenía que pedir permiso para hacerlo? Estaba tan abatida y vencida que, más que gatear, repté hasta llegar nuevamente a mi celular. Tomé mi guardapolvo y me lo eché encima; tanteé en los bolsillos los preservativos que había traído y que finalmente no habían sido usados, ya que el único en utilizar uno había sido el flaco y lo hizo recurriendo a uno propio. Sobre una repisa se hallaban los lentes que me habían quitado al entrar; como se hallaban a una cierta altura, tuve que ponerme en pie. Eché un vistazo hacia los muchachitos y, al parecer, el flaco y el pendejito se habían rendido ante el cansancio y dormitaban. Fue, sin embargo, la voz de Sebastián, la que me tomó por sorpresa en ese momento:

?¿Ya se va, doctora?? ? me preguntó.

La pregunta me sorprendió por dos razones: una, porque suponía dormido a Sebastián; otra, porque en la forma de preguntar parecía estar implícito que yo, si así lo quería, podía marcharme. Ignoro si tal libertad era el premio por haber cumplido con ?mi parte?. Lo único realmente cierto era que si se me estaba dando la posibilidad de irme y se me preguntaba por ello, no debía yo desperdiciarla mostrándome dubitativa.

?Sí ? dije -. Ya es tarde??

Asintió con la cabeza. La mayor parte del tiempo mantenía sus ojos cerrados abriéndolos sólo fugazmente de tanto en tanto.

?Claro? imagino que su marido la está esperando, ¿no??

Bajé la cabeza y asentí con vergüenza. No supe si llegó a ver mi gesto.

?No la coge demasiado bien el profesor, ¿no?? ? lanzó a bocajarro y me tomó desprevenida con la pregunta. Lo miré vacilante, sin saber bien qué tenía que decir o qué esperaba él que yo contestara. Lo único que sí sabía yo era que quería el camino más corto en pos de marcharme de aquel lugar.

?P.., ¿perdón?…? ? musité.

?Nada, sólo eso que le pregunté. Usted no me parece que sea una esposa bien atendida, ¿no??

Lo miré un rato sin contestar. Ahora sí que él tenía los ojos bien abiertos y me clavaba una mirada severa e inquisidora, aunque a la vez de conmiseración.

?Bueno?, yo siempre creí que sí?? ? dije, bajando la vista nuevamente.

?Hasta que la cogió Franco? ? me interrumpió, adelantándose a lo que en verdad no sé si me hubiera atrevido a decir.

Asentí con la cabeza, avergonzada. De algún modo y aún sin hablar del todo, acababa yo de hacer una confesión, lo cual sólo era explicable en el súbito cariz intimista que parecía haber tomado la charla de Sebastián.

?Vení acá?? ? me dijo, tanteándose el muslo y girando hacia el tuteo.

Me quedé congelada por unos instantes. Me estaba invitando a sentarme nuevamente en su regazo cuando no hacía nada que me había preguntado si me marchaba. Él detectó mi incertidumbre.

?Vamos, vení? es un toque y te vas? ? me dijo, imperativo y a la vez tranquilizador.

Caminé despaciosamente hacia él sobre mis tacos, los cuales siempre conservé puestos al igual que las medias. Me ubiqué donde él quería y me rodeó con una mano la cintura.

?Mirá? – me dijo -. Te voy a decir una cosa: Franco es el ganador a full del colegio. Todas las pendejas están con él; no hay vuelta. Pero ojo: no te enamores de él porque él no se enamora de nadie. Lo de él es usar a las minas? Te lo comento porque me caés bien y no quiero que salgas herida?

Me propinó un beso en la mejilla. Yo permanecí en silencio.

?Sí, ya sé? – dijo él -. O te duele esto que te acabo de decir o bien no lo querés creer, pero? es así: te lo digo por tu bien?

La situación era por demás extraña: yo, una mujer adulta, universitaria y profesional, estaba sentada sobre el regazo de un adolescente siendo aconsejada sobre la vida como si él fuera mi padre y yo su hija. Aun así, debo confesar que el tono paternal me llegó y creo que fue eso lo que me llevó a profundizar algo más al momento de desnudar mis sentimientos.

?No sé si la palabra es enamorada? – dije, dudando -. Es? difícil de definir? lo que me pasa con él? Pero amor? no sé, no sé si es eso??

?¿Qué es lo que te gusta de él? ? me cortó seca pero gentilmente.

Una vez más me vi tomada por sorpresa. Yo no sabía bien poner en palabras lo que me atraía de Franco. O, en realidad, era una suma o una combinación tan grande de cosas que no tenía forma de ser sintética. Por suerte Sebastián siguió indagando y eso me guió un poco en mis respuestas.

?Está bueno, ¿no??

Me sonrojé.

?S? sí, es m? muy lindo chico?

?Y tiene un lomo bárbaro, ¿no??

?S? sí, lo tiene? físico increíble??

?Y una pija tremenda?

Sentada como estaba sobre él, di un respingo y le miré. Lo extraño del asunto era que si bien su interrogatorio había virado repentinamente hacia un tono más guarro, él no había perdido su amabilidad. Y su expresión no revelaba (como sí lo había hecho en otros momentos) burla o sarcasmo. Por mi parte, no pude evitar que una sonrisa se me dibujara en los labios; bajé la vista estúpidamente.

?Se te hizo agua la boca de sólo pensar en ella? ? me dijo.

?S? sí, admití? muy buen pito? No es sólo el tamaño, que lo tiene?, es? bello, no sé cómo decirlo?

?Bien ? reconoció él -. Hasta ahí lo físico? ¿Qué más hay en Franco que te atraiga? Dejemos de lado lo físico por supuesto??

Touché. Parecía querer llevarme hacia el terreno del cual yo no tenía muchas ganas de hablar. Era paradójico, porque cualquiera pensaría que mi honor hubiera quedado mucho más a salvo si identificaba en Franco elementos de atracción que estuvieran alejados de lo físico. Por el contrario, los que hasta allí había reconocido ante Sebastián eran puramente físicos. Cualquiera podría pensar (y tal vez con justa razón) que una mujer mayor que sólo encuentra tales elementos de atracción en un chiquillo y no es capaz de reconocer ningún otro de tipo afectivo o sentimental, bien puede ser considerada una puta de mierda. Adónde habría llegado yo que prefería eso antes que reconocer una atracción más profunda por Franco. Es que, en realidad, todo jugaba y se conjugaba: lo que acababa de admitir y lo que no quería admitir.

?Bueno? él? – me vi obligada a decir a mi pesar -, tiene una personalidad muy atrayente? No sé cómo definirlo: no he conocido un hombre ni mucho menos un chico así? Tiene un magnetismo casi animal? un espíritu terriblemente dominante? No puedo evitar pensar en él sin pensar en el papel que cumplen los machos en el mundo animal??

?Ajá. Digamos entonces que logra hacerte sentir como una hembra, cosa que tu marido no consigue?

Touché. Cuando antes había dicho que Sebastián tenía cosas que me hacían acordar a Franco no estaba equivocada. Sabía sacarme la ficha enseguida y hasta en eso remitía a él. Esta vez no pude contestar. Bajé la vista avergonzada una vez más. Él me tomó por el mentón para levantarme la cabeza nuevamente y luego acercó sus labios a los míos. Me besó y se entretuvo hurgueteando un poco con su lengua entre mis labios. En ese momento cerré los ojos.

?Decí la verdad? – me dijo en cuanto nuestras bocas se separaron -. Pensaste en él, ¿verdad??

Touché. Touché. Touché? Me aclaré la voz.

?Sí? ? admití.

Me dio una palmada en las nalgas.

?Ya es hora de que te vayas ? me dijo -. El profesor te va a extrañar?

?Ya hace rato que debe hacerlo? – repuse -. Te? hago una pregunta, Sebastián??

?Seba??

?O?ok? Seba? una pregunta: ¿qué va a pasar con el video? La filmación??

?No te preocupes ? me dijo con tono tranquilizador -. Si yo me entero que uno de estos retardados mentales lo andan difundiendo, los reviento a piñas y les corto los huevos??

?Ajá? ¿Y la chica ésa, la lesbiana??

?Ah, de ella no sé nada, pero es bastante canuta con respecto a todo? Es torta, no te olvides? No tiene demasiadas amistades en el colegio porque es un poco como que las chicas la esquivan para no aparecer pegadas a ella? Con quien, dentro de todo, más habla es con Franco y de todos modos es una relación amor ? odio, de ésas que no se entienden bien, ¿viste? Las amigas de ella son de afuera del colegio: si difundió tu video fue entre ellas, que seguramente no te conocen? Eso sí, si son lesbianas, lo habrán disfrutado, de eso no hay dudas??

Se sonrió ligeramente y otra vez mis mejillas se ruborizaron. Bajé la mirada; de un modo casi involuntario de pronto me encontré jugando con las yemas de mis dedos entre el vello del pecho de Sebastián. Casi al instante me di cuenta de lo que estaba haciendo. Lo miré con mucha vergüenza. Pero su mirada era totalmente serena, sin rastros ya de la resaca y la modorra que antes se habían apoderado de él. No dijo una palabra, pero de algún modo interpreté de su forma de mirarme que yo no estaba haciendo nada malo, así que volví a acariciarle el pecho. Sé que es difícil de explicar así como difícil de entender para el lector, pero en ese momento yo sentía un desamparo demasiado grande y, de manera extraña, era como que me sentía contenida por él: por un chiquillo que no debía pasar los diecisiete años.

?Y te hago una pregunta más?? ? le dije, prácticamente en un susurro.

?Sí? decime??

?Yo? estuve recibiendo algunos mensajes de voz??

?¿Mensajes de voz? ¿Y qué decían??

?B? bueno? – volvió en mí el tartamudeo -. Es una grabación de audio en la cual yo? le pedía a Franco por favor que me hiciera la cola?

Frunció el ceño. Revoleó un poco los ojos como si no entendiera del todo y buscara poner en orden la situación en su cabeza.

?O sea? ¿te grabaron??

?S? sí, ése fue Franco?

?Ah, qué turro? cómo le gustan esas cosas? y bueno? ¿y qué pasó después? Te estuvo mandando mensajes con tu propia voz? ¿Con la grabación que él te hizo??

?No estoy segura de que haya sido él? – sacudí la cabeza -. De hecho creo que no? Por eso quería preguntarte si no??

?No ? negó con énfasis, adelantándose a mi posible pregunta -. Te puedo asegurar que no. Una: si algo me embola son los mensajes de voz. Segunda: te puedo asegurar y no tengo por qué mentirte que no escuché una grabación así en absoluto. Si llegaste a pensar en nosotros, ya te voy diciendo que no??

Asentí con la cabeza. No sé por qué pero me pareció que había sinceridad en sus palabras. Es raro cómo una puede, de pronto, estar confiando y sentirse protegida por alguien que te ha usado a través del chantaje. Bajé aún más la vista y me encontré con su bulto; lo único que tenía puesto por encima del mismo era el bóxer.

?¿Te puedo pedir algo más antes de irme?? ? le pregunté.

?Sí, dígame, doctora? ? me respondió, al parecer sin decidirse entre tutearme o no hacerlo, ya que alternaba todo el tiempo en el tratamiento. Me miró extrañado.

Bajé la mano que tenía sobre su pecho y le acaricié el bultito. Noté que sintió el impacto: su pene reaccionó claramente; no se irguió desde ya, pero quedó bien claro que la sangre comenzaba a bullir en su interior: fue como haber pasado la mano por encima de un gatito que estuviera durmiendo y que reaccionara ante el contacto.

?¿Te lo puedo chupar?? ? pregunté. Me sorprendió la absoluta desinhibición con que lo dije. Creo que el clima intimista y de confesión que Sebastián había propuesto era el principal responsable de ello.

Él sonrió. Se mostró sorprendido.

?C? claro ? dijo -. ¿Qué pasa? ¿Te quedaste con ganas de más??

?Es que? espero que no te ofendas??

?¿Ofenderme? ? su sorpresa parecía ir en aumento -. ¿Ofenderme por qué? No entiendo? Debe ser la primera vez que una mina me pide eso en mi vida, ja? Siempre lo tuve que pedir yo??

?Claro? es que? necesito chupártela como si fueras Franco?

Dio un claro respingo. Yo no sabía si estaba a punto de mandarme a la mierda o simplemente se mantuvo unos segundos en silencio barajando la situación.

?Bueno? – dijo finalmente -. No hay problema, pero? ¿vas a decirme que no lo hiciste ya hoy cuando te cogimos??

Touché. Una vez más me había sacado la ficha.

?S?sí, pero? en ese caso lo hice por decisión propia y sin que lo supieran. Ahora quiero que lo sepas; no quiero mentirte??

Frunció los labios. Movió un par de veces la cabeza como asintiendo.

?No le veo nada de malo, doctora? Si usted quiere pensar en Franco, entonces seré Franco??

Bajó una de sus manos hacia sus genitales a los efectos de llevar hacia abajo el elástico del bóxer, pero lo detuve:

?Chist. Quietito? No hagas nada; relájate y nada más. Yo me encargo?

El hecho de que yo tomara de tal modo la iniciativa lo sorprendió, pero gratamente: sonrió. En ese preciso instante lo besé en los labios:

?¿Te confieso una cosa? ? le dije -. De los cuatro fuiste por lejos el que más disfruté??

?Hmmm? ¿Será porque de los cuatro soy el que más te hace acordar a Franco??

Sonreí. Lo besé nuevamente.

?Hmmm? puede ser?? ? contesté.

?Y? sí? se entiende? Franco y yo es como que tenemos? hmm, no sé cómo decirlo sin que suene agrandado, pero? una cierta educación, una cierta clase? Estos otros son un cachivache?? ? trazó un arco con la mano hacia los otros tres, que dormitaban el sueño de la resaca.

Le tapé la boca con mis dedos, en clara señal de que no siguiera hablando. Es que no quería que su voz me distrajese de Franco. Bajé mi cabeza hacia su bulto y sólo pensé en Franco, Franco, Franco? Primero le di una buena lamida por encima del calzoncillo hasta dejarlo bien duro y con un manchón húmedo sobre la tela. Luego no había mucho más para dudar. Le llevé abajo el elástico y, una vez que su verga se irguió hacia mi cara, abrí bien grande mi boca para enterrar el tronco en ella llevando mis labios hasta la base misma. Y así mamé? y mamé? y mamé? Una vez, otra, otra? Franco, Franco, Franco? en mis pensamientos sólo Franco. En él precisamente pensaba en el momento en que el torrente tibio me subió hasta la garganta. No abrí la boca en ningún momento sino que simplemente tragué? y tragué? y tragué? Franco, Franco, Franco?

Qué raro todo. Una vez que solté su verga después de haber parecido que él estaba muriendo de tanto que gritaba, lo miré. Y me pareció de repente verlo como a un objeto. Qué ironía: justo él, que era quien había armado todo el chantaje y la fiesta en mi contra y quien había llevado la voz cantante en todo momento mientras yo era reducida a la peor cosificación posible. Pero yo lo acababa de usar como objeto para traer a mi mente y a mis sentidos la imagen de mi macho hermoso y semental, invencible y dominante?

Cuando me retiré del lugar, Seba simplemente me indicó en dónde estaba la llave. Me acerqué para darle un beso de despedida y, en ese momento, me tironeó del guardapolvo desprendiendo varios botones.

?Quiero verte una vez más? ? me dijo.

Y ante sus ojos quedé una vez más expuesta, vistiendo el erótico atuendo que una vendedora atrevida me había elegido en la tarde previa. Esa misma vendedora atrevida que ahora estaría revolcándose con Franco. Seba permaneció un rato recorriéndome con la vista; ignoraba yo si ello constituía algún prolegómeno a una nueva embestida sexual, pero no fue así. Simplemente me dijo:

?Puedes irte??

Di media vuelta y cuando estaba a punto de trasponer el vano de la puerta, me habló nuevamente:

?Recordá lo que te dije de Franco. No te enamores de él porque estás en el horno. Él hace así ? chasqueó los dedos ? y las minitas se le ponen en cuatro? No me gustaría que salieras dolida?

No contesté nada. Sólo lo miré y asentí. Salí del lugar; el timbre de apertura de la puerta de calle sonó con precisión milimétrica cuando yo estaba a punto de tomar el pomo. Sentí una brisa fresca una vez en la calle. Me crucé un poco un flanco del guardapolvo sobre el otro a los efectos de proteger mi cuerpo semidesnudo no sólo del repentino frescor sino también de cualquier mirada inoportuna, aunque la realidad era que no había un alma en la calle. Subí al auto y me alejé de allí. Mientras conducía, no cesaban de desfilar imágenes por mi mente: por un lado, las terribles e inéditas experiencias vividas y sufridas en esa noche; por otro, mi marido esperándome en casa, tal vez durmiendo o tal vez no; por último pero quizás más importante, Franco y la vendedora: me hice la cabeza imaginándolos en todas las posiciones posibles y hasta me excité y me toqué, situación impensable después de la frenética noche de sexo y descontrol que había tenido. Durante algún rato manejé sin rumbo: la resaca me duraba y los efectos de las drogas también. Cuando creí que finalmente había dado con el camino correcto, me empezó a sonar reconocible el entorno pero no era mi barrio ni por asomo: era el barrio de Franco. Claro, mi inconsciente me había llevado allí. Pasé por la puerta de la casa tratando de descubrir alguna luz, algún indicio de algo? No se veía nada, de lo cual no supe interpretar si ya la velada con la vendedora habría terminado o, simplemente, estarían divirtiéndose en la oscuridad? o incluso durmiendo uno al lado del otro. De todas las imágenes posibles, fue ésa la que más duramente taladró en mi cerebro.

En ese momento miré la aguja del tanque de nafta y descubrí que estaba tocando fondo; el auto marchaba con la reserva. Menos mal que la vi ya que lo que me faltaba para cerrar la noche era quedarme sin combustible en pleno barrio de Franco. Por suerte encontré una estación de servicio a pocas cuadras y aparqué junto al surtidor. Era tarde, muy tarde; no había movimiento. Un muchacho atractivo, que tendría unos veinticinco o veintiséis años, surgió de la penumbra presto para atenderme: raro; por lo general los nocheros de las estaciones de servicio tienen más edad. Yo no tenía energías ni ánimo para bajarme del auto y, a decir verdad, tampoco daba para hacerlo, vestida como estaba y con un guardapolvo abierto que dejaba al descubierto una lencería terriblemente sexy. Sólo bajé el vidrio de la ventanilla y le di tanto la llave del tanque como un par de billetes arrugados. Él sólo saludó y se dirigió presto a cumplir con su labor. Mientras corría el reloj del surtidor, me quedé sobre el volante con la vista perdida en algún punto indefinido de la negrura de la noche. Era tanta mi alienación que ni siquiera me di cuenta en qué momento el reloj había dejado de correr ni supe tampoco cuánto hacía que el joven estaba de pie junto a la ventanilla tendiéndome su mano con la llave que me devolvía. Al elevar mis ojos hacia él, vi que tenía su vista fija bastante más abajo de los míos. Y entonces me percaté de que tenía el guardapolvo abierto? y mi atuendo de lencería con la conchita descubierta por delante estaba totalmente expuesto ante sus ojos. Un súbito arrebato de vergüenza indescriptible me invadió; de un manotazo me cubrí nuevamente.

?¿Se siente bien, señora?? ? me preguntó.

?S? sí, sí? muchas gracias? ? respondí y sólo un par de segundos después y habiendo tomado la llave para introducirla en el tambor, me alejaba a toda prisa del lugar.

No podía ir a casa así como estaba obviamente. Pasé por el consultorio. Me duché y me volví a vestir como una mujer seria, papel que ya para esa altura ni yo misma me creía. También tuve que usar bastante maquillaje porque se notaba el impacto de las bofetadas que me había propinado el flaco. O quizás yo lo advertía por saber que las había recibido. Cuando llegué a casa, Damián hacía largo rato que dormía. No era para menos: empezaban a clarear las primeras luces del alba. Me introduje sigilosamente entre las sábanas y durante unas cuantas horas no logré conciliar el sueño?

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Doctora lesbiana masturbando a su paciente

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noviembre 19th, 2012 >> Amateurs

Esta zorra loca es una especie de doctora en letras que se dedica a hacer que sus alumnas vayan a algunas extrañas reuniones en donde en lugar de darle lecciones de vida termina abusando de ellas. Cuando las zorras son mujeres, como en este caso, ellas demuestran que son lesbianas y en realidad les gustan más las mujeres que los hombres. Obviamente cuando salen de allí vuelven con sus parejas macho a follar sin contar jamás lo sucedido. ¡Este es un vídeo lésbico recomendado!

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La terapeuta zorra en Relatos eroticos de Maduras (relatos eroticos )

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La terapeuta zorra en Relatos eroticos de Maduras (relatos eroticos )

Me llamo Miguel, tengo 23 años, y he padecido lo que a mí me parece un serio problema. Todo empezó con esos catálogos de venta por correo que le llegaban a mi madre cuando yo apenas tenía 12 años. Al principio llegaban y veía que eran de ropa de mujeres, lo cual no me interesaba para nada, pero un día vi que entre vestidos y blusas había una sección de lencería. Cuando vi aquellas increíbles modelos, específicamente escogidas para quedar increíblemente sexys en aquellos camisones repletos de transparencias, conjuntos de medias, tanga y sujetador de encaje, no pude más que tener una erección de lo más potente. No sabía muy bien lo que pasaba, pero ver a esas mujeres en lencería me puso como una moto. Tiempo después, un día que estaba solo en casa cogí uno de los catálogos, y al cabo de un rato me empecé a masturbar. Al cabo de un par de minutos acabo llegando un momento que cambio mí vida para siempre: tuve mi primer orgasmo. Fue brutal, así que seguí mirando catálogos durante toda la tarde. Me encantaba, así que me masturbaba varias veces al día, y así durante meses. A escondidas cogía los catálogos de ropa que tiraba mi madre a la basura y me masturbaba con la sección de lencería. Con el tiempo, apareció internet en casa, y yo buscaba películas para bajarme y verlas a escondidas.

Era una locura, pero más locura era que no me interesaba realmente por tener sexo real con una chica, siempre estaba más interesado en hacerme una buena paja con el porno, no me interesaban las complicaciones con las chicas, con las que además no tenía mucho éxito. Pero los años fueron pasando, y digamos que el reloj biológico empezó a sonar, y empecé a buscar novia, sin éxito, hasta que un día me di cuenta de que tenía un problema serio: Era adicto a la masturbación y al porno. Cuando salía y conocía a una chica, esta no me atraía lo suficiente, porque yo en cuanto tenía ganas me masturbaba, pero sobretodo porque no era como las de las películas porno. Si una chica quería echar un polvo conmigo, yo siempre me acababa rajando, por miedo a no cumplir.

Así que un día me fui de putas, y lo que me paso es que no conseguimos que se me pusiera dura, por mucho que lo intentáramos. Sin embargo al llegar a casa, me pude masturbar con mi pornografía como siempre. Después de unos meses de reflexión, intentar dejar la pornografía y no conseguir buenos resultados, acabe en la consulta de mi médico, que me dijo que tenía un problema de asociación de estímulos, que mi cabeza no era capaz de asociar el estimulo sexual con una mujer real, debido al fuerte vinculo que había creado viendo porno, así que me mando a ver una sexóloga.

La doctora Sanz es una mujer de unos 45 años, 1,70 de estatura, pelo rubio, ojos marrones y la verdad es que aunque no está mal, tampoco es una mujer de bandera a simple vista, es más una de esas mujeres que tienen ese don de ser agradables, y que te tranquilizan en cada instante con sus palabras, como si todo lo que dijera fuera música para tus oídos.

Nada mas comentarle lo que me pasaba, me comento que era un problema que empezaba a ser de lo más común en las nuevas generaciones, ya que al encontrar una manera de satisfacernos por nosotros mismos, no desarrollamos la necesidad de una mujer en su aspecto sexual, pero si desarrollamos una necesidad de relacionarnos con una mujer. Todo lo que me mando hacer fue borrar y tirar toda la pornografía que tenía, además de dejar de masturbarme. Así estaría una semana hasta la siguiente visita que fuera a hacerla.

No me fue complicado tirar toda la pornografía, pero teniendo el maravilloso mundo online, apenas tarde 3 días en volver a tirar de él, y como ya había fallado un día, lo volví a repetir 2 veces más antes de ver a la doctora otra vez.

Al llegar a la consulta fui sincero con ella, y ella me dijo que la única manera de sacar esto adelante era tomarme todo el tema en serio, que aunque ella entendía que se puede recaer, hay que hacerlo y punto.

Durante la semana siguiente aguante casi toda la semana, pero volví a caer el día antes de ir a verla. Ella me repitió que me lo tomara en serio, que si no era mejor dejar la terapia.

La semana siguiente me sucedió algo que hacía años que no me sucedía, soñé con la doctora Sainz, y que tenia sexo con ella, así que cuando me desperté no pude evitar volver a masturbarme. No pude evitar pasarme el resto de la semana masturbándome, pero ahora cuando me masturbaba viendo porno, me la imaginaba toda seria, masturbándome ella y diciéndome que eso estaba muy mal, y que tenía que follarmela de verdad.

Cuando llegue a la consulta, solamente le dije que me había masturbado una vez esa semana, pero supongo que después de lo que había sucedido esos días yo ya no la miraba con los mismos ojos, así que de algo se dio cuenta ella. Me ordeno desvestirme e ir a la camilla. Allí empezó a examinar mis genitales, y cuando palpo mi escroto lo tuvo claro. Empezó a abroncarme y decirme que nada de todo eso tenía sentido si yo no ponía mi voluntad por mi parte, que si ella tenía que poner solución sería peor. Lo siguiente me sorprendió aun más:

-¿Te has masturbado pensando en mi verdad?

-¿Cómo?

-Tengo más pacientes como tú, y sé que os empieza a dar morbo el hecho de que yo os ordene no masturbaros, al principio os lo tomáis más en serio, pero un día que caéis, justo os paso por la cabeza y eso os pone aun más. Así que empezáis a masturbaros impulsivamente pensando en mí. Se os nota en la mirada nada más entrar.

-Yo?..no sé qué decirle.

-Pues no me digas nada. Vamos a comprobar que es lo que pasa.

La doctora se empezó a quitar la ropa ahí misma delante de mí. Yo empecé a ponerme de lo más nervioso, y rápidamente me di cuenta de que aunque me había masturbado varias veces con ella, no se me ponía dura, y no tenía ese subidón de querer clavarmela que si tenía imaginándomela, pero con el porno delante claro. Ella empezó a tocármela, suave al principio, luego escupió en ella y empezó a masajearla y sacudirla, pero nada. Entre los nervios y que de repente aquella mujer no me decía nada. Me fijaba en sus pechos, mas grandes y redondos de lo que se apreciaba bajo la blusa, su pubis rasurado, incluso se inclino hacia atrás y se toco a ver si eso me encendía, pero nada, y realmente resultaba una mujer de lo más atractiva.

-¡¡Ves¡¡ No ganas en nada cayendo una y otra vez en tus adicciones. Ahora mismo podrías estar teniendo sexo conmigo, pero no respetas ni los primeros pasos de la terapia. Te quedaras solo, y como dejes pasar los años, tu potencia sexual decrecerá y encima te costara masturbarte con tu porno. Tengo pacientes de más de 40 que ya casi ni se les pone en erección. La semana que viene espero mejoras reales, o tendré que tomar cartas en el asunto.

La doctora y yo nos vestimos, y me fui de aquella consulta con la sensación de que realmente ella se molestaba en ayudar a sus pacientes, pero si algo me hubo preocupado más que defraudar a la doctora, era la sensación de que no me había importado no tener sexo con ella, o de haberme preocupado de saber si podríamos llegar a tenerlo si la terapia funcionaba.

Durante la semana siguiente, el recuerdo de la doctora desnuda me despertó varios días, pero mi pene no estaba erecto, sin embargo me moría de ganas de masturbarme. Dos días antes de la consulta no pude evitar volver a masturbarme.

Al llegar a la consulta, la doctora me mando desnudarme directamente, después me examino y llego a la conclusión de que me había vuelto a masturbar, y no importaba cuantas veces hubieran sido, había vuelto a caer.

-Voy a tratar de hacer algo más agresivo, para ver si eres capaz de contenerte, para que te sea más fácil aguantar durante la semana esos apretones que dices que te entran.

Me llevo a la sala de donantes de esperma, y allí me mando sentar en una comoda butaca que había en el centro, después me dio a escoger una película de entre las que había, y después me dijo que intentara masturbarme. Ella se coloco por detrás mío, para que no la viera a ella, y yo me empecé a concentrar en la película. Después de un rato y mucha paciencia empecé a tener una erección. Ella en todo momento se mantuvo callada, y espero a que yo entrara en funcionamiento. Cuando ya estaba a punto la pregunte si podía masturbarme, a lo que ella dijo que sí. Empecé lentamente al principio, pero no tarde en coger el ritmo que mas me gustaba, de repente ella me cogió los brazos y los puso a ambos lados de la butaca, después se puso delante y me empezó a masturbar lentamente.

-Quiero que sientas el deseo de querer placer, y quiero que me veas aquí, dándotelo lentamente. Asócialo a mí, que yo soy alguien que está aquí, y ahora, y te está dando placer.

Yo miraba a la doctora a los ojos, y a la vez levantaba la mirada hacia la pantalla, viendo aquella escena de porno, con los pechos de esa actriz, con las piernas al aire, con esos grititos pidiendo más y más.

-Tienes que mirarme a mi ? Se desabrocho algunos botones de la blusa, dejando a la vista su sujetador de encaje.

-Es que así de lento, necesito? más velocidad.

Ella aumentó el ritmo un poco más, yo la miraba al escote, junto los codos haciendo que sus pechos sobresalieran? y entonces paro. Apago la pantalla y volvió a masturbarme. Mi erección se resintió como si hubiera bajado la excitación, entonces ella hizo algo que no esperaba, y se introdujo mi pene en su boca. Yo me moría de ganas por correrme, pero por alguna razón notaba que mi pene ya no quería seguir erecto, ya solo la lengua de la doctora impedía que se perdiera la erección por completo.

-Todavía parece resultar inútil, evidentemente te has estado saltando el tratamiento.

Se levanto de nuevo, volvió a poner la película, y después me dijo que me masturbara, pero cuando vio que me iba a correr me volvió a apartar las manos.

-Bien. Ahora has de quedarte quieto, no te vas a correr hasta la semana que viene. Mírame bien, porque si la semana que viene vuelves y te has corrido, te voy a poner esto ? Y saco del bolsillo de la bata un cinturón de castidad de plástico, con un candado- Pero te lo pondré después de haberte hecho esto mismo. Ahora tienes la opción de hacer las cosas por ti mismo, o sino las hare yo por ti.

Estuvo un rato tomándome las manos para que no pudiera tocarme, y cuando se me bajo la erección me soltó. Después me fui a casa y lo primero que hice fue ir al ordenador, lo encendí, pero en el último instante me lo pensé dos veces. Pensé en la doctora haciéndome una felación y yo que no había podido correrme. Pensé en lo que había sucedido aquella tarde y mi pene no reaccionaba como era debido. Así que no hice nada durante toda la semana.

Así a la semana siguiente acudí a ver a la doctora. Era la primera vez que no me masturbaba en toda la semana, y ella se puso muy contenta al verlo, después me llevo a la sala de donantes de esperma, y una vez allí nos desnudamos los dos. Esta vez no me puse tan nervioso, pero si note cierto cosquilleo en mi pene. Se lo comente a la doctora, y esta me mando sentar en la butaca, después se sentó encima de sus piernas y pude volver a observarla en todo su esplendor. Entonces sí que note que aquella mujer me estaba llamando, que realmente quería correrme, y que quería que aquella mujer me tocara, y yo quería tocarla a ella. Me empezó a tocar suavemente, y poco a poco mi pene empezó a ponerse erecto. Yo no sabía si aquella mujer me iba a dejar penetrarla, pero cuanto mayor era mi erección, más ganas tenia de que aquello sucediera.

-Te voy a dejar penetrarme, pero solo eso, soy tu doctora, no una puta y quiero que sientas lo que se siente estando dentro de una mujer, pero nada más. Quiero que me asocies como mujer a tu satisfacción sexual. Después te hare una paja, a ver si eres capaz de correrte. Puedes tocarme si quieres, forma parte de la estimulación así que será bueno para ti.

Se subió encima mío, y empezó a cabalgarme, muy lentamente, pero paro cuando vio que me sobreexcitada paro. Fue mi primera experiencia dentro de una mujer, y aunque no llegue a correrme dentro de ella, bien cierto es que lleno un vacio enorme dentro de mí. Después empezó a masturbarme a buen ritmo pero sin prisas, y yo aproveche para tocarle los pechos e incluso ella me dejo lamerle sus partes durante un rato. No dure mucho, apenas un par de minutos, pero fueron mis primeros síntomas de mejoría en el tratamiento.

La semana siguiente no tuve apenas necesidad de mirar porno, aunque sí que me pase toda la semana pensando en el último encuentro con la doctora Sanz. Me ponía mucho pensar en ella, y me levantaba por las mañanas completamente erecto.

Llego por fin mi cita con la doctora, y esta vez le pude contar no solo que no me había masturbado, también mis mejorías. Ella se sentó en la camilla, cruzo las piernas y se abrió la bata en pose sexy. Me acerque a ella y la empecé a besar el cuello, mientras que ella empezó a manosearme los genitales con la mano abierta. Para mi sorpresa mi pene respondió con rapidez, así que ella me bajo los pantalones y los calzoncillos, se subió la falda y me puso un condón.

-El otro día vi que aguantabas más de lo que yo pensaba, así que te voy a dejar que me folles bien por una vez, aunque creo que ya no te queda mucha más terapia por lo que puedo comprobar.

Yo levantado junto a la camilla, me estaba follando a mi terapeuta, que estaba ahí medio tumbada con las piernas bien abiertas. Todo un sueño para mí. No pude evitar cogerla de uno de sus tobillos y subírmelo al cuello como en las películas porno que más me gustaban. Yo la miraba y ella estaba ahí con sus manos en sus pechos sobre la blusa, con los ojos cerrados?.disfrutándolo.

Creo que esa fue la sensación que realmente me curo, el hecho de darle ese placer, fue realmente mi placer, y supongo que para ella también. Apenas tuve un par de sesiones mas con ella, y en ninguna de las dos volví a tener sexo con ella, pero me obligo a buscar otra mujer para tener sexo, y así con la tontería conseguí tener mi primera amiga con derecho a roce, y así sigo a día de hoy, sin volver a ver nada de porno.

La terapeuta zorra en Relatos eroticos de Maduras (relatos eroticos )

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