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Malena y Gabriel en Relatos eroticos de Maduras

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octubre 9th, 2013 >> Relatos Eroticos

Malena y Gabriel en Relatos eroticos de Maduras (relatos eroticos )

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Malena y Gabriel en Relatos eroticos de Maduras (relatos eroticos )

Este relato es de como tuve sexo por primera vez con una mujer madura; soy de México Distrito Federal.

Todo sucedió ya hace 6 años cuando la conocí en el chat de Terra; se llamaba Malena, era una mujer mayor, al menos para mí, yo tenía en ese entonces 17 años (aunque lo que sucedió y que voy a narrar ya me pasó a los 18), ella ya contaba con 39 cuando la contacté por el chat tenía miedo que me ignorara al ser yo menor, pero por algún motivo no lo hizo y pudimos conversar, después de unos minutos pregunté por su msn, a lo cual ella aceptó en darmelo, inmediatamente la agregué y de ahí en adelante comenzariamos a conocernos más.

Diario me conectaba para poder platicar con ella, trabajaba de mesera en un salon de eventos al sur de la ciudad, cerca del metro barranca del muerto, me contaba sobre sus aventuras en el trabajo, sus compañeros, sus labores, así como también de su vida personal, era una mujer separada con dos hijos, una mujer de 21 años y un hombre de 19, no muy productivos que digamos, dos ?ninis?, ni trabajaban, ni estudiaban, no hacían nada.

Conforme nos ibamos conociendo más nos adentrabamos en temas más personales e intimos, de vez en cuando tocabamos el tema del sexo, sin que ella se adentrara mucho, sin embargo si notaba cierto interés o curiosidad, yo le conté de como fue mi primera vez a los 15 años con un prostituta y luego a los 16 años con mi novia de la preparatoria, y de mi gusto por las mujeres que usan medias y lenceria sensual.

Ella me contaba que no podía estar mucho tiempo sin tener relaciones sexuales; desde que se separó de su marido había andado con varios, pero que no era el mejor sexo que digamos.

De vez en cuando me gustaba provocarla un poco para ver su reacción, tenía unas fotos que me habia tomado un día después de volver del gimnasio, no soy un modelo, soy delgado y marcado, nada espectacular pero agradable a la vista, en fin, en esas fotos aparecia con el torso desnudo, cuando se las mostraba ella solo reía y me decia que me veia bien, agregando que me veía yo muy jovencito….

El tiempo pasaba y yo seguia coqueteandole, y ella seguia con el juego, el tema del sexo siempre salia de alguna forma, repito, sin ser de forma vulgar ni adentrarnos mucho, pero se notaba su apertura hacia ese tipo de pláticas.

Después de un tiempo, por cuestiones del destino, me reencontré con mi ex-novia de la preparatoria, algo que me hizo alejarme del msn y con ello de Malena; ya casi no me conectaba y cuando lo hacía, Malena no estaba en línea.

Una vez que sí la encontré platiqué con ella; se notaba interesada en saber de mí y por qué no me había conectado. Le conté de mi reencuentro con mi ex novia; la noté tal vez un poco celosa, no lo se, pero me preguntaba si la queria mucho, que por qué regresaba con ella si no habia sido tan buena novia y aparte ya tenía una hija, de otro, y que si pensaría en ponerle los cuernos. A todo ello respondí de mala manera y realmente no queria saber más de Malena, no me habia agradado su forma de cuestionarme.

Durante mi regreso con mi ex-novia me di cuenta de que realmente ya no la queria como antes, y se habia convertido en una mujer mentirosa y convenciera (creo realmente siempre lo fue) decidí alejarme de ella para mi bien, lamento por su hija porque sinceramente si me estaba encariñando con ella.

Me sentía molesto, enojado conmigo mismo por lo sucedido, pero al mismo tiempo me sentia libre y decidí que volvería a buscar a Malena y la haría mía, tal vez solo para demostrarme a mi mismo que podia estar con quien yo quisiera.

Regresé a mi rutina de conectarme diario al msn, sin embargo ella no aparecía hasta que una noche casi a la media noche la vi conectarse, inmediatamente le escribí y ella no tardó en responder, me preguntaba como habia estado y le comenté sobre lo que me había pasado con mi ex-novia. Recibí un ligero regaño de su parte, el cual acepté, aunque de no muy buena gana, pero también me dijo que le daba gusto que volvieramos a encontrarnos y platicar de nuevo.

No tardamos en volver a sacar el tema sexual, ella me preguntó si en otra ocasión volvería a acostarme con mi ex-novia a lo cual dije la verdad, un rotundo no, pero agregué que me gustaría mucho volver a estar con alguien y le confesé que simpre habia tenido la curiosidad de estar con alguien mayor que yo. Inmediatamente me preguntó mis motivos y solo le dije que era una fantasía que queria cumplir, que las mujeres mayores se me hacen mucho más sensuales y atractivas, y que seguro podría aprender mucho más teniendo sexo con alguna, ella solo reía con mis respuestas.

Noté como mi confesión le habia dado curiosidad, ya que en platicas posteriores ella me preguntaba si ya habia encontrado alguna madura con quien tener relaciones; le decía que aún no, pero que conocía a alguien con quien me gustaría hacerlo, claro, sin decirle que era ella a la que me quería coger.

Un día decidí decírselo directamente; me conecté y ella estaba ahí. Platicamos un poco y le dije:

= hay una mujer con la que queria acostarme, es mayor pero no se si ella quiera

+ tu pregúntale y ya?, ¿qué puede pasar??.

Lo pensé por última vez y dije:

= eres tu Malena, me gustaria estar contigo, quiero hacer el amor contigo.

Se quedó sin contestar por unos minutos, bastantes a mi parecer en esos momentos, creí que no escribiría más.

+ ¿porqué??, ¿porqué yo??, si no nos conocemos realmente.

= quiero estar contigo porque siento que nos llevamos bien, porque tienes apertura conmigo para hablar de sexo y porque siento que a ti también te gustaría.

+ pero soy muy grande para ti

= eres exactamente lo que quiero, alguien mayor, que me enseñe, que disfrute conmigo

+ ¿pero y si ya en persona no te gusto?

= ¿qué vas a hacer manana? ¿tienes trabajo? me gustaria verte

+ no, no tengo trabajo… pero no lo se

= anda, vamos a vernos y platicamos ya en persona, nos decidimos….. ¿qué dices?

+ no lo se, tengo que pensarlo….

= no pierdes nada, si no te gusto o no quieres no te preocupes, ahí dejamos el tema

+ ¿dónde nos veríamos??

= me dices que trabajas por barranca del muerto… ¿te quedaría plaza loreto?

+ si, si me queda… pero, ¿estás seguro?

= sí, quiero verte, ¿aceptas?

+ está bien?, nos vemos a las 9 de la mañana, afuera de la plaza, ¿está bien??

= esta perfecto…….. oye, ¿puedo pedirte algo??

+ ¿qué pasa??

= me gustaría que fueras vestida con una falda, medias y zapatos bonitos…

+ jajajaja, tú y tu atracción por las medias….. Está bien?, veré que tengo.

= gracias, ahí te espero, me voy a dormir ya para estar listo mañana, duerme rico.

+ ok descansa.

Esa noche me dormí totalmente excitado y pensando en lo que pasaria al siguiente día; tenía ganas de masturbarme pero no queria desperdiciar energía, por si algo sucedía con Malena.

Desperté muy temprano y tomé un rico baño, me vestí con una bonita camisa, pantalón de vestir y zapatos negros. Me puse perfume y me dispuse a salir a mi encuentro.

Llegué al lugar acordado unos 10 minutos antes; estaba un poco fresca la mañana pero era bastante agradable. Me senté en una banca fuera de la plaza a esperar. El tiempo se me hacía eterno. Pasaban ya de las 9:15 y ella no llegaba; pensé que no aparecería y tenía decidido irme en unos minutos más.

Un par de minutos después la vi acercarse: era una mujer un poco pasadita de peso, no muy alta, pero me agradaba lo que veía, y más porque en verdad iba vestida como le habia pedido. Vi sus piernas enfundadas en unas medias color natural. ¡Inmediatamente comencé a sentir excitación al ver que habia cumplido con mi pedido!.

+ ¡hola?, como estás?!

= bien gracias, pensé que ya no venías

+ perdón, es que se tardó en pasar el camión, pero bueno, ya estoy aqui.

Se notaba un poco apenada, nerviosa, ella traía una rosa en la mano.

= que bueno, me da gusto verte y por fin conocerte en persona, quieres sentarte?

+ si claro.

= ¿y esa rosa?

+ la tomé de uno de los centros de mesa del trabajo, me gustó y pues me la llevé a mi casa, quise traerla conmigo hoy.

= está bien, y que tal ¿como me ves?

+ te ves bien, ¿te vestiste así para verme?

= si, quería verme bien

+ pero estás muy chiquito?, hasta te ves más chico que mi hijo…, ¡podrías ser mi hijo!.

= ¡claro que no?!, me veo así pero no soy tan chico?, ¡acabo de cumplir mis 18?!, ¡ya soy mayor de edad?!, ¡me tienes que festejar?!.

+ ¡Ah bueno?!, pero?, de todas maneras?, ¡te ves más chiquito que mi hijo?!, hasta me das un poco de ternura.

= pero?, ¿te agrado??,

+ pues sí?, sí?, eres guapo?, eres un guapo kaliente?, ¡pero aún estas muy chiquito…, muy jovencito?!.

Durante toda esta plática ella jugaba con la rosa que traía y comenzaba a quitarle los petalos

+ bueno, que hacemos

= pues como te dije ayer, me gustaría que hicieramos el amor

+ ¡ay niño….!, ¿y si te invito a desayunar?, ¿ya desayunaste?

= ya, muchas gracias, mejor yo te invito a otro lado, tu y yo solos, ándale, ¿no te gustaría??

+ pero eres un bebé?, estás muy jovencito?, no lo se….

Me acerqué a ella e intenté besarla, no se movió pero no respondió al beso…

+ eres un bebé, ay mi niño…. ¿estas seguro?

= estoy muy seguro, anda vamos.

Malena terminó de quitar todos los petalos de su rosa, se le veía timida y más nerviosa; tiró todos los pétalos al suelo:

+ ¡está bien?, vamos?!.

Yo no cabia de alegría y excitación; creo ya se notaba en los pantalones que mi pene comenzaba a endurecer.

Abrí la puerta de mi carro para que subiera; subí y nos dirigimos a un hotel que yo conocía.

En el camino ibamos platicando de cualquier cosa. En un semaforo aproveché para acariciarle su rodilla. ¡Sentir las medias me excitó mucho!. Le pregunté si le molestaba y dijo que no, entonces, en el resto del camino seguí acariciando su rodilla y muslo, sin atreverme a adentrarme más dentro de la falda.

Llegamos al hotel (hotel castillo para los curiosos) y pedí la habitación; ella aún se mostraba timida y apenada.

Subimos las escaleras, abrí la puerta del cuarto y entramos. La abracé y me correspondió el abrazó. La besé timidamente en los labios y esta vez sí me respondió.

Al sentir su respuesta me animé más y la besé más apasionadamente. Le acariciaba sus labios con la lengua hasta que los abrió y nuestras lenguas se acariciaron un rato.

Cerré las cortinas, prendí una pequeña luz y volvimos a besarnos. Comenzó a desvestirme; comenzó por la camisa, botón por botón. Luego la camiseta, el cinturón… En ese punto me separé de ella, me quité mis zapatos y calcetines, desabroché mi pantalón y lo dejé caer: quedé en boxers, negros, ajustados, se veía mi verga dura, queriendo salir.

Ella se acercó y retiró mi bóxer: ¡quedé completamente desnudo ante ella!. Tomó mi pene y comenzó a acariciarlo. Me dijo al oído:

+ “¡mmm?, grandote?, como me gustan?!”.

Ella lo acariciaba; yo le besaba el cuello, la oreja, los labios.

Me puse a sus espaldas; le acariciaba su cuerpo por encima de la ropa, le arrimaba la verga en las nalgas, Le dije:

= ahora te toca a ti.

Metí mis dedos entre su cintura y la falda y tiré de ella. Quedó su culo al aire. Vi su calzón, de encaje, blanco, a través de las pantimedias que llevaba. ¡Eso me excitó!, me excitó mucho.

Mientras le restregaba el pene directo en el culo cubierto con las medias, le acariciaba y quitaba la blusa, le besaba la nuca. Ella solo se dejaba hacer.

Quité su blusa y su brasier. Le tomé las tetas con ambas manos: ¡eran grandes!, aunque un poco colgadas. Sus pezones eran muy grandes y ya estaban duros.

Se separó de mí, se volteó, nos besamos. La empujé a la cama y cayó de espaldas, dejando las piernas colgadas.

Verla así, tumbada en la cama, con las piernas semi abiertas, con su calzón blanco, sus medias y sus zapatos aún puestos, me puso aún más cachondo.

Me hinqué en el piso, la jalé un poco para que sus nalgas quedaran en la orilla de la cama y comencé a lamerle sus muslos por encima de las pantimedias.

Fui subiendo hasta llegar a la zona de su sexo: percibía su aroma, ¡un aroma fuerte!. Lamí todo lo que podía, ella disfrutaba, me acariciaba el cabello y me preguntó:

+ “¿no que no sabías?. Igual y hasta tú me enseñas algo el día de hoy”

Levanté la vista, la vi a los ojos y reí. Dejé su sexo para seguir subiendo. Besé su barriga, su ombligo; llegué a sus tetas, las lamí, las mamé, le mordí suavemente los pezones: ella ya gemía suavemente

+ “¡qué rico, mi bebé?, me gusta, aaayyy?, qué rico?!”

Ella solo acariciaba mi cabeza y mi espalda; mi pene se rozaba con sus piernas.

Nos besamos de nuevo; me empujó para quedara yo de espaldas. Se levantó y se retiró sus medias junto con su calzón, quedando completamente desnuda, mostrando todo su cuerpo, su intimidad, cubierta de una mata de vello negra.

Vi sus calzones blancos, tirados: ¡estaban mojados?!. No se si por la lamida anterior que le di o por su excitación tan tremenda que ya tenía; ¡seguramente por ambos!.

Ahora fue ella la que se hincó y me pidió que me acercara a la orilla de la cama. Me senté en la orilla del colchón, tomó mi pene y comenzó a mamarlo: ¡era una maestra en el arte de mamarlo!, ¡nunca había sentido tal gozo!. Se lo metía todo en la boca, sentía su saliva, su lengua, su calor. Se lo sacaba, lo lamía de arriba a abajo, de abajo a arriba, ¡me lamía los huevos?!, ¡qué ricura?!, ¡era la primera mujer que me lo hacía!.

Los lamía muy rico: se metía uno en la boca, jugaba con él, lo liberaba y tomaba el otro. Yo reía un poco, ya que me causaba cosquillas, pero eso sí?, ¡mucho placer!.

Volvía a lamer mi pene: se lo metía. ¡Así estuvo unos buenos minutos?, minutos deliciosos:

= lo mamas muy rico, Malena

+ ¿te gusta??. ¿Porqué te ríes??.

= es que?, me gusta mucho, pero?, es que?, también me dan cosquillas?, pero?, ¡no te detengas?, eres una experta?, eres una linda?!.

+ es que?, me gusta tu pene, está grande y sabe rico…, ¡todo un jovencito…!.

(Aclaro: no tengo muy grande mi miembro, lo normal, 17 cm, pero a ella le parecía muy grande, o al menos eso me decía para mi ego)

= ¿quieres que te la meta??.

+ ¡sí?, ya?, ya quiero ver cómo se siente?!.

Malena dejo de mamarla, se levantó y me empujó para que quedara recostado de nuevo; yo seguia en la orilla, con las piernas colgando. Se montó en mí y ya iba a meterse mi verga cuando la detuve:

= ¡no?, espera?, sin condón no (muy precavido yo)!. ¿Me pasas uno??, están en la bolsa de mi pantalón.

Malena se levantó, tomó la caja y me la dio; saqué un condón y me lo puse.

+ ¡ahora sí, mi bebé?!.

Se volvió a montar en mí, de rodillas. Cada una de sus piernas a cada lado mio, ¡bien abierta!. Yo veía sus pelos íntimos, sus tetas colgando.

Agarró mi pene, se levantó un poco y lo dirigió a su entrada: ¡oh Dios?, quéeee maravilla?!. Se dejó caer lentamente hasta llegar al fondo: ¡sentía su calor?, sus jugos mojando mi pelvis!. Comenzó a moverse, de arriba a abajo, de abajo arriba, muy lentamente, sintiendo la penetración. ¡Yo también la sentía toda!. No apretaba mucho, ¡pero se sentía rete rica!.

Poco a poco aceleraba el sube y baja, sus tetas se bamboleaban, yo las acariciaba, se las apretaba; le apretaba sus nalgas, le daba nalgadas, ¡sentía sus pelos rozarme!. Ella se movia a la velocidad adecuada, ni muy lento, ni muy rápido; ¡ambos gozábamos!, y sus jugos no dejaban de humedecer su cuevita.

Era tanto el movimiento, que al estar en la orilla el colchón comenzó a moverse, a salirse de la base; yo, con un pie, me recargué en una de las paredes para detenernos y no caer. Seguíamos cogiendo, pese a ello. Subía y bajaba, se movia en círculos. El cuarto olía a mujer, ¡olía a sexo!.

Así seguimos hasta que vimos que no tardariamos en caernos. Nos detuvimos, muertos de risa; nos levantamos y acomodamos el colchón, nos dimos un beso en la boca y regresamos de nuevo a la cama.

La tiré en la cama, igualmente, sus nalgas en la orilla, yo de pié. Tomé sus piernas, las abrí y las cargué con mis brazos. Apunté mi verga a su vagina y de nuevo comenzamos a coger: ¡se la sacaba toda y se la volvía a clavar!. Ella gemía más duro, no gritaba, pero sí era más fuerte que antes.

Tuvo un orgasmo: lo supe porque sentí cómo se mojaba más todo. Sentí como mis piernas escurrian sus líquidos y?, ¡sus gemidos y respiración eran más que notorios!.

Seguí metiéndole la polla, ¡duro?!, ¡cada vez más duro!. Se escuchaban los chirridos de la cama, desbaratándose; se escuchaban los gemidos de ambos y sus nalgas chocando con mis muslos: ¡era puro sexo?!, no hacíamos el amor?, ¡estábamos cogiendo!: un jovencito hambriento de mujer madura, y una madura con mucho tiempo sin coger, sin sentir una verga adentro: ¡ahora la tenía?, la tenía muy adentro?, y era la de un jovencito?!.

Tras otro orgasmo más, ya se le notaba cansada:

+ mi bebé?, déjame descansar un rato, pequeño?, aaayyy?, ¿no te has cansado??.

= ¿tan pronto te cansaste Malenita??

+ es que?, tú resistes mucho?, ¡mi esposo y mis parejas nunca me duran tanto!.

Bajé la velocidad de las embestidas hasta quedar quieto dentro de ella; me dejé caer sobre su cuerpo. Su respiración seguia agitada. Le saqué la verga y me acosté a su lado, le mamé y acaricié un poco las tetas, la besé y le dije:

= “¿quieres comértela otra vez??”

Ella no dijo nada, solo se arrodilló entre mis piernas, sobre la cama; me quitó el condón y empezó a mamar, de la misma forma tan deliciosa que antes: mamaba el pene, los huevos, me lamía toda la zona. ¡Era todo un placer!.

Tras unos buenos minutos de deliciosa mamada sentí mi eyaculación venir y:

= ¡aaayyy?, qué rico lo haces?, sigue mamando?!.

+ ¡estás muy rico, mi bebé?!.

Mientras hablaba, Malena me masturbaba, para que siguiera gozando.

= ¡así Malenita?, así?, uuuyyy?, me vengo?, ya?, me vengo?!.

+ ¡pues ya vente mi niño?, ya vente?, déjalo salir?!.

Malena no alcanzó a metersela de nuevo a la boca; justo se estaba agachando cuando solté mis chorros de semen, que cayeron en su cara y su cabello.

+ ¿te gustó, mi bebito??

= ¡sí?, mucho?, eres una experta mamando?!, perdón por mancharte.

+ ¡no te preocupes?, ahorita me limpio!.

Malena se levantó y fue al baño por papel para limpiarse.

+ ¡la próxima vez me dejas probarlos?!.

= ¡claro que sí?, te los voy a dar en la boca!.

Nos recostamos y nos quedamos dormidos. Al despertar ya era tiempo de dejar la habitación. Nos vestimos; le pedí que me regalara sus medias para tener su recuerdo. Me las entregó.

Antes de que terminara de vestirse le pedí que si se las podía pasar por su sexo; se rió un poco pero lo hizo rápidamente, se las pasó de una manera maliciosa y cachonda y me las entregó. Las olí y las guardé.

Pasé a dejarla donde la había visto esa mañana; quedamos en vernos en el msn para seguir platicando y tal vez repetir lo de ese día.

Malena y Gabriel en Relatos eroticos de Maduras (relatos eroticos )

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Relato porno: “En un Bus camino al pueblo de Pica”

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noviembre 21st, 2013 >> Amateurs, Porno

Hola, este es mi primer relato, espero que les guste.
Por razones obvias no puedo decir mi nombre pero me pueden llamar Amante_iquique. Y si alguien alguna vez me quiere contactar lo puede hacer a: amante_iquique@live.cl y podremos charlar de cosas calientes. Bueno ahora paso a contarles lo que me paso un día que fui al pueblo de Pica, en la Región de Tarapacá en Chile.

Por motivos personales me vi en la necesidad de ir al pueblito de Pica y para eso tuve que abordar un bus en una hora donde parece que no tenía mucha demanda por lo que el bus estaba prácticamente vacío. Como es de costumbre cuando uno viaja en un bus casi vacío es de ir casi hasta el fondo para estar más tranquilo y dormir bien, no muy atrás, por si chocan por detrás así me salvo y no muy adelante por lo mismo, eso es algo que hago siempre, es solo precaución.

Hacía calor por lo que andaba con un pantalón corto y una polera blanca, me estaba dando sueño, cuando miro por la ventana del bus y veo, en una esquina de una calle de Iquique, a una muchacha con una mini y un peto que parecía actriz de una porno se veía tan rica que me calenté al segundo… como el bus estaba casi vacío di un vistazo rápido por mi alrededor y note que estaba solo en ese sector y comencé a bajarme el pantalón corto y procedí a pajearme en honor a esa chica que vi por la ventana, es que me calentó tanto que cuando me lo baje mi herramienta ya estaba paradita y dura como piedra; con movimientos lentos y prolongados me pajeaba como si mi mano fuera la boca de ella y la imaginaba desnuda frente a mí, me imaginaba como mi pene se perdía dentro de esa boca y como con sus ojos cerrados ella disfrutaba con mi parte intima, estaba tan caliente por la situación y tan excitado que con mis ojos cerrados comencé a sentir que ya mi semen comenzaba a recorrer ese camino a la libertad, sentí como un chorro grueso y espeso de leche blanca y caliente salía de mi pene y sin pensar en nada me deje llevar por ese placer indescriptible y no me importo que mi semen mojara el asiento de delante y también mojara mi polera y pantalón, es que me causo tanto placer que todo lo demás no importaba.

Algo más tranquilo abro mis ojos para ver por la ventana en que parte del desierto íbamos, cuando en la ventana veo un reflejo del rostro de una mujer… me asuste tanto… rápido giro mi rostro y veo que en la otra corrida de asiento de enfrente había una señorita mirándome… me sentí súper tonto y sentí como mi rostro se ruborizo por lo evidente ya que tal vez ella vio todo lo que hice, me subo rápidamente mi pantalón y trato de limpiar mi leche del asiento y mi ropa, pero era inútil, era viscosa y no lo lograba.

Lo tonto que me debí haber visto, hizo que ella se riera y me hiciera un gesto de ahueonao… eso, amigos míos es un chilenismo para decir huevon!.

Yo, aún rojo por la vergüenza, trate de mirar por la ventana, pero no podía ya que esa muchacha que me había visto pajearme quien sabe cuánto rato no me quitaba los ojos de encima. Ella era hermosa, de unos veinte años, con un par de tetas grandes con una polera con un escote que parecía que se arrancaban sus tetas por él y un jeans azul ajustado. De momento dejo de reírse y su rostro se transformó, le cambio de uno de mucho humor a uno de una mujer caliente y deseosa.

Pensé que se burlaría de mí, por lo que no le seguí el juego, pero ella se levantó de su asiento y fue al que estaba junto a mí y con una voz suave me dijo: “por qué te sonrojas”, fue divertido lo que vi, es más, lo que vi me gusto. Entonces ella se acercó y metió su mano en mi pantalón, mi pene estaba chiquitito por lo ocurrido; pero ella me dijo: vamos, yo sé que es más grande que eso. En mi polera aún quedaban unas gotas de semen que no se habían secado y ella sacando su lengua las tomaba con la puntita de esa sensual lengua y las metía en su boca, con eso lo tímido se me esfumo y mi compañero comenzó a endurecerse otra vez.

Me baje el pantalón y ella comenzó a darme un mamón tan rico que no recuerdo haberme excitado así en mi vida, era una experta. Con su lengua lamia todo el cuerpo de mi pene y cuando llegaba al glande con su puntita buscaba mi uretra y volvía a bajar y con su lengua hacia como abanico en la corona del glande y posterior a eso comenzaba a meter todo mi pene en su boca y seguía engullendo hasta que este estaba completamente dentro y allí comenzaba como a succionar eso nunca me lo habían hecho y me gustó muchísimo. Por su escote saco una de sus tetas, grandes con una aureola café claro y sin pezón, bueno, tenía un pezón minúsculo que yo rápidamente comencé a chupar a ver si con eso crecía. Eran unas tetas suavecitas y grandes, muy grandes.

Sin dejar de lamerme y chuparme mi pene ella comenzó a sacarse su pantalón y vi ese culazo que me volvió loco coronado con un colaless negro que por detrás era solo un hilo dental. Seguía chupando, pero ahora bajaba cada vez más y comenzó a succionar mis testículos, se metía los dos, luego uno y así por un rato, yo por mi parte corrí ligeramente ese hilo dental y comencé a meterle un dedo en su culo, lo que hizo de ella reaccionara gimiendo, lo que me dio más chance para ahora comenzar un mete y saca con mi dedo, lo lubricaba en su zorrita tan empapada y depilada como a mí me gustan. Luego agregue otro dedo, ya eran dos entrando y saliendo de su culo, por un momento libera mi pene de su boca y me dice: ¿me lo quieres meter por el culo? Y yo le digo: siiii… ella se levanta y mira cuidadosamente todos los asientos del bus y luego reclina mi asiento y con una maestría única se sienta sobre mi pene ya a punto de explotar de placer comienza un mete y saca lentito dando tiempo a que su culo se dilatara lo suficiente, ya que no tengo un pene de película porno por el largo o el grueso, pero tan chico tampoco es, solo son 17 cm de largo y 5 de ancho, yo creo que el promedio de los chilenos, así que ella siguió con su movimiento, su cuerpo húmedo por el sudor, pero suave, sus gemidos ahogados, sus jugos saliendo de su concha y empapándome los testículos, el aroma de ella y el movimiento que hacía, eran como yo puedo imaginarme el paraíso, con mis manos logre agarrar unos rollitos en sus cadera, pequeños pero lo suficiente para tomar el control de su cuerpo y hacer más profunda la clavada, así comencé a sentir como lo apretado de su culo se abría paso a mi pene dentro de ella, la sensación de presión en todo el cuerpo del pene y como el glande se abre camino dentro de ella es una lluvia de placer, que hacía que mi eyaculación estuviera a punto de solar esa leche caliente, pero parece que ella lo sabía también y en un movimiento ágil se desmonto y comenzó a chupar como si una serpiente me hubiera mordido y ella intentara sacarme el veneno, lo succionaba con fuerza y con una cara de puta complacida llena de placer pidiendo que le den lo que más le gusta; sentí algo desde mis pies que subía por mis piernas y que también venia de mis manos subiendo por mis brazo una descarga de sensaciones de placer que confluían todas juntas en mi vientre y pasaban a mis testículos y comenzó la descarga de semen más placentera de mi vida quería gemir pero no podía, no me salían palabras, y las vibraciones de mi cuerpo más bien parecían un ataque epiléptico y ella no dejaba de chupar, no permitía que ni una gota se perdiera, eso para ella, era el mejor manjar. Ella siguió chupando, tanto que comenzó a dolerme mi pene, pero era un dolor rico que algo me decía sácalo y otra cosa me decía déjalo, un dolor que hacía que mi cuerpo se moviese raro; por fin saca mi pene de su boca y con su lengua lame algunas gotas que tenía en sus labios, me mira con una cara de puta saciada y me dice: mmm que rico.
Después de vestirnos nos dimos cuenta que estábamos en Pozo Almonte y que quedaba la mitad del viaje aun.

Obviamente seguimos masturbándonos y culiando el resto del viaje, nos dimos nuestros números telefónicos y seguimos en contacto.

Esto paso en el mes de noviembre del año 2012.

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La doctora infiel 7 en Relatos eroticos de Infidelidad

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La doctora infiel 7 en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

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La doctora infiel 7 en Relatos eroticos de Infidelidad (relatos eroticos )

Cuando toda la perversa escena hubo llegado a su aparente fin los jóvenes quedaron todos extenuados. Y yo también. Mareo, alcohol, drogas y cansancio constituían un cóctel difícil de aguantar tanto para mí como para ellos, aun cuando debían estar más acostumbrados que yo. Al rato dos de ellos dormitaban? o tal vez dormían, no lo sé. El flaco y el pendejito se mostraron cansados pero no a tal punto de abatimiento. En un momento se dedicaron a jugar con una playstation. Yo seguía en el piso como si me hubiera pasado un tren por encima. Estaba abatida, tanto física como psicológicamente: ni en mi más remota y perversa fantasía podría haber imaginado vivir una locura así. E increíblemente, en ese momento volví a pensar en Franco: ¿qué sería de él? ¿Seguiría con la maldita turrita de la tienda? Me invadieron unas incontrolables ganas de llamarlo: era un delirio desde ya, pero estimulaba mi idea el hecho de saber que su número estaba registrado en mi celular ya que me había llamado en la tarde previa, justo antes de que fuéramos a comprar la lencería. Traté de no llamar demasiado la atención y marché a cuatro patas hacia el rincón de la sala de estar en el cual, hecho un bollo en el piso, se hallaba mi guardapolvo dentro de uno de cuyos bolsillos se hallaba el celular. Ni el flaco ni el pendejito parecieron percatarse de nada; estaban muy absortos con su jueguito.

Llegué hasta el guardapolvo, hurgué en el bolsillo y manoteé el celular. Touché. Había tres llamadas perdidas y un mensaje. Por un segundo se me iluminó el rostro pensando que pudieran ser de Franco pero pronto me di cuenta de la realidad, que por cierto era más lógica. Tanto los tres llamados como el mensaje tenían un mismo remitente: Damián? La culpa me volvió: ni siquiera me había acordado de él. Si había gateado en busca del teléfono no había sido por él sino por Franco. Y ahora me hallaba en la encrucijada: ¿a quién de ambos llamaba? En la pulseada entre la razón humana y la conducta animal ganó claramente la segunda. Marqué el número de Franco y llamé? y llamé? Nadie contestó. Era de pensar que estaba aún con la jovencita de la tienda de lencería. Una profunda desilusión se apoderó de mí. El siguiente paso era llamarlo a Damián, pero? no, no podía arriesgarme a hacerlo en el contexto en que me encontraba. Cierto era que ya la música hacía rato que había cesado y que los dos jugadores de playstation casi no emitían palabra; sólo se escuchaba el audio del juego. Pero no, no podía arriesgarme: era preferible un mensaje de texto: ?Perdón, amor, tuve una noche terrible. La señora falleció y tuve que hacer algunos trámites por haber sido yo el último médico que la atendió. Luego me quedé a acompañar a la familia en el velatorio y tenía el teléfono en silencio; no escuché tus llamados. Beso. Te quiero.? De paso, el mensaje de texto era la mejor forma de no ser oída por los que jugaban con la play, los cuales al parecer ni siquiera se habían percatado de mis movimientos. Me equivoqué:

?Qué buen culo tiene la puta?

La voz era la del flaco, claramente. Para colmo de males, en efecto, hallándome a cuatro patas como me hallaba y mirando mi celular, yo les estaba mostrando mi retaguardia a ellos. Me giré despaciosamente, aunque siempre gateando. Ni siquiera me miraban; era obvio que había sido un comentario hecho al mirarme de reojo. Ambos seguían muy entretenidos con la playstation y no daban visos de plan alguno de interrumpir su actividad. Eché un vistazo a la hora en el reloj: dos y media de la madrugada. ¿Se podía considerar que la ?fiesta? estaba terminada? ¿Sería ya mi hora de irme? De ser así, ¿cómo lo plantearía? ¿Pedirles permiso? ¿Aprovechar un momento de distracción y escabullirme? En ese caso, ¿considerarían que ya estaba pagado el precio de su reserva con respecto al video? Y aun suponiendo que así fuese, ¿hasta qué punto era fiable tal reserva a la vista de la imagen de irresponsabilidad que daban aquellos chiquillos, entre los cuales había un pendejito alzado y quinceañero? En eso estaba cuando, de repente?, sonó mi celular. Estúpida de mí; no había tenido el cuidado de ponerlo en silencio luego de enviar el mensaje a mi esposo; ahora cabían dos posibilidades: o era él o era Franco, quien posiblemente hubiera encontrado una llamada perdida mía. Nerviosa y casi sin poder manipular el aparato, que se me patinaba entre los dedos, eché un vistazo al número y descubrí que no era el de Damián?, pero tampoco coincidía con el que había utilizado Franco y al cual yo había llamado un par de minutos antes. Era otro? Dudé un instante con el celular en mano; finalmente decidí que debía contestar o de lo contrario pondría demasiado en alerta a los ?sobrevivientes de la fiesta? en la medida en que el teléfono siguiera sonando. Así que contesté y dije ?hola? en un susurro apenas audible. No les puedo describir lo congelada que quedé en cuanto oí la voz del otro lado:

?Por favor, Franco, ¿puede usted hacerme el culo como la puta que soy??

La mano me tembló. Toda yo temblé en realidad. Giré una vez más la vista para observar al resto. Nada había cambiado: los dos que jugaban con la playstation seguían haciéndolo y en cuanto a Sebastián y el gordo, continuaban dormitando como si nada. No era ninguno de ellos. Por otra parte esta vez ni siquiera había sido un mensaje de voz: era una grabación y se notaba que había alguien que me la estaba haciendo escuchar desde el otro lado. Intenté abrir la boca para preguntar quién era, quién hablaba, pero no me dio tiempo. Cortó.

Yo no podía sentirme más abatida. Alguien seguía jugando conmigo y, al parecer, no tenía vinculación con ninguno de aquellos cuatro pendejos. De hecho, no había nada que indicase que ellos hubiesen accedido a esa grabación ya que esas palabras yo las había pronunciado durante mi segundo encuentro con Franco en el colegio y lo que ellos me habían mostrado en el video correspondía al primero. En eso el más pendejito maldijo a viva voz y lanzó al aire una serie de insultos a la vez que se ponía de pie. El flaco emitió una estruendosa carcajada y se mofó del chiquillo a quien aparentemente acababa de derrotar en lo que fuera que estaban jugando. Mala noticia para mí: si el juego había terminado, ello los dejaba a ambos disponibles para volver a prestarme atención.

Dicho y hecho: pude ver de reojo como el pendejito, tal vez ofuscado o dolido por su derrota, venía hacia mí. No tenía los pantalones puestos, cosa que yo no había percibido un rato antes cuando los viera jugando con la playstation. Me tomó por la cintura en cuatro patas como yo estaba:

?Hora de romperle el culo a la doctora putita? ? anunció, en tono jovial.

El horror me invadió. Parecía increíble que después de tantas vejaciones sufridas en esa noche todavía fuera a faltar una, pero no era sólo eso sino el hecho de que planeara penetrarme por la cola. De algún modo, yo consideraba que esa parte de mi cuerpo ya había sido entregada a Franco y que, desde ese momento él, en condición de macho, era quien tenía derecho a poseerla. Había decidido, en lo íntimo, jamás entregarla a ningún otro hombre.

?N? no, por favor, por ahí no? ? balbuceé.

?No estás en condiciones de decidir? ? intervino el flaco quien, súbitamente, apareció junto a mí y me acarició la cabeza con gesto tranquilizador. Giré la vista y le eché una mirada sufrida e implorante. No necesitaba hablar: mi cara de pánico lo decía todo.

?No te preocupes, trolita ? me siguió diciendo -. Si ya te aguantaste ahí adentro la verga de Franco, es difícil que el manicito del pendejo éste pueda siquiera hacerte algo. ¡Ni lo vas a sentir! Jaja? Más de una vez le habrá dicho eso a un paciente antes de pincharlo con una jeringa, ¿no? Jeje? Bueno, esto es lo mismo??

El flaco recibió un escupitajo en pleno rostro y era obvio que el agresor había sido el pendejito. En respuesta, le aplicó un puñetazo aunque, a decir verdad, no llegaba yo a determinar si estaban peleando en serio o en broma. Más bien parecía un manoseo de entrecasa, aun cuando daba la impresión de que el pendejito se tomara la cosa menos a la ligera que el flaco: era lógico, tanto por su edad como por el hecho de haber sido vencido en el juego unos instantes antes.

?Dale, ja? – reía el flaco -. Rompele el culo de una vez. Es lo único que podés hacer; en el PES te lo rompo siempre yo, jajaja?

Una nueva lluvia de golpes cayó sobre él aunque más que nada pareció una andanada de manotazos sin sentido. El flaco se cubría con las manos y echaba un poco su cuerpo hacia atrás para salir del alcance del ataque pero no paraba de reír y mofarse. Una vez que el pendejito hubo conseguido su objetivo de alejarlo un poco me tanteó el orificio: hurgó primero con su dedo y luego me enterró la verga; por cierto, no era la de Franco pero tampoco era tan pequeña como había dicho el flaco, posiblemente sólo por burlarse. El problema fue que el chiquillo, inexperto e idiota, ni siquiera tuvo el reparo de lubricarme un poco con algo y, por lo tanto, puedo asegurarles que vi las estrellas. No pude contener un aullido de dolor.

?Sos un animal ? le decía el flaco, aunque siempre en tono de juerga y de burla -. Tenés que lubricarla, pedazo de bestia?

El pendejito hizo caso omiso; en todo caso pareció arrojar un insulto que se hizo ininteligible entre sus exagerados jadeos y su respiración entrecortada. Ya estaba en pleno proceso de darme la cogida animal y torpe que lo caracterizaba, pero esta vez por el culo. Traté de pensar en Franco pero la realidad era que el dolor estaba en ese momento por encima de cualquier intento por sentir placer. Por suerte yo sabía que las eyaculaciones del jovencito eran bastante precoces y supuse que ésta no sería la excepción: no lo fue, aunque tardó más que en las anteriores; era lógico ya que estaba más cansado. Cuando la retiró de mi orificio tampoco mostró la más mínima delicadeza. Alcé un poco la vista con incertidumbre y terror por lo que se venía. En ese momento pude ver al flaco calzándose un profiláctico en su verga que ya había quedado enhiesta tras el espectáculo presenciado. En parte agradecí que así fuera, aun cuando lo más posible era que se estuviera cuidando a sí mismo antes que a mí, pues no querría introducir su miembro en mi culo que estaba lleno con la leche del pendejito (¿por qué no habría tomado también tal cuidado antes?); pero en parte maldije para mis adentros ya que quedaba claro que los malditos cretinos estaban equipados con forros y, sin embargo, no los habían hasta allí utilizado en toda la noche: no tenía mucho sentido, viéndolo así, el porqué de tan repentino arrebato de higiene. Tanteó con su pene en mi entrada y, como no podía ser de otra manera, recomenzaron los insultos:

?A ver puta, abrí bien ese culito porque ahora vas a sentir una verga de verdad y no un manicito. Ese pendejo pelotudo ni siquiera fue capaz de dejártelo bien abierto? Eso sí, lo dejó bien lubricadito, jaja? – casi de inmediato sentí la cabeza del pito entrando por entre mis plexos: trazaba unas especies de círculos para abrirse camino y ello me produjo una excitación que no había sentido en la cogida previa ? Eso? – me decía ? eso, así, putita? Te voy a meter la caquita para adentro, jajaja?

Tengo que admitir que me montó magistralmente. De todas las experiencias vividas esa noche era la que más se acercaba a Franco: se acercaba, sólo eso: Franco es único… Pero se notaba que el flaco tenía una cierta experiencia y que, al parecer, ya le había hecho la cola a unas cuantas: sorprendente, si se consideraba que no era nada lindo. Pero, en fin, si hay algo que una no ve cuando es penetrada por la cola es la cara de quien te lo está haciendo… Una vez más busqué, por supuesto, pensar en Franco, pero como ya lo dije antes, en el caso del flaco se hacía difícil el ejercicio de reemplazo mental debido a los insultos y ordinarieces que profería todo el tiempo. No es que Franco no fuera humillante con sus palabras, pero? lo era de otro modo: menos guarro si se quiere. Y menos agresivo aunque, paradójicamente, más macho? La cogida que el flaco me dio por la cola fue, por cierto, la más extendida que recibí esa noche, ya fuera de índole vaginal o anal. A veces se detenía y parecía haberlo hecho definitivamente; luego retomaba en el momento más inesperado y, cuando eso ocurría, una excitación inenarrable me hacía soltar un alarido de involuntario placer. Él sabía y gozaba eso. Gustaba de llevarme al terreno en el cual yo me degradaba y terminaba no sólo aceptando ser cogida por el culo sino además deseándolo y sufriendo cada vez que él se detenía. Aguanté en cuatro patas cuanto pude pero llegó un momento en que ni mis brazos ni mis rodillas dieron más: codos y piernas se vencieron y caí al piso exhausta, aunque siempre con la verga del flaco dentro de mi culo. De hecho, él cayó sobre mí, enterrándomela aun más adentro. No era su estilo besarme en el cuello o en la oreja, ninguna de esas cosas que hacía Franco o incluso Sebastián. Yo suponía que me iba a instar a levantar mi cuerpo para ponerme nuevamente a cuatro patas pero me equivoqué. Sin quitar la verga de mi culo manoteó un par de almohadones que, en algún momento de la alocada noche, habían caído de los sillones y andaban desparramados por el piso. Y ahora sí, cruzando un brazo por debajo de mi vientre me izó prácticamente y, con sorprendente rapidez y habilidad (repito: daba la sensación de saber bien lo que hacía y de haberlo hecho muchas veces antes) depositó los dos almohadones bajo mi estómago y así quedé, con mi mentón en el piso pero con mi cola levantada y en pompa, además de empalada.

Y la anal embestida arreció nuevamente, llevando mi excitación a niveles nuevos, posiblemente por lo degradante de la posición en que había sido colocada. De pronto mi celular comenzó a sonar: el peor momento para atender. Eché un rápido y aterrorizado vistazo: el aparato estaba en el piso a escasos centímetros y al alcance de mi mano. La melodía del ringtone sonaba insistentemente y la pantalla iluminada mostraba el nombre ?Damián?.

¿Y ahora? No contestar sería un problema pero hacerlo también.

?Tu marido, ¿no? ? preguntó el flaco con tono divertido -. Dale, contestale al cornudo?

No. De ninguna manera. No podía yo responder a ese llamado y permitir que mi esposo volviera a escuchar mi respiración agitada y entrecortada. Ya no podía seguir sosteniendo la burda excusa de las escaleras.

?Contestá? ? me urgió el flaco enterrándome aún más la verga. Lancé un lastimero quejido en el cual se conjugaban dolor, placer y pánico.

?No? ? dije tajantemente, sorprendiéndome a mí misma por la seguridad en la negativa.

El flaco no dijo nada pero resopló como quien pierde la paciencia. Se dejó caer encima de mí provocando con ello una nueva marca dentro de mi culo. Su acto, en realidad, tuvo más que nada por objetivo estirarse para alcanzar mi celular. Para mi espanto, lo hizo. Sin sacar en ningún momento su pija de mi orificio se incorporó un poco y al girar mi cabeza lo más que pude, logré ver que se llevaba el aparato a la oreja. No, no podía permitirlo de ningún modo. En un esfuerzo sobrehumano arqueé mi espalda y el movimiento hizo que, una vez más, la verga del joven siguiera avanzando dentro de mi ano. Pero por fortuna el esfuerzo sirvió: estirando el brazo hacia atrás hasta que el hombro me dolió, conseguí con un veloz manotazo arrancarle el celular de la mano y arrojarlo a lo lejos lejos; se estrelló contra el zócalo de la habitación y luego quedó en el piso, a unos tres metros de nosotros.

Mi reacción, obviamente, lo enloqueció.

?Pero? pedazo de puta? ¿qué hacés? ? me abofeteó la cara sin piedad un par de veces -. ¿Qué hacés??

No fue a buscar el celular ya que, al parecer, no estaba dispuesto a desalojar mi culo ni siquiera por un momento. Tradujo su furia en la peor arremetida que hubiera yo tenido que soportar hasta el momento. Como una perforadora entró una vez? y otra? y otra, en tanto que yo, desgarrándome y bifurcándome entre el dolor y el placer, no pude hacer nada? salvo aullar. Estaba yo agitadísima; sentía que por mucho que fuera el aire que llevaba a los pulmones, era poco. Entreabrí los ojos en algún momento para volver a mirar al celular y me encontré con la imagen del pendejito levantándolo del piso y escudriñando la pantallita.

?N? no, ¡Nooo! ¡Por favor, no cont…?

Una nueva bofetada por parte del flaco me hizo dejar inconcluso mi ruego, sobre todo considerando que esta vez la mano se estrelló en mi rostro abarcando tanto mejilla como trompa. Mi cola seguía siendo penetrada y mis jadeos daban lugar a sollozos. Impotente y vencida, volví a girar la vista hacia el pendejito. Para mi sorpresa, no estaba contestando el llamado ( de hecho, el ringtone había dejado de sonar) sino que lo dirigía hacia mí? y me estaba tomando una foto. Volví a amagar decir un ?no? pero otra vez recibí una bofetada y noté que la fuerza del golpe se iba incrementando en la medida en que me mostraba renuente a la sumisión y al silencio. Opté entonces por quedarme callada; prácticamente no había otra opción. El pendejito seguía tomando fotos con mi celular. Para esa altura yo ya no sabía si el hecho de que no hubiera contestado el llamado de mi esposo constituía un alivio o una condena aún peor. Yo lo seguía oteando; cada tanto me veía forzada, sin embargo, a cerrar mis ojos por la intensidad de la embestida dentro de mi cola. Aun así, pude ver cómo se dedicaba a recorrer las fotos una por una e incluso me dio la impresión de que miraba más de las que había tomado, como si estuviera fisgoneando dentro de mis fotos privadas. Se me cruzó por la cabeza una vez más la posibilidad de decirle algo pero el temor a recibir una nueva bofetada restallando en mi rostro me hizo abstenerme. Alcancé a distinguir que tomaba otro celular, presumiblemente el suyo y que comparaba los dos, como cotejando algo. Cabía y era esperable, por supuesto, la posibilidad de que se estuviera enviando la foto a sí mismo pero además me dio la impresión de estar revisando algún número dentro de su directorio.

?Ja? ahí le envié la foto a Franco? ? anunció tras unos segundos, luciendo una sonrisa que de tan triunfal terminaba por verse estúpida.

Claro. Eso era lo que estaba haciendo: fijándose el número de Franco ya que desconocía que yo lo tenía registrado desde la tarde y, de hecho, jamás puse su nombre en el directorio. Me sentí desfallecer. Caí de bruces al suelo mientras el flaco no paraba de penetrarme por la cola. De todas las personas en el mundo ante las cuales podía darme vergüenza ser expuesta en esa situación, creo que Franco se llevaba sin dudarlo el primer lugar. Era una ironía, sí, y una locura, pero me golpeaba más hondo eso que si le hubieran enviado la foto a Damián.

Creo que no pasaron ni treinta segundos y un celular sonó. Pero no era mi ringtone: era el del pendejito.

?Eeeh Fran? – saludó festivamente y visiblemente excitado -. ¡Qué fotito te mandó papá eh! ¿Te llegó, trolazo??

Durante un rato hubo silencio. Era obvio que era Franco quien hablaba y su alocución sólo se veía cortada, cada tanto, por alguna risotada o carcajada estentórea del chiquillo. Luego éste se acercó y le pasó el teléfono al flaco.

?Quiere hablar con vos? ? anunció.

El flaco tomó el celular sin dejar de bombearme por el culo en ningún momento. Hasta habló con una inusitada serenidad y sin siquiera muestras de agitación en la voz.

?Fran querido, ¿todo bien por ahí?… Y, acá estamos, jeje? Rompiéndole el culo un poco a la doctora? Te llegó la foto, ¿no? Jeje? y sí? se ve que la dejaste bien preparada porque le entra como por un tubo, jaja ? no podía creer las palabras que estaba oyendo; el modo en que hablaban de mí. ¡Cuánta vergüenza! Quería morir? y encima el bombeo del flaco no se detenía y me vi obligada a soltar un par de aullidos que más que seguramente fueron oídos por Franco; las palabras del flaco así lo confirmaron apenas un instante después -. Jeje,¡seeeee! ¿La escuchaste? Igual te digo una cosa, eh? Vos se la habrás estrenado pero yo le voy a agrandar el agujero eh, jaja? Grita, grita mucho la puta, jeje? Así que lo siento Fran? usted será muy minero pero acá me parece que salió perdiendo eh, jajajaja? Y, no sé, no sé ? el tono siempre era de jarana; no daban la impresión de estar discutiendo en serio -, yo creo que hoy me la llevo a casa clavada por el orto eh, jajaja? Así se lo dejamos bien grande? Cosa que cuando esté dura de vientre pueda hacer caquita bien, jajaja?

La humillación hacia mí parecía encontrar siempre un nivel superior y, de manera concomitante, arrojarme a un pozo cada vez más profundo. La andanada de barbaridades que decía el flaco iba alternada, por supuesto, con pausas de silencio en las cuales seguramente estaría hablando Franco. Yo albergaba, ilusamente, la esperanza de que Franco los llamara al orden. Él había sido el primero en tomarme detrás y desde ese momento se había convertido en mi macho. ¿Por qué permitía que sus amigos jugaran conmigo e invadieran lo que por legítimo derecho era suyo? ¿Tan poca era la importancia que me otorgaba entre sus posesiones personales?

?Che, ¿y vos cómo la estás pasando con la de la tienda?? Jeje, ¿se porta bien la muchacha?… Jaja? ¿ah sí??

Un nudo en la garganta. Un puño abriéndose en el medio de mi pecho. Y todo eso al mismo tiempo que era penetrada por la cola. De pronto se produjo una pausa un poco más larga en el diálogo telefónico que estaban sosteniendo. El flaco me acercó el celular al rostro:

?Quiere hablar con vos? ? dijo.

Tomé el celular temblando; de modo extraño se produjo en mí una cierta emoción al saber que Franco quería hablar conmigo. El flaco, momentáneamente, interrumpió el bombeo; interpreté el gesto como una forma de dejarme hablar más tranquila por teléfono.

?F? Franco?? – tartamudeé; el corazón me saltaba en el pecho.

?¿Cómo le va, doc? ? resonó la voz al otro lado de la línea satelital – ¿Cómo la está pasando? ¿La tratan bien? Recién vi una fotito y se la veía muy bien, doc, eh??

Touché. Otra vez me quería morir. Ni del tono ni de sus palabras se desprendía que estuviera molesto por el hecho de que sus amigos decidieran entrarme por atrás.

?F? Franco? – balbuceé, al borde de las lágrimas -. Por favor te lo pido, ¿podés parar esto??

?Eeeeepaaaaa? ¿Qué pasa,doc? Está en una fiesta, piense eso? Póngale onda??

Yo ya no sabía ni qué palabra decir?; cada vez que alguna parecía estar acudiendo a mis labios, cuando lograba salir lo hacía en forma de gimoteo o de sollozo. ¿Cómo podía decirle algo como ?Franco, mi cola es tuya, sólo tuya?. Sonaría no sólo degradante sino además burdamente ridículo, casi como una frase rosa de una telenovela pero puesta en formato porno.

?Franco?? ? musité.

?Ah, acá hay alguien que quiere hablar con vos? ? me interrumpió con brusquedad y dando la impresión de ni siquiera haberme escuchado.

Rápidamente escuché como si el celular cambiara de manos y, casi al instante, percibí una risita juvenil que me hizo tener el peor de los presentimientos.

?¡Holaaaaa! ¿Cómo estás, mi amor? ¿Cómo te quedó la ropita? Por lo que vi en la foto, me parece que bien? Bah, jaja, al menos lo que te dejaron puesto?

En efecto: era la voz de la odiosa vendedora. Aun si no se tuvieran en cuenta sus obvias referencias a la lencería que ella misma me había elegido, era a esa altura para mí imposible no reconocerla. Odié esa voz durante buena parte de la tarde. La detesté cada vez que la escuchaba cuchicheando con Franco o cada vez que, en el probador, me decía al oído todas las frases hirientes que se pudiesen llegar a imaginar. Hice una larga pausa antes de contestar; finalmente lo hice, dolida, vencida?

?S? sí, me queda bien?

?¿Les gustó a los chicos??

Tono falsamente simpático. Tono mordaz. Tono hiriente. Mina de mierda?

?Sí? les gustó mucho?

Tierra, trágame, por favor. No me reconozco.

?Aparte vi que te estaban haciendo la colita? Esa ropita que te di es genial para eso porque deja la cola bastante descubierta y no hace falta sacar nada. ¡Es ideal! ¿No????

Qué ganas de asesinarla. Esa chica sólo zafaba de ello por estar al otro lado de una línea satelital.

?Sí ? respondí con voz apagada -, es ideal, sí?

?¿Y cómo se dice???? ? atronó la voz de Franco, quien pareció acercarse al teléfono para hablar.

Demás está decir que yo sabía sobradamente qué era lo que Franco quería que yo dijese. Me lo pedía él; imposible decir que no, aunque doliese al alma y a la dignidad.

?G? gracias? ? balbuceé.

?Ja, no, de nada, mi amor? Ya te dije: cuando tengas otra fiestita le decís a Franco que te traiga y te visto de vuelta? ¿Sí, linda? ¡Me alegra en el alma que la estés pasando bien! Yo la estoy pasando muuuy bien acá con Fran, así que también te tengo que dar las gracias porque lo conocí gracias a vos? Te digo una cosa eh ? su voz adoptó un tono serio que sonó fingido; luego bajó al nivel de un susurro como buscando que Farnco no la oyera, pero era todo más bien un efecto histriónico, parte de una escena teatral que la putita manejaba con habilidad -? Essssss una mmmmmáquina? Jajaja? . clavó la ?m? unos segundos en sus labios para aumentar la sensación de erotismo -. Te mata?, te da como en bolsa?

Y sí?, si lo sabría yo. Cuánta envidia, cuánto odio al saber las suertes diferentes que ella y yo estábamos viviendo. ¿Sería tanto castigo el precio de haberla pasado tan bien en su momento y de haber traicionado a mi esposo? ¿Habría alguna fuerza del más allá que se dedicaba a castigar a las esposas infieles? Si la había, parecía ser que se regodeaba hasta el deleite haciéndome sufrir. Con crueldad. Con sadismo.

?Bueno, lindura ? me dijo -, te dejo porque me parece que el bomboncito que me estoy comiendo quiere seguir. ¡Mmmmmuack! Te mando un beso grande, grande??

Ya ni siquiera contesté. No podía. Y ahora no era mi boca sino mi espíritu quien no lograba soltar palabra. Franco volvió a tomar el celular. Justo en ese momento y como si supiera, el flaco reinició su embestida dentro de mi ano con toda furia. Un grito escapó de mi garganta? No sé cómo no perdí el celular que tenía en mano; creo que debe haber sido el influjo de Franco, el saber su presencia al otro lado de la línea. El teléfono se había convertido en ese momento en mi único nexo con él: nexo pobre y humillante dadas las circunstancias, pero nexo al fin, así que quería mantenerlo en mano costara lo que costase?

?¿Escuchás Fran?? ? vociferaba exultante el flaco -. Escuchá bien eh? Así se le hace el culo a las doctoras casadas??

Su verga estaba toda dentro de mí y la podía sentir hinchándose y contrayéndose, hinchándose y contrayéndose? Y cada vez era más lo que se hinchaba y menos lo que se contraía. Podía sentir sus huevos prácticamente apoyados y aplastados contra la parte baja de mi cola y sobre el inicio de la raja de mi sexo.

?Epaaaaaa… ? se escuchó la voz de Franco a través del teléfono – ¡Cómo estamos, doc, eh!?

La odiosa y femenil risita se le sumó. Yo ya no cabía en mí del odio, pero el flaco no me dejaba pensar mucho en eso. Seguía? y seguía? y seguía? Alguien me quitó el celular de la mano y cortó la comunicación. Eché un vistazo: era el pendejito, claro? Era suyo el celular después de todo y ya hacía largo rato que estaba siendo utilizado por otros. Me sentí morir porque fue como si apartaran a Franco de mi lado? ¡Dios! ¿En qué ser horriblemente decadente me había convertido? Extrañaba una conversación aun cuando la misma significara una cuchillada detrás de otra en contra de mi dignidad. El flaco intensificó su ritmo. Yo tenía que pensar en Franco. Franco. Franco. Deslicé una mano por debajo de mi vientre y me dediqué a masajearme la conchita. Franco? Franco? Franco? La respiración del flaco se fue haciendo cada vez más jadeante y ahora despedía una serie continuada de alaridos que hacían difícil pensar que Sebastián y el gordo siguieran dormitando. Yo me masajeé aun con más fuerza mi zona genital. Los dos estábamos llegando al orgasmo? El flaco y yo? Yo y él? Yo?y? Franco,? Franco?, Franco? Ya llega, ya llega, ya llega?

Si no sentí esta vez el río caliente adentro de mi cola fue porque el flaco había tenido el buen tino de ponerse un preservativo. Cayó sobre mí, jadeante y babeante en el mismo momento en que mi propia excitación llegaba a su punto culminante y estallaba? Allí quedó durante un largo rato, tanto que hasta llegué a pensar que se había quedado dormido. Finalmente se incorporó y retiró su verga de adentro de mi culo del mismo modo que si quitara el tapón de un lavabo. Fue a buscar algo para beber, como si de repente se olvidara de mí por completo. Allí quedé, con dos almohadones debajo de mi estómago para poner bien alta mi cola, profanada y corrompida una vez más. Yo cerraba los ojos, apretaba los puños? y obviamente pensaba en Franco?

Durante un rato parecieron olvidarse de mí?Estuvieron como ausentes, echados en los sillones y semidesnudos. No hablaron palabra, ni conmigo ni entre ellos. Sebastián, en algún momento, se removió en su lugar, estiró los brazos como para sacudirse un poco la modorra pero creo que ni siquiera le vi abrir los ojos.

?Che, qué quilombo que hacen eh? ? dijo, entremezclándose sus palabras con un bostezo. Luego se arrebujó nuevamente y no volvió a decir nada.

¿Estaría concluida la velada? ¿Cuál era el momento en que yo podría marcharme? ¿Tenía que pedir permiso para hacerlo? Estaba tan abatida y vencida que, más que gatear, repté hasta llegar nuevamente a mi celular. Tomé mi guardapolvo y me lo eché encima; tanteé en los bolsillos los preservativos que había traído y que finalmente no habían sido usados, ya que el único en utilizar uno había sido el flaco y lo hizo recurriendo a uno propio. Sobre una repisa se hallaban los lentes que me habían quitado al entrar; como se hallaban a una cierta altura, tuve que ponerme en pie. Eché un vistazo hacia los muchachitos y, al parecer, el flaco y el pendejito se habían rendido ante el cansancio y dormitaban. Fue, sin embargo, la voz de Sebastián, la que me tomó por sorpresa en ese momento:

?¿Ya se va, doctora?? ? me preguntó.

La pregunta me sorprendió por dos razones: una, porque suponía dormido a Sebastián; otra, porque en la forma de preguntar parecía estar implícito que yo, si así lo quería, podía marcharme. Ignoro si tal libertad era el premio por haber cumplido con ?mi parte?. Lo único realmente cierto era que si se me estaba dando la posibilidad de irme y se me preguntaba por ello, no debía yo desperdiciarla mostrándome dubitativa.

?Sí ? dije -. Ya es tarde??

Asintió con la cabeza. La mayor parte del tiempo mantenía sus ojos cerrados abriéndolos sólo fugazmente de tanto en tanto.

?Claro? imagino que su marido la está esperando, ¿no??

Bajé la cabeza y asentí con vergüenza. No supe si llegó a ver mi gesto.

?No la coge demasiado bien el profesor, ¿no?? ? lanzó a bocajarro y me tomó desprevenida con la pregunta. Lo miré vacilante, sin saber bien qué tenía que decir o qué esperaba él que yo contestara. Lo único que sí sabía yo era que quería el camino más corto en pos de marcharme de aquel lugar.

?P.., ¿perdón?…? ? musité.

?Nada, sólo eso que le pregunté. Usted no me parece que sea una esposa bien atendida, ¿no??

Lo miré un rato sin contestar. Ahora sí que él tenía los ojos bien abiertos y me clavaba una mirada severa e inquisidora, aunque a la vez de conmiseración.

?Bueno?, yo siempre creí que sí?? ? dije, bajando la vista nuevamente.

?Hasta que la cogió Franco? ? me interrumpió, adelantándose a lo que en verdad no sé si me hubiera atrevido a decir.

Asentí con la cabeza, avergonzada. De algún modo y aún sin hablar del todo, acababa yo de hacer una confesión, lo cual sólo era explicable en el súbito cariz intimista que parecía haber tomado la charla de Sebastián.

?Vení acá?? ? me dijo, tanteándose el muslo y girando hacia el tuteo.

Me quedé congelada por unos instantes. Me estaba invitando a sentarme nuevamente en su regazo cuando no hacía nada que me había preguntado si me marchaba. Él detectó mi incertidumbre.

?Vamos, vení? es un toque y te vas? ? me dijo, imperativo y a la vez tranquilizador.

Caminé despaciosamente hacia él sobre mis tacos, los cuales siempre conservé puestos al igual que las medias. Me ubiqué donde él quería y me rodeó con una mano la cintura.

?Mirá? – me dijo -. Te voy a decir una cosa: Franco es el ganador a full del colegio. Todas las pendejas están con él; no hay vuelta. Pero ojo: no te enamores de él porque él no se enamora de nadie. Lo de él es usar a las minas? Te lo comento porque me caés bien y no quiero que salgas herida?

Me propinó un beso en la mejilla. Yo permanecí en silencio.

?Sí, ya sé? – dijo él -. O te duele esto que te acabo de decir o bien no lo querés creer, pero? es así: te lo digo por tu bien?

La situación era por demás extraña: yo, una mujer adulta, universitaria y profesional, estaba sentada sobre el regazo de un adolescente siendo aconsejada sobre la vida como si él fuera mi padre y yo su hija. Aun así, debo confesar que el tono paternal me llegó y creo que fue eso lo que me llevó a profundizar algo más al momento de desnudar mis sentimientos.

?No sé si la palabra es enamorada? – dije, dudando -. Es? difícil de definir? lo que me pasa con él? Pero amor? no sé, no sé si es eso??

?¿Qué es lo que te gusta de él? ? me cortó seca pero gentilmente.

Una vez más me vi tomada por sorpresa. Yo no sabía bien poner en palabras lo que me atraía de Franco. O, en realidad, era una suma o una combinación tan grande de cosas que no tenía forma de ser sintética. Por suerte Sebastián siguió indagando y eso me guió un poco en mis respuestas.

?Está bueno, ¿no??

Me sonrojé.

?S? sí, es m? muy lindo chico?

?Y tiene un lomo bárbaro, ¿no??

?S? sí, lo tiene? físico increíble??

?Y una pija tremenda?

Sentada como estaba sobre él, di un respingo y le miré. Lo extraño del asunto era que si bien su interrogatorio había virado repentinamente hacia un tono más guarro, él no había perdido su amabilidad. Y su expresión no revelaba (como sí lo había hecho en otros momentos) burla o sarcasmo. Por mi parte, no pude evitar que una sonrisa se me dibujara en los labios; bajé la vista estúpidamente.

?Se te hizo agua la boca de sólo pensar en ella? ? me dijo.

?S? sí, admití? muy buen pito? No es sólo el tamaño, que lo tiene?, es? bello, no sé cómo decirlo?

?Bien ? reconoció él -. Hasta ahí lo físico? ¿Qué más hay en Franco que te atraiga? Dejemos de lado lo físico por supuesto??

Touché. Parecía querer llevarme hacia el terreno del cual yo no tenía muchas ganas de hablar. Era paradójico, porque cualquiera pensaría que mi honor hubiera quedado mucho más a salvo si identificaba en Franco elementos de atracción que estuvieran alejados de lo físico. Por el contrario, los que hasta allí había reconocido ante Sebastián eran puramente físicos. Cualquiera podría pensar (y tal vez con justa razón) que una mujer mayor que sólo encuentra tales elementos de atracción en un chiquillo y no es capaz de reconocer ningún otro de tipo afectivo o sentimental, bien puede ser considerada una puta de mierda. Adónde habría llegado yo que prefería eso antes que reconocer una atracción más profunda por Franco. Es que, en realidad, todo jugaba y se conjugaba: lo que acababa de admitir y lo que no quería admitir.

?Bueno? él? – me vi obligada a decir a mi pesar -, tiene una personalidad muy atrayente? No sé cómo definirlo: no he conocido un hombre ni mucho menos un chico así? Tiene un magnetismo casi animal? un espíritu terriblemente dominante? No puedo evitar pensar en él sin pensar en el papel que cumplen los machos en el mundo animal??

?Ajá. Digamos entonces que logra hacerte sentir como una hembra, cosa que tu marido no consigue?

Touché. Cuando antes había dicho que Sebastián tenía cosas que me hacían acordar a Franco no estaba equivocada. Sabía sacarme la ficha enseguida y hasta en eso remitía a él. Esta vez no pude contestar. Bajé la vista avergonzada una vez más. Él me tomó por el mentón para levantarme la cabeza nuevamente y luego acercó sus labios a los míos. Me besó y se entretuvo hurgueteando un poco con su lengua entre mis labios. En ese momento cerré los ojos.

?Decí la verdad? – me dijo en cuanto nuestras bocas se separaron -. Pensaste en él, ¿verdad??

Touché. Touché. Touché? Me aclaré la voz.

?Sí? ? admití.

Me dio una palmada en las nalgas.

?Ya es hora de que te vayas ? me dijo -. El profesor te va a extrañar?

?Ya hace rato que debe hacerlo? – repuse -. Te? hago una pregunta, Sebastián??

?Seba??

?O?ok? Seba? una pregunta: ¿qué va a pasar con el video? La filmación??

?No te preocupes ? me dijo con tono tranquilizador -. Si yo me entero que uno de estos retardados mentales lo andan difundiendo, los reviento a piñas y les corto los huevos??

?Ajá? ¿Y la chica ésa, la lesbiana??

?Ah, de ella no sé nada, pero es bastante canuta con respecto a todo? Es torta, no te olvides? No tiene demasiadas amistades en el colegio porque es un poco como que las chicas la esquivan para no aparecer pegadas a ella? Con quien, dentro de todo, más habla es con Franco y de todos modos es una relación amor ? odio, de ésas que no se entienden bien, ¿viste? Las amigas de ella son de afuera del colegio: si difundió tu video fue entre ellas, que seguramente no te conocen? Eso sí, si son lesbianas, lo habrán disfrutado, de eso no hay dudas??

Se sonrió ligeramente y otra vez mis mejillas se ruborizaron. Bajé la mirada; de un modo casi involuntario de pronto me encontré jugando con las yemas de mis dedos entre el vello del pecho de Sebastián. Casi al instante me di cuenta de lo que estaba haciendo. Lo miré con mucha vergüenza. Pero su mirada era totalmente serena, sin rastros ya de la resaca y la modorra que antes se habían apoderado de él. No dijo una palabra, pero de algún modo interpreté de su forma de mirarme que yo no estaba haciendo nada malo, así que volví a acariciarle el pecho. Sé que es difícil de explicar así como difícil de entender para el lector, pero en ese momento yo sentía un desamparo demasiado grande y, de manera extraña, era como que me sentía contenida por él: por un chiquillo que no debía pasar los diecisiete años.

?Y te hago una pregunta más?? ? le dije, prácticamente en un susurro.

?Sí? decime??

?Yo? estuve recibiendo algunos mensajes de voz??

?¿Mensajes de voz? ¿Y qué decían??

?B? bueno? – volvió en mí el tartamudeo -. Es una grabación de audio en la cual yo? le pedía a Franco por favor que me hiciera la cola?

Frunció el ceño. Revoleó un poco los ojos como si no entendiera del todo y buscara poner en orden la situación en su cabeza.

?O sea? ¿te grabaron??

?S? sí, ése fue Franco?

?Ah, qué turro? cómo le gustan esas cosas? y bueno? ¿y qué pasó después? Te estuvo mandando mensajes con tu propia voz? ¿Con la grabación que él te hizo??

?No estoy segura de que haya sido él? – sacudí la cabeza -. De hecho creo que no? Por eso quería preguntarte si no??

?No ? negó con énfasis, adelantándose a mi posible pregunta -. Te puedo asegurar que no. Una: si algo me embola son los mensajes de voz. Segunda: te puedo asegurar y no tengo por qué mentirte que no escuché una grabación así en absoluto. Si llegaste a pensar en nosotros, ya te voy diciendo que no??

Asentí con la cabeza. No sé por qué pero me pareció que había sinceridad en sus palabras. Es raro cómo una puede, de pronto, estar confiando y sentirse protegida por alguien que te ha usado a través del chantaje. Bajé aún más la vista y me encontré con su bulto; lo único que tenía puesto por encima del mismo era el bóxer.

?¿Te puedo pedir algo más antes de irme?? ? le pregunté.

?Sí, dígame, doctora? ? me respondió, al parecer sin decidirse entre tutearme o no hacerlo, ya que alternaba todo el tiempo en el tratamiento. Me miró extrañado.

Bajé la mano que tenía sobre su pecho y le acaricié el bultito. Noté que sintió el impacto: su pene reaccionó claramente; no se irguió desde ya, pero quedó bien claro que la sangre comenzaba a bullir en su interior: fue como haber pasado la mano por encima de un gatito que estuviera durmiendo y que reaccionara ante el contacto.

?¿Te lo puedo chupar?? ? pregunté. Me sorprendió la absoluta desinhibición con que lo dije. Creo que el clima intimista y de confesión que Sebastián había propuesto era el principal responsable de ello.

Él sonrió. Se mostró sorprendido.

?C? claro ? dijo -. ¿Qué pasa? ¿Te quedaste con ganas de más??

?Es que? espero que no te ofendas??

?¿Ofenderme? ? su sorpresa parecía ir en aumento -. ¿Ofenderme por qué? No entiendo? Debe ser la primera vez que una mina me pide eso en mi vida, ja? Siempre lo tuve que pedir yo??

?Claro? es que? necesito chupártela como si fueras Franco?

Dio un claro respingo. Yo no sabía si estaba a punto de mandarme a la mierda o simplemente se mantuvo unos segundos en silencio barajando la situación.

?Bueno? – dijo finalmente -. No hay problema, pero? ¿vas a decirme que no lo hiciste ya hoy cuando te cogimos??

Touché. Una vez más me había sacado la ficha.

?S?sí, pero? en ese caso lo hice por decisión propia y sin que lo supieran. Ahora quiero que lo sepas; no quiero mentirte??

Frunció los labios. Movió un par de veces la cabeza como asintiendo.

?No le veo nada de malo, doctora? Si usted quiere pensar en Franco, entonces seré Franco??

Bajó una de sus manos hacia sus genitales a los efectos de llevar hacia abajo el elástico del bóxer, pero lo detuve:

?Chist. Quietito? No hagas nada; relájate y nada más. Yo me encargo?

El hecho de que yo tomara de tal modo la iniciativa lo sorprendió, pero gratamente: sonrió. En ese preciso instante lo besé en los labios:

?¿Te confieso una cosa? ? le dije -. De los cuatro fuiste por lejos el que más disfruté??

?Hmmm? ¿Será porque de los cuatro soy el que más te hace acordar a Franco??

Sonreí. Lo besé nuevamente.

?Hmmm? puede ser?? ? contesté.

?Y? sí? se entiende? Franco y yo es como que tenemos? hmm, no sé cómo decirlo sin que suene agrandado, pero? una cierta educación, una cierta clase? Estos otros son un cachivache?? ? trazó un arco con la mano hacia los otros tres, que dormitaban el sueño de la resaca.

Le tapé la boca con mis dedos, en clara señal de que no siguiera hablando. Es que no quería que su voz me distrajese de Franco. Bajé mi cabeza hacia su bulto y sólo pensé en Franco, Franco, Franco? Primero le di una buena lamida por encima del calzoncillo hasta dejarlo bien duro y con un manchón húmedo sobre la tela. Luego no había mucho más para dudar. Le llevé abajo el elástico y, una vez que su verga se irguió hacia mi cara, abrí bien grande mi boca para enterrar el tronco en ella llevando mis labios hasta la base misma. Y así mamé? y mamé? y mamé? Una vez, otra, otra? Franco, Franco, Franco? en mis pensamientos sólo Franco. En él precisamente pensaba en el momento en que el torrente tibio me subió hasta la garganta. No abrí la boca en ningún momento sino que simplemente tragué? y tragué? y tragué? Franco, Franco, Franco?

Qué raro todo. Una vez que solté su verga después de haber parecido que él estaba muriendo de tanto que gritaba, lo miré. Y me pareció de repente verlo como a un objeto. Qué ironía: justo él, que era quien había armado todo el chantaje y la fiesta en mi contra y quien había llevado la voz cantante en todo momento mientras yo era reducida a la peor cosificación posible. Pero yo lo acababa de usar como objeto para traer a mi mente y a mis sentidos la imagen de mi macho hermoso y semental, invencible y dominante?

Cuando me retiré del lugar, Seba simplemente me indicó en dónde estaba la llave. Me acerqué para darle un beso de despedida y, en ese momento, me tironeó del guardapolvo desprendiendo varios botones.

?Quiero verte una vez más? ? me dijo.

Y ante sus ojos quedé una vez más expuesta, vistiendo el erótico atuendo que una vendedora atrevida me había elegido en la tarde previa. Esa misma vendedora atrevida que ahora estaría revolcándose con Franco. Seba permaneció un rato recorriéndome con la vista; ignoraba yo si ello constituía algún prolegómeno a una nueva embestida sexual, pero no fue así. Simplemente me dijo:

?Puedes irte??

Di media vuelta y cuando estaba a punto de trasponer el vano de la puerta, me habló nuevamente:

?Recordá lo que te dije de Franco. No te enamores de él porque estás en el horno. Él hace así ? chasqueó los dedos ? y las minitas se le ponen en cuatro? No me gustaría que salieras dolida?

No contesté nada. Sólo lo miré y asentí. Salí del lugar; el timbre de apertura de la puerta de calle sonó con precisión milimétrica cuando yo estaba a punto de tomar el pomo. Sentí una brisa fresca una vez en la calle. Me crucé un poco un flanco del guardapolvo sobre el otro a los efectos de proteger mi cuerpo semidesnudo no sólo del repentino frescor sino también de cualquier mirada inoportuna, aunque la realidad era que no había un alma en la calle. Subí al auto y me alejé de allí. Mientras conducía, no cesaban de desfilar imágenes por mi mente: por un lado, las terribles e inéditas experiencias vividas y sufridas en esa noche; por otro, mi marido esperándome en casa, tal vez durmiendo o tal vez no; por último pero quizás más importante, Franco y la vendedora: me hice la cabeza imaginándolos en todas las posiciones posibles y hasta me excité y me toqué, situación impensable después de la frenética noche de sexo y descontrol que había tenido. Durante algún rato manejé sin rumbo: la resaca me duraba y los efectos de las drogas también. Cuando creí que finalmente había dado con el camino correcto, me empezó a sonar reconocible el entorno pero no era mi barrio ni por asomo: era el barrio de Franco. Claro, mi inconsciente me había llevado allí. Pasé por la puerta de la casa tratando de descubrir alguna luz, algún indicio de algo? No se veía nada, de lo cual no supe interpretar si ya la velada con la vendedora habría terminado o, simplemente, estarían divirtiéndose en la oscuridad? o incluso durmiendo uno al lado del otro. De todas las imágenes posibles, fue ésa la que más duramente taladró en mi cerebro.

En ese momento miré la aguja del tanque de nafta y descubrí que estaba tocando fondo; el auto marchaba con la reserva. Menos mal que la vi ya que lo que me faltaba para cerrar la noche era quedarme sin combustible en pleno barrio de Franco. Por suerte encontré una estación de servicio a pocas cuadras y aparqué junto al surtidor. Era tarde, muy tarde; no había movimiento. Un muchacho atractivo, que tendría unos veinticinco o veintiséis años, surgió de la penumbra presto para atenderme: raro; por lo general los nocheros de las estaciones de servicio tienen más edad. Yo no tenía energías ni ánimo para bajarme del auto y, a decir verdad, tampoco daba para hacerlo, vestida como estaba y con un guardapolvo abierto que dejaba al descubierto una lencería terriblemente sexy. Sólo bajé el vidrio de la ventanilla y le di tanto la llave del tanque como un par de billetes arrugados. Él sólo saludó y se dirigió presto a cumplir con su labor. Mientras corría el reloj del surtidor, me quedé sobre el volante con la vista perdida en algún punto indefinido de la negrura de la noche. Era tanta mi alienación que ni siquiera me di cuenta en qué momento el reloj había dejado de correr ni supe tampoco cuánto hacía que el joven estaba de pie junto a la ventanilla tendiéndome su mano con la llave que me devolvía. Al elevar mis ojos hacia él, vi que tenía su vista fija bastante más abajo de los míos. Y entonces me percaté de que tenía el guardapolvo abierto? y mi atuendo de lencería con la conchita descubierta por delante estaba totalmente expuesto ante sus ojos. Un súbito arrebato de vergüenza indescriptible me invadió; de un manotazo me cubrí nuevamente.

?¿Se siente bien, señora?? ? me preguntó.

?S? sí, sí? muchas gracias? ? respondí y sólo un par de segundos después y habiendo tomado la llave para introducirla en el tambor, me alejaba a toda prisa del lugar.

No podía ir a casa así como estaba obviamente. Pasé por el consultorio. Me duché y me volví a vestir como una mujer seria, papel que ya para esa altura ni yo misma me creía. También tuve que usar bastante maquillaje porque se notaba el impacto de las bofetadas que me había propinado el flaco. O quizás yo lo advertía por saber que las había recibido. Cuando llegué a casa, Damián hacía largo rato que dormía. No era para menos: empezaban a clarear las primeras luces del alba. Me introduje sigilosamente entre las sábanas y durante unas cuantas horas no logré conciliar el sueño?

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